Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

JOYERÍA brIDGEWATER

M aldito idiota, cruzando así como así. ¿Es que el hombre tenía ganas de morir?

Luke apretó las manos contra el respaldo de los asientos de plástico sintético de Michael y Danny mientras este último levantaba el pie del acelerador y comenzaba lentamente el ascenso constante por la calle principal de Guildford.

La Ford Transit negra se balanceaba, se mecía y daba sacudidas, haciéndole perder el equilibrio.

—¿No se suponía que no debíamos llamar la atención? —preguntó.

—No puedo evitarlo si la gente se me cruza de esa manera. Selección natural —respondió Danny.

Luke notó en el espejo retrovisor una amenaza tras los ojos de su hermano, y supo exactamente a qué se refería con «gente de esa manera».

La clase media, la clase alta, el adinerado y arrogante joven trajeado de la City que se metía todo su dinero por la nariz durante la semana y compartía lo poco que le sobraba con su mujer y sus hijos el fin de semana. El hombre de familia moderno.

Luke, Michael y Danny detestaban todo lo relacionado con ellos.

Estaban a menos de treinta segundos, y una semilla de emoción se había colado en la mente de Luke.

No era la excitación o la adrenalina que solía acompañarlo en sus atracos.

Era diferente. Emociones que nunca antes había sentido.

La adrenalina de un trabajo solía asolar su cuerpo, le hacía temblar, le hacía sonreír, le hacía sentirse vivo.

Pero esta vez estaba lleno de preocupación, remordimiento y una terrible premonición de que algo iba a salir mal.

Y, justo detrás de él, estaba la razón de ello.

El dispositivo. Era diabólico. Malvado. Atroz. Luke ni siquiera sabía que existiera un equipo tan siniestro. Pero existía, gracias a la investigación de Michael y a la destreza de Danny.

—¿Estás seguro de que esto va a funcionar, Dan?

Danny hizo girar el coche hacia la izquierda y luego se detuvo. Habían llegado. —No lo haríamos si no lo estuviera, Lukey. No te estarás echando atrás, ¿verdad?

Ya era demasiado tarde, aunque lo estuviera haciendo.

Luke miró por el parabrisas y luego comprobó el salpicadero: 9:03 a.

m. Unos minutos de retraso. A estas alturas, todas las tiendas habían abierto, y pequeñas masas de ávidos compradores habían empezado a formarse frente a las grandes cadenas como Jack Wills, Gant y Topshop.

Mientras tanto, los que paseaban al perro regresaban a casa tras su salida matutina por los campos o bosques locales.

A su izquierda estaba la Joyería Bridgewater. Su siguiente golpe. Un negocio independiente. Joyas hechas a mano. Fabricadas con sentimiento y amor. Toda esa basura.

—Muy bien, chavales —dijo Danny, poniendo el freno de mano—, ha llegado el momento.

Empieza el juego.

Michael se inclinó hacia adelante, hacia el espacio para los pies, metió la mano en una bolsa de deporte y sacó tres máscaras.

Su sello distintivo. Las máscaras eran de látex y representaban la cara del diablo.

Dos grandes cuernos blancos sobresalían de las esquinas superiores de la cabeza, y una serpiente negra que trepaba entre unos colmillos salía de la boca y subía por la mejilla, con la lengua lamiendo las pestañas bajo las rendijas de la máscara.

Michael las repartió y cada uno cogió una.

Danny se puso la suya y se echó la capucha sobre la cabeza; Michael ocultó lo poco que le quedaba de flequillo, y Luke se apartó su melena de la cara, ajustó la banda elástica contra la nuca y se subió la cremallera de la chaqueta hasta el cuello.

Cada uno llevaba un mono de color carmesí que los cubría de pies a cabeza.

Simultáneamente, Michael y Danny saltaron del coche y corrieron hacia la parte trasera.

Un segundo después, las puertas traseras se abrieron, inundando de luz el pequeño espacio.

A través de las rendijas de la máscara, Luke parpadeó para ahuyentar el resplandor y recuperar la visión normal.

Junto a su pierna, en el suelo, había una hilera de tres Mini-Uzi, sujetas con bridas para mantenerlas en su sitio.

