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Cinco minutos más tarde un centinela abrió la pequeña puerta lateral de las mazmorras, aspiró profundamente una bocanada del cálido aire de la noche, observó el oscuro cielo, y cayó redondo haciendo resonar contra el empedrado una gruesa llave.
Una sombra surgió de entre las sombras, se apoderó de la llave y desapareció en el interior de la maciza construcción, para reaparecer a los pocos instantes conduciendo de la mano a un hombre que avanzaba como un sonámbulo que no tuviese la más mínima idea de quién era ni hacia dónde le conducían.
Sebastián se vio obligado a arrastrar a su padre hacia el lugar en que se encontraba la barca, puesto que podría creerse que el pobre Miguel Heredia ni siquiera había tomado conciencia de cuanto ocurría,
y su única querencia era encaminarse a la casa en la que su aturdida mente imaginaba que debían de estar aguardándole su mujer y su hija.
–Pero ¿adónde me llevas? –susurraba una y otra vez, desconcertado–. ¿Adónde me llevas?
Encerrados en sus casas, cien pares de ojos observaban el paso de aquel par de desgraciados abatidos por la vergüenza y el dolor, y la mayoría de los niños que habían compartido los juegos con Sebastián –y muchas de sus madres– no pudieron contener las lágrimas al verlos embarcar.
Tres figuras surgieron de la espesura para empujar la embarcación en dirección al agua, el chiquillo acomodó a su abatido padre en proa, izó la vela y enfiló la barquichuela directamente hacia mar abierto.
El Jacaré era un barco que cabría calificar de «mentiroso».
Con casi cuarenta metros de eslora, siete de manga, y montando en total treinta y dos potentes cañones, visto a nivel del mar a más de dos millas de distancia, y en especial cuando venía de frente, ofrecía no obstante la pacífica apariencia de un inofensivo falucho de cabotaje.
Las razones de tal efecto óptico eran varias, y resultaba evidente que habían sido muy bien estudiadas, puesto que la primera de ellas se centraba en el hecho de que se trataba de un navío muy bajo de bordas, casi sin obra muerta y con el casco pintado de azul,
lo que dificultaba terriblemente la labor de calcular su verdadero tamaño en cuanto el mar se encontraba apenas agitado.
La segunda, y probablemente principal, se basaba en el curioso hecho de que, a diferencia de los galeones en que predominaban las grandes velas cuadradas, se encontraba aparejado con triangulares velas «latinas», y por lo general con sólo la mitad de longitud de sus tres mástiles,
lo cual invitaba de inmediato a suponer que una nave de tan escaso velamen y altura de palos carecía por completo de potencial de ataque.
No obstante, la tripulación del Jacaré estaba adiestrada de tal forma que la otra mitad de los mástiles –que se mantenían sujetos con abrazaderas metálicas a los principales– podían alzarse en cuestión de minutos para quedar firmemente sujetos en el falso tope,
con lo que la nave desplegaba como por arte de magia una superficie de velamen que casi duplicaba en un instante la anterior.
El veloz navío se precipitaba entonces en un abrir y cerrar de ojos sobre sus confiadas presas, al tiempo que descubría las portas de sus cañones y mostraba al enemigo la magnitud de su armamento.
Su nombre, Jacaré, que en la lengua de los primitivos indios caribes significaba «caimán», se encontraba por tanto plenamente justificado, ya que aquella curiosa embarcación, que más recordaba un jabeque berberisco que un auténtico buque pirata,
era en realidad como el sigiloso caimán que aparenta dormitar en el recodo del río enseñando apenas los ojos y la punta del morro, pero que en un momento dado da un ágil salto abriendo sus terroríficas fauces para cerrarlas mortalmente sobre su confiada víctima.
Su capitán, armador y propietario, que respondía al curioso apodo de Jacaré Jack, era, a decir verdad, un perfecto reflejo de su nave, o quizá esta última fuese una obra de arte hecha a la medida de la auténtica personalidad de su dueño, puesto que al primer golpe de vista,
el rechoncho y calvorota escocés más parecía un aburguesado notario, un maestro indolente o incluso un fraile enamorado de la buena mesa, que un famoso pirata del que se aseguraba que había hundido más de veinte galeones,
y cuya reluciente cabezota ansiaban ver colgar de una jarcia todos los gobernantes de la región.
Cuantos le conocían sabían también, y algunos lo habían sufrido en propia carne, que tras aquella inocente fachada de hombre pacífico y paciente se ocultaba un brutal salteador de rutas marinas que en cuanto desenvainaba el sable no volvía a introducirlo en su funda a no ser que estuviera tinto en
sangre.
No en vano Jacaré Jack presumía de haber compartido asaltos y aventuras con personajes de la catadura del astuto Henry Morgan, el elegante Chevalier de Grammont, e incluso el mítico y odiado Mombars,
uno de los filibusteros más sádicos y desalmados de cuantos hicieran ondear bandera negra en la punta de sus mástiles a lo largo de la historia.
