Piratas (Piratas 1) 10 #2
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Fue ahora Sebastián Heredia el que se tomó un rato para meditar sobre lo que acababa de oír, luego se puso en pie, se aproximó a la puerta y admiró la figura de la pelirroja recortada contra la rojiza luna que acaba de hacer su aparición en el horizonte.

Sin volverse, replicó:

–No creas que no he pensado en ello. –Su voz sonó tan tenue que su interlocutor se vio obligado a aguzar el oído–. ¡Un millón de veces! –insistió–. Pero ¿cómo? –Ahora sí que se volvió a mirarle–. ¿Cómo?

–Algún medio habrá.

–No conozco ninguno –replicó el margariteño–.

El capitán lo guarda todo en un cofre que puede lanzar al mar en cuestión de segundos.

Y si cae al agua las tintas se correrán y todo se habrá perdido en un instante.

–Se encogió de hombros admitiendo su impotencia–.

A él no le importa porque lo guarda en la cabeza.

Pero yo aún no. ¡Lo siento, pero así es!

–¡Encontraremos el modo de sorprenderle! –exclamó el francés con tono de irritación–. No se va a pasar la vida sentado sobre ese maldito arcón.

–En Port-Royal, sí. Mientras estamos en puerto apenas sale de su camareta, donde se encierra con llave porque no se fía de nadie. En mar abierto o en el refugio, la cosa suele ser diferente, pero como comprenderás, entonces no puedo hacer nada. ¡Estoy solo!

–¿Nadie te ayudaría?

–¿Quién? Y ¿con qué fin? ¿Provocar una rebelión?

¿Para qué? ¿Para cambiar de capitán? Están contentos con el que tienen.

–Rechazó la idea con un amplio gesto de la mano–.

¡No! –concluyó–. Ya te lo he dicho. No hay nada que hacer.

–Aventuró un tímido ademán de aproximarse a la muchacha, pero de entre las tinieblas surgieron dos salvajes de amenazante aspecto que le cerraron el paso indicándole con un brusco gesto que regresara al interior de la cabaña.

Obedeció para encararse a un Mombars que no había movido un solo músculo–.

¿Qué pasa? –exclamó–. ¿Me vas a sacar las tripas por decir la verdad?

Yo soy el primero al que le gustaría apoderarse de ese tesoro porque soy de los pocos que sabrían hacer uso de él, pero si no se puede, es que no se puede.

–¡Calla y déjame pensar! –rugió el gorila humano al que se diría que la cabeza estaba a punto de echar humo–. ¿Dónde está vuestro refugio?

–Tenemos dos: uno para descansos cortos, en los Jardines de la Reina, y el principal, donde pasamos los veranos, en las Granadinas del Sur.

–¿Cuándo recalaréis en alguno de ellos?

–Supongo que dentro de unos días nos iremos porque el viejo está hasta los huevos de Port-Royal. Lo más probable es que nos dirijamos a los Jardines para limpiar fondos y que los hombres se recuperen de tanta borrachera y tanta puta.

–¿Cuánto tiempo permaneceríais allí?

–Un par de semanas como máximo.

–¡Siéntate!

Lo había dicho en el autoritario tono de quien estaba acostumbrado desde siempre a que sus órdenes fueran obedecidas en el acto, por lo que Sebastián no pudo más que acomodarse en la desvencijada silla que se encontraba al otro lado de la mesa.

–¿Qué pasa ahora? –inquirió de mala gana.

–Que tenemos que pensar –fue la respuesta–. Y dos piensan mejor que uno.

–¿Y qué quieres pensar?

–El modo de quitarle a tu capitán su juguete.

–¡Ya!

–No seas tan pesimista –le reconvino el Exterminador, al que se habría dicho desconcertado, irritado, o tal vez herido en su amor propio por el simple hecho de que alguien dudara tan abiertamente de su capacidad de tener éxito–.

Acabas de decir que en los refugios y en mar abierto el viejo relaja la vigilancia, ¿no es cierto?

–Naturalmente. En esos momentos puedo estudiar los documentos cuanto quiera siempre que no haga copias.

–¡Bien! Ésa es la ocasión de apoderarse de ellos.

Le observó como a un retrasado mental.

–¿Y qué hago entonces? ¿Echo a correr sobre las olas con un cofre al hombro, o me escondo en una isla tan pelada que hasta los conejos usan sombrilla?

–¿Cómo es la isla?

–¿Cuál de ellas?

–La del Jardín de la Reina.

–No es más que un cayo de arena con una ensenada de aguas profundas.

–¿Cuál es su altura máxima?

–¿Sobre el nivel del mar…? Unos diez metros. Pero al Jacaré le basta, porque cuando abate los mástiles su punta no sobrepasa las dunas, y nadie que navegue por las proximidades sospecha que en semejante lugar se oculte un barco.

–¡Siempre fue muy listo ese escocés de mierda!

–exclamó Mombars–. ¡Condenadamente astuto!

Pero creo que en esta ocasión podríamos joderle.

–Se inclinó hacia adelante y tendió su pesada manaza para colocarla sobre el antebrazo del margariteño–.

¡Escucha! –añadió con un leve tono de excitación en su ronco vozarrón–.

Se me está ocurriendo un plan que podría dar resultado.

–Me niego a aceptar que alguien esté dispuesto a correr semejante riesgo sólo por apoderarse de un puñado de papeles –dijo Celeste Heredia, mostrándose en esta ocasión desconcertantemente seria dada su, por lo general, desenfadada personalidad–.

