Piratas (Piratas 1) 11
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El impresionante buque de línea había arriado la mayor parte de su velamen para mantener sólo los foques que le permitían avanzar muy lentamente, al tiempo que alzaba las portas de artillería y tres hileras de cañones mostraban sus bocas dispuestas a escupir una lluvia de hierro y fuego a la menor

provocación.

En pie al lado del timón, el Ángel Exterminador observó por última vez el estilizado jabeque anclado en el fondo de la ensenada, y pese a que le ofrecía la banda de estribor, en la que se distinguían con claridad las trampillas de sus cañones,

pareció llegar a la conclusión de que poco tenía que temer avanzando de frente hacia una embarcación inerte.

Luego, estudió con ayuda del catalejo las anchas lenguas de arena de baja altura que se extendían a los lados del canal, y no dio orden de continuar avanzando hasta cerciorarse de que no se distinguía cañón alguno entre las diminutas dunas o las aisladas palmeras.

Por último, reparó en el hombre que se había puesto en pie en la parte más alta de la isla y que agitaba repetidamente un pañuelo rojo.

Aquélla era la contraseña que confirmaba que el renegado piloto español había puesto los mapas y derroteros a buen recaudo.

Alzó el rostro en una muda pregunta a los vigías de la cofa, y éstos indicaron con un gesto que desde aquella altura tampoco se percibía amenaza alguna.

Indicó con un leve ademán que se ciñeran aún más los foques, y el navío reanudó su lenta andadura.

Al poco el Jacaré lanzó un tímido cañonazo de aviso que fue a hundirse a unos cien metros ante la proa del Ira de Dios, pero éste no se dignó replicar, en parte porque la tibia amenaza se le debió de antojar inconsistente,

y en parte debido al hecho de que en aquellos instantes sólo su pequeño cañón situado sobre el botalón de proa se encontraba en línea con el navío agresor.

Mombars indicó en silencio que se arriara la negra bandera como inequívoca advertencia de que venía en son de paz, puesto que su verdadera intención no era iniciar un desigual y absurdo duelo a cañonazos,

sino colocarse en paralelo al jabeque mostrando su potencia de fuego con el fin de exigirle la entrega de sus mapas y derroteros a cambio de permitirle continuar a flote.

Para Mombars, mandar a pique el barco de un colega escocés no tenía razón de ser, puesto que lo único que en verdad seguía interesándole era degollar españoles. Incluso a su avanzada edad continuaba convencido de que aquélla era la verdadera razón por la que el Creador le había enviado al mundo.

Arriar su temida bandera y no responder al fuego enemigo constituía, a su modo de ver, suficiente prueba de buena voluntad, por lo que se limitó a adentrarse en el canal, más atento a las indicaciones que gritaban los hombres de las sondas, que a un nuevo ataque proveniente del Jacaré.

–¡Doce brazas y arena!

–¡Doce brazas y arena!

–¡Once brazas y arena!

–¡Once brazas y arena!

Aquello era lo que en verdad importaba, puesto que mientras sus cañones estuvieran cargados y sus hombres alerta, lo único que tenía que preocuparle era el hecho de mantener agua suficiente bajo la quilla.

En tierra, Sebastián y su segundo observaban el lento avance de lo que ahora se les antojaba una monstruosa máquina de matar de cuyas jarcias colgaban más de doscientos salvajes dispuestos a lanzarse a un feroz abordaje, y al contemplar la frágil silueta del desguarnecido Jacaré,

intercambiaron una breve mirada de inquietud.

–Si consigue enfilar sus baterías lo volará de una sola andanada.

El Ira de Dios había penetrado ya en el canal, se disponía a iniciar en breve una lenta maniobra para virar a estribor y su proa rebasó lentamente el punto en que había estado anclada la balsa que sirviera para las prácticas de tiro.

Un metro, dos metros, tres metros.

Sebastián Heredia alzó una pesada pistola y disparó al aire.

Desde el Jacaré tres cañonazos le respondieron de inmediato, y como si ésa fuera –y en realidad lo era– la señal convenida, veintidós cañones que permanecían ocultos bajo la lengua de arena que se encontraba a sotavento del Ira de Dios dispararon al mismo tiempo teniendo como única diana un círculo

de no más de dos metros de diámetro en su amura de babor, justo sobre su línea de flotación.

El gigantesco navío se estremeció de punta a punta para frenar su marcha de inmediato.

