Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

CAMPO DE MINAS

—¿ N o habías dicho que te encargabas tú de los niños esta noche? —gruñó Pemberton al teléfono. Mantenía la voz baja y cambiaba el peso de un pie a otro, tratando de encontrar una postura cómoda.

—Lo sé —respondió su marido—. Pero ha surgido algo en el trabajo. Necesitan que vaya.

—¿No puede esperar? —Se encajó el teléfono en el hueco del cuello y se subió la manga para mirar la hora. Solo llevaba un minuto al teléfono, pero ya empezaba a sentir como si fueran diez.

—Las fugas no suelen esperar, cariño —dijo él con voz inexpresiva—. Sobre todo si son de tu cliente más importante.

—¿Y no hay nadie más disponible para hacerlo?

—No. Lo he intentado.

Pemberton suspiró desesperada y se alejó de la escena del crimen, atravesando los parterres de flores hacia el invernadero del fondo del jardín, para no llamar la atención sobre sí misma.

—¿A qué hora te vas? —preguntó.

—Pronto. Tendré que volver para recoger a los niños del colegio, pero luego necesitarán a alguien que se quede con ellos.

—Bueno, ten por seguro que yo no voy a poder salir a mi hora. Ni de lejos. Podría estar aquí todo el día.

—Así que ya habrás tenido que cancelar con las chicas, ¿no?

—Desde luego voy a necesitar una copa después del día que llevo —dijo ella, cruzando el brazo libre sobre el pecho y metiéndose la mano bajo la axila—, sea la hora que sea. Me esperarán. Aunque solo pueda verlas cinco minutos.

—Entonces, ¿qué sugieres que hagamos?

—¿De verdad necesitas que te lo diga?

—Yo...

—Contrata a una canguro.

—No.

—Alguien de confianza.

—No.

—William, deja de ser ridículo. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No todas las personas que contratemos para cuidar a nuestros hijos van a resultar ser un depredador. Aquello fue una...

—Fue culpa tuya. Tú me convenciste para que lo dejara entrar en nuestra casa.

—No voy a volver a discutir esto contigo; ahora no tengo tiempo. Estoy estresada al máximo y lo último que necesito es ponerme a discutir por algo tan trivial y que ya hemos hablado mil veces.

Pemberton hizo una pausa. Hubo un silencio al otro lado del auricular, roto únicamente por el sonido de la respiración sibilante de su marido. Había ganado... por fin. Pero era una victoria agridulce.

—Como ya te he dicho antes, si les pasa algo a nuestros hijos bajo la vigilancia de una canguro, no pararé hasta encontrar a esa persona y hacerle daño. Igual que la última vez. ¿Seguro que no hay nadie conocido a quien podamos pedírselo?

—Ya veré —dijo él y le colgó.

Inmediatamente después de cortarse la llamada, ella buscó en su agenda otro número al que marcar.

Era una llamada que no le apetecía nada hacer.

Iba a tener que cancelar los planes que llevaba semanas esperando; ya era una pesadilla organizar cualquier cosa, y más una noche para estar juntos sin riesgo de que los niños o los maridos interrumpieran.

Pemberton encontró el número de móvil en su agenda y marcó. El teléfono dio tono una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que saltó el buzón de voz. Suspiró y lo intentó de nuevo. Al segundo intento, la persona al otro lado respondió.

—¿Señora? —dijo él con cautela, como si no estuviera seguro de que fuera ella la que llamaba.

—Mark, ¿dónde están los archivos que he pedido? Han pasado ya un par de horas —dijo ella, tapando con la mano el micrófono del aparato, a pesar de que la persona más cercana estaba a poco más de treinta metros de distancia.

Hubo una breve pausa mientras Murphy asimilaba lo que ella acababa de decir. —Lo siento, señora —respondió—. He estado saturado. Se los enviaré cuanto antes.

Pemberton se acercó a las puertas acristaladas del invernadero.

Miró hacia dentro, tratando de enfocar el interior del edificio y no el reflejo del jardín a sus espaldas.

Por lo que alcanzaba a ver, había cuatro sillas colocadas alrededor del borde de la estructura, orientadas hacia el centro.

En medio había una pequeña chimenea cuyo tiro sobresalía por la parte superior del invernadero.

