Capítulo 2
CALLES PELIGROSAS
A Jake Tanner nunca le habían gustado los primeros días.
Por mucho que echara la vista atrás, siempre habían estado impregnados de un aire desagradable de incomodidad, muecas burlonas, sonrisas y saludos empalagosos, y un caso agudo de descomposición por los nervios.
Pero lo que le dolía de verdad, más que casi cualquier otra cosa, era la timidez.
El primer día de colegio, cuando no conocías a nadie en el patio y el resto de los niños parecían haber forjado ya amistades de por vida.
El primer día de universidad, cuando llegabas con un día de retraso a la semana de bienvenida por respetar el aniversario de la muerte de tu padre, y todo el mundo empezaba ya a llevarse a las mil maravillas.
Y hoy no era diferente: el primer día en un nuevo trabajo, un nuevo comienzo en su carrera profesional como detective en prácticas. Nuevos nombres, nuevas caras, nuevas personalidades.
El sol de primera hora de la mañana estival golpeaba el parabrisas del Mini Austin Cooper de Jake; apenas cabía dentro, pero aun así era su ojito derecho.
El aire acondicionado estaba estropeado —lo último en la larga lista de reparaciones que necesitaba el coche— y las ventanillas apenas surtían efecto contra el calor ofensivo que le abría los poros y le cubría el cuerpo con un fino velo de sudor.
El mundo fuera del coche estaba inmóvil: los árboles, los arbustos a un lado de la carretera, incluso el aire. Un presagio de lo que estaba por venir.
Jake bajó la vista hacia el navegador mientras se limpiaba una capa de sudor del labio superior.
En cien yardas, gire a la derecha . Bastante sencillo.
Por si necesitaba un recordatorio, vio el cartel con las palabras MOUNT brOWNE, POLICÍA DE SURREY unos cientos de yardas antes del giro.
En el cruce, redujo la velocidad, giró y avanzó al ralentí frente a una hilera de chalés, buscando con la mirada la entrada correcta.
No había pérdida. Al final de la carretera había un cartel todavía más grande.
Entre los dos carriles se alzaba una caseta que le recordó a los peajes del paso de Dartford por los que pasaba con su familia en sus vacaciones de verano hacia la costa de Norfolk; la única época del año en la que a su padre le daban permiso en el trabajo.
Hizo avanzar el coche hasta la caseta, sostuvo su placa frente al escáner digital y esperó a que la barrera se levantara para permitirle el paso.
Mientras los sistemas internos del escáner trabajaban en silencio, cotejando su rostro y sus datos con las bases de datos de la policía, él se quedó mirando el objetivo de la cámara que le apuntaba directamente.
Pensó en sonreír de forma infantil, pero se contuvo, recordando su posición y dónde se encontraba.
La gente al otro lado de la lente serían sus colegas en el futuro previsible.
Lo último que quería era ponerse en evidencia antes incluso de conocerlos.
Poco después, la barrera se levantó y Jake subió la empinada cuesta hacia el cuartel general de la Policía de Surrey, ignorando el suplicio del motor rugiendo a cinco mil revoluciones en segunda.
Al coronar la colina, el nudo de su estómago se apretó, presionándole el abdomen.
Maniobró para entrar en la plaza de aparcamiento más cercana que encontró: en el extremo opuesto del parking.
Eran solo las 7:50 y ya todo el cuerpo policial le estaba haciendo quedar mal.
Mount Browne era un edificio inmenso que parecía haber sido una mansión señorial en otra vida, anfitrión de la aristocracia y los adinerados, con sus aleros, muros abovedados y varias chimeneas salpicando el tejado.
Ahora, sin embargo, se había transformado en el núcleo de una fuerza policial vibrante y bulliciosa, el hogar de una de las divisiones satélite del Equipo de Delitos Graves de la Policía de Surrey.
El ladrillo era una combinación de negro, marrón y rojo, y se erguía en el centro, orgulloso, contra un fondo de verde paradisíaco y azul celeste.
Sin nada más que su mochila —que contenía la comida que su mujer, Elizabeth, le había preparado y una botella de plástico reutilizable llena de agua en previsión del calor—, junto con su móvil, la cartera y las llaves, Jake subió un pequeño tramo de escaleras y entró en el vestíbulo.
Una vez dentro, buscó señales de alguien que le estuviera esperando, como si acabara de salir de la sala de llegadas de Heathrow.
No había nada parecido. En su lugar, fue recibido por un miembro del personal con poco entusiasmo que estaba sentado tras el mostrador de recepción, al fondo de la entrada.
Un bolígrafo encadenado a la superficie colgaba del borde y unos cuantos folletos policiales estaban desplegados sobre el mostrador.
—Buenos días —dijo Jake, fingiendo una sonrisa de entusiasmo de «estoy encantado de estar aquí». En realidad, no sería genuina hasta que se le pasaran los calambres estomacales.
—¿Nombre?
—Detective en prácticas Jake Tanner —respondió—. Tengo una cita con la inspectora jefa Nicki Pemberton.
Jake sacó su placa del bolsillo y se la mostró al hombre, quien la desestimó de inmediato y echó mano de una carpeta con pinza que deslizó por la superficie del mostrador.
—Firme de entrada.
Jake hizo lo que le pedían y garabateó su nombre, rango y hora de entrada en la hoja. Al devolvérsela al oficial de recepción, preguntó: —¿Hay alguna máquina de café por aquí?
El hombre gruñó y señaló a la derecha de Jake. Luego se inclinó sobre el brazo de su silla, desapareciendo bajo el mostrador, y regresó un momento después con un vaso de poliestireno. —Tírelo a la papelera cuando termine. Nicki bajará en unos minutos. Puede esperar en los asientos.
