Capítulo 45 #2
Ser Kergalot, que estaba al otro lado de la criatura, parece impresionado.
—Sea lo que sea que acabas de hacer —anuncia—, vamos a necesitar que lo sigas haciendo.
Junto con Alaric, la guardia lucha para intentar proteger a los herederos y a los miembros de la corte y las casas presentes.
También al servicio. Quienes no huyen, usan las mesas y el mobiliario para defenderse, creando pequeñas barricadas desde las cuales protegerse los unos a los otros contra las abominaciones de Cleia, que parece haber decidido que los Luminares son su único blanco.
Acogida tras Sebastián, logro ver a Cleia alzar una mano por encima de la cabeza. Entiendo el trazo que forma con todo su cuerpo y veo la extraña luz que emite, o la ausencia total de ella.
La afinidad de Cleia se manifiesta con oscuridad y sus ojos brillan como los de un gato. Sin embargo, cuando Sia dispara y consigue golpearla, sangra como lo haría yo. Grita y gime mientras intenta arrancarse la flecha de la espalda.
Y tiene miedo.
—¡No!
Sia parece dudar y baja la ballesta antes de disparar por segunda vez. Yo tampoco entiendo por qué lo hago, pero escapo de Sebastián para alcanzarla. El corazón se me encoge, no puedo explicar por qué avanzo hacia la supuesta doncella que me ha engañado, que me ha enredado, que me ha…
Quien ha traído el cuadro de mi padre.
Quien tiene los ojos negros y el cabello negro, cuya afinidad es exactamente la opuesta a la mía.
Los Luminares aprovechan el momento para retenerla.
Puedo ver la luz malva manar del suelo como lo harían las enredaderas y treparles por las piernas, por los brazos, por el rostro.
Sebastián me tira del brazo para detenerme, para pegarme a su cuerpo y evitar que la trayectoria de cualquiera de esas cuerdas me roce.
Están reduciéndola.
Está completamente sola.
—¡Amira devorará a Emma como devoró a todos los anteriores! —grita Cleia desde el suelo—. ¡La vas a mandar al matadero, Sebastián!
El príncipe duda.
—¡Has estado luchando en las filas equivocadas todo este tiempo! —sigue ella.
Los Luminares parecen recuperar las fuerzas, pese a que las abominaciones siguen luchando. Al menos una docena se están centrando en retener a Cleia que, pese a la herida, consigue ofrecer cierta resistencia: la oscuridad que mana de su cuerpo se resiste al agarre de los exorcistas.
—Si tanto quieres salvarla de él —gruñe Cleia—, ¡¿por qué se la entregas a ella?! ¡Son lo mismo, idiota!
Su rabia es lo suficiente poderosa como para reducir, de pronto, el avance de los Luminares. En especial porque sus jinetes regresan dispuestos a rescatarla. Pronto, todas sus fuerzas se centran en liberarla, en asegurarse de que pueda escapar.
Por un momento, parece que está dispuesta a retirarse, pero sonríe y suelta una carcajada. Al hacerlo, sus abominaciones, sus quimeras y sus jinetes vuelven a atacar.
Cleia se pone en pie.
Se arranca la flecha de la espalda sin ni siquiera inmutarse.
—Necesito llegar hasta ella —suplico mirando a Sebastián, que me retiene.
—¿Estás loca?
—Es como en la pesadilla —digo.
—¿Qué?
—Creo que ella era quien se me aparecía en las pesadillas, Sebastián —digo—. Si la toco, y si hago uso de mis habilidades, quizá pueda sacarla de aquí para que al menos…
—¿Cómo?
—No lo sé, pero vale la pena intentarlo, ¿no crees?
Las visiones, la información que tiene, la forma en la que Cleia parece ir siempre cuatro pasos por delante de nosotros. Todo cuanto sabe y todo cuanto me ha explicado ella misma.
Su oscuridad, frente a la luz que mana de mis manos.
