Capítulo 46
Me siento como si alguien me hubiera arrancado la piel a tiras. Mi cuerpo entero se resiente y, aun así, no me detengo.
Por delante de mí, Cleia sigue huyendo. Apenas se vuelve para comprobar que la sigo cuando pisa lo que parece un tablón de madera que gruñe como si el gesto en sí fuera otro insulto más.
No la dejo escapar.
Corremos a través de la gente, a través del castillo, y a través del tiempo. Oigo el fragor de la batalla, los golpes de las bestias y las espadas.
—Si consigue lo que pretende, padre —dice una voz—, todos estaremos condenados.
—¿Y por eso debes entregar tu vida?
La joven que recorre el pasillo repite siempre las mismas palabras.
—¿Y por qué otra cosa la daría?
Me detengo, porque no veo a Cleia. La he perdido entre los pasillos en este laberinto de fantasmas.
—¡Cleia! —la llamo enrabietada.
La oigo toser, pero no correr. Cuando giro sobre mí misma para buscar la dirección adecuada, descubro los cielos de Valemir cubiertos por tres lunas. Las tres sangran sobre el cielo nocturno, entre las llamas; la roya consume las calles y la gente huye.
A través del humo y las cenizas, siento la presencia de dos cosas mayores y mucho más antiguas.
Y sé exactamente qué dos criaturas imposibles conforman esa presión en el aire: una es noble, valiente y sacrificial.
Sus paladines, entre ellos el rey Gael, pasan por mi lado como una ráfaga de aire para unirse a su lucha.
Quiero decir algo.
Quiero gritar.
Pero algo me dice que la visión es solo eso, una visión. La imagen no es real y es solo resultado del extraño universo en el que Cleia nos ha metido.
Cleia, que mira al cielo mientras se sostiene un hombro.
—¡Dijiste que, si te ayudaba a salir, la dejarías ir! —protesta—. ¡Que me la devolverías!
La otra energía es oscura, cruel y codiciosa. Es la fuerza contra la que Cleia parece querer enfrentarse incluso si esta no le contesta.
El Corruptor se ríe de ella.
—¡Era mía! —grita.
¿A quién se refiere?
Como no quiero perder tiempo, corro hacia ella y la arrojo al suelo.
En cuanto pierde el equilibrio, ambas caemos de nuevo en algún lugar. Le clavo las manos en los hombros, me siento sobre ella y recuerdo las palabras de Sia: «Defiéndete, Emma. Defiéndete».
Cleia también se defiende, se sacude justo debajo de mi peso. No me lo pone fácil ni me hace sentir orgullosa cuando debo asestarle un puñetazo para que no recupere la fuerza necesaria para ganarme.
Escupe a un lado.
—¿Lo has entendido ya? —pregunta como si fuera una idiota.
—No me has contado nada de nada.
—Hay ciertas confesiones que no pueden hacerse jamás —gruñe—. ¡Debes verlo con tus propios ojos! ¡Tienes que dejar de huir, de mirar a otro lado!
—Detén las abominaciones —exijo.
—¿O qué?
¿Podría matarla? ¿Es eso a lo que he venido? ¿Por eso la he seguido hasta aquí? ¿Hasta qué punto deseo proteger Valemir?
El lugar que es mi cárcel.
El lugar del que mi padre huyó, al que me pidió que jamás regresara.
—¡Haz lo que te digo! —ordeno.
Siento la luz, la calidez, y algo que se parte en mi interior. Le clavo los dedos en los brazos para retenerla e insisto.
Siento la sangre que le corre por las venas, el aire de los pulmones y el fuego de su rabia. Noto su espíritu, sus sueños y su voluntad. Siento todo cuanto la compone y estoy segura de que la conexión va en ambos sentidos.
La vida de Cleia se vuelve un recuerdo: veo la silueta que la arrancó de la cuna, que la apartó de lady Basira; oigo la voz que la arrulla en la oscuridad y le promete que, si le ofrece el mundo, podrá regresar con su madre.
La veo trabajar en el campo y en las cocinas.
La veo transformarse en un gato para visitar los rincones escondidos del castillo, buscando al joven príncipe.
Cuando este se mete en un carruaje, ella lo sigue y llega hasta la casa de Ciro; asusta a las gallinas cuando se esconde para echarnos un vistazo a los dos.
Siempre estuvo ahí, escondida.
Oculta.
—¡Suéltame! —contrataca Cleia.
Me empuja y logra darnos la vuelta. Caigo sobre mi propia espalda y, aunque intento zafarme de ella, sus manos encuentran mi cuello. Sus dedos se cierran alrededor de mi garganta y sé que la oscuridad que mana de su cuerpo no es otra cosa que un sinónimo de la fuerza que está utilizando.
Intento zafarme, pero no lo consigo.
Y supongo que por eso aparece ella, con su trenza y su espada. Una se alza en los cielos y la otra atraviesa el estómago de Cleia.
Ahogo un grito y siento el peso de la joven sobre el mío.
Ella tose, pierde el conocimiento. La mujer que me ha salvado la vida me ayuda a quitármela de encima y me aparta el pelo de la cara con el mismo cuidado con el que lo ha hecho otras tantas veces, mientras sus paladines luchan en esta extraña eternidad que le pertenece; en el lugar donde nunca pierde, pero tampoco triunfa.
—Emma —murmura—, mi luz.
—¿Amira?
La mujer sonríe y, aunque no entiendo cómo es posible, me alza en brazos como si no fuera más que una niña. Quizá porque aquí, en este momento, es lo que soy.
Una niña.
—Alteza —suplica otra de las voces, alta, robusta—, debe darse prisa.
Las piedras del castillo son tan familiares como lo fueron en su momento, pese a que las veo desde el hombro de la reina, que me sostiene en brazos.
Pero ¿qué ha sido de Cleia? ¿O de Sebastián?
—Soy consciente, Lace, y sé que estoy siendo egoísta —contesta ella sin soltar la espada—. Pero no puedo sacrificarla a ella también.
Siento el roce de su mejilla húmeda y sucia contra mi pelo.
—Ordénales al resto de paladines que no bajen la guardia —anuncia— y yo me uniré a vosotros tan pronto como me sea posible.
El tal Lace me observa, con su cabello rojo fuego, pero no duda en obedecer. Yo frunzo el ceño confundida y me aferro al cuello de la extraña guerrera, de Amira, que entra en otra sala huyendo de la batalla.
Es un recuerdo, ¿verdad?
No sé dónde empieza o dónde acaba ni tampoco qué ha sido de Cleia. Solo sé que, cuando Amira avanza hacia el interior de la sala, me deposita en los brazos de un hombre al que conozco demasiado bien.
—Su nombre es Emma —dice Amira— y es todo cuanto deseo salvar.
Ciro me sostiene en sus brazos y, aunque grito, hace lo que la primera reina de Valemir le pide y me saca a través del espejo, a través del marco que él mismo guardó en su casa, en su mansión, entre sus cuadros.
Y ahora yo sí recuerdo cuál era el cuadro que Ciro quiso tapar.
Un retrato.
Mi madre y yo.