Jake le dio las gracias con algo menos de vigor en su sonrisa y se dirigió a la máquina de café.
Muy listo, Jake. Tómate un laxante natural; eso hará que tu estómago se sienta de maravilla .
Mientras la leche humeante llenaba el vaso, Jake leyó algunas de las decenas de folletos que colgaban del tablón de anuncios de la pared.
«Una introducción a sus derechos». «Así que le han arrestado».
«Cómo denunciar un delito». «Cómo denunciar a un oficial de policía».
Jake se los había leído todos. De principio a fin.
De cabo a rabo. Manual de formación policial de primero.
Pero solo se podía aprender hasta cierto punto en un manual, y la experiencia no tiene sustituto.
Cuando la máquina de café terminó, Jake se acomodó en un pequeño sillón tan viejo y sucio que, al sentarse, una columna de polvo se elevó en el aire.
Luchando por contener un estornudo provocado por el polvo, tomó un sorbo del café e instantáneamente deseó no haberlo hecho: estaba amargo, demasiado caliente y le dio arcadas.
Pero fue suficiente para espabilarlo, aunque fuera a pasarle factura en unas horas, una vez que el contenido hubiera hecho su recorrido por su estómago.
Jake se inclinó hacia delante para dejar el vaso sobre una mesa de madera frente a él que parecía más antigua que el edificio.
Había visto ese tipo de mesas antes y, por un momento, se preguntó si todas las comisarías compartían las mismas mesas de centro que las que se suelen encontrar en los consultorios médicos; si el presupuesto de los servicios públicos llegaba para diferenciarlas en algo. No le parecía probable.
Alguien pronunció su nombre a sus espaldas, distrayéndolo de sus pensamientos.
—Detective Tanner.
Se sobresaltó, casi tirando el vaso al suelo, y luego se compuso antes de levantarse de la silla.
La inspectora jefa Pemberton, una mujer delgada de aspecto experimentado con un corte de pelo estilo bob, estaba allí de pie con la mano extendida.
Vestía un traje completo de pantalón y tenía una expresión que le indicaba que, aunque se alegraba de verle, ya había tardado demasiado en dirigirse a ella.
Jake, con prisas y nerviosismo, como si acabara de cruzarse con una celebridad, se limpió la mano en el pantalón y estrechó la de ella.
Con la otra mano, se alisó la corbata de rayas negras y grises, la centró y la ajustó mejor al cuello de la camisa.
—Gracias por unirse a nosotros —dijo Pemberton. Su apretón era potente y firme, y hablaba con una autoridad que él no había escuchado en mucho tiempo.
—Gracias por contar conmigo para el equipo. ¡Espero aprender mucho y confío en poder ser de ayuda!
—Por lo que me llega, ya lo es. He oído cosas interesantes sobre usted. ¿Ha venido de muy lejos esta mañana?
Él se encogió de hombros. —Solo desde Croydon.
—¿Ha podido aparcar bien?
—Por los pelos. Y eso que pensaba que llegaba pronto.
La mirada de Pemberton se dirigió hacia la entrada del edificio y luego volvió a Jake. —Normalmente es sálvese quien pueda. Debería ver la de peleas que se han montado. No tenemos plazas asignadas, pero dicho esto, si aparca en la mía, le aseguro que sus días con nosotros estarán contados.
Una amenaza de despido en el primer minuto. Bien hecho, Jake. A este paso te habrás ido para la hora de comer.
—¿Está bueno el café? —preguntó Pemberton.
Jake miró por encima del hombro la gota de líquido marrón que descendía por el lateral del vaso. —Sí, estaba rico, gracias. —Se frotó la mejilla, masajeando con los dedos la pequeña cicatriz que impedía que creciera vello facial a su alrededor.
Pemberton sonrió con sorna, atrayendo la mirada de Jake hacia su boca y luego hacia el cuello de su camisa, manchado con restos de maquillaje. —Es usted un mentiroso excelente —le dijo—. Encajará perfectamente aquí. Venga, le subiré para presentarle al resto del equipo.
El resto del equipo . Las camarillas en el comedor del colegio. El alojamiento universitario donde todos los vínculos ya se habían formado.
Pemberton echó a andar hacia unas puertas dobles al fondo del vestíbulo. Jake lanzó una última mirada al vaso de café, comprobó que no se dejaba nada y la siguió. En la puerta, Pemberton escaneó su tarjeta y ambos esperaron hasta que una luz verde parpadeó sobre el lector.
Luego guio a Jake a través de una maraña de pasillos y despachos hasta que finalmente se detuvieron ante un ascensor en la parte trasera del edificio.
Pemberton pulsó el botón y, una vez dentro, seleccionó la cuarta planta.
Jake se quedó un poco por detrás de ella, con la cabeza estirada mirando la barra roja sobre las puertas que se movía de izquierda a derecha a medida que subían por el edificio.
Un bostezo repentino lo atacó y se liberó, abriéndole la boca de par en par y llenándole el cerebro de oxígeno. Se tapó la boca rápidamente con la mano.
—¿Ya le estoy aburriendo? —preguntó Pemberton con una sonrisa que lo tranquilizó un poco.
—En absoluto. Es que apenas he dormido esta noche.
—¿Nervios?
—Al contrario. Entusiasmo.
—Me temo que de eso no tenemos mucho por aquí. Creo que descubrirá que Surrey es un poco más tranquilo que las calles peligrosas de Londres. No nos pasan demasiadas cosas.
Jake no estaba de acuerdo. —Si me permite, señora, siempre está pasando algo.