Capítulo 25
L a brusca aparición de Jake y Bridger alertó a todos los presentes en las inmediaciones del aparcamiento del Club de Golf de Farnham.
Las cabezas se giraron hacia ellos como suricatos en guardia, y algunos de los aspirantes a golfistas retrocedieron unos pasos; más para evitar que el coche o la grava que este levantaba golpearan su costoso equipo que por su propia integridad física.
Jake no había jugado al golf en su vida, pero había tratado con varios golfistas en la universidad y sabía que solían cuidar su equipo con más mimo y atención que cualquier otra cosa.
Al saltar del coche, Jake dio un portazo y corrió hacia la entrada del club, entrando en el edificio tras los pasos de Bridger.
Se encontraban en medio de lo que parecía una versión de lujo de Sports Direct.
De las paredes colgaban palos de golf, debajo había carritos alineados con pulcritud y, en el centro del local, hileras de ropa, camisas, guantes y pantalones.
Al otro fondo del edificio estaba el mostrador de recepción.
Encima colgaba un cartel que decía «Restaurante por aquí», señalando otra puerta en la esquina del extremo izquierdo de la sala.
—¿Puedo ayudarles, caballeros? —preguntó una voz preocupada desde detrás del mostrador.
—¿Es usted el dueño? —preguntó Bridger, metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón.
—Sí. James Atwood. Este es mi establecimiento. ¿Ocurre algo malo?
Bridger mostró su placa. —Estamos investigando un asesinato y un robo en la calle principal de Guildford. ¿Ha visto —o alguien ha entregado— un juego de llaves hoy? ¿O algo misterioso que se haya podido encontrar en el campo?
James Atwood frunció el ceño mientras la pregunta obvia se reflejaba en su rostro: ¿qué demonios tenía que ver un juego de llaves con un robo y un asesinato?
—Solo llevamos abiertos una hora —dijo—. Dudo que alguien haya completado ya todo el recorrido.
—¿Hay... hay alguien que pueda saberlo con seguridad? —preguntó Jake, intentando no sonar demasiado condescendiente. Dio un paso atrás para dejar que Bridger tomara el control.
El rostro de James se contrajo.
—Es urgente —dijo Bridger, fingiendo una sonrisa sincera.
James arqueó la espalda alejándose de ellos y giró la cabeza para mirar por un pequeño pasillo a la derecha. —Denise, cariño, ¿alguien ha entregado unas llaves?
Un segundo después, una voz lejana respondió: —Sí. Hace una media hora. Creo que las he puesto en la caja fuerte.
James gruñó y se agachó bajo el mostrador de caja. Se oyó el sonido de un código de seis dígitos al ser introducido en la caja fuerte y, en un instante, reapareció.
—¿Es esta? —preguntó. En la mano sostenía una llave pequeña, tan marrón y oxidada como la que Jake había encontrado en el baño de Candice.
—Excelente. Sí. Es esa. —Bridger se la arrebató a James—. ¿Podemos hablar un momento con Denise?
—Yo... no veo por qué no. —James se encogió de hombros y volvió a llamar a Denise.
Apareció unos segundos después, secando un plato llano con un paño de cocina.
Vestida con una fina blusa blanca de escote bajo y el pelo recogido, se la veía fuera de lugar, como si encajara mejor detrás de una barra en cualquier otra parte que en un club de golf de alta alcurnia.
—¿Sería capaz de describir a la persona que le entregó esta llave? —preguntó Bridger.
—Era una mujer. Joven. Quizá de unos veintitantos años. Dijo que la había encontrado en el aparcamiento.
—¿Estaba sola?
Denise asintió.
—¿Qué aspecto tenía? ¿Tienen grabaciones de las cámaras de seguridad?
—Sí.
Bingo.
—¿Le importa si les echamos un vistazo?
—Por supuesto. Por aquí, por favor.
Sujetando el plato en una mano y echándose el paño al hombro, Denise les dio la espalda y se dirigió por el pasillo del que acababa de salir.
Los condujo a una oficina angosta en la que apenas cabían los tres.
Había archivadores de palanca apoyados peligrosamente en el borde de una estantería, que se arqueaba por el centro.
Y debajo de ellos había un monitor de ordenador que mostraba la señal en directo de las cámaras de seguridad situadas por la casa club y el aparcamiento.
—¿Podría volver atrás, al momento en que esa persona entró en la tienda, por favor? —preguntó Bridger.
Jake sacó su libreta preparándose y Denise hizo lo que le pedían. En cuanto terminó, pulsó la tecla Intro con un dedo grueso y reprodujo la grabación. Jake se agachó para que la pantalla quedara a la altura de sus ojos y apoyó el codo en el escritorio, vigilando, esperando a que la mujer entrara.
Y entonces apareció.
Con el bolígrafo contra el papel, Jake anotó el código de tiempo: 09:55:32.
