Capítulo 43
Unas horas más tarde, Rilke e Irina salen de la habitación en silencio.
Apenas nos hemos dicho nada, porque creo que ambas han sabido entender a la perfección que he sido postulada para mi nombramiento en contra de mi decisión.
Esta vez, Rilke no ha hecho ni un solo comentario respecto a Sebastián y, de hecho, me dejan a solas cuando alguien llama a la puerta.
En el espejo, me veo casi lista para mi cena de nombramiento. No entiendo por qué los colores son los que son: el vestido es verde, pero tiene detalles dorados. ¿A quiénes pertenecen?
Alguien cruza la puerta de mi habitación y la cierra.
—¿Sia?
Su visita me pilla por sorpresa porque, hasta el momento, ha sido muy cuidadosa con sus idas y venidas. La veo entrar en la sala, ataviada con lo que parece su propio vestido plateado y frunzo el ceño cuando veo su sonrisa.
Sé que tiene noticias.
—Uy, te han dejado a medias —observa.
Frunzo el ceño y le echo un vistazo a los botones de la espalda. Sin embargo, antes de poder decir nada más, Sia deja la caja que traía consigo misma sobre el baúl de la entrada y se acerca.
Pronto, sus manos cierran los últimos botones.
—¿Por qué vas vestida para la cena? —pregunto cuando me mira a través del espejo.
Ella sonríe de nuevo y hace un gesto como de molestia fingida.
—Porque el príncipe es un liante y ha decidido que esta noche todo el mundo debería llevar una máscara.
La mención de Sebastián es suficiente para volver a hundirme los ánimos, pero Sia se ríe cuando me oye gruñir.
Sigo enfadada.
Por supuesto que sigo enfadada.
—La cuestión es que estaré en la cena contigo —anuncia Sia—. Me gustaría pensar que lo ha hecho por ser simpático conmigo, pero creo que tiene que ver con esto.
Recupera la caja que ha traído consigo y me la acerca. Me muestra lo que guarda en su interior: las reliquias.
Los guantes.
El anillo.
El collar.
Y…
—La máscara —resoplo—. Quiere que la lleve puesta y, para que no desentone, va a hacer que todo el mundo lleve la suya.
— Voilà!
Gruño, suspiro y me aparto del espejo para sentarme al borde de la cama sintiéndome prisionera una vez más.
Sia me sigue y se sienta a mi lado paciente.
Siento un nudo en la garganta.
—Está equivocado —protesto.
Ella encuentra mi mano.
—Mejor —dice—. Así no solo habrá perdido el tiempo, sino que además quedará completamente humillado.
—Él quiere ser el rey —digo dolida—. Sigo sin entender qué pretende o qué…
Siento la caricia de sus dedos sobre los míos.
—Sia, si La Fuente me elige, jamás podré salir de aquí —sollozo. Ella, rápida, me acaricia la mejilla—. Mi padre…
Me aclaro la garganta y ella espera.
—No sé qué le pasó y no sé cuándo o… —Niego con la cabeza—. Era mi padre. Me crio. Me cuidó. Pintaba conmigo, me contaba historias… No era solo un pintor famoso con habilidades mágicas en una aventura imposible… Él…
Ella asiente escuchando.
—Estaba enfermo —protesto—. Era cruel y me daba miedo.
—Pero lo querías.
Sus palabras impactan con tanta fuerza como su mirada, puesta sobre la mía. Puedo ver que ella también está cansada y la culpabilidad regresa al instante.
No estoy segura de estar siendo del todo justa con Sia al contarle todo esto.
—¿Quieres saber qué me mostró el dragón?
Frunzo el ceño, pero, como creo que quiere contármelo, asiento. La recuerdo llorando, catatónica, en un rincón de la extraña galería.
—Cuando era niña, mi padre usaba su afinidad en mi contra.
Abro mucho los ojos.
—Los Du Mort creen que puedes aprender a resistir los comandos de otro doblegador si te enfrentas a él lo suficiente —explica—. Es común. Y, de hecho, no es imposible. Solo hay que entrenar.
