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Eran las doce menos veinte de la mañana, y sonrió para sus adentros ante la idea de que aquel 7 de julio de 1692, se inscribiría en la historia como el día en que PortRoyal dejó de ser considerado el más seguro santuario del planeta,

puesto que durante los siglos venideros se le recordaría como el día en que un navío portugués a las órdenes de un noble español, penetró en la bahía, prendió fuego a un barco pirata, decapitó a la totalidad de su tripulación,

y desapareció llevándose consigo uno de los mayores tesoros que nadie hubiera soñado.

Y él, don Hernando Pedrárias Gotarredona volvería a recuperar el prestigio perdido, y tal vez, con un poco de suerte, el poder ansiado.

Lo único que le faltaba para considerar completa su felicidad era que los hijos de su ex amante hiciesen de pronto su aparición, lo que sin duda permitiría que su excelencia don Cayetano Miranda Portocarrero y Díaz de Mendoza pudiese disfrutar del inmenso placer de ahorcarlos en la plaza pública de

Cumaná para escarmiento de cuantos osaban enfrentarse a la Casa de Contratación de Sevilla.

«Todo se andará –se dijo–. Aunque hoy no consiga cogerlos, ahora sé dónde están.»

Colocó los pies sobre la mesa, repantigándose en el viejo sillón para contemplar largamente la ciudad que se calcinaba bajo el sol tropical en la estrecha franja de tierra que separaba el mar de la bahía.

Lamentaba no tener ocasión de echarle un vistazo más de cerca a la Nueva Babilonia en que se aseguraba que había más oro y esmeraldas que en toda Inglaterra, y cuyos pecados de una sola noche sobrepasaban cuantos se pudieran cometer en la vieja Europa en el transcurso de una década.

Hubiera disfrutado visitando sus tabernas, garitos y prostíbulos para permitirse el lujo de dar rienda suelta a sus instintos sin tener que dar cuenta de sus actos a una pacata sociedad provinciana que no hubiera visto con buenos ojos que todo un delegado de la Casa de Contratación de Sevilla se

atreviese a cometer semejantes excesos.

De punta a punta del Caribe se hablaba hasta la saciedad de la belleza de las mujeres de todas las razas, colores y nacionalidades que se ofrecían desde los porches que se abrían sobre la larga avenida principal de la ciudad, y don Hernando Pedrárias Gotarredona,

que llevaba meses sin poner las manos sobre una mujer que no fuera la sebosa Emiliana Matamoros, se preguntó cuánto tiempo tardaría en presentársele una ocasión semejante.

–¡Lástima! –masculló para sus adentros–. Es una auténtica lástima dejar pasar esta oportunidad, pero si se me ocurriera desembarcar, ese jodido portugués sería capaz de levar anclas y desaparecer con toda esa plata. Yo lo haría.

Contempló una vez más la ciudad, altiva, luminosa y desafiante; casi insultantemente hermosa a causa de la esbeltez de sus lujosos edificios enmarcados por largas hileras de altivos cocoteros que se recortaban sobre un mar de un azul turquesa inigualable,

y se vio obligado a admitir que quien decidió construirla en tan privilegiado emplazamiento sabía muy bien lo que se hacía.

Nunca ninguna ciudad de este mundo había tenido, a su modo de ver, un enclave tan justo y apropiado.

Súbitamente reparó en una figura humana que avanzaba por la orilla de la playa.

Y la vio como si de un espejismo se tratara puesto que se distinguía como desdibujada a causa del espeso vaho que surgía del agua de la bahía, tan quieta en esos momentos que semejaba una balsa de azogue.

El hombre, joven, moreno y dotado de una extraña altivez que le recordó de inmediato la forma de andar y de moverse de Celeste, se detuvo de improviso y pareció clavar la vista con insistente fijeza en el Jacaré, como si hubiera algo en él que le llamara poderosamente la atención.

Don Hernando Pedrárias Gotarredona advirtió que el corazón comenzaba a latirle con inusitada violencia, a punto de escapársele a través de la garganta.

¡Allí estaba!

¡Seguro que era él!

El mundo pareció detenerse, un silencio que hacía daño a los oídos se adueñó por completo de Jamaica, la luz cambió sin explicación de ningún tipo, y al instante miles de gaviotas que dormitaban balanceándose sobre el agua alzaron el vuelo al unísono graznando desesperadamente.

El joven de la playa elevó la vista hacia ellas e inexplicablemente comenzó a sacudirse al ritmo de un bailarín endemoniado, al tiempo que todo cuanto se encontraba a sus espaldas se sacudía de igual modo,

cimbreándose como si en lugar de macizos edificios fueran tan sólo frágiles palmeras agitadas por un viento huracanado.

