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inspectores y subinspectores que conformarían con el transcurso del tiempo el enmarañado cuerpo administrativo de la Casa no existiría jamás ningún funcionario corrupto, cuando la historia demostró con el tiempo que lo en verdad difícil fue encontrar entre tantos miles de ellos,
elegidos a dedo entre amigos y parientes, alguno que pudiera considerarse absolutamente honrado.
El resultado lógico de todo ello fue que sólo unos cuantos años más tarde, cuando un colono de Perú, México o Santo Domingo pedía permiso para montar un ingenio azucarero o explotar una mina de plata,
se veía obligado a esperar entre seis y diez años hasta recibir la correspondiente autorización y las imprescindibles herramientas.
Como para obtener dicha autorización debía distribuir previamente incontables sobornos y abonar por anticipado unas herramientas que le facturaban a precio de oro,
se comprende sin dificultad por qué razón la mayoría de los posibles «empresarios» del Nuevo Continente jamás llegaron a ver cumplidos sus sueños.
De idéntica manera, los sueños de los margariteños permanecían ahora adormecidos mientras los buceadores se limitaban a tumbarse en la playa a observar la quieta superficie del dadivoso océano en cuyo fondo se ocultaban fabulosas fortunas.
A los tres meses de casi total inactividad en los «placeres perlíferos», don Hernando Pedrárias tomó una tajante decisión muy propia de su carácter y su forma de concebir la justicia: si los pescadores no querían buscar perlas por las buenas, tendrían que hacerlo por las malas,
por lo que promulgó un edicto según el cual cada ciudad, cada pueblo, cada villorrio e incluso cada caserío de la costa se veía obligado a pagar un impuesto, y a pagarlo en perlas.
De lo contrario, y teniendo en cuenta que todas las tierras pertenecían en última instancia a la Corona y la Casa de Contratación era, por decreto, la administradora legal de los bienes de la Corona, la Casa de Contratación,
expulsaría de sus asentamientos a quienes no cumplieran con el susodicho impuesto.
La isla se estremeció de indignación de punta a punta, e incluso el flemático capitán Sancho Mendaña, comandante en jefe del fortín de La Galera, montó en cólera jurando y perjurando que acabaría por cortarle las orejas a aquel grandísimo «coño e madre» que parecía constituir el paradigma de todos
los vicios de la maldita Casa de Castración, que era el despectivo apelativo con que se conocía en las Indias Occidentales a la todopoderosa institución que se alimentaba del sudor y la sangre de tantos sufridos colonos.
De hecho, un gran número de miembros del ejército, la mayoría de los curas de pueblo y la práctica totalidad de los colonos se encontraban en abierta oposición a las continuas injerencias en todo tipo de asuntos de semejante plaga de ineptos,
pero como una de las atribuciones de la Casa de Contratación había sido siempre la de abrir, leer y censurar cuantas cartas llegadas del Nuevo Mundo se les antojasen «sospechosas de sedición», fueron muy contados los que se arriesgaron a evidenciar su desacuerdo,
sabedores de que toda la correspondencia que se enviase a España pasaba indefectiblemente por las manos de unos censores que con una simple orden podían obligarles a regresar a la hambrienta Europa.
A decir verdad, la organización que fundara el difunto canónigo Rodríguez de Fonseca había acabado por transformarse en una densa tela de araña en la que nadie osaba hacer un gesto brusco, siempre a la espera de que vinieran a chuparle la sangre,
puesto que en cierto modo cabría asegurar que la Casa de Contratación era a la vida civil de las colonias lo que la Santa Inquisición a su vida religiosa.
A las tres semanas de emitir el injusto bando, don Hernando Pedrárias Gotarredona decidió de improviso visitar personalmente Juan Griego con el evidente propósito de estipular la cuantía del impuesto que debían pagar sus habitantes según su propio criterio.
Su lujosa carroza dorada tirada por dos briosos caballos negros hizo por tanto su aparición a media tarde de un caluroso día de septiembre, y la protegían tal cantidad de jinetes armados que cabría imaginar que más que un simple delegado comercial de la Casa,
quien recorría la isla era el mismísimo virrey en persona.
Seis horas antes habían llegado ya dos pesadas carretas de las que una nube de sirvientes extrajo y montó bajo las palmeras de la playa una gigantesca tienda de campaña amueblada con mesas, sillas y una lujosa cama de baldaquín,
y los boquiabiertos lugareños no pudieron por menos que extasiarse ante un derroche de riquezas que habría hecho palidecer a cualquier jeque árabe.
Aferrado a la mano de su padre, Sebastián Heredia Matamoros no daba crédito a lo que estaba viendo, y su asombro acabó por convertirse en estupor al advertir que una simple jofaina para lavarse las manos estaba repujada en plata.
