Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

GRITO DE SOCORRO

— N o le creo —le dijo Pemberton a Jake por teléfono, pasándose los dedos por la parte de atrás del pelo. Era la tercera llamada en tres minutos, y la peor hasta el momento. No quería creérselo. No podía. Como cuando a su cuñada le diagnosticaron Parkinson. Aquello no era justo, y esto tampoco.

—Ojalá no fuera cierto, señora —dijo Jake alzando la voz.

—Pero necesito hechos probados, Jake. No puedo entrar ahí y acusarla de estar implicada en todo esto sin nada que lo respalde. No quiero que me pille con el culo al aire en una situación comprometida.

—Le he pedido a Danika que los compruebe varias veces —respondió Jake—. Son sólidos.

Pemberton estaba en la entrada, frente a la puerta principal de la mansión de Candice.

Había dejado a Candice a solas con Armitage y el resto de los expertos en explosivos.

Necesitaba un respiro. Mientras tanto, la policía científica seguía retirando docenas de bolsas de pruebas que habían encontrado en la casa y los alrededores para enviarlas a la comisaría.

—Esta no es la clase de situación en la que quiero estar, Jake.

—¿Habría alguna forma de conseguir que confiese?

—¿A qué se refiere?

—Si está metida en esto, entonces sabrá que los pinchos del collar son falsos.

Sabrá que la carga del interior no está activa.

El único propósito de encadenarle esa cosa al cuello ha sido distraernos todo este tiempo mientras ellos escapan.

Lo único que tiene que hacer es intentar quitárselo.

Evalúe su reacción. Aunque solo sea por un segundo, si cree que hay algún problema con las llaves o con el propio dispositivo —ya hemos visto el detallito que ha incluido al exigir ambas llaves al mismo tiempo—, entrará en pánico. Sabrá que la han traicionado.

Pemberton asintió mientras escuchaba a Jake. —Déjelo de mi mano —dijo, arrastrando los pies en la grava hasta que el zapato desapareció bajo las piedras—. Me encargaré a mi manera.

Le temblaban las manos mientras sacaba el móvil Nokia del bolsillo trasero.

Las cosas estaban empezando a irse a pique a toda velocidad, y no sabía cuánto control le quedaba sobre la situación, si es que le quedaba alguno.

Se suponía que iba a ser un trabajo sencillo.

Los Crimsons —el único nombre por el que los conocía— iban a atracar la joyería, y lo único que él tenía que hacer era asegurarse de que nadie descubriera quién lo había hecho.

Pero no habían dicho nada de asesinar a alguien, tomar un rehén y ponerle un collar de pinchos al cuello.

El Cónclave le había dicho que sería sencillo. Una mañana de trabajo, como mucho.

Y ahora, miren dónde estaba: empezando a sentir que pronto se encontraría en un callejón sin salida.

Abrió la agenda de contactos, buscó el número de móvil y escribió un mensaje.

La cosa no va bien. Tengo problemas. Necesito ayuda.

Un grito de socorro; nunca pensó que tendría que hacer algo así. ¿Qué impresión le causaría eso al Cónclave? Iba a ganar mucho dinero con este pequeño acto de corrupción y, si no lograba que fuera un éxito, no habría coche nuevo ni ampliación de la casa. No habría nada.

Si quería que aquello saliera bien, tenía que ponerse las pilas y empezar a jugar sucio.