Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

SITUACIÓN

L a mansión de Candice Strachan en Farnham estaba a veinte minutos en coche, poco más de la mitad con las luces azules y una escolta policial abriendo paso.

La mansión se encontraba en mitad de ninguna parte, rodeada de hileras de olmos y extensiones de campos verdes que parecían piscinas a lo lejos.

El camino de entrada estaba oculto por una hilera alta de setos.

El acceso a la propiedad estaba custodiado por una puerta metálica. Estaba abierta.

La escolta policial llegó primero y aparcó frente a la puerta principal, a escasos metros de la hilera de setos de laurel de Portugal.

Bridger se detuvo detrás de ellos, dejando despejado el camino de piedra que los separaba.

Una dosis de aire fresco y puro, acentuada por la sombra que proyectaban las ramas colgantes de los árboles, le acarició la mejilla y le bajó por la garganta al salir del coche.

Siguiendo las órdenes de Pemberton, habían enviado a Jake y a Bridger a investigar la propiedad en busca de señales de actividad reciente.

Jake no estaba muy convencido de aquella decisión.

Había gente mucho más cualificada para estar allí y, sin embargo, lo habían elegido a él.

Mejor dicho: Bridger lo había elegido a él.

—Te servirá como una buena experiencia —le había dicho Bridger durante el trayecto—. Sé que tienes antecedentes en este tipo de cosas, así que he pensado que sería bueno ver de qué eres capaz.

La experiencia era lo último que tenía en mente. En su lugar, estaba concentrado en lo que aguardaba a la vuelta de la esquina, en lo que podrían encontrar en cuanto pusieran un pie en el camino de entrada. Nada, esperaba egoístamente.

Los dos agentes de policía uniformados fueron los primeros en avanzar.

El sonido de los guijarros crujiendo le recordó a Jake a su hija Maisie, a la hora del desayuno; a la forma en que sus dientes en crecimiento masticaban los cereales y cómo se le iluminaba la cara al experimentar una sensación nueva.

Maisie. La echaba de menos, se preocupaba por ella, y el nudo en el estómago regresó al pensar brevemente en ella.

El inicio del camino estaba dividido en dos por la sombra que proyectaban los setos.

En un lado, el más cercano a Jake, las piedras habían adquirido un tono grisáceo; en el otro, más cerca de la mansión, brillaban como el oro bajo los rayos del sol.

En cuanto cruzara la línea y entrara en la zona soleada, ya no habría vuelta atrás.

Frente a él, aparcada justo delante de la casa, había una furgoneta Ford Transit negra.

La rueda delantera izquierda del vehículo estaba metida bajo el paso de rueda por un giro de última hora, las puertas traseras estaban abiertas y la ventanilla del pasajero, bajada.

Desde su posición, Jake podía ver el interior del espacio de carga. Vacío.

Pero de repente todo cambió.

Un grito, parecido al chillido de un ave, rasgó el aire inmóvil.

Jake miró a su alrededor buscando el origen.

Lo encontró saliendo de detrás de la Transit.

Candice Strachan. Iba con su uniforme: una falda tubo gris claro muy elegante, una americana y una camisa blanca abotonada hasta el pecho.

Estaba descalza, y su cabello rubio, ligeramente aclarado por el sol, irradiaba calidez frente a la frialdad de su rostro.

—¡Ayuda! ¡Tienen que ayudarme! ¡Socorro!

—así fue su súplica, pero Jake apenas le prestó atención.

Tenía los ojos fijos en la gruesa pieza de metal que le rodeaba el cuello y que parecía una esposa gigante.

Sujeta a la parte inferior había una pequeña caja metálica que descansaba sobre su clavícula.

En la base de la caja, por debajo, se veía lo que parecía un temporizador de cuenta atrás y cuatro orificios.

Los cuatro agentes se quedaron petrificados.

—¡Por favor! —gritó Candice desde el otro lado del camino—. Han dicho que es una b-bomba de clavos. Han dicho que me va a m-matar. Pero no sé cuándo va a ex-explotar.