–¿Cómo puede alguien ser tan rico? –quiso saber.
–Robando –replicó agriamente su padre, que al instante dio media vuelta para perderse de vista playa abajo–. ¡Maldito hijo de puta! –fue lo último que masculló al alejarse.
A la caída de la tarde don Hernando Pedrárias Gotarredona, rubio, fuerte, macizo, de baja estatura y severos ojos muy verdes, tomó asiento en un inmenso sillón a disfrutar a gusto del famoso crepúsculo de Juan Griego, cenó a la luz de antorchas utilizando una cubertería de oro macizo,
y escuchó entre absorto e indiferente el breve concierto que le dedicaron los tres únicos «músicos» locales.
Por último, se retiró a descansar, puesto que en cuanto el sol hiciese su aparición en el horizonte la práctica totalidad de los habitantes del pueblo tenía orden de comparecer ante su tienda, sin que ni siquiera los niños,
los enfermos o los ancianos pudieran excusar su asistencia a menos que se tratara de un grave caso de enfermedad.
Allí estuvieron todos a la hora indicada.
Todos menos él, que continuó durmiendo –o fingiendo que dormía– mientras los convocados aguardaban sentados sobre la arena o a la sombra de las palmeras, y el capitán Sancho Mendaña paseaba a grandes zancadas, mordiéndose el mostacho para no seguir los instintos que le dictaba su conciencia,
y que no eran otros que trepar a lo más alto del fortín, hacer girar los cañones y convertir en cenizas tan provocativo símbolo de la injusticia humana.
–¡Que yo me haya jugado la vida frente a los piratas para esto! –gruñía una y otra vez–. ¡La madre que lo parió!
Cuando al fin don Hernando Pedrárias se hubo lavado, vestido, desayunado y rezado con recogido fervor sus oraciones matutinas, tomó asiento en el amplio sillón y fue haciendo desfilar en silencio ante su mesa a cada una de las familias establecidas en Juan Griego.
Se dedicaba a observarlas con severa atención, hojeaba a continuación el informe que un pasante le entregaba, y a todos aquellos que no habían nacido en la isla les advertía con voz grave y profunda que si las cosas no se arreglaban antes de un mes se vería obligado a revocarles su permiso de
estancia en las colonias, enviándoles de vuelta a Zamora, Soria o Badajoz en el siguiente barco.
–La Corona no desea que el Nuevo Mundo se convierta en refugio de vagos y maleantes –puntualizaba con un leve punto de ironía en la voz– y por lo tanto estoy decidido, por la autoridad que me ha sido concedida, a librarle de una vez por todas de inútiles parásitos.
A quienes habían nacido en la isla les recordaba que el castigo por no cumplir con sus impuestos era de seis años de cárcel, por lo que «aconsejaba» que las barcas se hicieran cuanto antes a la mar.
–La paciencia de la Corona tiene un límite –concluía indefectiblemente–. Y ese límite está a punto de agotarse.
No obstante, su altiva actitud cambió casi por ensalmo en el momento mismo en que se presentó ante él la humilde familia Heredia, ya que cabría asegurar que el hasta ese momento en apariencia insensible delegado general de la Casa de Contratación de Sevilla en Margarita,
se enamoró desesperadamente de Emiliana Matamoros en cuanto le puso los ojos encima.
Fue como si un oscuro rayo silencioso le hubiera fulminado de improviso, puesto que pareció perder el habla, las manos le temblaron en el momento de recoger el documento que le entregaba su amanuense, y ni siquiera se atrevió a alzar la vista,
como si comprendiera que sus ojos no podrían por menos que delatar la terrible magnitud de la conflagración que acababa de estallar en su interior.
El objeto de sus ansias ni siquiera necesitó esa mirada para hacerse una clara idea de lo que le acontecía, dado que aquélla era una reacción que venía advirtiendo en los hombres casi desde que tenía uso de razón,
y hacía ya años que se había hecho a la idea de que perdieran el habla en su presencia.
El único que jamás la perdió –puesto que siempre había sido hombre de contadísimas palabras–, fue precisamente su marido, y quizá por eso mismo acabó casándose con él.
Pero aquella calurosa mañana de septiembre, Emiliana Matamoros tomó plena conciencia de que, descalza como estaba y pobremente cubierta con su único vestido de desteñido percal,
se había convertido no obstante en la dueña absoluta de los sueños y la voluntad del hombre al que podía considerarse en aquel momento dueño de la isla.
Durante más de veinte años Sebastián Heredia Matamoros vivió preguntándose cómo había podido ocurrir tal cosa, y aunque su corazón siempre se resistía a aceptar la realidad, lo cierto fue que su madre se había dejado comprar en cuerpo y alma por quien estaba esquilmando a su propia gente,