Junto a ellas, un cúter. Luke cogió el cúter, cortó las bridas y les entregó un arma a cada uno.

Luego insertó el cargador en su arma, apuntó por la mira para asegurarse y saltó de la furgoneta.

Al cerrar las puertas tras él, dejó el dispositivo en la parte de atrás, listo y esperando a ser utilizado en la siguiente fase de su operación.

Bridgewater estaba abierta, tal como esperaban.

Danny entró con paso tranquilo, manteniendo el brazo pegado al costado.

Michael le siguió de inmediato, y luego Luke.

Ninguno de los dos protestó por el hecho de que hubiera alterado el orden de trabajo habitual, en el que Michael, por su gran envergadura, entraba primero e intimidaba a todo el mundo.

Este era el atraco de Danny —él estaba al mando— y si iba a romper el molde, que así fuera.

El interior de la joyería estaba vacío, a excepción de dos cajeras detrás de sus mostradores y otra sentada en un cubículo entreabierto conversando con un cliente.

—¡Las manos arriba! —gritó Danny, levantando el arma—. ¡Ahora!

—¡Moveos! —gritó Luke—. ¡Al suelo!

Danny se dirigió directamente hacia las dos empleadas que estaban detrás del mostrador de caja, en el lado izquierdo de la sala, mientras Luke corría hacia el cubículo del lado opuesto, apuntando con el arma a una mujer de pelo castaño y a un hombre de mediana edad que se estaba quedando calvo.

La respiración de Luke se aceleró y el sonido de su corazón le retumbaba en los oídos, ahogando los gritos y clamores que le rodeaban.

Todos los pensamientos de miedo y culpa se habían disipado rápidamente, como si nunca hubieran estado allí, y ahora habían sido sustituidos por la adrenalina pura y animal a la que se había acostumbrado.

—Ni se te ocurra —dijo Danny.

Luke giró la cabeza hacia Danny; una de las empleadas tenía el dedo suspendido sobre un botón de pánico en la parte inferior del mostrador.

Si los reflejos de Danny hubieran sido una fracción de segundo más lentos, lo habría pulsado y, en cuestión de segundos, sus peores temores de ser capturados se habrían hecho realidad.

—¡Pon las manos arriba ahora mismo! —bramó Danny—. O te vuelo la puta cara.

La mujer le miró con actitud desafiante. Era rubia, corpulenta y tenía una expresión en el rostro que Luke supo que significaba que tenía mal carácter. Luke echó un vistazo a la placa que llevaba en el pecho izquierdo. Se llamaba Candice.

Al fondo, Michael recorría la tienda, saqueando el contenido de la caja registradora y de los escaparates.

Los fragmentos de cristal estallaban en mil pedazos y caían sobre la suave alfombra, esparciéndose por el suelo.

Michael levantó su bolsa de deporte hasta el borde de la vitrina y, con un movimiento de barrido, deslizó el botín en la bolsa, mientras algunas piezas caían al suelo.

Relojes. Anillos. Pendientes. Diamantes. Collares. Amuletos. Lo tenían todo.

La mirada de Luke bailaba entre sus rehenes y Danny. Danny seguía manteniendo el arma a escasos centímetros de la cara de Candice, pero los brazos de su hermano temblaban. Algo no iba bien. Estaba ocurriendo algo que no formaba parte del plan.

—Eh… —dijo Luke, volviendo la cabeza hacia la mujer y el hombre que tenía delante. Alternaba el arma entre ambos, de izquierda a derecha como si fuera un partido de tenis.

—No hay necesidad de que cunda el pánico, señores —dijo Danny, manteniendo los ojos fijos en Candice—. Esto solo llevará un momento, y lo único que tenéis que hacer es quedaros quietos y poner las putas manos arriba.

Por el rabillo del ojo, Luke notó que Candice levantaba las manos gradualmente y exhaló un suspiro de alivio.

En todos sus años, en todos sus atracos, nunca habían disparado a una sola persona.

Formaba parte de su mantra. Aunque, por un breve momento, Luke pensó que todo eso estaba a punto de cambiar.

—No ha sido tan difícil, ¿a que no? —dijo Danny entre dientes.

