Capítulo 12
EL RESCATE
C andice se despertó aturdida. Por un momento se preguntó dónde estaba, pero a medida que lo que la rodeaba iba cobrando nitidez, se dio cuenta de que estaba tumbada en el suelo, con las piernas y los brazos desparramados en todas direcciones.
Tenía el rostro pegado por el frío al mármol macizo que su marido se había empeñado en comprar, y gimió al despegar la piel de la piedra.
Sentía el cuerpo débil. La respiración. Los músculos. Los huesos.
Le temblaban los brazos al intentar sostener su propio peso. Y entonces recordó el porqué.
El collar de pinchos.
Pesaba mucho, la hundía y empezaba a asfixiarla lentamente.
El pánico volvió a apoderarse de ella. El refugio de la inconsciencia no le había proporcionado una huida de la realidad. No había sido un sueño; era, de hecho, muy, muy real. En su cabeza oía el sonido invisible de una cuenta atrás.
Tic . Tac . Tic . Tac .
Bip . Bip . Bip .
Los segundos pasaban a toda velocidad y ella no estaba haciendo nada al respecto.
No tenía ni idea de cuánto tiempo quedaba en el contador.
Podrían ser tres horas. Dos. Una. Veinte minutos.
Candice no podía permitirse quedarse sentada esperando a que alguien viniera a salvarla.
Si iba a salir de esta situación, tendría que hacerlo por sus propios medios.
Nunca se había dejado vencer por nada de lo que la vida le había puesto por delante, ¿por qué iba a empezar ahora?
Candice miró a su alrededor; sus ojos lo captaban todo pero no se centraban en nada.
Se quedó mirando el lugar donde había estado el hombre, el mismo que la había dejado tirada en medio de su casa.
El mismo que la había dejado allí para morir.
Antes de que pudiera dar rienda suelta a un torrente de insultos dirigidos a él por haberla abandonado, el destello de la carta blanca en el suelo le llamó la atención.
Las instrucciones.
Sus instrucciones.
Candice alargó la mano, cogió el papel y lo inspeccionó.
Necesitaba leerlo de nuevo —el pánico le había borrado los detalles de la mente—, pero las manos le temblaban violentamente y le costaba descifrar las letras que bailaban sobre la página.
El documento se sentía fino entre sus dedos, como si el papel fuera el más barato que hubieran podido comprar.
Como si el más mínimo movimiento fuera a rasgarlo en dos y a destruir cualquier esperanza de encontrar la primera llave.
Al final, consiguió mantenerlo lo bastante firme y leyó lo que decía.
DONDE LA ROPA SE DEJA COLGADA PARA SECARSE COMO VIEJOS AMIGOS.
Eso era bueno. Muy bueno, de hecho. Estaba más cerca de lo que pensaba.
Estaba segura de haber visto a uno de sus atacantes desaparecer escaleras arriba.
Sintiendo un nuevo soplo de energía y adrenalina, Candice empezó a subir los peldaños tan rápido como le permitían sus piernas.
Se agarraba a la barandilla para apoyarse, no fuera que las rodillas le flaquearan bajo el peso del dispositivo y la hicieran caer rodando por la escalera.
Al llegar arriba, Candice irrumpió en el dormitorio principal, el lugar donde había pasado cada noche durante cuatro meses llorando la pérdida de su marido.
Cada vez que entraba en esa habitación, se acordaba de él.
El lado de la cama en el que él solía dormir.
El despertador, una reliquia familiar que él había tenido durante medio siglo y que había reparado más veces de las que habían tenido sexo.
Las zapatillas que él dejaba en el suelo, listas para cada mañana en cuanto sacaba las piernas de la cama.
No había tenido el valor, ni la fuerza, para mover nada de aquello entonces, y desde luego no iba a empezar ahora.
Desde su fallecimiento, Candice dormía en la única habitación que daba a la entrada, que además era mucho más pequeña.
Quizá era porque allí se sentía más segura, como si la cercanía de las paredes pudiera protegerla. No es que fuera a admitirlo ante nadie.
Una cama de matrimonio con dosel presidía el centro del dormitorio principal, con mesitas de noche a ambos lados. A su izquierda, tras una puerta de color beige a juego con las paredes pintadas, estaba su vestidor.
Candice se acercó llena de aprensión. Más de las tres cuartas partes de lo que había dentro pertenecía a su marido, y servía como recordatorio constante del tiempo que pasaron juntos y del amor que compartieron antes de que se lo arrebataran demasiado pronto.
Obligándose a apartar los pensamientos e imágenes de él, empezó a tirar de la ropa, los zapatos, los jerséis, las chaquetas y la ropa interior que había en los estantes, cajas y cajones.
Lo desordenó todo, registrando cada prenda primero en busca de la llave antes de lanzarla al suelo.
Metió los dedos por todos los rincones de la moqueta y los pasó por encima de los rodapiés.
Cuando lo hubo revuelto todo, gritó. No había encontrado nada.
Abatida, y cada vez más consciente de que el tiempo se agotaba en ese reloj invisible, salió al pasillo para decidir qué habitación registrar a continuación.
Había tres más entre las que elegir, incluida la suya propia.
Al final, probó con su habitación. Era el único lugar lógico que tenía otro armario en uso.
Entró de golpe, abrió de par en par las puertas del armario y buscó a fondo. Tras vaciar el contenido sobre la cama, se detuvo. Jadeando. Con el pecho agitado. Seguía sin haber rastro de la llave.
—¿Dónde coño estás? —gritó, apretando los dientes, mientras pequeñas gotas de saliva caían sobre la moqueta. Su voz sonaba demoníaca, casi poseída—. ¡Esto es ridículo!
El corazón le latía a mil por hora y se sentía cada vez más furiosa e impaciente con cada segundo que pasaba.
Justo cuando estaba a punto de marcharse, oyó crujir la grava de la entrada.
Candice se encaramó al alféizar de la ventana cubierto de polvo y miró hacia fuera.
A lo lejos, la verja de entrada a la casa se había quedado abierta.
Cuatro personas —dos vestidas con uniforme de policía y las otras dos de traje— avanzaban por el camino; el sonido de sus pasos sobre la grava le llegaba a través del cristal.
¡Era el momento! ¡Por fin estaban allí! ¡Al fin han venido a ayudarme!
Candice bajó las escaleras a toda prisa, sin importarle el efecto que aquello pudiera tener en el dispositivo; se sentía aliviada de que hubiera alguien allí que pudiera salvarla.
Bajó los peldaños de dos en dos y corrió hacia la puerta.
El pie le resbaló en una pequeña mancha de vómito y se golpeó el hombro contra la puerta.
Le dolió, y mucho, pero no era el momento de lamentarse por el dolor. Tenía que dejarlos entrar. A todos.
Candice buscó el pomo a tientas, lo encontró y tiró de la puerta con fuerza. Salió al exterior y tropezó en el umbral de la entrada.
—¡Por favor! —gritó, incorporándose—. ¡Tienen que ayudarme! ¡Voy a morir!