12 #2
–¿Cómo ha dicho? –se horrorizó el otro.
–He dicho que hemos venido a llevarnos las cabezas de los tripulantes del Jacaré, y eso es lo que haremos. –Escupió de nuevo sobre la montaña de plata–. El resto es un regalo. Muy de agradecer, pero regalo al fin y al cabo.
–¿Es que piensa decapitar a cuantos suban a bordo? –quiso saber otro de sus hombres.
–Uno por uno.
De uno en uno, de tres en tres, o de cinco en cinco, los tripulantes del Jacaré fueron regresando a bordo, en su mayoría borrachos, para topar de bruces con la muerte y verse arrojados luego sin miramiento alguno a la bodega.
Cayeron vilmente asesinados Justo Figueroa, Nick Cararrota, Mubarrak el Moro, e incluso Zafiro Burman, que fue el único que reaccionó a tiempo para ofrecer una leve resistencia antes de que le degollaran,
ya que Lucas Castaño ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo pese a que embarcó de los últimos casi a plena luz del día.
Sólo al adormilado tripulante de la lancha que había estado haciendo viajes entre el barco y la playa sin percatarse de cuanto ocurría a bordo, se le respetó la vida,
puesto que don Hernando Pedrárias lo necesitaba para enfrentarle al ingente montón de cadáveres al tiempo que inquiría con tono amenazador:
–¿Cuál de ellos es el del capitán Jacaré Jack?
El aterrorizado hombre apenas acertó a articular palabra mientras negaba una y otra vez con la cabeza:
–¡Ninguno! –aseguró–. No es ninguno de ellos.
–¿Cómo es posible? –dijo su captor, azorado–. ¿Dónde está?
–En tierra –musitó apenas el otro–. Con su padre y su hermana.
–¿Su padre y su hermana? –se asombró el capitán Tiradentes–. Jamás mencionó nadie que ese jodido escocés tuviera familia.
–El escocés se fue a Escocia hace mucho tiempo –puntualizó el hombrecillo que a todas luces luchaba por conservar la vida a base de ganarse la buena voluntad de sus captores–. Ahora el capitán es otro.
–¿Otro…? ¿Quién?
–Un margariteño… Sebastián Heredia.
La asombrosa revelación dejó tan perplejo a don Hernando Pedrárias, que tomó asiento sobre un montón de barras de plata, incapaz de aceptar tamaño absurdo.
–¡Sebastián Heredia! –exclamó–. No es posible. ¿Cómo se llama su hermana?
–Celeste.
–¡Celeste…! Ahora lo entiendo. En aquel tiempo ese hijo de la gran puta era apenas un muchacho. –Se llevó las manos a las sienes, como si éstas estuvieran a punto de estallarle–. De modo que ha sido él –musitó apenas–. El hijo de Emiliana… ¡No puedo creerlo!
–Si me lo explica tal vez también yo me entere de algo –le hizo notar el portugués con su eterna flema de hombre incapaz de alterarse–. ¿Qué diablos significa todo esto?
–Significa que a menudo la vida gasta bromas pesadas.
¡Muy pesadas! –fue la evasiva respuesta–.
Pero en este caso la suerte le ha abandonado.
–Don Hernando Pedrárias señaló con un gesto el montón de cadáveres–.
Aquí tenemos ahora a toda su tripulación y toda su fortuna.
Si Dios continúa ayudándome, hoy mismo acabaré con él.
–Se volvió hacia el hombrecillo–. ¿Dónde vive?
–¡No tengo ni idea! –se apresuró a responder el aludido esforzándose por conseguir que le creyeran–. Es un secreto que ha procurado ocultar a todos. Anteanoche cargó en un carruaje la parte del botín que le correspondía y desapareció.
–¿Dijo cuándo volvería?
–Ordenó al cocinero que preparara una gran cena de despedida para esta noche porque la mayoría de los hombres habían decidido retirarse definitivamente.
–Pues no cabe duda de que la cena ha sido anulada –comentó irónicamente el capitán Tiradentes señalando los cadáveres–. Y la retirada, ciertamente es definitiva. ¿Qué hacemos ahora?
Don Hernando Pedrárias meditó por un largo rato.
–Esperar a que regrese –dijo al fin.
El portugués intercambió una mirada con sus hombres para acabar por puntualizar con inquietante seriedad:
–Con todos los respetos, señor, yo en cuanto oscurezca traslado el botín al Botafumeiro y pongo proa al fin del mundo, porque cada minuto que pasemos aquí es un minuto que nos acerca a los cangrejos. Y si malo es morir pobre, estúpido es morir cuando has conseguido hacerte rico.
–Vinimos a capturar al capitán Jack y lo capturaremos –replicó su patrón ásperamente.
–Perdone que le contradiga, señor –fue la casi amenazadora respuesta–.
Vinimos a destruir el Jacaré, y le garantizo que en cuanto hayamos zarpado saltará por los aires.
Si regresa a Cumaná con diez barriles repletos de cabezas humanas en salmuera y asegura que una de ellas es la del capitán Jack supongo que le considerarán rehabilitado.
–Lanzó el más sonoro escupitajo de su vida, que fue a impactar en el desfigurado rostro del cadáver de Nick Cararrota–.
El resto no sería más que una estúpida venganza personal que pondría en gravísimo peligro la vida de demasiada gente.
El ex delegado de la Casa de Contratación de Sevilla estuvo a punto de responder airadamente, pero reparó en la adusta expresión de su interlocutor y en la poco amistosa de sus acompañantes,
lo que le hizo abrigar el convencimiento de que insistir significaría tanto como pasar a engrosar el número de cadáveres que se amontonaban en la bodega.
–De acuerdo –masculló–. Cortadles las cabezas y preparadlo todo para trasladarnos al Botafumeiro al anochecer. –Hizo un gesto abarcando cuanto le rodeaba–. Y quiero ver de lejos cómo arde esta mierda en mitad de la noche.
–¡No hay problema! –replicó en el acto el portugués–. Sé cómo hacerlo.
Don Hernando Pedrárias Gotarredona abandonó al poco la bodega encaminándose directamente a la camareta del capitán, para tomar asiento en la vieja butaca del escocés y contemplar a través del ancho ventanal cómo la actividad de la ciudad comenzaba a decaer a medida que el sol ganaba altura y el
calor se iba volviendo cada vez más agobiante.
Consultó su reloj.