Y me preocupa el hecho de que acabes cayendo en tu propia trampa.

Se encontraban sentados, en compañía de su padre, almorzando a la sombra del copudo castaño de Indias que dominaba el altivo promontorio, teniendo a un lado un mar azul y transparente, y al otro lo poco que iba quedando de las ruinas de la vieja mansión del capitán Bardinet.

La numerosa cuadrilla de obreros –esclavos casi en su totalidad– que se ocupaban de derruirla, aprovechaban en aquellos momentos el imprescindible descanso de las horas de más tórrido calor del mediodía para refrescarse en el cercano mar, y tras observarlos chapotear,

jugar y reír con más entusiasmo que cualquier hombre libre, cabía preguntarse por qué extraña razón la raza negra parecía experimentar mucha más alegría de vivir que cualquier otra.

El simple hecho de dejar de cortar caña hora tras hora para pasar a trabajar, con idéntica intensidad pero mucho más distraídamente, en el derribo de una casa, constituía para ellos razón más que suficiente para demostrar entusiasmo, por lo que Sebastián los observó con cierta admiración,

hasta que por último se volvió hacia su hermana para replicar en un tono de afectuosa paciencia:

–Lo que tú llamas «papeles» es algo por lo que cualquier buen marino daría media vida.

Por si no lo sabías, te diré que Cristóbal Colón pasó casi dos años perdido entre el golfo de Honduras y Panamá hasta que embarrancó aquí, en Jamaica, y ciento cincuenta años más tarde, la escuadra de L’Olonnois, Van Kljin y Pierre de Picard, quedó atrapada en el mismo lugar durante más de un año,

sin conseguir escapar a los vientos contrarios y las traidoras corrientes.

Cuatrocientos de sus setecientos hombres murieron en la desgraciada aventura.

–Tomó un muslo de pollo y comenzó a mordisquearlo sin dejar por ello de observar fijamente a Celeste al inquirir–: ¿Crees que a alguien le apetece desperdiciar años de su vida vagabundeando a ciegas por mares desconocidos,

a riesgo de que a cada instante ese mismo mar amenace con estrellarlo contra la costa o un arrecife traidor le raje el casco?

–No. Está claro que no –admitió la muchacha.

–En ese caso comprenderás que quienes han perdido tiempo, barcos, dinero y amigos por el hecho de no disponer de unos simples «papeles», estén dispuestos a todo por conseguirlos.

–Le apuntó con la pata de pollo al concluir–: Recuerda que el que no conoce un camino en tierra, se extravía, pero el que no lo conoce en el mar, se ahoga.

–Pero es que el riesgo que corres al enfrentarte a Mombars se me antoja excesivo –se lamentó la muchacha–. ¿Qué ocurrirá si las cosas no salen bien?

–Que jamás volveremos a vernos –fue la sincera respuesta–. Pero si salen bien nos dedicaremos a fabricar el mejor ron de las Antillas hasta que nos hagamos viejos.

–¿Lo prometes? –preguntó su padre.

Sebastián alzó la mano como si se tratara de un firme juramento.

–Si, tal como aseguran, el lastre del Ira de Dios está compuesto de barras de plata, jamás volveré al mar. –Rió divertido–. La mía será la carrera más corta y productiva en la historia de la piratería.

–¿Cuándo piensas zarpar?

–Mañana, y en cuanto lo haga, Astrid colocará una luz verde en la puerta de su cabaña, lo que indicará a Mombars que navegamos rumbo al Jardín de la Reina. Luego, Dios dirá.

–¿Tienes miedo?

El margariteño tardó en responder, y tras observar cómo los esclavos continuaban con sus juegos, asintió sin sombra de rubor.

–Conociendo a Mombars resulta estúpido no tener miedo –dijo–.

Hay algo en él que impresiona, porque te juro que si el demonio decidiese encarnarse en hombre, lo eligiría a él.

Sin embargo, es su fe en su propia fuerza lo que le debilita, ya que me consta que no abriga la menor duda de que nos hundiría, puesto que la mayoría de sus noventa cañones son de treinta y seis libras mientras que yo no dispongo más que de veinte de esa potencia.

–¿Y aun así piensas enfrentarte a él?

El jovencísimo capitán sonrió de un modo más bien enigmático al replicar:

–¿Sabes una cosa? Los indígenas del continente juran que los jacarés más peligrosos no son los que viven en el agua, sino en tierra.

Pasaron el resto de la tarde a la sombra del castaño, observando los progresos de la cuadrilla de obreros que cantaban y reían destrozando a hachazos y golpes de pesados martillos lo poco que quedaba ya de la Negrita de Bardinet, y a la caída de la tarde se despidieron con un fuerte abrazo,

conscientes de que tal vez jamás volverían a verse.

Celeste y su padre regresaron en la calesa a la casita de Caballos Blancos, mientras por su parte Sebastián emprendía sin prisa el camino que le conduciría a un PortRoyal que comenzaba a desperezarse tras el agobiante sopor del día.

Invitó a la seductora pelirroja a cenar en el mesón más elegante de la ciudad, donde tuvieron ocasión de conocer personalmente al altivo y exquisito Laurent de Graaf, y tras hacer el amor hasta que el sol surgió en el horizonte,

se encaminó hacia un barco en que la totalidad de sus hombres aguardaban, listos para iniciar la maniobra que les conduciría fuera de las tranquilas aguas de una bahía que podía considerarse realmente el santuario más seguro del mundo.