Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

PARADA TÉCNICA

M ientras los tres seguían hacia el sur cruzando Beacon Hill, con la luz del sol abriéndose paso entre las ramas y las hojas de los árboles que colgaban sobre sus cabezas, Luke no dejaba de mirar hacia atrás.

Buscaba un despliegue de luces azules parpadeantes sobre coches de policía patrullando que los persiguieran, acercándose más con cada segundo que pasaba.

Cada vez que no encontraba nada, la paranoia le jugaba malas pasadas, haciéndole creer que el reflejo del sol en el tráfico era el azul y blanco incandescente de un coche patrulla.

Incluso el sonido de un claxon de algún conductor agraviado se convertía en una sirena policial.

Era implacable y le carcomía la cordura.

—Para el coche —dijo Luke, agarrándose al respaldo del asiento de Danny.

Su hermano lo ignoró.

—Para el coche —reiteró.

Silencio.

—Dan... llevamos demasiado tiempo en este coche. Mucho más de lo habitual. Tenemos que parar y cambiar de vehículo. Ya habrán detectado las matrículas nuevas. Y me meo. Para el coche.

—No vamos a parar —dijo Danny, con la vista clavada en la carretera—. No hasta que lleguemos a Portsmouth.

—Me meo —dijo Luke. No le importaba sonar como un niño insolente.

La culpa se estaba apoderando de él. Imágenes vívidas y viscerales destellaban de forma intermitente en su mente.

Imágenes de la mujer muerta a la que Danny le había pegado un tiro en el cuello.

Esos ojos sin vida. La forma en que su cuerpo se desplomó lentamente en el suelo.

Y luego pasaban a imágenes de Candice, tumbada sobre el mármol con el collar bomba sujeto al cuello.

Los gritos. Alaridos. Súplicas de ayuda y clemencia.

—Mea en una botella —dijo Danny, gruñendo ruidosamente.

Luke escudriñó los asientos traseros. —No hay ninguna.

—Mea en los asientos, entonces.

—No puedes hablar en serio —dijo Luke—. ¿No decías que nada de ADN?

¿Ningún rastro? Como todas las demás veces que hemos hecho esto, ¿eh?

¿Qué hace que esta vez sea distinta? ¿Porque es el Gran Final de Dan, la Gran Idea Brillante de Dan, y se cree que puede sacrificar las reglas para todos menos para él?

Danny permaneció en silencio.

—¿No vamos a hablar de lo evidente? —preguntó Michael.

—¿Qué es lo evidente? —preguntó Danny, girando la cabeza bruscamente hacia Michael.

—El hecho de que te has cargado a alguien, Dan.

¿A qué ha venido eso? Nunca aceptamos matar a nadie.

Al menos podrías habernos avisado —explicó Michael—.

¿Y qué hizo ella para merecerlo? No se estaba interponiendo en el camino de nadie.

Eso es sangre fría, Dan. Nunca esperé ver algo así de tu parte.

—Hice lo que tenía que hacer.

—También vi cómo le apuntabas a Candice con la pistola... Casi le disparas. La necesitamos, sin ella todo se va a la mierda.

Un Ford Insignia salió de una carretera rural, metiéndose delante de ellos.

Danny pegó un frenazo. Luke salió impulsado hacia delante de nuevo y el cinturón se le clavó en el hombro.

Mientras su hermano tocaba el claxon, le dedicaba una peineta al conductor y recuperaba gradualmente la velocidad normal, Luke se llevó una mano a la vejiga; la sensación en el bajo vientre empeoraba, presionándole cada vez que daban un volantazo entre el tráfico, adelantando por la izquierda y por la derecha a la menor oportunidad.

Miró el velocímetro. La aguja marcaba algo más de 130 km/h.

—Solo hay un carril —dijo él, golpeando el reposacabezas de Danny—. ¿Intentas matarnos?

—No me digas cómo conducir, Luke. Tú ni siquiera te has sacado el carné.

Danny volvió a frenar en seco. Esta vez Luke lo vio venir y tensó las piernas mientras apoyaba la mano en el respaldo del asiento de Danny para evitar el dolor del cinturón en el hombro.

—Freddy siempre decía que yo era un conductor decente —replicó Luke, acomodándose en el asiento y mirando por la ventana, intentando no pensar en lo cerca que estaba su vejiga de explotar.

Se le hizo raro mencionar el nombre de su viejo amigo.

De hecho, había sido más que un amigo. Un padre.

El padre que nunca habían tenido. Y él era el responsable de haberlos guiado por el camino que recorrían en ese momento.

—Freddy no está aquí ahora, ¿verdad? Así que me vas a escuchar a mí en su lugar. —Danny golpeó el volante con la mano—. Dios... si supierais cómo era Freddy de verdad. No es el héroe que creéis.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Michael.

