Capítulo 14
MÚSICA
E l Mercedes GLC de Candice Strachan era incapaz de dominar las interminables y sinuosas carreteras secundarias de las colinas de Surrey.
Luke apretó el agarre sobre la tapicería de cuero y cerró los ojos, deseando que las náuseas que sentía en el estómago y en la cabeza se evaporaran.
Antes de marcharse, le habían robado las llaves, habían cambiado las matrículas por un juego que ya tenían preparado en la parte trasera de su furgoneta y habían secuestrado el vehículo.
Para la siguiente fase de la operación necesitaban ir en algo más discreto, algo que la policía no estuviera buscando.
En este preciso momento, con toda la tecnología y los conocimientos de los que disponían las fuerzas del orden, el GLC se estaba convirtiendo rápidamente en una baliza muy cara que les señalaba desde cualquier dirección. De momento, sin embargo, bastaría.
En todos sus golpes anteriores, Los Crimson habían contado con un elaborado plan de huida, algo en lo que habían pasado semanas o meses preparándose meticulosamente.
Se les había inculcado desde el principio la importancia del escape.
Estaba muy bien ser capaz de atracar un banco o una joyería para empezar, pero si no podías salir impune, ¿qué sentido tenía?
Así que organizaban una serie de vehículos robados estacionados estratégicamente en los arcenes, que actuaban como un largo rastro de migas de pan para que la policía los siguiera.
Inevitablemente, el rastro se volvía demasiado largo y confuso, y a medida que la policía perdía el impulso y las ganas de continuar, Los Crimson se reincorporaban a la civilización como miembros respetables de la sociedad.
A estas alturas, lo normal habría sido que ya estuvieran en su segundo cambio de vehículo, tras haber aparcado el anterior en un lugar remoto donde solo lo encontrarían los paseadores de perros o gente practicando sexo en el coche.
Ahora, sin embargo, todo en el atraco era diferente.
La dinámica había cambiado. Y el plan que todos debían seguir, en el que debían confiar, era el de Danny.
Luke se mostraba reticente. Confiaba en su hermano, pero no lo suficiente.
Freddy, su antiguo líder y el amigo más cercano de Luke, había sido el responsable de llevar a cabo sus golpes anteriores.
La forma de hacer las cosas de Danny era distinta.
Y distinto no siempre significaba bueno.
Danny dio un volantazo al coche al rodear una rotonda.
—Ve más despacio —dijo Luke, masajeándose la frente—. Voy a echar la pota en cualquier momento.
—Hazlo en los asientos traseros.
—Pero yo...
—Mira por el parabrisas y céntrate en los coches o en algo. Eso suele ayudar. Nos quedan un par de horas. Ya eres mayorcito, seguro que aguantas tanto tiempo —dijo Danny—. ¿O quieres empezar a meter los diamantes en las bolsas para distraerte?
—¿Quieres que me desmaye? No sirvo para nada si estoy inconsciente, ¿verdad? —respondió Luke, tragando saliva con dificultad, luchando por aplacar la bilis que le subía por la garganta.
Sin previo aviso, Danny dio un frenazo, lanzando a Luke hacia delante en el asiento. El cinturón de seguridad se le clavó en el hombro. —Si no aflojas, nos pararán. La pasma no tardará en empezar a vigilar este coche, ¿te acuerdas?
—Sí, gracias, Luke. He hecho esto antes. Sé lo que hago; no necesito que un crío como tú me diga qué tengo que hacer. —Danny apretó el volante con más fuerza y flexionó los nudillos.
Michael intervino: —Hace un momento has dicho que era mayorcito y ahora estás...
Danny señaló con el dedo a Michael a la cara y luego le dio un puñetazo en el brazo. —No empieces, Micky. No es el momento.
—Parece que nunca es un buen momento contigo últimamente. Has estado tenso estos últimos días. Desde que tuviste que dejar marchar a esa zorra.
—Hice eso por vosotros. Deberíais estar dándome las gracias.
—¿De dónde has sacado esa idea?
—Louise me dijo que os mandara a todos a paseo, pero le dije que no. Nadie va a separar a mis hermanos de mí.
—Pues que le den a la guarra. Yo no la voy a echar de menos, desde luego.
Ya basta de hablar de ella, no merece nuestro tiempo.
—Michael se giró en el asiento y cogió la bolsa de deporte abierta que estaba junto a Luke en la parte de atrás—.
¿Cuánto creéis que tenemos aquí, chavales? ¿Cien mil? ¿Doscientos? ¿Trescientos?
—Medio kilo fácil —añadió Luke.
—Música para mis oídos, Luke. Maldita música para mis oídos. —Michael soltó la bolsa, dio una palmada y encendió la radio: Radio X, a todo volumen con el último tema de rock del que Michael parecía conocerse ya la letra.
Normalmente, Luke odiaba escuchar los gustos musicales de Michael —él era más de drum and bass, música garage, algo con ritmos pesados y repetitivos—, pero en esta ocasión, lo aceptó.
Luke nunca había pasado por una ruptura —ni siquiera había tenido novia— y era consciente de que eran duras, pero por la forma en que Danny seguía hablando de Louise, casi parecía como si todavía estuvieran juntos.
Y eso empezaba a cabrearlos tanto a Michael como a él.
Se suponía que Danny era el líder audaz de un grupo de crimen organizado, no un baboso con los mocos colgando, suspirando por su exnovia.
Luke se acomodó en el asiento, dejando que la música fluyera sobre él y le ofreciera un respiro de los episodios del «Show de Danny y Louise».