Las palabras daban vueltas en la cabeza de Jake.

Clavos. Bomba. Matar. Clavos. Bomba. Matar.

Hasta que no fueron más que ruido blanco.

Pronto, el resto de sonidos a su alrededor quedaron ahogados por el latido furioso de su corazón contra las costillas, por su sangre balística recorriéndole el cuerpo con rabia.

Y entonces empezó. Había pasado tanto tiempo desde el último que había forzado el recuerdo al fondo de su mente, pero ahora estaba regresando, y volvía con sed de venganza.

Jake retrocedió tambaleándose, vagamente consciente de que abría la boca para balbucear algo ilegible.

Retrocedió hasta el coche de Bridger y se encorvó sobre el capó.

No se atrevía a cerrar los ojos, porque sabía lo que pasaría si lo hacía: todo su cuerpo se transportaría de nuevo a aquel día, el día en que aquello empezó.

Con las manos apoyadas firmemente en el capó abrasador, ignorando el dolor, Jake jadeaba con fuerza en un intento vano de regular su respiración.

Fue inútil, como siempre. Una presión inmensa se abatió sobre su cabeza, aplastándolo, derribándolo hasta el suelo.

Un segundo después, estaba sentado en la hierba, con las piernas pegadas al pecho y la espalda apoyada contra la calandra y la matrícula.

Con cada aliento frenético, la presión de su cabeza se extendía al resto del cuerpo.

La sensación de estar atrapado se apoderó de él casi tan rápido como el manto blanco que cubrió su visión.

Esta vez no necesitó cerrar los ojos para que ocurriera.

Ya estaba de lleno en pleno ataque. Rodeado de blanco, se le puso la piel de gallina y regresó a aquel día.

Había hecho sol, igual que ahora, salvo que la temperatura era de unos pocos grados bajo cero y la altitud de varios miles de pies hacía que el sol apenas se notara.

Eran cinco, entregados a la adrenalina de bajar a toda velocidad por la ladera de una montaña en el corazón de los Alpes.

Un giro equivocado en la nieve levantó su tabla y, en cuestión de segundos, se encontró atrapado, boca abajo, condenado a muerte en una tumba de nieve.

Sintió una mano en el hombro: fuerte, firme, pero con una cierta ternura y delicadeza, como la que suele reservarse para una mujer o una amante.

Aquello devolvió a Jake a la realidad. Al abrir los ojos, el blanco se fundió en azul, verde y dorado, y apareció la imagen de Bridger en cuclillas frente a él.

—Jake —dijo—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Qué está ocurriendo?

La vergüenza le punzaba desde todos los ángulos, burlándose de él. Tres años, tres años desde su último ataque de pánico, y creía que por fin había empezado a controlarlos.

—Nada —mintió, poniéndose en pie con la ayuda de Bridger—. Solo ha sido un poco de... impresión. Eso es todo.

Se alegraba de no haber dejado un espectáculo de color en forma de vómito sobre el frontal del coche de Bridger.

—Creo que deberías sentarte.

Jake se sacudió la ropa y respiró hondo. —Estoy bien, de verdad. —Miró por detrás de Bridger y vio a Candice y a los agentes uniformados en el camino, en las mismas posiciones en las que estaban antes de que ocurriera aquello—. ¿Qué pasa?

—Es peor de lo que pensábamos —respondió Bridger, mirándola por encima del hombro—. Dice que eso que tiene al cuello contiene clavos metálicos y que, en cuanto salte el detonador, también lo harán los clavos.

—¿En el cuello?

Bridger se volvió hacia Jake y asintió.

Jake parpadeó para despejar otro muro blanco. —¿Qué hacemos ahora? —Esperaba no ser el único que se sentía totalmente superado por la situación.

Bridger metió la mano en el bolsillo y sacó el teléfono. —Es hora de hacer una llamada. —Marcó un número y se llevó el aparato a la oreja. Unos segundos después:— Pemberton, soy yo. Creo que tiene que venir aquí; tenemos una situación complicada.