Pinceladas de una traición Capítulo 45
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Capítulo 45

Aunque su mirada está puesta en mí, la atención del resto de los presentes está puesta en ella y en las criaturas que la acompañan. Cleia avanza con decisión, pero no sola.

El brillo del cuello de Sebastián me confirma que lo que la acompaña son, en alguna medida, espíritus.

No es el único exorcista de la sala que parece apreciarlo y tampoco es el único que busca la empuñadura de la espada.

Tantos otros, como él, parecen identificar a sus enemigos con rapidez y experiencia.

Y, aunque parece que van a oponer resistencia, nadie lo hace.

Al menos no todavía.

Son cuatro criaturas y caminan junto a Cleia como si ella pudiera controlarlas. Tienen el tamaño de un león y avanzan a cuatro patas. Reconocería esas pupilas rasgadas o las escamas de su cola incluso si no pudiera verlas: tienen parte de dragón, parte de león y cuernos retorcidos, como las cabras.

—Quimeras —murmura Sebastián como si no pudiera creerlo.

Las bestias se unen al avance de Cleia, que parece disfrutar de la tensión del ambiente como una niña con zapatos nuevos.

Las criaturas jadean, avanzando con ella.

Cuando una de las quimeras clava su mirada en uno de los invitados, este cae de rodillas, preso de sus propios recuerdos, tal y como lo hicimos nosotros en el pozo de Nementhalos.

Alguien grita, cuando la quimera se acerca a su primera víctima, y se forma un revuelo casi inmediato. Se oyen copas romperse y se desenfundan algunas espadas. Cleia suspira, se detiene y parece aleccionar a la bestia con un gesto. Esta regresa a su posición tan pronto como lo desea.

La corte entera la ve detenerse a apenas unos metros de Sebastián y de mí con una sonrisa enorme.

—Enhorabuena por tu hallazgo, hermanito —dice en el silencio—. Solo has tardado casi un mes en averiguar lo que un sordo habría podido oír sin ni siquiera esforzarse. Pero ¿qué puede el diestro reprocharle al manco…?

Sebastián le sostiene la mirada y yo me fijo en su sonrisa pérfida, en su burla. ¿Qué acaba de decir?

—Tú debes de ser Cleia —responde Sebastián, tirando con suavidad de mí para colocarme a su espalda.

La interpelada se ríe ante el gesto y niega con la cabeza.

—¿De veras?

Sebastián mantiene el porte.

—Si quisiera hacerle daño a Emma, ya lo habría hecho, ¿no crees? —suelta con algo de malicia—. De hecho, traigo un regalo para ella. He oído que su padre no podía venir a su cena, así que le he traído un pedacito. Un recuerdo familiar. ¿Queréis verlo, lady Emma?

Sia, que estaba junto a Ygritte, se ha acercado a nosotros todo lo posible.

Sebastián y yo seguimos en el centro, ahora rodeados por las quimeras de Cleia como gladiadores en un espectáculo.

Sea como sea, los tres podemos ver lo que la que se hizo pasar por doncella ha traído consigo.

Lo único que sería capaz de hacer que mi estómago se encogiera como se encoge.

Es el cuadro que quedaba en casa de mi padre.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, aunque no sé ni por qué lo hago.

Ella sonríe ladeando la cabeza con sutileza.

—Acabar con esta farsa —propone con un gesto.

Tan pronto como Cleia roza el lienzo, la pintura cobra vida. Pronto, el negro empieza a desprenderse de la tela, se estira y le da forma a un rostro, a otro y a otro más. Así hasta que cuatro consiguen escapar de la pintura y adoptar la forma de lo que parecen cuatro figuras.

Cuatro jinetes.

Ante el horror de la corte, las criaturas antropomórficas que pisan el suelo del salón de baile lo hacen con contundencia, desproporcionadas y aberrantes. Su peso se nota en la presión del aire y las luces fatuas de la sala huyen despavoridas. Las llamas tiemblan.

Sebastián me mantiene tras él, pero yo me resisto.

—¡Cleia, basta! —protesto.

Ella pone los ojos en blanco, divertida ante mi respuesta.

—Son hermosos, ¿no crees? —protesta—. Estaba cansada de verlos encerrados en el atrapasueños de tu padre.

Me zafo de Sebastián y doy un paso al frente para observar a los extraños jinetes. Cuando Cleia abre la boca para dirigirse a ellos, habla en un idioma que no logro entender, pero tampoco necesita traducción.

Porque lo siguiente que hacen los extraños jinetes es atacar. Y tan pronto como se mueven, se desata el infierno.

El tiempo se ralentiza y se pierde en la risa de Cleia.

Enseguida, los diferentes Herederos de Valemir se defienden como pueden.

Hacen uso de sus afinidades, pero las quimeras y los jinetes arremeten con otras reglas, vulnerando las del espacio y el tiempo como lo conocemos.

De repente están aquí, de repente allí. Y, si uno de ellos se despista, puede encontrar a una de las quimeras atravesando el costado de uno de ellos de un zarpazo.

De hecho, Sebastián me hace retroceder para que una de ellas no nos encuentre.

—Evita sus miradas —pide.

—¿Y qué quieres que haga? —protesto—. ¡Usa la espada!

Me mira como si lo acabara de insultar, al menos hasta que algo cae en su rostro. Desde el techo.

