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Nadie pareció reparar en su marcha, al igual que nadie parecía haber reparado en su arribo.
El mar estaba en calma, soplaba una suave brisa de tierra, e izando la mayor parte del velamen pusieron rumbo al sudoeste con intención de rodear la isla por poniente y emproar directamente al norte con la idea de avistar los primeros islotes del Jardín de la Reina tres días más tarde.
Fue ése el momento que Sebastián Heredia aprovechó para reunir a la tripulación y ponerle al corriente de sus planes.
Le escucharon en un silencio veteado de asombro e incredulidad, y al fin fue, como de costumbre, Zafiro Burman el que tomó la voz cantante.
–¿Pretendes hacernos creer que el Ángel Exterminador vive, y que le has conocido personalmente? –dijo–. ¡No puedo creerlo!
–Pues es tan cierto como que dentro de poco más de una semana lo verás en el puente de mando del Ira de Dios, a no ser que prefieras que te desembarque en las islas Caimán junto a todos aquellos que le tengan miedo.
–¡La puta que me parió…! –no pudo evitar exclamar el escandalizado primer timonel–. ¿Realmente se te ha pasado por la cabeza enfrentarte al Ira de Dios? Ni siquiera el Viejo se habría atrevido a tanto.
El margariteño, que se encontraba en pie junto al timón y dominaba a sus hombres desde poco más de un metro de altura, los observó uno por uno, reparó en la seriedad de la mayoría de los rostros, sonrió abiertamente y por último señaló:
–Siempre os estáis quejando de falta de acción y de unos botines de miseria. –Abrió las manos con un gesto que podía significarlo todo–. Ahora os ofrezco toda la acción del mundo y el mayor botín que soñarais jamás. ¿Qué más queréis?
–Nada. Como plan parece magnífico, pero es que Mombars, es mucho Mombars –intervino un compungido Nick Cararrota. Me veo corriendo con las tripas al aire.
–No te preocupes por eso –dijo el capitán Jack con tono humorístico–. En la isla que hemos elegido no hay árboles al que nos las pueda atar.
–¡Lindo consuelo!
–La decisión es vuestra –continuó Sebastián Heredia esforzándose por mostrar una tranquila indiferencia–. Los que tengan miedo pueden quedarse en las Caimán, porque con veinte hombres me basta, y en ese caso la parte que les corresponda será muchísimo más jugosa.
–¿Podemos pensarlo? –quiso saber un espigado artillero holandés–. No es una decisión que se deba tomar a la ligera.
–Sólo por esta noche –fue la áspera respuesta–. Mañana a primera hora tengo que saber quiénes están conmigo y quiénes no. –Hizo un leve gesto a Lucas Castaño de que le siguiera a su camareta, y tras cerrar la puerta tomó asiento tras la mesa para inquirir–: ¿Qué opinas?
–Que como bien ha dicho el maltés, «Mombars es mucho Mombars». Su solo nombre hiela la sangre.
–¡Pero bueno! –se lamentó con amargura el capitán–.
¿Son piratas o no son piratas? He crecido en este barco –añadió–.
Llevo años oyéndoles hablar de sus pasadas hazañas y de lo que serían capaces de hacer si se les presentase la ocasión de atacar San Juan, Cartagena, o incluso la mismísima Flota, y, sin embargo, a la hora de la verdad un simple nombre les asusta.
–Le miró a los ojos–. ¿También a ti te asusta?
El panameño, que había ido a tomar asiento en el alféizar del ventanal con riesgo de que un golpe de mar le tirase de espaldas al agua, negó con un leve ademán de la cabeza.
–Recuerda que fui yo quien insinuó la posibilidad de joder a ese mal nacido. Me inquieta, pero no me asusta. Sin embargo, debes aceptar que haya gente a la que no le haga feliz la idea de enfrentarse a noventa cañones y más de doscientos salvajes con fama de caníbales.
–¡Lo entiendo! –admitió el otro–. Tampoco yo estoy dando saltos de alegría, pero cuando hay que jugársela, hay que jugársela.
El margariteño cenó a solas, tratando de leer en el inescrutable rostro del cocinero que le servía la comida cuál sería la decisión de la tripulación, pero resultó evidente que el filipino tampoco tenía una idea muy clara de qué estaba ocurriendo en esos momentos en el sollado de proa,
por lo que se limitaba a atenderle como lo venía haciendo desde el momento mismo en que había tomado el mando.
–¿Y tú? –preguntó Sebastián cuando ya le retiraba los platos–. ¿Te quedarás en las Caimán o seguirás hasta el final?
Al hombrecillo ni siquiera se le alteró la aceitunada faz al replicar con tono fatalista:
–Siempre me preocupó la idea de terminar en la horca, capitán, pero, si ganamos, montaré un buen mesón en Port-Royal. Y si perdemos, me tiraré al mar con una piedra al cuello para no caer en manos de Mombars.
Salió permitiéndole que reflexionara sobre la viabilidad de un arriesgado plan que no ofrecía más que las dos alternativas a la que había hecho referencia: ganar o morir.
A la mañana siguiente, tras el repiqueteo de la campana que anunciaba el cambio de guardia, Sebastián reunió de nuevo a los hombres en cubierta sin perder esta vez el tiempo en inútil palabrería.