Un rugido estremecedor, como de un millón de truenos encadenados entre sí, surgió de lo más profundo de la tierra, que en un abrir y cerrar de ojos se rajó en dos mitades para tragarse palacios, tabernas,

mesones y burdeles y volver a cerrarse sobre ellos como si se tratase del más monumental truco de magia jamás realizado, hasta el punto de que sobre la lengua de tierra que antaño albergaba la ciudad tan sólo se divisaba ahora una nube de polvo.

Estupefacto, don Hernando Pedrárias Gotarredona advirtió cómo una gigantesca mano alzaba al Jacaré lanzándolo a través de la bahía hacia la costa opuesta, pero en su camino el jabeque encontró la proa de un gigantesco galeón contra el que fue a estrellarse saltando en pedazos,

y sin saber de qué modo ni por qué, se descubrió chapoteando en unas aguas que a causa del brutal terremoto se habían transformado en el más rugiente y agitado de los océanos, mientras a su alrededor una docena de navíos zozobraban entre los alaridos de terror de sus desconcertados tripulantes.

El Juicio Final había llegado antes de tiempo.

A las doce menos diez de la mañana del 7 de julio de 1692, tres violentísimas sacudidas estremecieron la isla de Jamaica de punta a punta, aunque la parte que más sufrió sus efectos fue aquella que más la había disfrutado, por lo que, en menos de dos minutos,

PortRoyal se convirtió en un gigantesco cementerio en el que los viejos cadáveres surgieron de sus tumbas para secarse al sol, mientras que aquellos que hasta momentos antes respiraban quedaron sepultados aún acostados sobre sus lujosos lechos.

En la bahía, docenas de hombres pugnaban por aferrarse a algo sobre lo que mantenerse a flote, pero la mayoría se fueron al fondo con sus naves, o acabaron estrellados contra las rocas por olas tan gigantescas,

que el enorme Botafumeiro se convirtió en astillas al golpear contra un farallón a más de media milla tierra adentro.

El ex delegado de la Casa de Contratación de Sevilla luchó con denuedo por mantenerse a flote, pero un grueso tablón surgió como una pesada flecha arrojada por el arco del dios del mar, para destrozarle el cráneo esparciendo sus sesos en todas direcciones.

Cuando al fin la paz volvió a reinar sobre el cielo de Jamaica, de la espléndida y pecaminosa Port-Royal no quedaba ya más que un amargo recuerdo.

La destrucción que un día arrasara las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra volvía a repetirse, como una maldición, miles de años después.

A media tarde, Miguel y Celeste Heredia consiguieron abrirse paso entre amplias grietas, enormes rocas y árboles caídos hasta alcanzar penosamente las lindes de la bahía cuya lengua de arena ocupara hasta pocas horas antes Port-Royal,

y la muchacha no pudo por menos que hincarse de rodillas dejando escapar un ahogado lamento, incapaz de resistir el impacto del terrible espectáculo que aparecía ante su vista.

Las aguas, ya tranquilas, no eran más que una infinita extensión de restos de naufragios y mutilados cadáveres entre los que pululaban docenas de tiburones que habían acudido desde mar abierto al olor de la sangre, y a los que se diría hastiados ya de tan generoso festín,

negándose a acabar por sí solos con la infinidad de restos humanos que había dejado tras de sí el terrible seísmo.

De la alegre y hermosa ciudad tampoco quedaba ya más que un confuso recuerdo en forma de astillas, hogueras humeantes y piedras dispersas, y al igual que los tiburones, buitres y zamuros se habían sumado al banquete llegando desde los más remotos rincones de la isla.

Los escasos supervivientes, algunos tan maltrechos que tan sólo parecían desear que la muerte les alcanzara a su vez del modo más rápido posible, permanecían como alelados pese a las horas transcurridas, y la mayor parte de cuantos, como los Heredia, habían corrido en su auxilio,

se esforzaban por sacar de sus tumbas a quienes aún se lamentaban bajo los escombros.

Las tres violentísimas y rápidas sacudidas no habían provocado el hundimiento de los edificios tal como acostumbraba a ocurrir en la mayor parte de los terremotos, sino que habían abierto una gigantesca grieta a todo lo largo de la calle principal,

grieta en la que se habían precipitado la mayor parte de las frágiles construcciones de madera, para cerrarse de inmediato sobre ellas como si en verdad las hubiese engullido en un instante.