—¿Señora? —insistió Murphy—. He dicho que he estado saturadísimo. Se los mandaré lo antes posible.

Pemberton volvió a la realidad. Sacudió la cabeza y se concentró. —Ha surgido algo.

—¿Qué ocurre?

—Tengo que cancelar lo de esta noche. Han llamado a William del trabajo y puede que tenga que quedarme con los niños.

—¿Me estás vacilando?

—Ojalá. He intentado oponerme, pero no quiere contratar a una canguro.

—Joder, qué imbécil. El tío es un idiota. Tienes que dejarlo.

—No es tan fácil. Ya sabes que lo estoy intentando. Poco a poco.

—Es un calzonazos.

Pemberton cambió de posición los pies. Odiaba fallarle a Mark de esa manera.

Había ocurrido en demasiadas ocasiones, y empezaba a pensar que tendría que fingir su propia muerte para tener siquiera la oportunidad de hablar con él en un ámbito no profesional.

Incluso habían intentado organizar sus encuentros en el trabajo fuera del horario laboral, pero hasta eso se veía interrumpido por el personal que se quedaba hasta tarde o los equipos de limpieza.

Y no podía inventarse infinitos fines de semana de formación como excusa para alejarse de su marido y sus hijos.

—¿Qué te he dicho otras veces, Mark? —continuó ella—. William es un buen tío. Y tengo mis razones para hacer lo que hago, pero no hace falta que hagas comentarios sarcásticos como ese, ¿vale?

—Lo siento, Nic. Es que de verdad tenía muchas ganas de verte.

—Y yo también. Sé que llevamos semanas con lo de esta noche organizado.

—Es lo que hay —dijo Murphy con voz tensa.

—No te pongas así —respondió Pemberton, lanzando una mirada por encima del hombro—.

Va a ser difícil, pero haré que valga la pena cuando por fin consiga verte.

Quizá tengamos que buscar un sitio tranquilo en los aseos mañana por la noche después del trabajo, cuando todo el mundo se haya ido.

No es el lugar más lujoso, lo sé, pero tendremos que asegurarnos de que no se repita lo de la última vez.

—Depende de si a tu imbécil de marido le da por montar otro numerito.

—Será a lo máximo que podamos arriesgarnos por ahora. Escucha, hablaré con él esta noche cuando vuelva del trabajo y volveremos a organizar algo pronto, ¿vale?

—No voy a aguantar la respiración esperando.

Pemberton suspiró y se apretó el puente de la nariz con los dedos. —No seas así, por favor. Quiero verte. De verdad.

—¿Seguro? Porque hasta ahora no me lo parece. Siempre soy el segundo plato.

—Tengo una familia... un marido y unos hijos en los que pensar.

—¿Un marido que ya no te importa y unos hijos a los que apenas ves? Sí —dijo Murphy—. Eso es lo que pensaba. Me parece una familia completamente feliz.

Colgó, dejando a Pemberton allí plantada, con la mirada perdida fija en su propio reflejo en el cristal.

Había esperado que no dijera eso. Amaba a su familia —a su hija, a Damian, a Jules—, pero las cosas no eran iguales desde hacía mucho tiempo, especialmente con William.

Las discusiones. Las noches hasta tarde.

El agujero negro en el que se había hundido su libido.

La repulsión que sentía cada vez que él intentaba tocarla.

Pero había habido una luz al final de todo aquello.

Mark la hacía sentir cosas que había olvidado que existían.

La hacía sentir cosas que quería sentir cada día.

Su matrimonio se había estancado, y lo único que le impedía estar con él era la culpa paralizante que sentía cada vez que se veían.

La situación en sí era un campo de minas: ella era su superior y, si se corría la voz, podría perder su trabajo y todo lo que le importaba.

Una voz a sus espaldas la distrajo.

—Señora. —Era el experto en explosivos, que llevaba el casco bajo el brazo. Su pelo negro y corto estaba húmedo, y pequeñas gotas de sudor brotaban de los poros de su nariz.

—¿Dígame? —dijo ella, alejando de su mente los pensamientos debilitantes sobre el futuro. Necesitaba estar presente en la escena del crimen; necesitaba salvar a Candice Strachan—. ¿Cuáles son las novedades?

—Perdone que sea tan directo, señora, pero no creo que vaya a salir de esta.