Capítulo 34
IMAGINACIÓN DESBORDANTE
L os músculos del cuerpo de Carl se tensaron; tenía la mano aferrada al volante mientras devoraba los casi treinta kilómetros de campiña de Surrey que separaban la abadía de Waverley de su próximo destino: el aeródromo de Dunsfold, sede de una de las series más populares de la televisión, Top Gear .
Habían tardado un tiempo en descifrar la pista, pero con un poco de ayuda de internet y de Smithers —que se había pasado todo el trayecto mirando por la ventana como si no hubiera visto la hierba en su vida—, Carl había logrado resolverlo.
Salió de la carretera principal y enfiló la entrada de la pista, un camino estrecho y sin pavimentar apenas lo suficientemente ancho para un solo coche, enmarcado por un arco de zarzas.
Carl frenó hasta detenerse, apoyó el pecho contra el volante y se quedó boquiabierto mirando el hangar que tenía ante sí.
La aviación siempre había sido su afición, un segundo amor —después del trabajo y antes que su mujer—, pero nunca había tenido la oportunidad de ser piloto debido a un problema de vista que lo dejó casi ciego a los diecinueve años.
Ahora, gracias a la tecnología moderna, podía ver, pero sus días de vuelo habían quedado atrás.
Mientras contemplaba el hangar, se deleitó con su historia: los aviones, las vidas de quienes habían volado en ellos, los ingenieros que habían trabajado allí, el esmero y la atención al detalle que se habían puesto en aquel magnífico prodigio de la ingeniería.
—¿Vamos a entrar? —preguntó Smithers.
A Carl no le gustó la entonación en la voz del joven, pero estaba demasiado emocionado para reprenderlo por ello.
Metió la marcha y siguió las señales hacia el aparcamiento.
Al avanzar por el camino, una delgada hilera de arbustos empezó a despejarse, revelando gradualmente la vasta extensión de asfalto de la pista, y Carl se topó de inmediato con la cruda realidad de la tarea que tenían por delante.
Dunsfold no estaba al nivel de Heathrow o Gatwick, desde luego, pero si lo que buscaban era una llave del tamaño de una uña, estarían allí durante días; y solo eran dos.
Haría falta un pequeño ejército para filtrar cada grieta del asfalto y cada parche de hormigón cubierto de maleza.
A unos veinte metros, al final de la vía, había una caseta. Dentro estaba sentado un hombre vestido de negro con una radio colgada a la cadera. Pobre diablo , pensó Carl. Seguro que está sudando la gota gorda.
Al notar que el coche se acercaba, el guardia de seguridad salió de la caseta y se encaminó hacia ellos sin ninguna prisa.
—Menos mal que no hay una investigación por asesinato y robo en curso —le susurró Carl a Smithers—. Ah... espera.
El guardia de seguridad, con los pulgares enganchados en las trabillas del cinturón, se detuvo junto a la ventanilla de Carl. Este la bajó.
—Lo siento —dijo el guardia—, no se admiten visitas.
—No somos visitas —respondió Carl.
—¿Tienen pases de equipo?
—No, pero...
—Entonces, para mí son visitas. Tendrán que dar marcha atrás por donde han venido.
Sin mirar, Carl agarró a Smithers por el hombro y tiró de él hacia su regazo para que quedara a la vista. —¿Le parece que él sea una visita?
Al ver la ropa fluorescente de Smithers, el guardia abrió mucho los ojos.
—¿Hay algún problema, agentes?
—Necesitamos acceder a la pista. Estamos buscando una llave que podrían haber dejado aquí esta mañana.
—Lo lamento, pero nadie ha estado aquí esta mañana. Las instalaciones están cerradas durante la semana.
—¿Está seguro?
El guardia asintió. —He estado aquí toda la noche y toda la mañana. Mi turno termina a las cuatro.
—¿Eso es legal? —preguntó Smithers.
Carl se dio cuenta de que el joven agente seguía en su regazo y lo empujó de vuelta a su asiento con una fuerza que casi le provoca un tirón en los envejecidos músculos del hombro.
—Es una paliza, pero alguien tiene que hacerlo —respondió el guardia.
Carl tuvo que intervenir antes de que la conversación derivara por completo en cháchara innecesaria.
—¿Hay algún otro punto de acceso a la pista? —preguntó.
—Ninguno. Todo está rodeado por alambre de espino de tres metros y una hilera de árboles. Además, tenemos CCTV por todas partes, así que si alguien pusiera un pie aquí, me enteraría.
Carl reflexionó un momento. Observó al guardia —los detalles del rostro del hombre— y luego le dijo que esperara junto a su caseta. Sacó el teléfono del bolsillo trasero y marcó el número de Pemberton.
—Inspectora jefa Pemberton...
—Jefa, yo...
—¿Qué quieres, Carl? ¿Dónde estás?
—En Dunsfold, señora —dijo él—. Con Smithers. Hemos hablado con el guardia de seguridad de la entrada y dice que nadie ha entrado ni salido en toda la mañana.
—No encontraréis nada —añadió Pemberton. Se le puso la voz ronca al decirlo—. Tengo motivos para creer que la última llave no está donde dicen las instrucciones. Creo que la tiene Danny Cipriano.