—Que sea común no lo hace menos terrorífico.
Ella asiente con una pequeña sonrisa.
—La cuestión es que siempre me obligaba a hacer cosas ridículas como: levanta ese jarrón, arroja esos libros, deshaz tu cama —sigue—. En las pocas ocasiones en las que era capaz de superar su poder, por así decirlo, y se lo demostraba…
Siento un agujero en el pecho.
—Digamos que me abofeteó un par de veces.
Me estremezco y tiro de su mano para acariciarle la muñeca. Sia, sin embargo, no se achanta. Me sostiene la mirada con cuidado.
—El día de la boda —dice entonces—, mi padre entró en mi habitación, me miró a los ojos y me ordenó que me casara con Sebastián.
Mis ojos se abren de par en par.
—Pero ¿lograste contradecir la orden? Usaste tu afinidad, ¿verdad? Superaste su poder y así pudiste…
Sia agacha la mirada un momento y sus labios tiemblan. Niega despacio con la cabeza y traga saliva.
—No.
—¿No?
—No me hizo falta, Emma —ríe con suavidad—, porque él no hizo uso de la suya.
Niego con la cabeza, estoy perdida.
—Mi padre es un hombre horrible, Emma —dice—. Es cruel, violento y maquiavélico. El fin lo justifica todo. Pero aquel día me miró a los ojos y yo supe que era su favorita. Que siempre iba a serlo.
Mi corazón se parte por todo lo que Sia ha sufrido.
—Eso es…
—¿Horrible?
—Sí —ríe triste—. No es la mejor relación paternofilial que existe, desde luego. Pero sigue siendo mi realidad.
Le sostengo la mano.
—Tenías razón —concede.
—¿Sobre qué?
—Sobre Sebastián —dice.
—Tú misma querías matarlo esta tarde.
—Y no se me han quitado las ganas, no te creas.
—Entonces ¿qué quieres decir?
Ella suspira.
—Supongo que lo que quiero decir es que todo lo que Sebastián quiere de verdad es proteger al reino y salvar a su madre. Y ahora una de esas dos cosas ni siquiera es una opción.
Contrariada, niego con la cabeza y me aparto.
—Nada de eso es excusa para obligarme a formar parte de…
—No lo es —sigue Sia con calma.
—¡No quiero quedarme en Valemir! ¡Y me está obligando!
—Todavía no has sido elegida, Emma.
Hago una mueca para evitar el llanto y doy un pisotón. Las dos hemos visto las señales, los signos.
—Pero, si Sebastián tiene razón y la cosa que te persigue es el Corruptor, y tu afinidad… Bueno, de cualquier manera, puede que conseguir el trono sea tu única forma de sobrevivir. Si el rey de Valemir está vinculado a Amira y a La Fuente, el Corruptor deberá retirarse, ¿no?
Siento que se me hunden los hombros al seguir la lógica.
—Y las pesadillas se detendrían —entiendo.
No puedo creer que Sia esté frente a mí, intentando defender al hombre al que más odia en el mundo.
—Es posible que Sebastián ya no pueda salvar a su madre —dice—, pero todavía tiene la oportunidad de protegerte a ti y no va a dejarla pasar.
Las campanas dan la hora y las palabras de Sia se hacen hueco en la habitación. Aunque me cierro en banda, no la echo. En lugar de eso, dejo que me ayude a prepararme. Me pongo los guantes y el anillo, luego dejo que ella me ate el collar.
No tenemos más tiempo, ¿verdad?
Sebastián no viene a buscarnos, quizá porque tiene cosas más importantes de las que ocuparse, como mantenerse lejos de mí para que no lo mate.
—¿Lista para volver a entrar en ese salón, lady Anastasia? —le pregunto bajando las escaleras de su brazo.
Soy consciente de que nadie debería descubrir que Sia es la antigua Anastasia du Mort y mucho menos con una máscara puesta.
—No he echado de menos ni a uno solo de esos gilipollas —responde con una sonrisa divertida—. Pero cualquier fiesta es mejor contigo.