Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

HOMbrO

Circulaban por el carril rápido; Luke mantenía el velocímetro unas pocas millas por hora por encima de las setenta.

La discreción y pasar lo más desapercibidos posible eran primordiales.

Hasta ahora, Luke había impresionado a Danny.

El hermano menor había demostrado su capacidad para ceñirse a las estrictas normas del Código de Circulación.

Pero era una sensación agridulce, porque significaba que Freddy le había enseñado algo que valía la pena.

En un mundo en el que no tenían padre, Freddy era lo más parecido a una figura a la que Luke pudiera admirar.

Había veces en que Luke y Freddy se aventuraban juntos a las tiendas, pasaban el rato en el salón, jugaban a videojuegos y fumaban cigarrillos mientras Danny trabajaba incansablemente en un supermercado para traer comida a casa.

Era injusto, y una parte de Danny había muerto cada vez que se daba cuenta de lo unidos que estaban; cada vez que llegaba a casa y encontraba a Freddy ayudando malamente a Luke con los deberes o enseñándole a rular sus propios porros.

Era algo más que una bofetada; era un puñetazo en el estómago, una patada en los huevos y una puñalada por la espalda.

Pero sin Freddy, los Crimsons no habrían existido, algo de lo que era dolorosamente consciente.

—Oh, oh —dijo Luke, con los ojos saltando de arriba abajo en el espejo retrovisor.

—¿Qué pasa? —A Danny no le gustó cómo sonaba aquello.

Nada bueno. Nada bueno. Se inclinó hacia delante y se agarró al reposacabezas de Luke.

Al principio pensó que era un problema del motor, un pinchazo o que, por extraño que pareciera, se habían quedado sin gasolina.

Pero entonces, cuando las sirenas aullaron a sus espaldas, todo pareció ralentizarse.

Con la sensación de moverse a cámara lenta, Danny se giró en su asiento y miró por la luneta trasera.

A más de cien yardas tras ellos, ganando terreno rápidamente por el carril derecho y con las luces azules y blancas parpadeando con fuerza, venía un coche de policía.

—¡Mierda! —Danny giró en redondo y se colocó en el centro del asiento trasero.

Los ojos de Luke se movían con furia de izquierda a derecha, el pecho le subía y bajaba con fuerza y tenía los nudillos tan pálidos como el resto de la cara—.

Mantente estable, ¿vale? No hagas ninguna estupidez.

Pásate al carril central y deja que pasen.

No sabemos si nos buscan a nosotros o si es...

Luke dio un volantazo con el Audi hacia el carril central con un movimiento tan brusco que Danny salió despedido contra la puerta y se golpeó la cabeza contra la ventanilla.

El sonido de los cláxones le indicó que le habían cortado el paso a un puñado de conductores.

Tumbado sobre la tapicería de cuero, bajo la ventana, sintió que su cuerpo empezaba a moverse y a girar, como si experimentara la ingravidez por primera vez.

Gritos de insultos estallaron en la parte delantera y las extremidades de Luke se agitaron ferozmente mientras luchaba por recuperar el control del vehículo.

El coche derrapó hacia la izquierda y luego hacia la derecha, serpenteando peligrosamente por el asfalto.

Antes de que Danny pudiera reponerse, el marco de la puerta junto a su cabeza implosionó y una lluvia de cristales astillados cayó sobre él.

Se protegió la cara con los brazos, pero eso no impidió que pequeños trozos le salpicaran la piel.

Tras un segundo eterno, el coche se detuvo y el motor se caló. Aturdido y cubierto de palomitas de cristal, Danny se incorporó sobre el codo, manteniendo las manos alejadas de los bordes afilados. Al ver la ventanilla rota, se dio cuenta de lo que había pasado.

De algún modo, en el esfuerzo de Luke por incorporarse al otro carril, había perdido el control de la parte trasera.

Ahora Danny miraba directamente al logotipo de un Peugeot 2008, mientras el conductor se masajeaba el cuello y comprobaba cómo estaba su mujer a su lado.

Qué desastre. Era difícil no sentir cierto aire de superioridad porque Freddy hubiera fallado a Luke al no enseñarle a mantener la calma en situaciones así, pero Danny empezó a comprender que él le iba a fallar a Luke aún más si no los sacaba de allí pronto.

Danny giró la cabeza a un lado y a otro, buscando con la mirada señales del vehículo policial. Las millas y millas de asfalto frente a ellos estaban vacías; los coches que iban delante desaparecían por el horizonte ondulante. Todos excepto uno. El coche de policía, atravesado entre dos carriles.

