Capítulo 9
EL DISPOSITIVO
D anny apagó el motor.
—Que nadie se mueva —les dijo.
Salió del asiento del conductor, rodeó la furgoneta y abrió las puertas traseras.
La luz entró a raudales, obligando a Candice y al Buen Samaritano a protegerse los ojos con los brazos.
Él se asomó al interior, buscó a Candice, le enganchó la mano en el hueco de la axila y la sacó de la furgoneta.
Mientras Danny la ponía en pie, ella dejó de forcejear, y él contempló la mansión que tenían delante.
Estaban frente a la casa de Candice; para la siguiente fase de su operación, la habían obligado a darles las indicaciones para llegar.
Habían conducido por carreteras secundarias estrechas y sinuosas, pasando junto a grandes campos verdes y atravesando una puerta de seguridad para alcanzar aquel lugar.
La mansión que tenía ante sí era magnífica.
Georgiana. Isabelina. Victoriana. Le daba igual.
Era de alguna de esas épocas, y era una de las propiedades más elegantes que había visto jamás.
Casi tan grande como la finca en la que él y sus hermanos se habían criado.
—Parece que nos ha tocado el gordo aquí, chavales —dijo Danny, tirando de Candice hacia delante hasta que quedó frente a él, haciendo que parecieran una pareja de nuevos propietarios contemplando su última adquisición.
Detrás de él, Luke salió con dificultad de la parte trasera de la furgoneta y agarró al Buen Samaritano por el cuello. Luke soltó un gruñido mientras sacaba al hombre en vilo y lo ponía en pie.
—Por favor —gimió el hombre—. Por favor, yo... no quiero... No podéis...
Danny se detuvo y se giró hacia él, entornando los ojos tras la máscara. Ataviado con un polo Barbour rosa y unos pantalones cortos color crema que resaltaban dolorosamente el hecho de que se había orinado encima durante el trayecto, el hombre juntó las manos y temblaba de forma incontrolada.
—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Luke, apuntando con la pistola a aquel amasijo de nervios que balbuceaba.
—No lo sé —respondió Danny—. Mátalo.
—¡No! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡No! —El hombre cayó de rodillas y suplicó.
—Tú fuiste quien quiso ir de héroe, colega. Te lo has buscado tú solito.
—No era mi intención. Lo siento. Por favor, no me hagáis daño.
Michael rodeó la parte trasera del vehículo, pasó por encima del hombre y sacó el dispositivo, envolviéndolo bien en la lona. Lo estrechó entre sus brazos y lo sostuvo como si fuera un cojín con las alianzas de una boda. Incalculable. Delicado.
—Limítate a seguir con el plan, Dan. Lo dejaremos aquí —añadió Michael mientras se ponía al lado de Luke.
—¡Nombres no, puto idiota! —espetó Danny—. ¿Qué hemos dicho sobre usar los nombres?
Danny cerró la boca y exhaló profundamente por la nariz, sintiendo cómo se liberaba la tensión de su cuerpo.
A veces se preguntaba si realmente necesitaba a sus hermanos o si podría hacerlo solo.
Era un pensamiento que le venía a la mente muy a menudo.
Pero aún quedaba un largo camino por recorrer, sobre todo si quería continuar con la siguiente fase de su plan, por lo que consideró que, de momento, podía quedárselos.
Volvió a centrar su atención en la casa, deleitándose en su grandeza.
—¿Cómo se permite alguien como tú un sitio así? —preguntó, dándose cuenta solo entonces de que Candice seguía atrapada bajo su agarre.
—Mi marido —dijo ella—. Era marchante de arte. De algún modo se las apañaba para vender arte a rusos y a otros europeos del Este adinerados. Luego me lo dejó todo en el testamento.
Danny condujo a Candice hacia la casa, donde ella les permitió entrar usando una llave de repuesto escondida tras un ladrillo en el muro.
El interior de la mansión era tan lujoso y opulento como el exterior.
Suelos de mármol. Grandes escalinatas. Relucientes lámparas de araña que colgaban de techos de nueve metros de altura.
Vitrinas de caoba que albergaban copas, platos y cubiertos.
La mayor parte del interior era de estilo clásico, antiguo, de colección.
Algo que a Danny le pareció salido de la Edad Media.
Nada de alta tecnología. Ni rastro de plasmas de setenta pulgadas, acuarios de un millón de libras, inodoros con descarga automática, mesas de billar, piscinas cubiertas, ni Lamborghinis o Ferraris escondidos en un garaje subterráneo.
Nada que valiera la pena robar para revenderlo después.
—¿Qué cojones es todo esto? Aquí no nos podemos llevar nada —dijo Michael mientras reajustaba su agarre sobre el dispositivo.
—Cállate —espetó Danny. Dejó de prestar atención a la opulencia de la casa y a los cuadros que colgaban de la pared.
Había un trabajo que hacer y el tiempo se agotaba.
No sabía cuánto les quedaba antes de que llegara la policía.
Y no pensaba ponerse a perder el tiempo para averiguarlo. Señaló un punto en medio del vestíbulo.
—Siéntate —le dijo a Candice.
—¿Por qué?
—Porque te lo he dicho yo.
—No vas a hacerme daño, ¿verdad?
—No directamente.
—¿Qué se supone que significa eso?