Construido a conciencia con las más nobles y resistentes maderas de las Indias, el barco de Mombars estaba calculado para que su obra viva resistiese sin inmutarse cualquier impacto que le llegase de una batería enemiga,

pero en modo alguno había sido pensando para recibir de improviso y en tan pequeño espacio, veintidós balas de treinta y seis libras de peso cada una, disparadas a poco más de cien metros de distancia.

Su tablazón saltó hecha añicos, sus gruesas cuadernas se quebraron, la segunda cubierta se desplomó arrastrando los pesados cañones, y por la gigantesca vía de agua comenzó a penetrar de inmediato el mar inclinando la nave del modo más peligroso posible para un barco de vela: de proa y a sotavento.

Docenas de hombres se precipitaron desde los palos y las jarcias estrellándose contra cubierta, y los que no cayeron poco más podían hacer que tratar de aferrarse a cuanto encontraron a mano para no seguir idéntico destino.

La nave se estremeció bruscamente, los tripulantes que se encontraban en la banda de estribor resbalaron hasta precipitarse sobre los de babor, y cuando una docena de cañones dispararon, los de un costado lo hicieron al aire, y los de otro al agua.

Aún incrédulo, el Ángel Exterminador se puso en pie aferrándose al ahora inútil timón, para observar cómo de largas trincheras cavadas profundamente en la arena surgía una treintena de hombres que apartaban la gruesa lona bajo la que habían estado camuflados los cañones,

para comenzar a recargarlos con tanta rapidez que apenas tuvo tiempo de advertir a sus hombres que se aprestaran a recibir una nueva andanada, cuando ésta llegó entre una nube de humo.

Su efecto fue aún más devastador que la anterior, puesto que impactó en un navío herido ya de muerte, abriéndole una nueva brecha que tuvo la virtud de partir en dos el palo mayor, justo bajo cubierta,

de forma tal que cayó de costado haciendo saltar a varios metros de altura parte de la obra muerta y a cuantos se encontraban sobre ella.

Fue una masacre.

A bordo del Ira de Dios todos los dioses mostraban la magnitud de su ira, y mientras la mayoría de los tripulantes luchaba por sujetarse a algo, el resto optaba por lanzarse al mar e intentar ganar la costa a nado.

La tercera andanada fue de metralla.

Pequeños sacos repletos de balas de pistola surgieron de las bocas de los cañones esparciendo una mortífera lluvia sobre cuantos resistían sobre cubierta, y entre lamentos, alaridos de muerte y maldiciones,

la dotación del buque más temido del Caribe arrojó sus armas y alzó los brazos suplicando clemencia.

Crujiendo y lamentándose como una bestia agonizante, el Ira de Dios mostró al aire su costado de estribor para comenzar a hundirse lentamente.

Sebastián Heredia, cuya vista estaba fija en el gigante de la larga cabellera blanca, advirtió que se esforzaba por trepar hasta la puerta de su camareta y penetraba en ella para cerrar a sus espaldas, decidido al parecer a irse al fondo con su barco antes de caer en manos enemigas.

Jamás volvieron a verle más que muerto.

A medida que llegaban a la playa los salvajes iban siendo encadenados por los hombres del Jacaré, y al que ofrecía la menor resistencia le volaban la cabeza de un balazo.

Una hora después del fragor de la batalla no quedaba más que una treintena escasa de cautivos, algunos moribundos que aguardaban su fin y el cadáver de un barco suavemente posado sobre un fondo de arena,

pero cuya arboladura y una pequeña parte de la cubierta de popa aún sobresalía sobre la superficie de las aguas.

Permanecieron tres semanas más en el islote, concentrados en la ardua aunque gratificante labor de desguazar el Ira de Dios con el fin de «liberarlo» de las infinitas riquezas que atesoraba, y que se iban amontonando en la playa ante el incrédulo regocijo de la dotación del Jacaré.

Cuatro de los salvajes se ahogaron atrapados en el interior del casco de la que había sido su nave cuando les obligaron a buscar los lingotes de plata que conformaban el lastre, pero como bien decía Zafiro Burman, «ellos los habían puesto allí,

y justo era que fueran ellos quienes se jugaran la vida sacándolos».

Como la única opción que se les ofreció a los prisioneros fue la de ser colgados de una verga o bucear, no dudaron a la hora de elegir este último camino, ya que Sebastián prometió solemnemente que a los que consiguieran sobrevivir se les abandonaría en la isla con agua,

víveres y la posibilidad de reparar los botes auxiliares del Ira de Dios que no hubieran quedado convertidos en astillas durante la batalla.

