Capítulo 47
El mundo regresa a mí con ímpetu. Por acto reflejo, acongojada, tomo una bocanada de aire. Esta vez no hay ni humo ni ceniza. La presión de la atmósfera parece normal y las fuerzas imposibles han desaparecido.
Mis manos parecen mis manos.
Mi cuerpo parece real.
Alguien me sostiene en sus brazos y tantos otros rostros nos observan.
Me lloran los ojos, pero el mundo todo ha dejado de dar vueltas. Me siento agotada.
Sin embargo, cuando él sonríe, algo en mí vuelve a la vida. Alrededor de Sebastián veo a los cortesanos que siguen presentes: distingo a Sia, a dame Ygritte, a Alaric.
Parece que seguimos en el salón de baile, donde todo estaba ocurriendo. Pero ¿qué ha sucedido?
No hay rastro de las abominaciones.
No hay rastro de Cleia.
No tengo palabras y Sebastián, que me aparta el pelo de la cara, tampoco parece saber qué decir.
Suspira.
Intento encontrarme en su rostro, aunque descubro que parece que tiene un corte en la ceja. Estiro una mano, contrariada, y trato de borrar la herida. Orgullosa, descubro que es tan fácil como borrar un pequeño trazo de carbón.
—¿Estás bien? ¿Está todo el mundo…?
Él asiente mordiéndose el labio inferior.
—¿Y tú?
—He perdido tu espada.
El príncipe se ríe, como si no esperara oír algo así.
—Me haré otra —suspira aliviado.
Sonrío sentándome en el suelo e intento hacerme con la información suficiente como para entender qué ha ocurrido: Cleia, el Corruptor, Amira, sus paladines, Ciro, el cuadro. De hecho, el cuadro que pintó sigue en la sala, donde Cleia lo ha dejado.
Ha estado ahí desde el principio.
Pese a que la espada de Sebastián rasgó el rostro de Amira, el mío está intacto en la tela. Mi padre supo pintar mis ojos, mi pelo, mis trenzas. En él alzo la vista para admirarla a ella.
A la reina.
Entonces suenan las doce campanadas y los Luminares que se ven capaces de ello se colocan en su puesto. Encuentro la mirada de Sia, que parece aguantar la respiración asustada.
Creo que todos sabemos exactamente qué va a ocurrir.
—La Fuente ha entendido vuestro sacrificio, lady Emma de Valemir —anuncia un luminari—. Vos sois la verdadera reina de Valemir y aquella que puede guiarnos a la victoria.
Como dijo Nementhalos: «De nuevo y una última vez».
Valemir ha encontrado a su reina.
A la hija de la reina Amira.