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hasta el punto de que, cuando cinco días más tarde don Hernando Pedrárias Gotarredona decidió emprender el regreso a su palacio de La Asunción, a su lado se sentaba Emiliana Matamoros, y frente a ellos la rebelde y enfurecida Celeste.
Sebastián corrió a esconderse en la espesura del cabo Negro tras jurar y perjurar que antes de poner un pie en aquella carroza se tiraba al mar con una piedra al cuello,
al tiempo que su padre permanecía encerrado en una mazmorra del fortín de La Galera acusado de ser el instigador de la «huelga» de los buscadores de perlas de la isla.
Una semana más tarde, y cuando Sebastián se encontraba sentado en el porche de su casa contemplando con ojos agotados ya de lágrimas cómo el sol comenzaba a descender hacia el horizonte, el capitán Sancho Mendaña acudió a acomodarse a su lado,
y tras permanecer largo rato en silencio acabó por colocar su enorme y callosa manaza sobre la morena pierna del chicuelo.
–Muchas cosas he visto a lo largo de toda una vida en estas tierras –susurró al fin roncamente–.
¡Muchas!, y tras perseguir durante meses a aquel loco furioso de Mombars el Exterminador, y ser testigo de sus increíbles atrocidades, supuse que ya nada conseguiría asombrarme.
–Sacudió la cabeza, y un atento observador podría haber advertido que se le empañaban los ojos–.
Pero esto, ¡Dios!, esto jamás me habría atrevido a imaginarlo.
El atribulado rapaz no supo qué responder, porque parecía que las palabras se le habían agotado al igual que las lágrimas, y al cabo de unos instantes, y como si lo que decía nada tuviera que ver con él, el capitán Mendaña añadió:
–Pon a punto la barca de tu padre y abastécela de víveres, agua y velas de repuesto. La gente del pueblo te proporcionará cuanto precises sin hacer preguntas. Yo corro con los gastos.
–¿Por qué? –quiso saber el muchacho.
–Porque el sábado por la noche estará de guardia un centinela al que le suelen dar extraños ataques –replicó el otro como si no quisiese entender la auténtica razón de la pregunta–.
Poco antes de las once saldrá a tomar el aire y caerá como fulminado junto a la puertecilla lateral.
–Se volvió a mirarle con aquella extraña fijeza en la que se diría que jamás parpadeaba–.
Saca a tu padre y que se marche a Cuba, Puerto Rico o Panamá.
¡Donde quiera!, menos a tierra firme. –Le apretó con más fuerza la pierna al añadir–: Y sobre todo, que jamás vuelva a Margarita.
Es lo único que pido para no tener que detenerle.
–Pero ¿por qué hace esto? –insistió tercamente el muchacho.
–¡Oh, vamos, rapaz, no seas pendejo! –se encorajinó el otro–.
¿Por qué «carrizo» crees que lo hago? Te he visto nacer y tu padre siempre ha sido mi único amigo.
¿Esperas que le deje pudrirse ahí dentro para que ese hijo de puta pueda disfrutar sin miedo de su zorra?
–Pareció caer en la cuenta de lo que acababa de decir e intentó arreglarlo–.
¡Perdona! –suplicó–. Sigue siendo tu madre.
–Ya no –fue la seca respuesta del chiquillo, que poco después inquirió como si aquélla fuera una pregunta a la que jamás conseguiría encontrar respuesta–: ¿Por qué lo ha hecho? Ya sé que mi padre es pobre, pero la quería muchísimo, y éramos felices.
El capitán Sancho Mendaña meditó mientras observaba cómo el sol se escondía definitivamente en el horizonte, y se le advertía plenamente consciente de la importancia que lo que iba a decir tenía para aquel chaval de enormes ojos inquisidores al que en verdad había visto nacer y crecer centímetro a
centímetro.
–La miseria suele ser mala consejera –musitó al fin–. Y tal vez tu madre haya pensado más en el futuro de sus hijos que en el presente de su marido. Es una mujer de mucho carácter, y sabrá arreglárselas para conseguir que ese cerdo os procure una posición desahogada para el resto de vuestras vidas.
–¡No a mí! –fue la decidida respuesta del muchacho.
–Piénsatelo.
–No tengo nada que pensar –replicó de inmediato el chicuelo–. Me iré con mi padre.
El capitán Mendaña le acarició con profundo afecto la mejilla y le miró directamente a los ojos.
–Sabía que dirías eso –admitió–. Jamás suelo equivocarme con los hombres, y tú ya eres un hombre. –Sonrió como burlándose de sí mismo–. Con las mujeres ya es otra cosa. Raramente acierto.
En los días que siguieron la mayoría de los habitantes de Juan Griego acudieron a casa de los Heredia llevando todo aquello que sabían que podrían necesitar durante una larga travesía hasta las costas de Puerto Rico o La Española,
y la mayoría de ellos se limitó a depositar su aportación en el porche sin pronunciar una sola palabra, conscientes de que cuanto dijeran sólo contribuiría a aumentar el dolor del destinatario.
El carpintero de ribera y su ayudante se aplicaron duramente a la tarea de calafatear y revisar la barca dotándola de un nuevo mástil, y maese Amador se desprendió generosamente de una vela recién estrenada que sus hijas habían tardado meses en tejer.
En la noche del sábado todas las luces del pueblo se apagaron más temprano que de costumbre y sólo en el torreón del fortín de La Galera brillaba un candil en la habitación del capitán Sancho Mendaña.
A las once menos cuarto se apagó también.