Una gota.

Ambos miramos al techo y entonces recordamos qué estancia está justo encima de nosotros: la habitación de los cuadros, con las protecciones y sin ellas.

—Esto es culpa tuya —gruño.

—¿En serio?

Sebastián me devuelve el gruñido, pero no tenemos tiempo para nada más. Porque pronto los cuatro jinetes y sus quimeras no son nuestra única preocupación. Cleia, en el centro de la sala, alza el rostro al techo y siente las gotas de pintura caer como quien disfruta de la lluvia.

Y supongo que lo goza, porque de cada una de las gotas de pintura negra que caen a través del techo aparece otra extraña criatura del Corruptor para enfrentarse a los Herederos de Valemir.

—Emma, ¡por aquí!

Sigo la voz y dejo que Sebastián me guíe. Lo siguiente que sé es que Sia ha encontrado una ballesta, por supuesto, y no piensa dejarse vencer. Apunta y dispara sin miramientos. Sin embargo, Cleia usa una ráfaga de aire para desviar las flechas sin despeinarse.

Sia gruñe y recarga el arma.

—¿De dónde coño salen todos esos bichos?

—Las defensas de la sala de los cuadros habrán caído —anuncia Sebastián.

Me agacho a tiempo de esquivar una de las criaturas, maldiciendo por llevar un vestido tan pesado, y Sebastián se asegura de deshacerse de ella de una patada.

Cuando la ensarta con la espada, esta se desmigaja, aunque no desaparece.

En lugar de eso, toma la forma de otra criatura nueva, de algo extraño y abominable.

—Es ella —digo—. Ella es la que ha estado rompiendo todas las protecciones.

Sia asiente como si pensara lo mismo que yo.

—Por supuesto que tu acosadora es la que anda detrás de todo esto —masculla cínica.

Le dedico una mueca. En respuesta, ella me apunta con la ballesta y, aunque tardo un segundo, hago lo propio y vuelvo a agacharme para que ella dispare a mi atacante.

Me vuelvo para comprobar que, en cuanto la abominación cae al suelo, con la flecha clavada en la piel, lady Seraphina von Funke tiene espacio suficiente para hacerla arder. Nos hace un gesto con la cabeza y avanza para ayudar a más gente.

—¿Sebastián?

El príncipe arranca la espada de una mesa tras una estocada fallida y se vuelve hacia mí.

—Oh, menos mal —resopla cuando las puertas se abren—. Al menos van a hacer algo útil por una vez en su vida.

Sia y yo nos volvemos a tiempo de ver que los Luminares entran en la sala para ofrecer refuerzos.

Pero no somos los únicos que los ven.

Cleia, que tan entretenida parecía en mitad del desastre, que tan impertinente y ausente parecía, se vuelve para prestarles atención.

Y con una sonrisa afilada, decide avanzar hacia la pequeña legión de Luminares que se adentra en la sala.

Con ella, todas sus abominaciones deciden volverse en busca de los extraños monjes y su misión.

Pero ¿por qué?

—Ellos son el objetivo —digo tirando de Sia—. Quiere deshacerse de ellos para que no puedan acceder a la corte, para que…

Ahogo un grito cuando observo que, con un simple gesto, uno de los jinetes arranca la cabeza de uno de los Luminares que están al servicio de Amira.

Cleia controla a esas criaturas.

Cleia quiere deshacerse de los Luminares.

Cleia, que cree que los Herederos de Valemir son un error, que creía que lady Basira, que había sido elegida por el Corruptor…

Las piezas encajan solas.

—¡Emma!

La advertencia de Sebastián es de ayuda, en especial cuando veo que la misma criatura que se lanza sobre mí acaba llevándose a Sia por delante.

Esta pelea y se defiende con maestría, por supuesto.

Justo cuando temo que vaya a perder, su tía aparece y erige un monolito para apartar a la abominación de encima de Sia.

Suspiro aliviada.

Pero ¿qué puedo hacer yo, además de sostener mi estúpido vestido?

Porque Sebastián puede usar su espada, como el resto de los exorcistas.

Los Luminares sobreviven al asedio, devolviendo a algunas de las abominaciones al extraño plano del que parecen salir.

Ygritte cubre a Sia y, a apenas unos metros de ellas, lady Agnes defiende a su marido, lord Azrael, que ha caído al suelo y parece resentirse.

El salón de baile se ha transformado en una carnicería.

Las abominaciones y Cleia se deshacen de la luz, así la noche se interpone entre nosotros y nuestra supervivencia.

Pero la voz de mi padre regresa con cariño, con súplica.

« Mi luz » .

Me encuentro las manos bajo los guantes y me digo a mí misma que no pierdo nada por intentarlo.

En cuanto alzo la vista, encuentro a Sebastián luchando por defenderse de otra de las abominaciones y hago lo propio: sostengo la mano en alto y la obligo a desvanecerse, la obligo a desaparecer como obligué a la sangre de Sia a volver a su cuerpo.

La luz blanca se propaga de mi mano a la criatura como si fuera electricidad y, por primera vez desde que han aparecido, una de las criaturas parece sentir dolor. Emite un grito escalofriante que hace que Sebastián retroceda sorprendido.

—No hacen eso normalmente —dice intentando romper la tensión del momento.