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Al reducir los mástiles a la mitad de su altura ni siquiera sobresalían sobre la cima de las pequeñas dunas, por lo que el Jacaré resultaba invisible desde cualquier punto que no fuera la estrecha boca de una bahía que como refugio temporal constituía un escondite inmejorable,
aunque no lo fuera en absoluto como cuartel de invierno permanente, a causa de la desolada aridez de cuanto la rodeaba.
Fuera del barco, nada se podía hacer más que subir a las dunas o pasear por una playa interminable para acabar por sentarse al pie de una de aquellas osadas palmeras que parecían desafiar con su presencia las más estrictas leyes de la naturaleza, aunque proliferaban, eso sí,
los nidos de tortuga y la pesca era tan abundante que al filipino le bastaba con lanzar un sedal al agua para mantener abastecida la despensa.
El arenoso islote se encontraba circundado de traicioneros arrecifes de coral que hacían prácticamente imposible que ni siquiera un bote de remos se aproximase sin zozobrar, y únicamente la espaciosa ensenada disponía de un cómodo canal de entrada de unos sesenta metros de anchura,
profundo hasta el punto de que cualquier navío podía penetrar en él sin temor a encallar o ser agredido, puesto que la baja costa arenosa no ofrecía la menor posibilidad de emplazar una fortaleza o una simple batería de cañones.
De todo ello cabía deducir que el lugar constituía un refugio ideal contra las fuerzas de la naturaleza, pero podía considerarse al propio tiempo una ratonera mortal en caso de tener que rechazar un ataque enemigo.
Conscientes de ello, en el instante mismo en que las anclas tocaron fondo y se arriaron velas, a bordo del jabeque se inició una frenética actividad que no se vio interrumpida ni aun por la llegada de la noche,
puesto que los hombres continuaron trabajando a la luz de todas las farolas que pudieron habilitarse, e incluso de antorchas que se clavaron cada cinco metros en la arena de la playa.
A nadie se le ocultaba el hecho de que el Ira de Dios podía hacer su aparición en cualquier momento, y que si lo hacía antes de tiempo las tripas de todos y cada uno de ellos acabarían alfombrando las dunas del islote.
A media mañana apenas quedaba un hombre a bordo capaz de mantenerse en pie, pero tanto Sebastián Heredia como Lucas Castaño se sentían satisfechos del resultado obtenido.
–¡Bien! –reconoció el panameño lanzando un hondo suspiro–. Ahora, lo único que necesitamos es recuperar el aliento y esperar.
–¿Cuánto?
–Un día, dos, diez. Cualquiera sabe. Incluso es posible que no vengan nunca.
–¡Vendrán!
–Confío en ello. Los hombres se llevarían una tremenda desilusión si no lo hicieran después de tanto esfuerzo.
–Pero tal vez salvarían la vida –le hizo notar.
–A veces hay cosas más importantes que la vida –replicó su segundo con naturalidad–. Y ésta es una de ellas. –Alzó la mano en un mudo gesto de despedida–. Y ahora me voy a dormir –concluyó–. Ya estoy viejo para estos trotes.
Cayó la noche, y fue una noche tensa.
Para la mayor parte de la dotación del Jacaré, la noche más corta y larga de sus vidas, puesto que aunque durmieron porque se encontraban realmente destrozados, fue también la noche que algo en lo más profundo de su ser se esforzaba por mantenerse alerta,
debido a que el miedo es un sentimiento que jamás tiene sueño y brilla eternamente en la mayor oscuridad como la punta de una candela.
Y es que Mombars estaba cerca.
El Ángel Exterminador les acechaba.
Doscientos salvajes, herederos directos de los temibles caribes devoradores de hombres que antaño sembraran el terror a lo largo y lo ancho del mar de las Antillas, afilaban sus cuchillos decididos a esparcir sus entrañas al viento.
¿Quién podría dormir con semejante amenaza paseando en silencio sobre cubierta?
Dos horas antes del amanecer hasta el último hombre estaba ya en pie, y tras un frugal y silencioso desayuno, cada cual acudió a ocupar su puesto de combate.
El alba se hizo de rogar, y cuando al fin se descubrió, traía las manos vacías.
No se distinguía presencia humana alguna en cuanto abarcaba el horizonte.
Se dejaron tres hombres de vigilancia en la cima de las dunas, y el resto regresó a bordo, tal vez aliviado, pero de igual modo frustrado por el hecho de tener que soportar una demora que crispaba los nervios.
Consciente de que la inactividad se convertiría en el peor enemigo de su tripulación, Sebastián ordenó que construyeran una balsa dotada de una pequeña vela cuadrada, que hizo fondear en el centro del canal de entrada a la bahía.
Luego, pidió a los artilleros que apuntaran al centro de esa vela, dispararan hasta alcanzarla de pleno, y que en cuanto lo hubieran conseguido, fijaran en ese punto exacto los cañones.
Por último, se dispusieron a soportar otra noche de miedos.
Y otro amanecer sin enemigos.
Y así hasta cinco.
Pero cuando al fin el sol se alzó más de una cuarta en el horizonte en la mañana del sexto día, una voz resonó en el silencio de la quieta bahía:
–¡Barco a la vista!
¡Dios! ¡Allí estaba!
Treparon a la duna y lo observaron avanzar sin prisas entre islotes, bajíos y arrecifes, tan altivo y poderoso que costaba admitir que un puñado de locos osaran enfrentarse con un triste jabeque de apenas treinta cañones,
a una de las más impresionantes máquinas de guerra que surcaban en aquellos tiempos las aguas del Caribe.
–¿Es él?
Sebastián le entregó el pesado catalejo a Lucas Castaño, que era quien había hecho la pregunta.
–¿Quién si no?
El segundo observó con detenimiento, y cuando por fin pudo distinguir con absoluta nitidez la enorme bandera negra en cuyo centro destacaba una gigantesca calavera sin ningún otro adorno, asintió convencido.
–Es la enseña de Mombars, no cabe duda.
–Que cada cual ocupe su puesto.
Cada hombre se encaminó sin prisas y en silencio al punto que tenía asignado de antemano, y únicamente el joven capitán y su segundo permanecieron entre las dunas, sin perder de vista los movimientos del navío, que enfilaba ahora directamente hacia el islote.
Tendido sobre la arena y con el ojo pegado al enorme catalejo, Sebastián se concentró en la enorme humanidad del hombretón de la larga cabellera blanca que observaba a su vez la isla desde el puente de mando, y musitó apenas:
–Bien. Ya no hay escapatoria. ¡O él, o nosotros!
Habría sido muy difícil calcular cuánto tiempo pasó hasta que la proa del Ira de Dios se detuvo a poco más de media milla, justo frente al canal de entrada a la bahía.
A unos se les debió de antojar una eternidad.
A otros, apenas unos minutos.