Capítulo 22
CONVERSACIONES CONFUSAS
—¡ J efa! —gritó Bridger, cruzando el jardín a zancadas hacia Pemberton. Se detuvo a su lado y le entregó la nota.
—¡Oh, Dios mío! ¡La habéis encontrado! —interrumpió Candice. Al ver la llave en la mano de Bridger, corrió hacia ellos tres. Su respiración se agitaba de la emoción—. La habéis encontrado. La habéis encontrado. Habéis encontrado la primera llave.
Pemberton se giró y levantó las manos en el aire para mantener a raya a Candice. En el poco tiempo que habían estado fuera, se había recogido el pelo en una coleta, presumiblemente para que la nuca le transpirase. Jake pensó que aquello le hacía parecer unos años más joven.
—Quédate atrás, Candice. Es por tu propia seguridad. No quiero tener que volvértelo a pedir. Te entregaremos esta llave, pero no hasta que llegue el equipo de desactivación de explosivos.
—¡No! ¡Tenéis que dármela ahora! Por favor. Tenemos que encontrar las demás —la voz de Candice sonaba ronca; el efecto de los gritos y los vómitos empezaba finalmente a pasarle factura.
—Y eso es lo que vamos a hacer. Solo tienes que ser paciente. No vamos a progresar nada si nos interrumpes cada vez que intentamos hacer algo. ¿Entendido?
Como un perro castigado, Candice retrocedió unos pasos.
Pemberton pivotó sobre sí misma y miró a Bridger—. Haz que baje algún uniforme más. Vamos a necesitar toda la ayuda posible. Especialmente si ella se deja llevar.
—Sí, jefa —Bridger asintió y se marchó.
Pemberton volvió a centrar su atención en Candice—. Candice, te prometo que conseguiremos esas llaves para ti. Pero no sabemos en qué estado se encuentra el collar bomba. Las instrucciones dicen que tiene una trampa; por lo que sabemos, en cuanto introduzcamos la llave, podría detonar.
Candice dejó escapar un gemido. Fue algo tan visceral y crudo que a Jake se le erizaron los pelos de la nuca mientras permanecía en los márgenes de la conversación.
Odiaba aquello. Lo que esa mujer estaba pasando.
El infierno al que se enfrentaba. Y ahora que Pemberton acababa de soltarle esa bofetada de realidad, intuyó que no sería la última.
Si sobrevivía, un desenlace que parecía cada vez más improbable, los horrores de aquel día la seguirían a todas partes, acechándola, aguardando el momento de abalanzarse sobre ella cuando menos lo esperase: cuando durmiera, cuando estuviera sentada frente al televisor, cuando condujera hacia el trabajo o el supermercado.
La mente era un titiritero con el poder de mover un dedo y provocar el caos.
Jake sabía muy bien que necesitaba ser domada, aunque no siempre estuviera dispuesta a ceder.
—¿Dónde están los expertos en explosivos?
¡Llevamos una eternidad esperando! —mientras hablaba, las lágrimas le surcaban el rostro, y el maquillaje mal aplicado de Candice la hacía parecer una versión de bajo presupuesto del Joker.
Era obvio que no había aprendido nada de los maquilladores con los que había trabajado como actriz, pensó Jake.
—Están viniendo. Llegarán en cualquier momento —Pemberton mantuvo las manos en alto. Pero su intento de calmar los temores de Candice estaba surtiendo poco efecto.
—¿Sabe usted algo de golf? —preguntó Jake abiertamente.
Candice vaciló antes de responder—. Solo que hay dieciocho hoyos en cada partida.
—Entonces al menos estamos en la misma página. ¿Hay algún club de golf cerca?
Candice asintió y señaló en dirección al sol—. Por allí. A unos cinco minutos. El Farnham Golf Club. No tiene pérdida. Mi marido conocía al dueño en su día.
—Gracias —dijo Jake.
En ese momento, Bridger regresó con el móvil en la mano.
Para entonces se había quitado los guantes de látex y se había quedado en camisa y corbata.
Detrás de él venía un séquito de agentes de la policía científica ataviados con trajes blancos, con las cabezas cubiertas por capuchas y gafas protectoras.
Jake no les envidiaba por llevar eso con aquel calor.
Ya era bastante malo haberlo llevado él durante diez minutos; solo podía imaginar cuánto tiempo iban a pasar ellos examinando minuciosamente toda la propiedad.
—¡Por fin! —exclamó Pemberton antes de marchar hacia los agentes de la científica.