Candice le escupió; unos globos de flema aterrizaron en su mono y en la mejilla de su máscara.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Michael gritó: —Ya lo tenemos todo, vámonos ahora.

Nadie dijo nada. Nadie se movió.

El corazón de Luke le golpeaba el pecho. A esas alturas, su atención estaba totalmente centrada en la dinámica entre Candice y Danny. Bajó el arma sin darse cuenta y agarró a Danny por el hombro. —¡Vamos! Ya lo tenemos todo. ¡Salgamos de aquí de una puta vez!

Danny permaneció inmóvil. El arma había dejado de temblar en su mano. —Ella viene con nosotros —dijo con calma.

—¡No! ¡No podéis! —llegó el grito de la empleada que estaba al lado de Candice. Bajó las manos y se abalanzó hacia el arma, protegiendo el rostro de Candice—. Por favor, no lo⁠—

Antes de que terminara, Danny giró sobre sí mismo, apuntó con el arma a la cabeza de la empleada y apretó el gatillo.

El estruendo ensordecedor le partió la cabeza a Luke en dos.

Su cuerpo dio una sacudida y parpadeó, retrocediendo un paso mientras la bala atravesaba el cuello de la mujer y se incrustaba en la pared del fondo de la sala.

La sangre salpicó el cristal roto y los soportes metálicos, brillando bajo la luz fluorescente del techo.

Los gritos emanaban del cubículo de la esquina de la sala, y tanto el hombre como la mujer se encogieron bajo la mesa.

Pero Candice no hizo nada. Permaneció perfectamente quieta, con el rostro pecoso salpicado de gotas de la sangre de la mujer.

Danny gruñó, bajó el arma, la agarró del brazo y tiró de ella hacia Luke y Michael.

Michael la enganchó por el otro brazo y los cuatro salieron de allí a toda prisa.

Mientras salían, Candice se retorcía y forcejeaba contra su agarre, pero no era rival para todos ellos, así que pateaba y gritaba, dejando caer su cuerpo como si pesara una tonelada.

Michael se detuvo, le entregó su arma a Luke y le apartó de ella.

Luego se agachó, la levantó y se la cargó al hombro como si fuera un fardo.

Luke corrió hacia la parte trasera de la furgoneta con el pulso acelerado, abrió las puertas de par en par y sujetó la más cercana junto con Danny.

Michael se acercó a grandes zancadas —ignorando los puñetazos que Candice le propinaba en la cara mientras luchaba por liberarse—, flexionó las piernas y la lanzó al interior del vehículo, arrojándola al abismo de la incertidumbre y la desesperación.

Cuando estaban a punto de cerrar las puertas, en la calle, un hombre de mediana edad con el pelo castaño y ralo avanzó hacia ellos.

—¡Eh! ¿Qué estáis haciendo? —gritó, con un teléfono en la oreja en una mano y un café en la otra—. ¡Estoy llamando a la policía!

Otro puto buen samaritano no , pensó Luke, y cuando el hombre se acercó a ellos, Danny le golpeó en el estómago con la culata de su arma.

El hombre se dobló por la mitad, soltó el teléfono y se tambaleó hacia adelante; Danny lo agarró por la camisa y lo lanzó al interior de la furgoneta para que acompañara a Candice. Al fondo, un grito agudo rasgó el aire.

—¡Roger! —llamó alguien.

Jadeante, sin aliento, Danny cerró la puerta de un golpe.

Luke le miró con los ojos desorbitados tras la máscara.

—¿Qué estás—? —empezó Luke.

—¡Cállate y sube!

Luke hizo lo que le ordenaban. Subió a la parte trasera de la furgoneta con Candice y el buen samaritano, y apretó la espalda contra las puertas de la furgoneta, apuntándoles a ambos con su arma.

Menos de dos segundos después, Danny saltó a la parte delantera, arrancó el motor y arrancó justo cuando el sonido de las sirenas inundaba la calle principal.

Los neumáticos chirriaron sobre los adoquines y la furgoneta salió disparada.

Acababan de robar joyas y diamantes por valor de cientos de miles de libras.

Acababan de secuestrar a la mujer que necesitaban para la siguiente parte de su atraco.

Pero había un problema: tenían a otro rehén con ellos.

Y iban a tener que lidiar con él de una forma u otra.