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Tal vez de haber estado solo Sebastián habría conseguido aturdirse lo suficiente con el trabajo diario como para olvidar a ratos sus angustias, pero alzar el rostro y ver a todas horas la inclinada frente de su padre obsesionado en afilar espadas hasta convertirlas casi en navajas de afeitar,
le impedía evadirse y le traía a la memoria el recuerdo de pasadas escenas familiares que le encogían el alma.
Mientras tanto, el Jacaré continuaba navegando sin rumbo fijo ni destino aparente, «vagabundeando» por las tranquilas aguas caribeñas sin apenas velamen y los mástiles reducidos a la mitad,
aguardando «como caimán en boca de caño» la apetitosa presa que cometiese la estúpida imprudencia de cruzarse en su camino.
Nadie a bordo solía mostrar jamás el más mínimo síntoma de impaciencia, señal inequívoca de que el orondo capitán había sabido seleccionar bien a su gente, y eran más las horas que los desharrapados piratas pasaban durmiendo o jugando a los dados,
que aquellas en que se veían obligados a realizar algún tipo de faena.
Durante los más calurosos mediodías, y siempre que el mar estuviera en calma, se arriaba el trapo y se mantenía la nave al pairo para que cuantos quisieran pudiesen darse un refrescante chapuzón,
y fue durante uno de aquellos agradables períodos de gratificante diversión cuando al fin un vigía aulló desde la cofa anunciando la presencia de un navío que provenía del este.
Pese a encontrarse evidentemente en aguas peligrosas, los recién llegados tardaron casi una hora en advertir que una nave muy baja de bordas se encontraba al pairo en mitad de su camino, aunque cuando al fin repararon en su presencia,
lo único que hicieron fue desviar apenas el rumbo tres grados al sur, tal vez con el propósito de evitarse sorpresas desagradables.
El capitán Jack observaba a los recién llegados con ayuda de su pesado catalejo, mientras el corazón de Sebastián golpeaba con fuerza amenazando con escapársele por la boca.
Su padre ni siquiera hizo el más mínimo gesto.
Muy lentamente, pese a desplegar todo su trapo al viento, la pesada carraca que apenas montaba más de media docena de cañones de mediano calibre fue cruzando ante la decepcionada panda de semidesnudos piratas,
y cuando al fin el muchacho inquirió la razón de semejante desprecio pese a que llevaban casi dos semanas aguardando una presa, el siempre silencioso Lucas Castaño se dignó hacer un supremo esfuerzo para replicar agriamente:
–Los buenos barcos son los que «van», no los que «vienen».
–¿Van? ¿Adónde?
–A España. Los que van llevan oro, plata, perlas y esmeraldas. Los que vienen sólo traen cerdos, vacas, picos y palas. Se ve que éste ha extraviado el rumbo.
Dio media vuelta para alejarse hacia la popa, ya que al parecer había consumido toda su provisión de palabras de la semana, y el chicuelo continuó inmóvil, observando cómo uno de aquellos maravillosos buques cargados de fantásticas mercancías que los margariteños solían recibir como agua de mayo,
se iba perdiendo lentamente de vista en la distancia.
Aguardó más de dos horas a que el sudoroso capitán concluyera su larga siesta diaria, y con la disculpa de ofrecerle un poco de limonada se aproximó para señalar, yendo directamente al grano:
–Por la carga de esa carraca se obtendrían en Margarita más de mil buenas perlas.
El calvorota gordinflón le observó de reojo.
–¿Qué intentas insinuar? –quiso saber.
–Que me parece absurdo continuar esperando una presa que tal vez tarde meses en aparecer, cuando la que acaba de pasar vale una fortuna.
–¿Acaso me tomas por buhonero? –pareció ofenderse el otro–.
Yo únicamente ataco los barcos que van. –Agitó la mano–.
Y excepcionalmente algún galeón en el que pueda viajar un miembro de la nobleza por el que exigir un buen rescate.
–Señaló hacia el horizonte–. Pero por toda la tripulación de ese armatoste no conseguiría ni cien doblones.
–No se trata de la tripulación, sino de la carga –insistió el tozudo chicuelo sin inmutarse–. Un buen machete cuesta en Juan Griego por lo menos dos perlas, y en esas bodegas deben amontonarse docenas de ellos.
–Puede que los haya –admitió con socarronería su interlocutor–.
Pero ¿acaso pretendes que desembarque en la playa de Juan Griego para ponerme a gritar: «¡Machetes! ¡Vendo machetes! ¡Al rico machete toledano!»
–Se llevó la pipa a la boca como dando por concluida tan estúpida conversación–. ¡No me hagas reír!
–¡No! –admitió con seriedad el mocoso–. Ya sé que no puede hacer eso porque el capitán Mendaña le haría volar por los aires.
Pero sí puede fondear fuera del alcance de sus cañones y correr la voz.
Serían los pescadores los que acudirían como moscas, y en tres días le habrían cambiado hasta el último clavo por perlas de este tamaño.
Ahora fue él quien dio media vuelta para ir a tomar asiento junto a su padre, pero lo hizo de tal forma que de reojo podía observar la taciturna expresión de un escocés que parecía estar digiriendo con notable esfuerzo sus palabras.