—No —responde Sebastián.
—No te estoy pidiendo permiso.
—No, Emma, no puedo dejarte hacerlo. No puedo perderte, ¿no lo ves?
Sebastián me retiene y sus ojos negros parecen estar al borde de las lágrimas. Pero no tenemos tiempo para discutirlo.
Sia está aquí, con su tía.
Alaric está en la sala.
Rilke e Irina, Enara y Niko.
—Tenías razón —le digo—. Siempre fue un espíritu arcano. Lo que perseguía a mi padre. O algo similar a él: el Corruptor.
Sebastián me sostiene por los hombros, frustrado. La gente sigue luchando, sigue intentando reducir a Cleia, y él no sabe ni cómo protegerme.
Porque no debería hacerlo.
—Pero el Corruptor no es lo que me ha estado siguiendo a mí, Sebastián. El espíritu arcano que me persigue es Cleia.
—No, no, Emma, los espíritus arcanos no sangran, no…
Ladeo la cabeza.
—Y si no sangran, ¿cómo pueden tener hijos? —pregunto intentando ayudarlo a entender lo que yo misma estoy entendiendo ahora—. Piénsalo. ¿Qué es lo que te ha llamado cuando te ha visto, Sebastián?
El rostro se le rompe en pedazos.
Yo no puedo dejar de darle vueltas: su pelo y sus ojos negros, la mirada que le lanzó a la torre, sus palabras en contra de Valemir.
Pienso en la forma en la que me miró las palmas de la mano y de los pies, donde están los sellos de las afinidades del fuego y la tierra, cómo me abrió la boca para mirarme el paladar.
Me arranco algo de la mano, quiero ganarme la confianza de Sebastián.
—Ten.
Él me mira confuso y coge el anillo de Amira.
—¿Para qué…?
—Si recibes este anillo, es porque puedes aceptar la verdad —digo rápida.
—¿Y cuál es la verdad?
—Que eres arrogante, imposible y mezquino. Pero también eres inteligente, amable y valiente. Dedicado. Que te quiero por todas esas cosas, por muy insoportable que seas. Que entiendo por qué has hecho todo lo que has hecho, a pesar de que me has hecho daño, Sebastián.
Sebastián abre la boca, se ha quedado sin palabras.
—Y que tienes que dejarme ir —insisto—. Porque si tengo razón… Si tenemos razón y Cleia es de verdad tu hermana, entonces solo tiene sentido que mi madre sea la misma persona que has sospechado que es desde el principio.
Me sostiene la mirada, contrariado.
—Emma, yo…
—Yo también lo he pensado.
Claro que lo he pensado.
La luz.
—Ni siquiera sé cómo sería eso posible, es una locura de…
Las trenzas.
La armadura y el recuerdo que me mostró Nementhalos.
—Solo di que me quieres —protesto— y no nos hagas perder más el tiempo.
Como no tiene nada más que darme, Sebastián me obliga a enredar los dedos en la empuñadura de su espada, sin apartar sus ojos de los míos.
Veo la súplica en ellos.
Justo cuando está a punto de soltarla, me tira de la cintura y me obliga a dar un traspié hacia él. Me roza los labios con los suyos y el calor de su cuerpo sudado me deja helada cuando se aparta y hace exactamente lo que le he pedido.
Me deja ir.
—Vuelve conmigo —me pide.
Tras eso, Sebastián es el valiente de los dos y corre hacia Alaric, que le arroja otra espada. El joven príncipe se lanza a proteger a su corte, aunque no sabe exactamente cómo hacerlo. Un luminari que se le acerca parece informarle de algo y él, rápido, da un par de instrucciones.
Yo sostengo la espada de Sebastián con cuidado y avanzo hacia Cleia como lo he hecho otras veces.
Como llevo haciéndolo desde el principio.