—¿Qué le hace pensar eso?
—El hecho de que me lo ha dicho por teléfono...
La unidad de desactivación de explosivos ha encontrado un móvil dentro del dispositivo del collar, lo que significa que puede detonarse a distancia.
Danny tiene tanto el teléfono como la llave.
Los Crimson nunca tuvieron intención de que la salváramos.
—¿Todo ha sido una distracción?
—Sí. —La voz de Pemberton sonaba débil.
—¿Dónde están? ¿Le han dicho hacia dónde se dirigen?
—Hemos rastreado la llamada, pero hemos perdido la señal en cuanto ha terminado. El número ha desaparecido; ha debido de apagar el teléfono. Me dicen que el último rastro de la torre de telefonía ha sido cerca de Portsmouth.
—Quizá intenten salir del país de incógnito, señora.
Apenas había guardado Pemberton el teléfono en el bolsillo de su chaqueta cuando este volvió a sonar. Como seas tú, Carl, te juro que voy a...
—¿Diga? —respondió con su voz de teléfono, esa que descubrió que casi todo el mundo tenía: un tono más agudo, jovial, que daba la impresión de que le encantaba que la interrumpieran de esa manera.
—Jefa —respondió la voz al otro lado—. Creo que hay algo por lo que deberíamos preocuparnos.
Algo llamó la atención de Pemberton. —¿Ah, sí?
—Creo que debemos tener cuidado con Jake.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo sabemos que no está compinchado con ellos ?
Quiero decir, piénsalo. La primera vez que se cruza con ellos es en su último robo en Oxford, y tiende una trampa a uno de ellos para que cargue con las culpas.
Leí el papeleo del caso después de que ocurriera y, en el informe, nunca explicó qué pasó realmente dentro de aquel banco.
¿Cómo sabemos que no planearon algo juntos?
Freddy se comió el marrón para que Jake saliera libre y se convirtiera en el nuevo líder de la banda.
Salió perfecto. Ahora Jake se está haciendo el cercano con nosotros mientras trabaja a escondidas con los Crimson para el golpe de hoy.
—Tienes una imaginación desbordante.
—Piénsalo, Nic: aparece hoy en su primer día con nosotros. Y, ese mismo día, los Crimson atacan. Me parece demasiada coincidencia.
Siguió un largo silencio. Pemberton tomó aire por la nariz, lo contuvo y luego dejó que saliera lentamente.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó.
—Digo que no le quitemos el ojo de encima. Mantenlo cerca. Sabe algo que no nos está contando.
—Yo... simplemente no lo veo posible.
—Quien más daño nos hace es siempre quien menos te lo esperas.
—¿Y si te equivocas? —preguntó ella.
Hubo una breve pausa y el sonido del teléfono pasando de una oreja a la otra.
—Más nos vale que así sea.
El martilleo en la cabeza de Jake era malintencionado; tenía un trasfondo diabólico y empezaba a provocarle náuseas.
No era el comienzo de un ataque de pánico —ya había tenido los suficientes como para conocer los síntomas—, pero eso no impedía que lo pareciera.
Al cerrar la puerta tras de sí, la realidad empezó a asentarse como un copo de nieve que se derrite contra el suelo.
Alguien dentro del equipo era corrupto, trabajaba contra él y contra todos los demás para ayudar a los Crimson.
Por fin estaba comprendiendo por qué, a veces, la realidad era un trago tan amargo.
A lo largo de su carrera —y en las primeras etapas de su vida—, había crecido con el ideal de que todos los policías eran buenos, de que estaban ahí para ayudar a la gente, de que los retratos crudos de ellos que veía en las películas eran solo eso: fabulaciones, ficción.
Ahora aquello le hacía cuestionarse todo lo que sabía sobre la profesión y a todos con los que había trabajado.
El equipo de la CID de Croydon; los agentes, sargentos, inspectores y el resto del personal de uniforme.
Y, lo que es peor, ahora cuestionaba a su nuevo equipo, las caras nuevas, los nombres nuevos.
Apenas conocía a ninguno, por lo que le resultaba imposible adivinar —o incluso hacer una conjetura informada—, lo cual solo lo hacía más difícil.
El grupo de detectives era demasiado grande.
Pero entonces dio un paso atrás mentalmente y reflexionó. Tendría que ser alguien de alto rango. Alguien veterano dentro del equipo, alguien con control sobre lo que estaba ocurriendo, para poder manipular la investigación y adaptarla a sus necesidades. Solo le vinieron dos nombres a la cabeza.
Jake apoyó la cabeza contra la pared y exhaló. Bridger venía a su encuentro desde el otro extremo del pasillo.
—¿Todo bien, chaval? —Bridger se había quitado la corbata y desabrochado el botón superior de la camisa. Ambos se iban despojando de prendas gradualmente a medida que avanzaba el día.
—Perfecto —mintió Jake. Se separó de la pared, se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar por el corredor.
Bridger, seguidamente tras él, preguntó: —¿Qué ha dicho? ¿Cuáles son las últimas novedades?
—Te lo contaré en el coche. Pero primero tengo que hacer una llamada.