Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

CONFRONTACIÓN

P emberton rodeó la casa a paso de carga y se dirigió hacia Candice, abriéndose paso entre el mar de agentes que la flanqueaban.

La mujer, desvalida, estaba sentada ahora en una silla de jardín que uno de los técnicos de explosivos le había traído.

Tenía los brazos cruzados sobre el regazo y su expresión permanecía impasible.

Nada había cambiado en los pocos minutos que Pemberton había estado ausente.

—¿Va todo bien, inspectora? —preguntó Candice con esperanza.

Pemberton hizo una breve pausa antes de responder. ¿Cuánto quería revelar? ¿Debía confiar en Jake y seguir sus sugerencias? ¿O debía encargarse del asunto a su manera? Tenía demasiadas voces en la cabeza nublándole el juicio.

—No, Candice —dijo finalmente—. Ambas sabemos que no va bien.

La mirada de Candice saltó frenética de Pemberton a los dos técnicos de explosivos que tenía al lado. —Me está asustando. ¿Qué está pasando?

—Háblame de tu carrera como actriz, Candice —dijo Pemberton con frialdad.

Candice abrió los ojos de par en par, horrorizada. —¿Qué...? Yo... esto... ¿a qué se refiere?

—Ya sabes, tu carrera como actriz. La que tuviste al terminar el colegio. Cuando tenías veintitantos años.

—Yo... ¿Cómo ha sabido...? —Candice tragó saliva y su garganta se convulsionó—. No duró mucho. Hice un par de audiciones para obras de teatro. Tuve algunos papeles menores, nada importante. Tuve que dejar la industria.

—¿Por qué? —preguntó Pemberton sin darle a Candice ni un instante para continuar.

—Porque... —Candice volvió a tragar saliva, esta vez apoyando la barbilla en la placa metálica del collar bomba.

Sorbió por la nariz con fuerza y su pecho empezó a agitarse—.

Porque el director... Yo protagonizaba una producción cinematográfica.

Era algo pequeño. Nada... nada importante.

Nada de la gran pantalla. Pero era mi gran oportunidad.

Y entonces... entonces el director me llamó a su camerino una vez, justo después de terminar el rodaje del día.

Dijo que lo había hecho muy bien. Dijo que tenía un talento natural.

Que me esperaba una verdadera carrera como actriz.

—Seguro que le gustó oír eso.

Candice miró a Pemberton y frunció el ceño. —Así fue. Pero él fue un paso demasiado lejos. Me violó. Y me quedé embarazada.

—¿Qué pasó entonces?

—Yo... me lo quedé.

—¿Y qué tuvo que decir su marido al respecto?

En ese momento brotaron las lágrimas, pero al ver que Pemberton no mostraba ninguna compasión, se detuvo. —Nunca le dije que no era suyo.

Pemberton reflexionó por un segundo. Pensó en la conversación que había mantenido hacía unos instantes con Miriam, una de las personas de la oficina a las que consideraba sus amigas más cercanas, una de las personas en las que más confiaba, una de las pocas de la oficina que sabía lo de su aventura.

Después de que Miriam la llamara para ponerla al día sobre la identidad de Luke Cipriano, había descubierto los nombres de sus hermanos, Danny y Michael, y le había contado que los tres compartían el mismo padre.

Lo cual, para Pemberton, significaba que era imposible que lo que Candice decía fuera cierto.

No hubo violación, no hubo embarazo, no hubo parto.

Candice estaba mintiendo.

Pemberton se puso de rodillas, con cuidado de no romper sus pantalones.

Apoyó un dedo en la hierba para mantener mejor el equilibrio.

—¿Sabes qué dicen de los actores? Que son muy buenos mentirosos.

Al fin y al cabo, eso es lo que estás haciendo, ¿verdad?

Mentir. Fingir ser alguien que no eres. Y cobrar por ello, además.

Creo que el director tenía razón: eres buena, y probablemente tenías una gran carrera por delante.

Pemberton dejó que la afirmación flotara en el aire ante el rostro de Candice.

—Por favor —suplicó Candice. Alargó la mano y trató de agarrarse a Pemberton, que apartó los brazos de la mujer de un manotazo—. Tiene que quitarme esta cosa. Tiene que encontrar la llave. Tiene que salvarme.

—No hay ninguna llave, Candice. Sabemos lo que está pasando.

Lo blanco de los ojos de Candice brilló, y sus pupilas se oscurecieron y dilataron como pequeñas canicas.

—¿A-a qué se refiere con que no hay ninguna llave?

—Su hijo mayor, Danny... él mismo nos lo ha dicho.

Al oír el nombre de Danny, el rostro de Candice se descompuso.

Fue todo un poema: el color que desapareció de sus mejillas, los músculos de su cara contorsionándose en un gesto de angustia, el labio inferior tembloroso.

Nunca antes había visto Pemberton al miedo golpear a alguien con tanta frialdad; solo deseaba tener una cámara consigo para poder revivir el momento una y otra vez. Se conformó con grabarlo en su memoria.