Esta es la profecía de lady Basira, ¿verdad? La confusión de la soñadora, su receta de elementos: las cuatro reliquias, el verdadero rey de Valemir, el fin de los tiempos. Y esta es también mi pesadilla. Excepto que, en esta ocasión, el campo es el salón de baile y las grietas las ha causado ella.
Cleia.
Donde en su momento hubo bailes y cenas y fiestas, ahora hay gritos y bestias. Y donde en su momento hubiera estado aquella silueta, me aguarda Cleia.
Es alta, esbelta y majestuosa. Pese a las heridas, pese a la rabia. Tiene pies, como los tengo yo. Sangra, como lo hago yo. De hecho, no lo había notado, pero todo mi cuerpo parece resentirse tras las carreras. Tengo un par de rasgones en la tela y un arañazo en el brazo.
Si la capacidad de acceder a La Fuente de Cleia se parece en algo a la mía, supongo que tiene la capacidad de entrar en los sueños de la gente y crear pesadillas como la que creó para mí. Pero si lo es, ¿por qué no se ha curado?
Si mi cabello es ahora blanco, ¿qué supone su cabello negro?
Es como en la teoría de Sebastián: si mezclas todos los colores solo puedes obtener o bien uno u el otro, en función del método que utilizas.
Pigmentos o luz.
Negro o blanco.
Cleia o yo.
—¿Sabes cómo usarla? —pregunta con una risa cuando me ve llegar.
Se ha asegurado de que sus criaturas nos rodeen formando un círculo perfecto. Me encojo de hombros, me siento completamente fuera de lugar una vez más.
—Supongo que tengo que pincharte con el extremo afilado si intentas lanzarte a hacerme daño —respondo cínica.
—Si quisiera hacerte daño, ya te lo habría hecho —se ríe, aunque el gesto la obliga a escupir algo.
Sangre.
—Puedo curarte —digo—. Si detienes esta locura, puedo curarte y podemos hablar.
—¿Y por qué harías eso?
No lo había pensado, pero es como mirarse en un espejo a través del tiempo y del espacio.
Cleia está completamente sola, como solía estarlo yo.
—¿Por qué has llamado a Sebastián hermano? —pregunto.
Ella tose y eso la ofende aún más. Gruñe y el asedio se vuelve aún más violento. Escucho los gritos a lo lejos y, como si el tiempo quisiera confundirme, escucho el ruido de la armadura del recuerdo que me mostró el dragón.
Amira.
La mujer del recuerdo era Amira.
—Cleia, si sigues atacándolos, usaré la espada —advierto.
—No te tengo miedo —brama.
Frunzo el ceño.
—Solo eres un cordero de sacrificio —protesta—. Una idiota sin intenciones, que cree que ha venido a salvarnos a todos. Pero ¡yo te he guiado! Te he dado todas las pistas y, aun así, has tomado todas las decisiones equivocadas…
La imagen me pilla por sorpresa: los dientes de Cleia se han afilado, como los de un animal.
Sus ojos negros emiten un extraño brillo malva, similar al del sello de Sebastián.
Es entonces cuando una idea se me pasa por la mente: si Sebastián es su hermano de verdad, ¿por qué él sí tiene sello? ¿Por qué no lo tendría ella?
—No lo volveré a pedir: detén la batalla.
No tengo tiempo que perder en explicaciones: necesito detener a Cleia antes de que todo esto acabe en una masacre. Necesito más poder, algo que la detenga.
Cuando siento el calor en la mano diestra, la misma con la que sostengo la espada, sé cómo conseguirlo.
—Papá tiene hambre —murmura.
Cuando sonríe de nuevo, entiendo sus palabras: lo único que quiere es alimentarle, ¿verdad? La advertencia de lady Basira, las historias del dragón sobre el equilibrio.
Ella misma dijo que todo tiene un precio.
—¡No! ¡Cleia, vuelve aquí!
La veo echar a correr.
La veo rasgar el aire como quien aparta una tela.
La veo adentrarse en el pliegue y yo, sin pensarlo dos veces, la sigo.