Debido a ello, y a que la mayoría de las dotaciones de los barcos de la bahía dormían en ese instante, se puede atribuir el hecho de que no quedara con vida quien estuviera en disposición de relatar por propia experiencia qué era exactamente lo que había sucedido,

y una desgraciada negrita a la que había sorprendido el seísmo en el momento en que tendía la ropa a secar sobre unas rocas, y a la que se podía considerar la principal testigo de la espantosa tragedia, había quedado tan profundamente impresionada por la magnificencia de la catástrofe,

que jamás fue capaz de articular a partir de ese día ni una sola palabra.

Tan sólo a través de los impactantes y macabros dibujos que realizara años más tarde pudieron tener los historiadores una idea aproximada de lo que ocurrió en Port-Royal aquel caluroso mediodía de julio de 1692, pero por desgracia,

la mayor parte de su excepcional testimonio se perdió durante un violento huracán a finales del pasado siglo.

Por todo ello, arrodillada allí, ante la tumba de tantos seres humanos, Celeste Heredia Matamoros se negaba a aceptar la realidad de que su propio hermano se hubiera convertido en una víctima más de la desatada furia de la naturaleza,

y durante dos días y dos noches tanto ella como su padre buscaron y rebuscaron hasta que no les quedó más remedio que tomar asiento sobre la arena de la playa vencidos por la evidencia de la amarga e incontrovertible realidad.

En el extremo más occidental de la bahía distinguieron los inconfundibles mástiles del Jacaré, que permanecía hundido a poco menos de cuatro metros de profundidad, pese a lo cual no pudieron dejar de preguntarse cómo era posible que ni uno solo de sus tripulantes figurara entre quienes,

pese a lo inesperado y brutal de los naufragios, habían conseguido ponerse a salvo ganando a duras penas la costa.

Resultaba evidente que un buen número de supervivientes formaba parte de las dotaciones de los navíos anclados en la bahía, y no dejaba por tanto de sorprender que ninguno de los magníficos nadadores que se encontraban a bordo del Jacaré había contado con las fuerzas, o la suerte,

suficientes como para llegar a salvo a tierra firme por más profundamente dormidos que estuvieran.

Lógicamente, tanto Celeste como Miguel Heredia ignoraban que en el momento de la tragedia ninguno de aquellos hombres con los que habían navegado durante tanto tiempo seguía con vida, y que sus mutilados cuerpos descansaban desde horas antes en el interior de la bodega principal del rápido jabeque.

Cuando se sintieron al fin con el ánimo necesario como para aceptar que se habían quedado definitivamente solos, y no les quedaba más remedio que plantearse un nuevo futuro sin que su destino girara en torno a la figura de Sebastián,

Miguel Heredia observó largamente a su hija e inquirió con apenas un hilo de voz:

–¿Qué vamos a hacer ahora?

La animosa muchacha, de la que cabría asegurar que cada golpe que recibía en esta vida tenía la virtud de fortalecerla en lugar de abatirla, se limitó a indicar con un ademán de la cabeza el punto en el que descansaba el Jacaré.

–En primer lugar, recuperar las barras de plata que, según Sebastián, deben de estar ahí abajo.

–¿Para qué? Nos dejó tanto dinero que no creo que consigamos gastarlo en cien años.

–Un buen barco y una buena tripulación cuestan muy caros –fue la seca respuesta–. Muy, muy caros.

–¿Barco? ¿Para qué diablos queremos un barco?

–Para hacer lo que siempre quise hacer.

–¿Y es?

–Luchar contra la Casa de Contratación y contra los negreros.

Su padre la observó estupefacto para repetir como si no estuviera seguro de haber entendido bien lo que pretendía decir:

–¿Luchar contra la Casa de Contratación y contra los negreros? Pero ¿qué tonterías estás diciendo? ¿Es que te has vuelto loca?

–En absoluto –replicó la desconcertante muchacha con naturalidad–.

Loca me volvería si supiera que voy a pasar el resto de mi vida a la espera de que aparezca un cazafortunas que me lleve al altar.

–Negó, segura de sí–. No nací para eso. Nací para hacer algo útil por los más débiles, y si el destino ha tenido a bien proporcionarme medios con los que intentarlo, lo intentaré.

Es lo menos que puedo hacer en memoria de alguien que tuvo una vida muy amarga y murió demasiado joven por culpa de quienes creen que pueden abusar impunemente de sus semejantes.

–Miró fijamente a su padre, y por último inquirió–: ¿Piensas ayudarme?

Miguel Heredia meditó un largo rato para concluir por encogerse de hombros.

–Me sigue pareciendo una locura –masculló–. Pero si piensas hacerlo en memoria de Sebastián, ¿qué remedio me queda?

Lanzarote, 1-1-1996.