Pinceladas de una traición Epílogo
100%

Epílogo

Desmonto y Meda protesta, como si pudiera recordar que una vez la dejé tirada en este mismo lugar. Por suerte para mí, la presencia de Emir hace que se relaje un poco, porque pronto para de relinchar y se queda tranquila.

Cojo aire y observo la casa en la que crecí, el hogar del hombre que construyó un portal imposible y nos atrapó a todos…

Bueno, qué más da.

Mi padre fue un pintor loco y yo soy ahora la reina legítima de Valemir.

—Al príncipe consorte no hacía falta que lo trajeras, alteza —ríe la nueva propietaria de la casa.

Sia nos observa desde la puerta, vestida con lo que parece una toga. Y va descalza, claro. Al parecer se ha hecho a las costumbres de su tía.

—El consorte va adonde le da la gana —protesta Sebastián.

Yo suelto una risa.

—Bienvenida a casa —masculla Sia, mientras nos invita a pasar.

—Gracias.

Los oigo pelearse de fondo, pero ya me he acostumbrado.

—Buenos días, Ygritte.

La mujer sonríe, desde la esquina en la que está alzando su libro para dejarme claro que no requiere conversación ninguna.

Un año después de todo lo ocurrido aquella noche en el castillo, la vida parece haberse encauzado.

Según cuentan los presentes, yo me deshice de las aberraciones haciendo uso de La Fuente.

De repente, haces de luz blanca salieron expulsados de mi cuerpo y redujeron a nuestros enemigos a cenizas.

Cómo ocurrió es probablemente lo que todo el mundo querría saber, incluso yo.

Aunque nadie encontró el cadáver de Cleia, los Luminares creen que podría haberla borrado del mapa haciendo uso de esa misma magia.

Porque, al parecer, ahora es vox populi que no solo no tengo sello ni soy humana, sino que también tengo acceso directo a La Fuente y mi madre biológica es la primera reina de Valemir.

Y eso me ha transformado en la favorita de los Luminares y de la gran mayoría de los valmirienses.

Irina sigue tratándome igual, pero creo que Rilke tenía razón: me ha cogido cariño y por eso ha aceptado hacerme trajes de pantalón sin chaquetas pesadas.

Poco después de esa noche, las cosas empezaron a estabilizarse en el reino.

Cuando tomé el trono, Sebastián decidió mantenerse como mi consejero.

No tardé mucho en despedirlo y ofrecerle el puesto de príncipe consorte.

Pensé que era un poco estúpido estar andándonos con rodeos.

Sin embargo, en venganza por haber jugado conmigo cuando decidió nombrarme su prometida, decidí llevarlo al altar sin avisar.

Fue un día la mar de divertido.

Alaric todavía me da las gracias cada vez que se acuerda.

Seguimos sin tener respuestas para muchas cosas.

Pero, para sorpresa de nadie, parece ser que el legado de Gael y Ciro sigue vivo: Sia, Sebastián y yo hemos recuperado sus investigaciones para intentar desentrañar cómo vencer al Corruptor de una vez por todas.

Debe de haber una razón por la que decidieron intentar alcanzar a Amira.

Por no hablar de los cuadros o de los otros universos.

Si lo que vi es cierto y Amira habló con él, eso supone que mi padre no solo era capaz de crear portales espaciales, sino también temporales.

Pero ese es solo otro de los millones de misterios que nos aguardan.

Sebastián, sentado en la oficina de la segunda planta de la casa de mi padre, en la que ahora vive Sia, gruñe. Evita lanzarle un libro a nuestra anfitriona cuando esta propone una teoría que le resulta desagradable. Lo veo quitarse las gafas y presionarse los ojos y suelto una carcajada.

Me apoyo en el escritorio mientras Sia añade otro detalle más a su historia, ya que tiene horas y horas que dedicarle a su estudio.

Nadie parece tan dedicada a ayudarme a descubrir cómo demonios Amira no me reclamó para luchar en la batalla en la que Gael se ha perdido, claro.

Excepto Sebastián, que está dispuesto a repetir estas sesiones una vez a la semana.

Le echo un vistazo a Sia, que ha abandonado su vida en Madrid para construir una donde los tres podamos resolver esta historia. Sia, que sigue a mi lado, leal, honesta y sincera.

Por desgracia, siento que hay cosas que no puedo decirle a ninguno de los dos.

Por eso no les cuento nada sobre ese extraño pinchazo que siento en el pecho.

O el ruido de su latido, más allá del mío.

El sonido de las cadenas, su grito. O la sensación de que ni siquiera la espada de Amira en ese recuerdo hubiera sido suficiente para hacerla desaparecer.

De nuevo, no puedo poner en palabras cómo lo sé, pero sé que Cleia sigue ahí fuera. Porque, cuando me vuelvo hacia la ventana para observar los terrenos en los que me crie, puedo verla.

De pie donde el viento se levanta.

Y sé que ella puede verme a mí.