Casi una hora después del atraco. La mujer entró en la tienda, caminó con aire despreocupado hasta el mostrador, entregó la llave y se marchó de nuevo hacia su coche.
Llevaba el rostro oculto tras una gorra de béisbol y vestía una falda corta blanca y una camisa de rayas blancas y negras; llevaba un palo de golf en la mano.
En la nuca, asomando por el hueco de la gorra, se veía una coleta castaña.
Jake siguió observando los movimientos de la mujer. Tras pasar por su coche, cogió un carrito y se lo llevó rodando, desapareciendo por el césped del campo.
—¿Puede retroceder unos minutos, por favor? —preguntó Jake.
Denise rebobinó el vídeo y Jake le indicó cuándo pausarlo. Se acercó más, sacó su teléfono y fotografió el fotograma, una imagen muy pixelada del rostro de la mujer. No estaba seguro de si era una sospechosa o una buena samaritana, pero iba a asegurarse de averiguarlo.
—¿Podría ampliar la zona del aparcamiento? —dijo Jake mientras ajustaba su postura para aliviar el dolor de sus articulaciones. Solo tenía veinticuatro años, pero el suplicio que le daban las rodillas y la espalda le hacía sentirse cuarenta años mayor.
—Puedo intentarlo —respondió Denise—. Pero la imagen no es muy buena.
—Seguro que nos sirve. —Jake miró a Bridger buscando un gesto de aprobación y volvió a centrar su atención en la pantalla cuando este asintió.
En cuanto Denise volvió a la imagen del aparcamiento, sacó otra foto. Esta vez de la matrícula. Amplió la fotografía que había tomado. Resultaba ilegible.
—¿Le importa si mis colegas confiscan esto como prueba? —preguntó Bridger—. Puedo hacer que alguien venga pronto. Estamos trabajando en una investigación por asesinato.
Al oír esas tres últimas palabras, a Denise se le salieron los ojos de las órbitas.
Jake intuyó que era más por curiosidad y emoción que por el miedo a que un asesino hubiera pisado su campo de golf.
Algo para animar la cotidianidad de darle a una bola y deambular por un prado todo el día para encontrarla, supuso Jake.
—Cualquier cosa con tal de ayudar —dijo ella, asintiendo con entusiasmo.
Al regresar al mostrador de caja, Bridger agradeció a James y a Denise su tiempo, y después ambos salieron del local.
Un muro de calor denso y sofocante le robó el aire de los pulmones a Jake al salir al exterior.
Cruzando el aparcamiento, inspeccionó las matrículas de los coches.
A partir de la grabación, había podido discernir la marca y el modelo de lo que buscaba: un Audi A3 plateado.
Y, frente a él en ese momento, se encontraba con una fila de Range Rover y Volvo negros.
—Se ha ido —dijo Jake, pensando en voz alta mientras Bridger abría el coche.
—Quizá terminó pronto. Quizá hubo una emergencia. Tenemos lo que veníamos a buscar.
—Mmm. —Jake se mostraba dubitativo. Había algo que no le encajaba, algo que le rondaba por la cabeza como la carta de Hacienda que seguía sobre la mesa de su casa diciéndole que debía una cantidad sustancial de dinero que no tenía—. Creo que hay más llaves por ahí.
—¿Qué te hace pensar eso? —Bridger cerró la puerta con suavidad.
—La nota. Decía: «tira el dado y averigua cuál, o cuáles tres , serán las ganadoras». No creo que debamos volver a la casa para darnos cuenta de que tenemos la equivocada, de que se nos puede haber pasado alguna.
Bridger se quedó en silencio y contempló la hermosa extensión de verde frente a él, moteada por pequeños agujeros amarillos. —Buen razonamiento. Pero tendremos que ser rápidos; tenemos las otras pistas que encontrar y me preocupa el tiempo.
Jake no necesitaba que se lo recordaran. El tic-tac resonaba en silencio por su cráneo con cada segundo que pasaba, la cuenta atrás hasta que esos clavos se incrustaran en la carne de Candice.
Bridger volvió a cerrar el coche, se guardó las llaves y rodeó el capó. —Yo empezaré por el primer hoyo; tú empieza por el último. Luego nos encontramos en el medio, ¿vale?
Jake asintió conforme y se dirigió a la derecha, hacia el hoyo dieciocho. El campo estaba trazado en círculo, y Jake no tardó en perder de vista a su compañero. Corrió hacia cada hoyo, revisando el interior de la bandera y los alrededores, pero no encontró nada en los tres primeros.
Trotó subiendo y bajando por las superficies onduladas, y sus piernas se fatigaron pronto al cubrir las enormes distancias entre cada hoyo.
La desesperación no tardó en aparecer. Se acercaba al hoyo catorce y él todavía no había encontrado nada.
Pero estaba decidido a no rendirse. Sin aliento, redujo el paso a un trote que se parecía más a una caminata que a una carrera.