—¡Cogedlo todo! —bramó Danny.

—¿Qué? —Luke estaba inmóvil, pegado al asiento, paralizado por el miedo.

Danny alargó la mano hacia la hebilla del cinturón de Luke, la soltó y le propinó un puñetazo en el brazo.

El movimiento fue suficiente para despertar algo de acción en su hermano menor, pero aún quedaba mucho camino por recorrer.

Para entonces, el oficial de policía ya había bajado del coche y se dirigía a toda prisa hacia ellos.

Por la izquierda, los rodeaba una hilera de tráfico.

Los conductores y pasajeros empezaban a bajar de sus vehículos para ayudar en lo que pudieran.

Era una emboscada, y Danny agradeció no haber volcado ni dado vueltas; de lo contrario, se habrían dirigido directos a una celda sin ninguna duda.

Tras coger su bolsa de deporte y el Mini-Uzi del suelo, Danny abrió la otra puerta de una patada y salió, blandiendo el arma en el aire mientras se colgaba la bolsa al hombro.

—¡Atrás todo el mundo y quedaos donde estáis! —gritó, expulsando pequeñas gotas de saliva y flema que aterrizaron en su propio brazo.

Apuntó con el arma al oficial de policía, que resbaló en el suelo por el pánico, pero recuperó el equilibrio con las manos en alto.

—Que nadie haga ninguna estupidez o dispararé, lo digo en serio.

Danny echó un vistazo a Michael. El corpulento hombre estaba saliendo del coche con dificultad, bolsa y pistola en mano. Mientras tanto, Luke hacía lo mismo, aunque más despacio. Buen chico. Vamos.

—Coge un coche —le siseó a Michael—. Cualquiera. El más cercano.

La señal de Portsmouth, que indicaba que la pequeña ciudad estaba a solo diez millas, colgaba sobre la autopista cien yardas más adelante. Casi habían llegado. Estaban tan cerca. Danny estaba decidido a llegar hasta el final. Habían llegado demasiado lejos para rendirse.

Una serie de gritos y alaridos estallaron a sus espaldas.

Michael y Luke estaban asaltando el coche que encabezaba el atasco, un Saab de cinco puertas de 2004 al que le faltaba un tapacubos y que tenía una abolladura en el capó que parecía causada por un cuerpo empalado contra el frontal en un intento de atropello.

No era precisamente el vehículo más discreto, pero en ese momento no se podían permitir el lujo de elegir.

Michael agarró al conductor por el cuello y lo tiró al suelo, mientras Luke se encargaba del copiloto.

En el asiento trasero, atado a una sillita infantil, había un niño de corta edad, gritando y llorando a moco tendido.

Dejando que la pistola cayera a su cadera, Luke sacó al niño y la sillita del coche y se los entregó a la mujer.

Ya estaban dentro. Dos listos. Faltaba uno.

Cuando Danny volvió a prestar atención al oficial de policía, se fijó en que el agente cargaba hacia él, a pocos pasos de firmar su propia sentencia de muerte.

Danny volvió a apuntar y efectuó unos disparos de advertencia, hundiendo una serie de balas en el asfalto.

El oficial apenas le prestó atención, su impulso era demasiado fuerte.

Danny no quería matarlo... a un policía no.

Si lo hacía, sabía que todos los recursos de los que disponía el cuerpo irían a por ellos.

Matar a uno de los suyos era una decisión funesta, el pecado más grande de todos.

Se alejó del agente y corrió hacia la parte trasera del Saab, chocando con la mujer al pasar.

Era el turno de conducir de Michael, y Luke iba de copiloto.

Danny abrió la puerta de par en par, tiró la bolsa de deporte a la parte de atrás y se metió de un salto.

Al saltar al interior del vehículo, el dedo se le enganchó en el gatillo y disparó un proyectil por los aires.

Michael pisó a fondo el acelerador y Danny salió despedido contra el respaldo de su asiento, mientras la puerta se cerraba sola por la inercia del vehículo. Tras recomponerse y dejar el arma a sus pies, Danny se giró para ver el destrozo que había causado.

La bala había alcanzado al oficial de policía. El hombre uniformado estaba en el suelo, agarrándose el hombro mientras varios desconocidos bajaban de sus coches para atenderlo. Lo último que vio Danny antes de perderlos de vista fue al agente echando mano a la radio que llevaba sujeta al hombro.