Cuando ya el horizonte no era más que una rojiza línea en la que no se advertía presencia alguna del navío, el capitán Jacaré Jack despegó su enorme trasero de la hamaca, se apoyó en la barandilla del castillete de popa y rugió con el estruendoso vozarrón que sólo empleaba para dar órdenes:
–¡Arriba los palos! ¡Izad todo el trapo! ¡Caña a babor! ¡Vamos a darle caza a esos pendejos!
–¿A una carraca? –se asombró el timonel.
–¡A una carraca no, estúpido! –fue la respuesta–. A un millar de perlas.
Para el jovencísimo Sebastián Heredia constituyó un inolvidable espectáculo la forma en que los hasta aquel momento apáticos tripulantes del Jacaré, se lanzaron de improviso sobre las jarcias y las velas,
pues resultó evidente que cada uno de ellos sabía perfectamente qué tenía que hacer y lo ejecutaba con tanta rapidez, limpieza y economía de fuerzas que diez minutos más tarde la afilada proa cortaba el agua como la aleta de un delfín enloquecido.
Inclinado sobre su banda de estribor en ángulo tal que el agua amenazaba con invadir parte de la cubierta, y con la mayoría de los tripulantes aferrándose a la baranda de babor para hacer contrapeso,
el estilizado navío se deslizaba sobre el mar como una gigantesca gaviota de pecho azul y blancas alas que hubiera avistado un pececillo nadando bajo la superficie.
Cayó la noche sin que avistaran a su presa, se redujo la marcha dando de nuevo estabilidad a la cubierta, y tres horas más tarde el serviola cantó una luz a proa, por lo que el capitán ordenó mantenerse a oscuras y en silencio,
limitándose a seguir la estela de la carraca sin que ésta sospechara siquiera su presencia.
Con la primera claridad del alba se encontraban a menos de media milla de su popa, por lo que el capitán Jacaré Jack ordenó izar su estandarte de guerra y disparar un cañonazo de aviso.
En cuanto el capitán del Nueva Esperanza distinguió los treinta y dos enormes cañones y en especial la negra y flameante bandera, tomó la prudente decisión de abatir velas y mantenerse al pairo,
puesto que no hacía falta ser un genio de la estrategia naval para comprender que presentar batalla habría constituido un auténtico suicidio.
Según las leyes no escritas del mar, un pirata ante el que se rindiera incondicionalmente el enemigo tenía la obligación de respetarle, y cuantos solían navegar por el Caribe sabían muy bien que la enseña de la calavera entre las fauces de un caimán pertenecía a un capitán escocés que siempre había
respetado dichas leyes.
Por lo general se suele tener la errónea creencia de que los piratas siempre izaban la misma bandera negra con una calavera sobre dos tibias cruzadas, cuando en realidad tal enseña sólo perteneció a un zanquilargo irlandés llamado Edward England, apodado «el capitán sin barco»,
un pobre infeliz de tan bondadoso carácter y escasa agresividad que sus sanguinarios secuaces acabaron por abandonarle a su suerte en una solitaria playa de Madagascar,
donde años más tarde murió agobiado por el remordimiento a causa de los salvajes crímenes que bajo su amada enseña había perpetrado su antigua tripulación.
Era cosa sabida que en el momento de armar un navío y lanzarse a la aventura de saltear las rutas del mar, los capitanes se lo pensaban mucho a la hora de elegir los distintivos que diferenciarían su enseña de la de sus competidores,
puesto que de ello podía depender el éxito o el fracaso de su misión, ya que a nadie se le ocultaba la evidencia de que nada tenía que ver la reacción de una tripulación que avistase la calavera rodeada por tres flores de lis del respetuoso francés Chevalier de Grammont,
con el esqueleto alzando una copa del cruel L’Olonnois, o la calavera limpia y sin adornos del diabólico Mombars.
Ante Jacaré Jack o Chevalier de Grammont valía la pena correr el riesgo de arriar velas y abatir las armas, mientras que frente a Mombars o L’Olonnois lo único que se podía hacer era intentar huir,
presentar batalla o tirarse de cabeza al mar con una piedra al cuello como último medio de escapar a las bestiales torturas con que aquellos inconcebibles sádicos acostumbraban divertirse.
No es de extrañar, pues, que en cuanto al capitán del Nueva Esperanza le despertó el cañonazo de aviso y distinguió en la bruma del amanecer el estandarte del caimán,
se pusiera de inmediato al pairo ordenando a sus hombres que se alinearan en cubierta con las manos sobre la borda para que nadie abrigase la mínima duda sobre sus pacíficas intenciones.
El primero que subió a bordo de la vieja y maloliente carraca fue el panameño Lucas Castaño, quien tras saludar respetuosamente al flemático cántabro que parecía tomarse el asalto como si más bien se tratara de una corta e imprevista escala con el fin de hacer aguada,
inspeccionó detenidamente las bodegas para regresar al Jacaré refunfuñando entre dientes por la inutilidad del estúpido esfuerzo.
–¡Basura! –dijo.
–¿Qué clase de basura? –quiso saber su capitán.