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A continuación se vio obligado a relatar con todo lujo de detalles cuanto había sucedido desde el momento de su separación, y cuando al fin su padre y su hermana decidieron retirarse a descansar,
el margariteño optó por dar un largo paseo por la playa en un inútil esfuerzo por hacerse una idea de cómo transcurriría su existencia en tierra después de tantos años de agitada vida en el mar.
A menudo se sentía extraño al caminar sin sentir el balanceo de la cubierta, al igual que le costaba un gran esfuerzo desplazarse de un lado a otro sin que su subconsciente pareciese estar advirtiéndole a cada instante de que muy pronto tropezaría con un mástil, una borda o un tambucho.
Despertar en mitad de la noche sin escuchar los crujidos del Jacaré continuaba produciéndole una extraña ansiedad, y el olor a tierra húmeda y a densa vegetación de una isla tan exuberante como Jamaica, le hacía echar de menos el olor a brea y a madera enmohecida de su nave.
Llegó por tanto a la conclusión de que tendría que pasar muchísimo tiempo antes de que pudiera dejar de considerarse un auténtico hombre de mar, pero llegó de igual modo a la conclusión de que el mar ya no le ofrecía futuro alguno, puesto que no se veía como capitán de un buque mercante,
a la par que resultaba absurdo imaginar que ni ingleses, ni franceses, ni españoles se mostraran dispuestos a confiarle el mando de un buque de guerra.
Le gustase o no, su futuro se circunscribiría por tanto a tierra firme y en cierto modo se vio obligado a reconocer que dicha posibilidad le hacía daño.
Sentado al pie de un altivo cocotero observó cómo rielaba la luna en las amplias lagunas que conformaban los arrecifes de coral, para advertir cómo de improviso le invadía una extraña inquietud; una especie de negro presentimiento de que algo terrible estaba a punto de ocurrir,
sin que lograra determinar de dónde provenía el impalpable peligro que parecía estar acechándole como un millar de ojos que siguiesen todos sus movimientos desde la impenetrabilidad del espeso cañaveral que nacía a sus espaldas.
Se esforzó por desechar sus inquietudes tratando de convencerse de que su familia y su valioso botín se encontraban a salvo, por lo que no tenía nada que temer si decidía quedarse a vivir en una isla que siempre constituiría un seguro refugio para quienes decidieran rehacer sus vidas alejándose
definitivamente del pillaje y la violencia.
No hacía falta ser demasiado avispado para llegar a la conclusión de que los tiempos estaban cambiando, los años gloriosos de la piratería empezaban a quedar atrás y la mayoría de la gente honrada de la zona era de la opinión de que con la llegada del nuevo siglo, ya tan cercano,
las Antillas debían dejar de ser coto de caza de los perros de mar para entrar a formar parte de un mundo más civilizado en el que los problemas no siempre se resolvieran a base de abordajes y cañonazos.
Los españoles parecían haber acabado por aceptar que otras potencias tomaran posesión de algunas de las islas que conformaban el antiguo mar de los Caribes,
y pronto o tarde los gobiernos de esas naciones llegarían al convencimiento de que resultaba mucho más provechoso comerciar en paz que continuar enviando barcos a destruir otros barcos.
Los corsarios dejarían de campar por sus respetos desde el momento mismo en que sus soberanos les negaran su protección, y el día en que los corsarios no fueran ya de utilidad, los piratas de alta mar y los filibusteros de la costa estarían de igual modo condenados a una rápida desaparición,
puesto que el «progreso» planeaba ya sobre el Nuevo Mundo y su avance acabaría por barrerlos del mapa.
A lo largo de una agitada noche repleta de negros presagios, Sebastián Heredia llegó a la amarga conclusión de que no le quedaba más remedio que renovarse o morir, aunque renovarse en tierra firme significase, a su modo de ver, morir un poco.
Durmió mal y despertó aún abrumado por los más oscuros presentimientos, pero la alegre sonrisa con que su hermana le aguardaba para desayunar en el amplio porche sobre el mar, tuvo la virtud de conseguir que a luz del nuevo día todo se le antojase de nuevo maravilloso y esperanzador.
–¡He tenido una idea! –fue lo primero que exclamó Celeste en el momento de colocar ante él un par de huevos con jamón y un tazón de café–. ¡Ya sé qué podemos hacer con el Jacaré!
–¡Vaya…! Me quitas un grave problema de encima –respondió Sebastián con idéntico tono–. ¿Y qué es, según tú, lo que podemos hacer?
–Dedicarlo a liberar esclavos –puntualizó la muchacha con el tono de quien habla de algo absolutamente normal y plausible–.
Siempre me ha fascinado la historia del Four Roses y de cómo dejaste a los negros en las costas de Venezuela…
–Se inclinó hacia adelante y le apretó con inusitada fuerza el antebrazo–. ¡Repitámoslo! –pidió.
–¿Repetirlo? –preguntó asombrado su hermano–. Me tropecé con el Four Roses por pura casualidad.
–Lo sé –dijo ella–. Pero también sé que son docenas los barcos negreros que hacen cada año la ruta de las costas de Senegal al Brasil o las Antillas. Y si un barco tan rápido como el Jacaré patrullara por esas aguas, los iría cazando uno por uno.
–¿Y qué sacaríamos con eso?