Pero como buen «perro de mar», Jacaré Jack respetaba a rajatabla las leyes de los temidos Hermanos de la Costa, por lo que la brumosa mañana en que un vigía gritó desde la cofa que había avistado a un náufrago a estribor, ordenó de inmediato al timonel que cambiara el rumbo.
No fue en realidad un náufrago, sino dos los que izaron a bordo, y en un primer momento al pirata le sorprendió descubrir que quien se encontraba al timón de la maltrecha chalupa y, pese a su desesperada situación, se mostraba fuerte y animoso, era apenas un adolescente, mientras que, por su parte,
el hombretón que dormitaba en proa apenas parecía capaz de pronunciar una frase mínimamente coherente.
–¿Quiénes sois, de dónde venís, y adónde vais? –fue su primera pregunta.
–Me llamo Sebastián Heredia, y éste es mi padre –respondió de inmediato el avispado mocoso–. Venimos de Margarita y nos dirigimos a Puerto Rico.
–¿Puerto Rico? –repitió el pirata dejando escapar una divertida carcajada–. ¡Pues sí que estás tú bueno! Por el rumbo que llevabas, tu próxima escala sería Guinea, en África.
–Nos sorprendió una tormenta –alegó en su descargo el chicuelo–. Jamás he visto tantos rayos.
–Pues por lo que parece a tu padre le cayó uno en la mollera. –El pirata se llevó el dedo a la sien e hizo un inequívoco ademán de taladrársela–. ¿Acaso es que está algo...?
–Es una larga historia –fue la áspera respuesta.
Jacaré Jack observó divertido al descarado rapaz, se volvió luego a su segundo de a bordo, Lucas Castaño, un adusto panameño que siguiendo su inveterada costumbre ni siquiera había abierto una sola vez la boca, y por último señaló con calma:
–Me encantan las historias, no tengo nada mejor que hacer en todo el día, y me gusta saber las razones por las que acojo a alguien en mi barco o lo tiro por la borda. –Sonrió de oreja a oreja–. Así que desembucha.
Sebastián Heredia Matamoros le contó esa mañana al capitán Jacaré Jack la parte de su historia que deseaba contar, y la que no deseaba contar el paciente pirata se la fue sonsacando astutamente palabra por palabra,
de tal forma que cuando al fin la campana de popa anunció a la tripulación que había llegado la hora del almuerzo, golpeó contra la base del mástil su enorme cachimba tallada a mano en el fémur de un almirante inglés, y asintió lentamente.
–Una fea y triste historia, sí señor –admitió convencido–. Una tremenda «hijoputada» que me reafirma en la idea de que no te puedes fiar ni de tu madre. Podéis quedaros –añadió–. Ayudarás al cocinero, y, cuando se recupere, tu padre echará una mano en cubierta.
Ése fue el modo en que, recién cumplidos los doce años, Sebastián Heredia se convirtió en «marmitón» y grumete útil para todo a bordo de un barco pirata,
con el aditamento de que a sus múltiples ocupaciones tenía que sumar la cada día más penosa de cuidar a un pobre hombre que parecía totalmente incapaz de escapar de la postración en que se había sumido, hasta el punto de que se iba consumiendo como un pescado puesto a «jarear».
En efecto, Miguel Heredia Ximénez se pasaba las horas y los días sentado en cubierta, con la espalda apoyada en el tambucho de proa, afilando pacientemente cuchillos, espadas, hachas y navajas,
tan absorto y con tan profunda dedicación a su tarea que cabría suponer que eran sus brazos y sus manos los únicos que permanecían en el lugar, mientras que el resto de su persona había volado a mil millas de distancia, aunque a decir verdad no había volado a parte alguna,
sino que se había limitado a permanecer en Margarita, puesto que su mente parecía negarse a aceptar que cuanto le había sucedido era cierto.
Tal vez si la muerte se hubiese llevado para siempre a toda su familia, Miguel Heredia habría sido capaz de resignarse y aceptarlo como algo inevitable, puesto que la muerte, por muy prematura que fuese, era una opción siempre presente en la vida de un hombre de su tiempo,
pero una traición tan fría y calculada por parte del ser al que había entregado su vida, constituía un golpe brutal y tan absolutamente inesperado que no existía lugar en su cerebro en que alojarlo, aunque sólo fuera para que se quedara allí y olvidarlo con el paso del tiempo.
Sobre cubierta había grabado un nombre: «Celeste», y a menudo, cuando bajaba la vista hacia él, los ojos se le empañaban, y pese a que en cuanto tenía un momento libre su hijo acudía a tomar asiento frente a él,
y durante las comidas no se movía de su lado hasta que comprobaba que se había acabado cuanto tenía en la escudilla, cuidándole como podría haber hecho con un niño enfermo, el atribulado muchacho no conseguía encontrar palabra que proporcionara el menor consuelo a su padre.
Y es que no existe forma humana de dar a otros lo que uno no tiene para sí, y el chiquillo continuaba sin encontrar respuestas a las amargas preguntas que bullían en su mente.