—Él te enseñó todo lo que sabes. Nos enseñó todo lo que sabemos —añadió Luke.

—Y mirad dónde ha acabado. Enjaulado los próximos quince años.

—¡Y nosotros vamos a acabar enjaulados el resto de nuestras vidas si no cambias este coche por uno nuevo!

Danny lo ignoró. —Freddy no vale una mierda.

—¿Qué te hizo? —Michael puso la mano en el salpicadero, girándose hacia Danny.

Miraba a su hermano mayor con esa expresión de decepción, la misma que todos habían visto en el rostro de su padre demasiadas veces, cuando aún formaba una pequeña parte de sus vidas, instantes antes de que empezaran las palizas.

—Nada. —Danny despachó a Michael con un gesto de la mano—. Déjalo.

Aminoraron al acercarse a una rotonda. A su derecha había un ramal que llevaba a la A3.

Danny dio un volantazo en la curva, subió por el ramal y se incorporó a los dos carriles de tráfico.

El rugido del motor llenó el habitáculo, que permanecía en un silencio sepulcral.

Luke siguió mirando por la ventana, viendo el mundo pasar volando como un espejismo de verde y gris.

Durante mucho tiempo, había querido dejar su vida de delincuente profesional.

Era horrible: dar la espalda constantemente a todos los que amabas.

Mirar por encima del hombro a cada paso.

No era la vida que imaginó que tendría cuando creciera.

Nunca había sido un hacha en los estudios, pero desde pequeño siempre había querido ser arquitecto.

Artista. Diseñador gráfico. Alguien que supiera dibujar.

Alguien que pudiera hacer del mundo un lugar mejor con su arte...

y la única contribución que había hecho hasta ahora era crear el diseño de las máscaras de demonio que eran sinónimo de su nombre.

Aparte de eso, no había sido más que una quimera.

Algo que nunca podría compartir con sus hermanos, especialmente después de formar el grupo.

¿Cómo iba a marcharse para seguir su pasión cuando ellos habían sido tan firmes con la lealtad, la confianza y la hermandad?

¿Qué clase de hermano sería si les diese la espalda? Ninguno de los dos se lo perdonaría.

Pero ahora había esperanza. Por fin estaban saliendo del país y de esa vida para siempre.

Ahora su pasión tenía la oportunidad de hacerse realidad en las nuevas vidas que iban a forjarse.

Pronto, los tres podrían disfrutar del resto de su tiempo en la tierra haciendo lo que amaban, juntos.

Al menos, eso era lo que se decía a sí mismo.

Un cartel de una estación de servicio cercana pasó volando a menos de medio kilómetro.

—Para aquí, Danny. Necesito mear. Todavía .

Danny soltó un bufido de descontento por la nariz.

—Creo que he visto el flash de uno de esos radares hace unos kilómetros. Este será un buen sitio para abandonar el coche y pillar uno nuevo.

—Vale, puedes poner a prueba esas habilidades que te enseñó Freddy. Pero no la cagues. —La voz de Danny estaba cargada de desdén, pero Luke agradeció el pobre intento de aligerar el ambiente.

—Dan... —empezó Michael—. ¿Seguro que es buena idea? Tenemos a media pasma buscando el...

Danny lo cortó con un gesto de la mano—. No, no. Si el niño prodigio quiere demostrar lo que vale, que lo haga. Es nuestra última vez en esto, así que es justo. Luego veremos cuánto sabe en realidad.

Estaba decidido. Luke se acomodó en el asiento de cuero. Su mano se desplazó hacia la entrepierna y ejerció presión, aliviando una vez más la sensación de ardor en la vejiga.

Entonces Danny cruzó los dos carriles, reduciendo a una velocidad legal, y se desvió hacia una estación de servicio.

Se metió para aparcar detrás de un Audi A4 y tiró del freno de mano.

La estación de servicio estaba sorprendentemente tranquila, salvo por unos pocos coches echando gasolina y algunos vehículos pesados estacionados detrás del edificio, con sus conductores durmiendo o devorando un banquete de comida rápida.

Luke puso la mano en el tirador de la puerta.

—¿Qué haces? —preguntó Danny, girándose en el asiento.

Luke miró el tirador—. ¿No es obvio?

—Vestido así , no.

—Mierda.

—Desvístete. Despéinate. Ponte el gorro. Mantén la cabeza baja. Y trata de no tocar nada.

En el asiento trasero del GLC de Candice, Luke se desabrochó la cremallera del mono carmesí, se lo quitó y lo apartó a un lado.

Luego rebuscó en la bolsa de deporte entre las joyas y encontró su gorro.

Calándoselo hasta las cejas, se apartó unos mechones de pelo de los ojos y ocultó la bolsa con su mono antes de saltar fuera del coche.

Danny le gritó: —Tienes dos minutos. Mea y vuelve directo.