–Nada.
–No es mucho.
–¡Sí que lo es! –sentenció la muchacha con convencimiento.
–Explícamelo.
–Tú eres quien menos explicación necesita –puntualizó Celeste–. Si lo hiciste en un tiempo en que no tenías ni con qué pagar a una tripulación que en cualquier momento podía amotinarse tirándote por la borda, con más razón deberías hacerlo cuando te has convertido en un hombre inmensamente rico.
–¿Y no se te ha pasado por esa linda cabecita la lógica idea de que lo que quiere un hombre inmensamente rico es disfrutar en paz de sus riquezas?
–Cualquier otro hombre, sí. Tú no.
–¡Vaya por Dios! ¿Y eso por qué?
–Porque te conozco y me consta que dentro de un par de meses estarás hasta lo que yo no tengo, de las plantaciones de caña y las destilerías de ron. Tu vida está en el mar… –Hizo una significativa pausa y le miró directamente a los ojos–. Y la mía también.
–¿Qué intentas decir con eso? –se alarmó el ya retirado capitán Jacaré Jack–. ¿Acaso pretendes pasarte la vida en un barco?
–¿Y por qué no? –fue la sencilla respuesta–.
He descubierto qué es lo que en verdad me gusta, y del mismo modo que acepté que no era lógico permanecer a bordo de una nave pirata, tú debes aceptar que sí puedo vivir a bordo de otra en que su tripulación sea gente normal que sólo luche por una noble causa.
–¿Y dónde encontraríamos a esa gente normal?
–En Port-Royal, no, naturalmente –fue la lógica respuesta–. Pero sí en cualquier otro puerto si les pagamos bien…
–¡Estás loca!
–Me encanta esa locura…
En ese momento Miguel Heredia hizo su aparición en la puerta de la casa, para inquirir con tono humorístico:
–¿Y cuál es esa nueva locura?
–Tu hija pretende que dedique el Jacaré a asaltar barcos negreros y liberar esclavos –puntualizó Sebastián.
Su padre tomó asiento, se sirvió café, meditó por unos instantes, y finalmente asintió convencido.
–Es la primera cosa sensata que le oigo decir en mucho tiempo –musitó.
–¿Hablas en serio?
–Completamente en serio. Tienes muchísimo dinero, un barco magnífico y por lo menos media docena de hombres, incluido Lucas Castaño, que se sumarían de buen grado a la aventura.
Buscaríamos una nueva tripulación y dedicaríamos el resto de nuestras vidas a hacer algo digno de ser tenido en cuenta en beneficio de los más desgraciados.
¡Me gusta! –concluyó–. ¡Me gusta mucho esa locura!
Pasaron el resto de la mañana discutiendo el tema, y pese a que desde hacía semanas el más íntimo deseo de Sebastián era el de pasar toda una noche en compañía de la pelirroja Astrid, a última hora de la tarde decidió no regresar a Port-Royal y optó por quedarse en la casa,
tal vez imaginando que el indeterminado peligro que parecía flotar en el ambiente acabaría por concretarse, por lo que su absurda familia necesitaría su protección.
Pero se equivocaba. No era exactamente su familia la que necesitaba protección, puesto que ese mismo día, y en cuanto las sombras de la noche se extendieron sobre la quieta bahía de Port-Royal,
del costado del Botafumeiro se desprendieron dos largas chalupas cargadas de hombres armados que al llegar a las proximidades del Jacaré se deslizaron al agua y nadaron en silencio hacia el semidesierto navío, a cuya cubierta treparon sigilosamente.
Los tres aburridos centinelas, el cocinero filipino y el marmitón que en esos momentos estaba concluyendo su diaria faena, fueron pasados a cuchillo.
Poco después, don Hernando Pedrárias Gotarredona y el capitán Tiradentes tomaron posesión del barco para asombrarse de inmediato ante la inmensidad de las riquezas que se almacenaban en sus bodegas.
–¡Santo cielo! –no pudo evitar exclamar el primero–. Jamás imaginé que el negocio de la piratería diese para tanto.
–¡No es normal! –replicó de inmediato el portugués–. Lo que guardan aquí no es normal, y está claro que acaban de dar un golpe fantástico.
–¿Dónde?
–Lo ignoro.
El ex delegado de la Casa de Contratación de Sevilla observó una vez más la ingente cantidad de barras de plata que se amontonaban en interminables hileras, para agitar repetidamente la cabeza aún incrédulo.
–¿Cómo es posible que hayan dejado todo esto a bordo, sin más protección que tres cretinos, un marmitón y un cocinero? –quiso saber.
–Porque jamás se había dado el caso de que alguien osase abordar un barco en plena bahía de Port-Royal –replicó con acritud uno de los hombres que habían contratado en la Tortuga–.
Si nos atrapan nos enterrarán hasta el cuello en la arena de la playa para que los cangrejos nos devoren en vida.
Y le aseguro que ése es el peor tormento que jamás haya inventado el ser humano.
–Sacudió una y otra vez la cabeza–. ¡No me gusta esto! No me gusta nada.
–Te gustará cuando te lleves a casa una de esas barras de plata –replicó despectivamente João de Oliveira lanzando una vez más un sucio escupitajo–. Y ahora córtale la cabeza a esos mierdas y mételas en salmuera.