Pinceladas de una traición Capítulo 44
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Capítulo 44

Sia y yo caminamos juntas hacia el interior del salón.

—Vuestra excelencia, prometida del príncipe regente de Valemir, hijo de lady Basira de Pyrramiede y heredero del ascendido rey Gael de Amira —proclama una voz— y la candidata de la noche: lady Emma, heredera de la Casa de Amira.

«Heredera de la Casa de Amira».

Alzo el rostro hacia el paje que he visto tantas otras veces y alzo una ceja. Lo oigo aclararse la voz al ver que llevo compañía. Aunque vacila, acepta el papel que Alaric Kergalot le tiende.

—Acompañada de dame Sybil de Pyrramiede, prima de Sebastián de Pyrramiede.

Ambas avanzamos un par de metros, siguiendo hacia el interior de la sala mientras la gente nos observa. Sin embargo, no puedo evitar lanzarle un par de miradas a mi acompañante, que se aguanta la risa.

—¿Sybil? —pregunto.

—Es tan pedante —ríe ella.

—¿Su prima?

—Algo tenía que inventarse Alaric, supongo —se ríe ella.

Cuando llegamos al centro de la sala y todos los presentes saludan desde sus respectivas mesas, la realidad se asienta de nuevo.

Es mi cena de nombramiento.

Soy la persona que se ha postulado por la Casa de Amira.

Entre todas las siluetas que están en pie, esperando a que llegue hasta mi mesa, aparece la suya.

Sebastián también viste con detalles dorados, aunque su traje es rojo.

Tardo un instante en recordar que es el color del luto en Valemir.

Veo su pelo y sus ojos negros, y la forma en la que, en cuanto su mirada se cruza con la mía, la agacha.

Y, aunque sé que suena ridículo, toda mi rabia se esfuma.

—Puaj —oigo.

Pongo los ojos en blanco, sabiendo que es Sia, y le piso un pie sin remordimiento alguno.

Lo siguiente que sé es que ser Kergalot aparece para llevar a la supuesta Sybil de Pyrramiede junto a dame Ygritte, que ha conseguido su propia mesa. Yo, por mi lado, me siento junto a Sebastián, que mantiene la compostura pese a la corte.

No decimos nada.

No mediamos palabra.

Después de todo lo ocurrido, ¿qué más podríamos decir?

Sebastián acepta el plato de su cena y yo como a su lado en silencio. La corte también cena, mientras los Luminares entran y salen, en sus habituales deliberaciones. Para mi sorpresa, descubro que he asistido a las suficientes cenas como para aborrecerlas.

Pero supongo que todavía me quedan sorpresas, porque cuando la música empieza a sonar, lo último que esperaba es ver a Sebastián ponerse en pie.

Cuando veo su mano frente a mí, contengo mis emociones.

No sé si preferiría matarlo usando uno de los cuchillos de la cena, directo a la yugular, o humillarlo delante de toda la corte rechazando su propuesta.

No hago ninguna de las dos cosas.

En lugar de eso, me levanto de la silla y avanzo hacia el centro de la estancia, donde cada noche desde la primera hemos visto bailar a los invitados de las cenas de nombramiento.

Sebastián me corrige la postura, sostiene mi mano enguantada en la suya, y espera a que empiece la siguiente pieza musical.

Mantengo la vista clavada en su cuello, en su sello. Aunque él intenta encontrarse con mis ojos, no le concedo nada más.

—Estás enfadada —murmura entre un paso y el siguiente.

Debería haberlo matado cuando tuve la oportunidad.

Debería haber dejado que se lo comieran las sirenas y ahora mi vida sería menos compleja. Quizá el Corruptor me habría devorado, como al parecer hizo con mi padre.

Quizá preferiría eso a tener que soportar esta tortura.

—¿Eso crees? —pregunto.

Él parpadea confuso.

—Sí —responde cínico—. Apostaría a que estás enfadada. Aunque admitiré que no es ni la primera ni la última vez que me pisas así, ¿cierto?

Sus palabras me devuelven a los primeros días en Valemir, cuando intentó enseñarme a bailar en la habitación de los cuadros.

Cuando comimos en el suelo.

—¿Y bien? —respondo no menos enfadada.

—¿Hum?

—¿Qué harás cuando esta noche sea un fracaso y hayas perdido tu oportunidad de ser el rey? —digo cortante.

Mis ojos coinciden con los suyos negros. Él me sostiene la mirada sin perder el ritmo del baile. Es ahora cuando, por primera vez en toda la noche, reparo en que Sebastián no lleva ninguna máscara.

—Sia me explicó su teoría de la quinta reliquia —dice él echándole un vistazo al resto de bailarines.

—Ah, cierto.

Por supuesto que eso es de lo que quiere hablar ahora.

—Es una hipótesis curiosa.

Pongo los ojos en blanco.

—Tienes una respuesta, ¿no? Porque tienes una respuesta para todo —resoplo—. Ilumíname, oh, príncipe Sebastián de Pyrramiede.

—Si te coronan esta noche, ¿seguiré siendo el príncipe?

Lo fusilo con la mirada.

—Si me coronan esta noche, me aseguraré de que te pases el resto de tu vida vestido de amarillo y limpiando retretes.

Aunque le duele mi rabia, pronto veo una sonrisilla en la comisura de su boca. Ah, porque le parece gracioso.

—Las cuatro reliquias son accesorios —dice tras un momento de silencio.

—Hum.

El balcón de los Luminares sigue vacío y la noche avanza con parsimonia.

—Un collar, un anillo, unos guantes y una máscara —continúa—. La teoría era que la quinta reliquia aparece cuando juntas el resto, ¿cierto?

Le presto atención a los pasos, giro cuando Sebastián me indica que lo haga. Cuando regreso junto a él, sé que va a ofrecerme la respuesta.

—Tú eres la quinta reliquia de Amira, Emma —susurra.

Y me mira como si lo fuera.

Me gustaría poder decir que no quiero cruzarle la cara casi tanto como quiero besarlo de nuevo, pero puede que el miedo y la rabia no sean capaces de sobrepasar lo que siento por Sebastián.

Sea cual sea el anuncio de los Luminares esta noche, tanto si él tiene razón como si no, mi vida ya ha cambiado para siempre y no tiene remedio.

Frunzo el ceño y siento que pierdo la rabia.

Sin embargo, antes de que pueda decir nada, la música se detiene. Las puertas del salón se abren de par en par y alguien detiene el baile.

La multitud se aparta mientras los pasos resuenan en el salón. Sebastián me sostiene por la cintura, como queriendo moverme y apartarme de la trayectoria de quien sea que aplaude y se adentra en el interior del salón.

La muchacha sonríe, con su pelo y sus ojos negros.

Cleia.