Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

IRONÍA

P or primera vez en su carrera, las cosas empezaban a encajar para los Crimsons.

—¡Si hasta ha salido el sol, chavales! —gritó Danny Cipriano desde el umbral del garaje, disfrutando de los rayos que impactaban en su rostro.

Cerró los ojos y escuchó el canto de los pájaros, un respiro de lo más agradable frente al heavy metal de Michael, que siempre amenazaba con hacerle sangrar los oídos.

Exhaló profundamente.—Hoy va a ser un puto gran día.

—No seas soplapollas —replicó Michael, su hermano menor, deteniéndose junto a la parte trasera de la furgoneta; sus hombros anchos y sus brazos robustos eran casi tan extensos como la puerta frente a la que estaba parado—. Como no tengas cuidado, nos vas a dar gafe.

Danny soltó un bufido de desdén. —¿Desde cuándo crees tú en esas gilipolleces? —Cerró la puerta del garaje y regresó a la parte de atrás de la furgoneta.

—Desde que se te ocurrió la idea para eso ... —Michael señaló el dispositivo que yacía en el suelo de la parte trasera de la Transit. Estaba cubierto por una lona azul y, para un ojo desprevenido, no parecía más que una caja cuadrada. Pero la realidad era mucho más letal.

Danny se volvió hacia su hermano, sin hacer el menor intento por ocultar su sonrisa. —Deberías tocarme la polla ahora mismo. Tengo una erección de espanto.

Michael lo miró con asco. —Si no te callas, te voy a soltar un puñetazo en toda la polla.

Tarado. Ahora ayúdame con esto. —Michael se apresuró hacia una pequeña estantería apoyada contra la pared del garaje.

Encima había tres subfusiles; Mini-Uzis, para ser exactos.

Sus armas predilectas para este tipo de gestiones: compactas, cómodas y capaces de disparar a una velocidad de novecientas cincuenta balas por minuto. La máquina perfecta para el trabajo.

Cuando Danny estaba a punto de coger una, Luke, el menor y más pequeño de los hermanos, entró desde el otro lado del garaje.

Los tres quedaron suspendidos en un instante de oscuridad tras cerrar él la puerta, mientras sus ojos se adaptaban al débil haz de luz que colgaba sobre sus cabezas.

Luke caminaba con un brazo metido en el mono de trabajo y con la otra mano hurgando por la zona de la cintura, recolocándose sus partes.

—No sé qué me pasa esta mañana, pero ya es la tercera vez que voy.

—Te dije que no debías haberte comido aquel curry anoche —respondió Danny.

—Tú fuiste quien rompió la tradición. —Luke se detuvo frente a sus hermanos. Puede que fuera el más pequeño y escuchimizado de los tres, pero lo que le faltaba en tamaño y fuerza lo compensaba con creces en velocidad; ver cómo giraban sus piernecitas era como ver una versión real del Correcaminos.

Danny levantó los brazos al aire, mirando de uno a otro. —En serio, ¿desde cuándo os habéis vuelto los dos tan supersticiosos?

Ninguno de los dos se molestó en responder.

En su lugar, le lanzaron una mirada de reproche y volvieron a centrar su atención en las armas.

Danny cogió una y la sopesó con las manos, calculando su peso.

Se sentía ligera. Abrió la recámara, comprobó que los cargadores estuvieran llenos y luego la cerró con un clac satisfactorio que envió una ráfaga de euforia recorriéndole todo el cuerpo.

Faltaba menos de una hora. Menos de una hora para poder usarlas. Y lo irónico era que los Mini-Uzis no eran lo más letal que llevaban consigo.