En el hoyo catorce, Jake se detuvo junto al banco de arena del campo. Escaneó los alrededores, se aseguró de que estaba solo y de que no había nadie más en las inmediaciones, y sacó su móvil.
—¿Danika? —dijo, sosteniendo el dispositivo pegado a la oreja mientras caminaba hacia el siguiente hoyo.
—Jake, ¿estás bien?
—Estoy bien. ¿Qué pasa por ahí?
—Hay mucho jaleo. Sin parar. Todo el mundo parece haber desaparecido hacia la escena del crimen, pero ahora mismo estoy recopilando información para el equipo. ¡Ah! Y unos agentes de uniforme han encontrado a Roger Heathcote en mitad de la carretera, desmayado.
—¿Está bien?
—Lo encontraron inconsciente por agotamiento. Lo revisaron los paramédicos y luego lo trajeron aquí. Resulta que es abogado de familia, tiene su propio despacho con su mujer. —Danika vaciló—. ¿Cómo está la cosa por donde estás tú?
—Es peor de lo que pensábamos —respondió Jake, archivando lo que Danika le acababa de contar para examinarlo más adelante.
Agradeció haber recuperado ya el aliento.
Demasiados aperitivos, bebidas azucaradas y largos momentos de inactividad.
Por no mencionar las raciones pantagruélicas que Elizabeth le ponía en el plato cada noche por miedo a que estuviera pasando hambre en el trabajo—.
Hemos encontrado a Candice Strachan, pero tiene un collar bomba sujeto al cuello.
La única forma de desactivarlo es encontrando cuatro juegos de llaves.
Estamos en medio de la búsqueda ahora mismo.
— Jézus —la voz de Danika estaba impregnada de una profunda preocupación—. ¿Qué hay de The Crimsons? Tenías razón con eso, ¿eh?
—Ojalá no la hubiera tenido.
—¿Sabéis dónde están?
—Esperaba que pudieras decírmelo tú. ¿Ha habido algún avistamiento?
—Que yo sepa, no.
—Vale. —Jake vaciló y miró a su alrededor una última vez, buscando a cualquiera que pudiera estar escuchando cerca. Cuando se dio cuenta de que seguía solo, tragó saliva y mantuvo la voz baja.
—Danika, tengo que pedirte un par de favores.
—Vale...
—¿Puedes mantenerme al tanto? Cualquier cosa que llegue a la oficina relacionada con The Crimsons, me gustaría saberlo.
Hay algo en todo este asunto que me descoloca.
Solo quiero estar preparado, que parezca que estoy en la onda y ese tipo de cosas.
Cualquier información que me des será de gran ayuda, sobre todo si estamos fuera.
A través del teléfono, Jake oyó que alguien en la oficina se acercaba a Danika y se detenía a su lado. Le hicieron una pregunta y ella respondió, deshaciéndose de ellos rápidamente.
—¿Quién era? —preguntó Jake mientras escuchaba cómo se alejaban los pasos.
—Solo alguien con quien hablé antes. Nada de lo que debas preocuparte.
—Vale. Bien. Hay una cosa más. —Jake esperaba una respuesta de Danika, pero al ver que no llegaba, continuó—: Tú estás a cargo de la investigación, ¿verdad? Bien. Quiero que averigües todo lo que puedas sobre Candice Strachan.
—¿A qué te refieres?
—Algo no me cuadra. Empezó a hablarme de mi reloj y del hecho de que me parezco a su hijo, y simplemente... me pareció raro. Creo que valdrá la pena investigarla para saber que es de fiar.
—¿Sabe Pemberton que me estás pidiendo esto?
—No... todavía no. No quiero distraerla. Está desbordada ahora mismo y debe de tener la cabeza a mil. Si voy a decir algo, quiero estar armado con los hechos.
—Haré lo que pueda.
—Gracias. Confío plenamente en que no lo joderás —dijo Jake en tono bromista.
—A veces eres un auténtico gilipollas, Jake Tanner —dijo Danika y colgó. Jake se sintió un poco más aliviado.
El hoyo trece estaba a la vista. Trotó los seis metros restantes y miró en su interior.
Un objeto brillaba bajo la luz del sol. Jake metió la mano y recuperó la llave.
Era casi idéntica a la que les había dado James Atwood.
El mismo tamaño. El mismo color. La misma textura. Y, debajo, había otra nota.
Jake estaba demasiado emocionado para leerla. En su lugar, se la metió en el bolsillo junto con la llave y se apresuró a recorrer el resto del campo hasta que finalmente se encontró con Bridger en el hoyo nueve.
—¿Tú también has conseguido una? —preguntó Bridger, sosteniendo otra llave en las manos—. Has recorrido un largo camino desde que hacías cafés en la oficina.
Jake sonrió con suficiencia. —No soy solo una cara bonita, ¿verdad?
—Nadie ha dicho nunca eso. Excepto quizá tu madre.
—La suya es la única opinión que importa. Ahora, deja de perder el tiempo y volvamos con Pemberton.