–Los que hayan decidido quedarse en las Caimán que se coloquen en la banda de babor –ordenó–. Los que estén dispuestos a seguir, en la de estribor.
Zafiro Burman alzó la mano.
–¡No te molestes! –señaló–. Hemos acordado que más vale morir como piratas que vivir como mendigos. ¡Iza la bandera negra!
–¿La bandera negra? –preguntó sorprendido el capitán.
–¡Exactamente!
–¿Aquí y ahora?
–¡Aquí y ahora! –fue la firme respuesta–. Hemos decidido que desde este momento entramos en combate.
Sebastián Heredia Matamoros se volvió hacia Lucas Castaño y ordenó con una divertida sonrisa:
–¡De acuerdo! Trae la bandera. ¡Zafarrancho de combate!
Aquélla parecía ser la frase mágica que medio centenar de perros de mar venían aguardando desde hacía meses, puesto que gritar «¡Zafarrancho de combate!»
venía a significar tanto como gritar «¡Botín a la vista!»
, y existían dos palabras, «combate» y «botín» que eran las que sin duda mejor entendían todos y cada uno de ellos.
Las armas, tanto tiempo dormidas, brillaron al sol del mediodía; los cañones, tanto tiempo silenciosos, rugieron para comprobar su estado, y la pólvora, tanto tiempo almacenada en lo más profundo de la santabárbara,
se extendió sobre cubierta en busca del menor atisbo de humedad que pudiera inutilizarla.
Las vísperas de las batallas excitan mucho más a los contendientes que la batalla en sí, y la tripulación del Jacaré tenía plena conciencia de que la batalla que se disponían a librar ofrecía todo el aspecto de resultar brutal, sangrienta y encarnizada.
Contemplándolos desde el alcázar, Sebastián Heredia llegó a la conclusión de que aquélla era la primera vez que vivía con total intensidad el ambiente de un barco pirata,
y que por primera vez tomaba de igual modo plena conciencia de la auténtica personalidad de unos hombres que habían abandonado países, hogares y familias para dedicarse al arriesgado oficio de vagabundear por desconocidos mares en busca de una valiosa presa.
Si la violencia pudiera tener olor, el Jacaré habría apestado a violencia, y observando la expresión de sus rostros Sebastián llegó a la conclusión de que cada uno de aquellos desharrapados facinerosos se encontraba dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre con tal de conseguir una victoria
rotunda.
Alzó luego los ojos hacia la enorme bandera de la calavera entre las fauces de un saurio que flameaba en la punta del palo mayor como si le estuviera gritando al mundo su desafío, y advirtió que el vello de todo el cuerpo se le erizaba,
porque aquella bandera no ondeaba ahora como símbolo de simple rapiña, sino más bien como símbolo de libertad.
En un momento dado, el exaltado Zafiro Burman trepó a la botavara del palo mayor y, tras reclamar a grandes voces la atención de sus compañeros, señaló en el colmo del entusiasmo:
–Mombars es un gigante que parece un ogro con su larga cabellera al viento.
Pero muerto el perro se acabó la rabia, ya que sin él sus hombres no son más que una pandilla de salvajes.
–Mostró el colgante que llevaba al cuello y del que jamás se desprendía al añadir–: Le regalaré mi zafiro al que le haga volar de un cañonazo.
Dos días más tarde avistaron los primeros contornos del confuso amasijo de islotes, cayos y arrecifes que constituían el justamente bautizado por Cristóbal Colón, Jardín de la Reina, o Laberinto, probablemente uno de los archipiélagos más hermosos de las Antillas, pero probablemente, también,
el más peligroso para los navegantes a todo lo largo de su historia.
Al caer la noche fondearon al abrigo del cayo del Rabihorcado a la espera de que la nueva luz del día les permitiera continuar adentrándose entre los canales sin temor a «subirse a la roca», y tras ordenar que no se encendiese ninguna luz a bordo,
Sebastián pidió que se doblase la guardia y se mantuviesen en absoluto silencio, pese a que resultaba poco probable que nadie se atreviera a abordarlos a oscuras, protegidos como se encontraban por traicioneros arrecifes.
–Con Mombars toda precaución es poca –concluyó–. Y si por alguna razón se nos hubiera adelantado, podría sorprendernos en mitad de la noche.
Nada ocurrió, no obstante, y diez minutos antes de que el sol hiciera su aparición sobre las distantes costas cubanas, ya había comenzado a izarse el velamen, listo el navío para reemprender la difícil singladura en cuanto la luz permitiera distinguir con nitidez los traicioneros bajíos.
Tres hombres treparon a los mástiles para no perder detalle de cuanto acontecía ante la proa, y con Zafiro Burman al timón y hasta el último gaviero atento a la maniobra, se adentraron en aquel traicionero dédalo de agua y corales que tantos barcos y tantas vidas se había cobrado.
Por fortuna la mayoría de los hombres conocían aquellas aguas de los lejanos tiempos en que navegaban a las órdenes del viejo capitán, por lo que tras diez largas horas de tensión dejaron caer las anclas en lo más profundo de la quieta ensenada de un diminuto islote que no ofrecía como protección
al violento sol que lo calcinaba más que media docena escasa de cimbreantes cocoteros.