Dio unos pasos antes de darse la vuelta y regresar hacia Jake.
Se detuvo frente a él, le puso una mano en el hombro y, acercándose a su cara, bajó la voz hasta un susurro—.
Necesito que te quedes aquí con Candice.
Haz que se sienta más cómoda, tranquila.
Hazla hablar. Pero no le digas nada que no necesite saber. Vuelvo en un minuto.
Antes de que Jake pudiera responder, ella y Bridger le habían dejado a solas con Candice, y los vio desaparecer por el otro lado de la casa con el equipo forense.
Durante un largo rato, Jake se limitó a quedarse allí, mirando el edificio, como si fuera un niño que anhela a sus padres, esperando pacientemente a que regresen.
Tragó saliva antes de dirigir su atención al jardín.
Sin Pemberton ni Bridger, la atmósfera era silenciosa, inquietante —el sonido del camino de entrada llegaba amortiguado como si viniera de kilómetros de distancia— y todo lo que podía oír era el susurro de las hojas con la suave brisa que revoloteaba a su alrededor.
Pivotando sobre las puntas de los pies, se enfrentó a Candice, y su mirada cayó sobre el dispositivo en su pecho.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Candice, con voz tranquila, neutral, casi como si de repente hubiera aceptado su destino.
La pregunta le pilló por sorpresa.
Dudó, tartamudeó—. Veinte y c-cuatro. ¿Cuántos... cuántos aparento?
—Eres joven. No pensé que mandarían a alguien de tu edad a un trabajo como este.
—¿Perdone? —Jake levantó el brazo derecho y se rascó la mejilla.
Al hacerlo, los ojos de Candice se agrandaron—. Mi hijo tiene ese reloj —dijo ella.
—¿Cómo dice? —Jake sostuvo el brazo frente a su cara.
En la muñeca llevaba el reloj que Elizabeth le había comprado por su cumpleaños el año pasado.
Había supuesto un gran gasto dadas las escasas finanzas que tenían, y él le había reprochado que se sintiera obligada a comprarle algo tan bonito para algo que pasaba tan pronto, pero aun así estaba agradecido.
Era un G-Shock GLX-5600-1JF. Y era una de sus posesiones más preciadas.
Iba con él a todas partes, y se miraba la muñeca varias veces al día para asegurarse de que no se le había caído.
—Tu reloj —repitió Candice—. Mi hijo tiene ese reloj. Lo llevas en el mismo brazo que él. El derecho. Pocas personas lo hacen. ¿Eres zurdo?
Jake bajó el brazo a su costado lentamente. ¿De qué está hablando?
—Soy diestro —corrigió—. Es que soy un bicho raro. Me gusta llevarlo en el lado derecho. Siempre lo he hecho así.
—Te pareces a él.
Jake contuvo el aliento—. ¿A quién?
—A mi hijo.
—¿Qué edad tiene?
—Una edad similar a la tuya, de hecho —dijo Candice—. Me lo quitaron cuando era muy pequeño. Los servicios sociales.
Jake no supo qué decir. Al final, optó por lo único que su instinto le permitió—. Lamento oír eso.
—Vas a sacarme de esta, ¿verdad, inspector?
—Voy a intentarlo.
—Sabes lo que tienes que hacer, si no, ya sabes lo que pasará si no lo haces —su dedo señaló el collar bomba.
Jake dio un paso atrás.
—Si necesitas ayuda, sabes a quién acudir, ¿verdad?
Jake no dijo nada.
—He oído en las noticias que hay uno de ellos en la cárcel, ¿no es así? Uno de los Crimsons. Si necesitas ayuda con lo que planeen a continuación, estoy segura... estoy segura de que él podrá ayudar.
—¿Freddy? —susurró Jake para sí mismo, alejando su atención de la conversación.
Antes de que pudiera decir nada lo bastante alto como para que ella lo oyera, el sonido de la grava moviéndose bajo los pies le distrajo. Pemberton regresaba corriendo con Bridger a la zaga.
—Los de la científica ya están en el edificio haciendo un barrido completo de la casa —dijo ella—.
No se permite entrar ni salir a nadie más hasta que hayan terminado sus investigaciones.
Ahora, quiero que vayáis los dos al campo de golf.
Tenemos que encontrar esa otra llave antes de que llegue el EOD.
Jake y Bridger salieron disparados hacia el coche de este.
—Tú eres el de las indicaciones —dijo Bridger mientras metía la marcha atrás y salía del camino de entrada.
—No debería ser muy difícil teniendo en cuenta que está a la vuelta de la esquina.