Tan triste futuro era, no obstante, mucho más prometedor que el que habría aguardado a los hombres del capitán Jack en caso de haber sido los perdedores, y como además al quinto día se enfrentaron al ya putrefacto cadáver del que había sido durante años su capitán y casi «divinidad viviente»,

los salvajes se resignaron a su suerte convencidos que el simple hecho de sobrevivir compensaba todos los esfuerzos.

Fue de ese modo como al fin trescientas catorce barras de plata, veintidós pesados norays, nueve hermosos picaportes y toda una vajilla de oro macizo, amén de un enorme arcón repleto de perlas y esmeraldas que por sí solo habría bastado como botín del más fructífero de los abordajes,

se fueron amontonando en las bodegas del Jacaré.

Los hombres se encontraban, lógicamente, exultantes de júbilo.

Cada noche encadenaban a los prisioneros, y excepto los tripulantes que se encontraban de guardia, el resto se dedicaba a beber, cantar, bailar y jugar a los dados hasta que el agotamiento les rendía,

sin parar de hablar ni un solo instante de lo que pensaban hacer en cuanto desembarcaran en Port-Royal.

–Sólo hay una cosa que debéis tener muy presente –les advirtió desde el primer momento Sebastián–.

Al que se vaya de la lengua y cuente que hemos hundido y desvalijado al Ira de Dios, lo paso por la quilla.

Mombars era un tremendo coño e madre al que todos odiaban, pero serían muchos quienes no aceptarían que se robara impunemente a un pirata, puesto que eso supondría que la próxima vez podría tocarle a ellos.

La prohibición de saquearse mutuamente era algo que no estaba específicamente contemplado en las leyes de la piratería promulgadas por los Hermanos de la Costa de la isla de la Tortuga –leyes en cierto modo aún vigentes en aquellos momentos en Jamaica– pero el hecho de que no se mencionara tal

posibilidad no presuponía, en absoluto, la aceptación de que «gentes del gremio» masacraran y expoliaran a otras «gentes del gremio».

Se firmó por tanto un férreo pacto de silencio al respecto, y tras aguardar durante tres días el final de una rugiente tormenta que descargó cataratas de agua sobre el islote, el margariteño ordenó levar anclas y poner de nuevo rumbo al sur.

Una semana más tarde, en el momento de fondear en la siempre acogedora bahía de Port-Royal, el barco de Laurent de Graaf y cuatro más habían partido rumbo a Maracaibo, pero otros nuevos habían venido a ocupar su lugar, y de entre todos ellos destacaba por la potencia de su artillería,

la altiva silueta de un estilizado bricbarca portugués que nadie recordaba haber visto anteriormente en las Antillas.

Respondía al curioso nombre de Botafumeiro.

En cuanto oscureció, Sebastián Heredia desembarcó llevando consigo la práctica totalidad de la parte del botín que le había correspondido en el justo reparto, para emprender, cerrada ya la noche, el camino que habría de conducirle en poco más de una hora a la pequeña mansión de Caballos Blancos.

Su padre y su hermana apenas pudieron dar crédito a lo que veían cuando se enfrentaron a la magnitud del tesoro que llevaba consigo.

–¡Dios bendito! ¿Qué piensas hacer con todo esto? –quiso saber al fin la embobada Celeste.

–En primer lugar, concluir la reconstrucción de La Negrita y comprar la destilería de Caballos Blancos. Luego, Dios dirá.

–¿Y qué pasará con el barco?

Sebastián se encogió de hombros.

–Aún no lo he decidido, puesto que la mayor parte de mi gente parece dispuesta a retirarse.

–Raro se me antoja que semejante cuadrilla de bandidos decida regenerarse –masculló el incrédulo Miguel Heredia–. Me apuesto el bigote a que antes de un año habrán dilapidado cuanto les pueda haber correspondido.

–No es que traten de regenerarse –aclaró con cierto humor su hijo–. Es que parecen haber llegado a la conclusión de que jamás conseguirán un botín como éste, y están hartos de vagabundear por esos mares de Dios a la caza de una presa miserable. Sabes mejor que nadie que es una vida muy dura.

–A ellos les gusta.

–Más les gusta el ron, el juego y las mujeres. La piratería no es un sacerdocio sino una forma de ganar dinero.

–¿Y cuánto crees que van a tardar en derrochar el suyo?

–Ése no es mi problema –puntualizó Sebastián–. Y al que lo pierda le queda la oportunidad de enrolarse en cualquier otro barco. Pero para el Jacaré, como tal Jacaré, ésta ha sido su última singladura y su bandera ha quedado definitivamente arriada.