Candice sacudió la cabeza frenéticamente. —No. No. No, no, no, no. No lo entiendo. Usted no lo entiende.

—Ya puedes dejar de actuar —dijo Pemberton poniéndose de pie—. La función ha terminado.

—No, no lo entiende. —Candice se rascó el cuero cabelludo con una mano y se frotó los ojos con la otra—. Necesitan encontrar las llaves. Por favor.

—Te he dicho que no hay llaves.

—¡Encuentre las putas llaves, zorra! —La voz de Candice llegó hasta el otro extremo del jardín, despertando la atención de los agentes de los alrededores—. ¿Es que no se da cuenta de que voy a morir si no me quitan esta cosa?

—¿De qué estás hablando? —preguntó Pemberton—. Ahí dentro no hay púas. No hay ningún detonador en el interior. Lo sabes.

—¡Lo hay! ¡Las hay! ¡Por el amor de Dios, claro que las hay!

Pemberton retrocedió un poco. —Explícate.

—Son mis hijos. Todos ellos. Los Crimson.

Danny, Micky, Lukey. Los tuve en un mal momento de mi vida y no los veía desde hacía años.

Los dejé con su padre y me volví a casar.

Después de que mi marido muriera, se pusieron en contacto conmigo y yo estaba dispuesta a aceptarlos tal como eran.

Y entonces planeamos lo de hoy. Pero no tenía ni idea de que Danny fuera a disparar a Rachel.

Ni idea. Cada uno de ellos estaba a cargo de llaves diferentes.

Luke se encargó de la primera, pero la escondió en un sitio distinto de la casa; no era donde habíamos acordado.

Micky era el responsable de las del campo de golf y de la Abadía de Waverley.

Danny debería haber dejado su llave en una de las pistas de Dunsfold.

Prometió que la dejaría a la vista —dijo Candice.

Algo se le atascó en la garganta y las lágrimas empezaron a asomar a sus ojos.

—Pero no lo ha hecho, ¿verdad? —preguntó Pemberton. Aunque conocía la respuesta, quería oírla de boca de Candice—. ¿Qué ha hecho con ella?

—Se la ha quedado. O la ha puesto en otro sitio.

Candice se atragantó. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Agarró el collar y empezó a zarandear el dispositivo para soltarlo de su cuello, alertando a los técnicos de explosivos. Estos corrieron a su lado y le inmovilizaron los brazos a la espalda.

—¿Qué pasa ahora, Candice? ¡Deja de resistirte!

—Pemberton llamó con un silbido a dos agentes de policía cercanos para que acudieran a ayudar.

Sujetaron a Candice por las piernas y le pusieron las esposas en las muñecas, por detrás de la espalda—.

¿Qué pasa ahora, Candice? Estamos intentando ayudarte.

—¡Quítenme esta cosa!

—Háblame del dispositivo. ¿Qué es lo que va a pasar?

Jadeando profundamente, Candice dijo: —No lo sé. Danny lo fabricó. Me dijo que las llaves lo desactivarían.

—Pero ¿cómo sabes que hay una carga ahí dentro? ¿Por qué lo fabricaría con carga real? ¿Por qué querría activar esas púas?

—No... no lo sé. Acordamos que las llaves lo desactivarían, pero cuando la oí hablar de detonación remota, fue cuando supe que quería matarme.

Debería habérmelo imaginado cuando estábamos en la joyería.

Me puso esa pistola en la cara demasiado tiempo.

Tuvo la oportunidad de matarme allí mismo, pero no lo hizo.

—¿Por qué querría matarte, Candice?

—Por los años que ha estado solo. Por los años que han estado solos todos ellos.

Pensé que esta era una forma de recuperar su confianza.

Una forma de volver a sus vidas. Tras la muerte de mi marido, no tenía nada, a nadie.

Pero cuando contactaron conmigo, pensé que volveríamos a ser una familia.

Que nos iríamos todos del país y que nunca miraríamos atrás.

—¿Irse del país? —repitió Pemberton con voz estridente.

—Eso es lo que acordamos. Subir a un barco para salir de aquí.

No me lo puedo creer.

—¿Adónde?

Candice sacudió la cabeza. —Por favor. Tiene que quitarme esto. Les ayudaré a encontrarlos. Se lo prometo. Cueste lo que cueste. No quiero morir. Les ayudaré... pero necesito que me prometa algo primero.

—¿Qué? —preguntó Pemberton. Tenía la mente en otra parte. Estaba incrédula. Jake Tanner había tenido razón en todo. No era posible que estuviera trabajando contra ellos.

—Quiero que prometa que no les pasará nada a Luke o a Micky si los atrapan. Danny es a quien hay que condenar por todo esto.

—¿Y si nos negamos?

—Entonces no les diré dónde están ni dónde van a estar.

—Y no estarás viva para ver su juicio.