Danny se volvió hacia Michael y luego le hizo un gesto con el dedo para que se acercara. Michael retiró la lona de plástico que protegía el dispositivo. Al ver lo que había debajo, Candice abrió mucho los ojos y se quedó boquiabierta. El color huyó de sus mejillas y se estremeció.
Perfecto , pensó Danny; era la misma reacción que habían tenido Luke y Michael cuando les presentó la idea.
—¿Qué... Qué es eso? —preguntó Candice, dejándose caer al suelo; a su lado, Luke empujó al hombre contra el piso.
Cayó y aterrizó con fuerza sobre el hombro, soltando un gemido monstruoso mientras se encogía en el suelo.
Danny apenas le prestó atención; no lo necesitaba, pero no estaba de humor para matarlo y dedicarle más atención de la que merecía.
El Buen Samaritano podía esperar con Candice.
Volviendo su atención hacia Michael, Danny tomó el dispositivo de manos de su hermano y sintió el tirón inmediato en el bíceps.
—Esto... es un collar de púas. —Abrió el cierre mecánico y lo cerró de golpe; encajó con un chasquido aterrador.
—¿Qué hace?
—Se ajusta alrededor del cuello. Debería quedar bien ceñido.
Hay una cuenta atrás en el interior. Y cuatro cerraduras.
Cada una necesita una llave. Las llaves están repartidas por la zona; si consigues encontrarlas y quitarte el dispositivo antes de que termine la cuenta atrás, vivirás.
Si no, la pequeña carga dentro de esto —Danny golpeó la caja metálica rectangular conectada al collar del dispositivo— disparará diez púas hacia tu cuello y te matará al instante.
El cuerpo de Candice se tensó. Su invento estaba surtiendo el efecto deseado. Aquel iba a ser su acto final de maldad. La parte por la que todo el mundo recordaría a The Crimsons. Aquel dispositivo cruel y destructivo que traería la perdición a quien lo portara. Era una genialidad.
Él era un genio.
—Por favor —dijo Candice, con los dedos arañando la superficie lisa del suelo de mármol, buscando de dónde agarrarse—.
No. Tiene que haber otra cosa. Otra manera.
¿Qué queréis? ¿Dinero? Tengo muchísimo. Cogedlo.
Puede que todo esto os parezca un montón de mierda, pero os aseguro que tiene valor.
Llevaoslo ahora. Quedaos con ello. Vendedlo dentro de unos años y será como si os hubiera tocado la lotería.
Por favor, no hagáis esto. Tengo hijos. Dependen de mí.
Danny sonrió con sorna tras la máscara.
—No lo entiendes, ¿verdad? Es demasiado tarde.
Pronto serás tan famosa como nosotros. Serás esa persona sobre la que la gente hace documentales.
Tu cara saldrá en las noticias. Serás un icono...
junto a nosotros. El último miembro de The Crimsons.
Quizá te llamen la Crimson sin rostro, porque ni siquiera podrán identificarte cuando esa cosa detone.
Nadie sabrá quiénes somos nosotros, pero a ti te conocerán, y conocerán tu nombre por todos los motivos equivocados.
—P-Pero... ¿es que no queréis que conozcan también el vuestro?
—¿Acaso Jack el Destripador quería que la gente supiera quién era? Queremos ser más grandes que eso. Más grandes que él. Queremos crear un legado. Y tú vas a desempeñar tu papel.
Danny chasqueó los dedos, y Michael le quitó la bomba de collar y colocó el dispositivo alrededor del cuello de Candice.
Ella gritó e intentó zafarse mientras Michael cerraba el dispositivo, pero sus esfuerzos fueron inútiles ante un hombre que la doblaba en peso.
Una vez que el dispositivo quedó sujeto alrededor del cuello de ella, las comisuras de Danny se elevaron.
—No entres en pánico. Pronto recibirás ayuda... siempre y cuando sepan hacer su trabajo correctamente y lleguen aquí a tiempo.
El pecho de Candice subía y bajaba con agitación, la placa de metal se movía contra su pecho.
—Te lo pondremos fácil —dijo Michael, agachándose a su lado. Metió la mano en el bolsillo, sacó un trozo de papel y se lo entregó a Danny.
—La pista para la primera llave está escrita aquí. La ubicación de las demás se revelará a medida que descubras el resto. Lee las pistas y decide por ti misma si vale la pena correr el riesgo de ir sola o esperar a que los agentes de la ley te ayuden.
Danny le pasó la carta a Candice, que la inspeccionó un instante. Mientras ella miraba el papel, Danny le hizo una señal a Luke, y de inmediato su hermano pequeño desapareció hacia las profundidades de la mansión, subiendo los escalones por detrás de Candice.
—¿Cuánto falta? —preguntó Candice, levantando la cabeza.
—¿Para que lleguen los hombres de azul?
—No.
—¿Hasta que detone?
La expresión de Candice permaneció impasible.
—Tendrás que esperar para averiguarlo.
Por el rabillo del ojo, vio que Luke regresaba.
Al verlo, Danny se puso en pie, recogió la lona del suelo y ordenó a sus hermanos que salieran de la casa.
Lo habían logrado. Ahora lo único que tenían que hacer era salir de allí sin ser vistos ni arrestados, y luego dirigirse al sur donde, en cuestión de horas, serían libres.