Capítulo 42
No puedo respirar bien, pero eso es lo de menos.
—Un atizador —murmura Sia—. ¿Cómo es posible que no haya un atizador en esta sala? Un palo. Puedo partir la silla, Sebastián.
Una silla.
Mareada, me apoyo en una silla.
Me veo las manos enguantadas y, de repente, el peso de la reliquia es demasiado grande. Me los quito y los arrojo en la silla, contrariada.
—¿Qué acabas de hacer? —pregunto atacada—. ¿P-por qué harías eso? ¿Q-qué…?
Sebastián se cubre la boca, se lleva un brazo a la espalda y evita mi mirada mientras camina de un lado a otro de la habitación en la que hemos ido a parar.
—Puedo clavarte la pata en el pecho. ¡Ras! —sigue Sia—. No creas que se me caen los anillos por empalarte.
Todavía tiene sangre en la cara por el esfuerzo.
—La profecía de mi madre —explica Sebastián ausente—, siempre dijo que la noche en la que la Casa de Amira se postulara, aparecería el verdadero rey de Valemir. Yo no pude hacer uso de la máscara ni del colgante. Tú has podido usar la máscara y los guantes.
Frunzo el ceño.
He usado los guantes para dibujar un círculo en el suelo, pero no tengo ni idea de por qué.
—Para ello debíamos encontrar las cuatro reliquias —sigue él confundido.
La profecía de lady Basira, que estuvo en esa misma cueva con el dragón, le pedía a Sebastián que recuperara las reliquias.
Que la noche en que la Casa de Amira se postulara…
—¿Dónde están las armas cuando las necesitas? ¿No podías colgar una espada de la pared? —Sia sigue dando vueltas por la habitación—. Eres una decepción en absolutamente todos los ámbitos de tu vida.
Busco los ojos de Sebastián, que sigue pasando de un lado a otro de la habitación como un loco. Lo veo pasarse las manos por el pelo.
—Para encontrar las cuatro reliquias, tu padre dejó una serie de cuadros que llevaban a otros universos —sigue—, todos ellos asediados por el Corruptor. Descubrieron que el equilibrio se mantiene en el sacrificio del rey, que hay un…
—Sebastián. —Mi voz sale mucho más contundente de lo que creía posible.
Él se vuelve y me mira.
—¿Por qué cojones me has postulado para ser el rey?
Abre los brazos en el aire con lágrimas en los ojos.
—Porque siempre fuiste tú —dice como si fuera obvio—. Esa es la razón por la que mi padre me envió a estudiar con el tuyo. Es la razón por la que nos conocíamos. Es la razón por la que…
Se sostiene la cabeza con las manos y se sienta en un rincón de la habitación.
—Podría pisarte la cabeza y separártela del cuerpo —añade Sia—, pero seguro que correrías un par de horas más, como una cucaracha sucia.
—Me parece bien —le contesta él derrotado.
—¡Eres un…!
—¡Vale ya! —protesto—. Sia, para. Porque no me estás ayudando. Límpiate la cara, todavía tienes sangre. Y siéntate antes de que me dé un infarto.
Amedrentada, la joven doblegadora sigue mis órdenes sin rechistar. Sebastián, por su lado, hunde la cara entre las manos.
—Algo me ha estado mosqueando desde el principio —dice Sebastián sin más—. He intentado ignorarlo. Me he dicho a mí mismo que no tiene sentido. Pero necesito que seas sincera conmigo, Emma.
—¡He sido sincera contigo desde el principio!
—Lo sé, pero necesito que respondas a la pregunta en la medida de lo posible.
—¿A qué pregunta?
—¿Quién es tu madre, Emma?
Siento un nudo en la garganta y el vértigo me obliga a sentarme. Los tres nos quedamos en silencio durante lo que parecen largos segundos.
—No lo sé —admito.
Él asiente.
—Tu padre jamás te lo dijo —deduce en voz alta.
Sia se seca las manos en un trapo soltando un suspiro largo.
—Pero Ciro tampoco es su padre, ¿no? —protesta mirando a Sebastián—. ¿Por qué sería su madre más importante?
Cuando alzo la vista, el príncipe me mira a los ojos.
—Puede que la pintura se me diera fatal —dice el príncipe—, pero la ciencia me gusta, ¿sabes? La parte de hincar los codos es mi favorita.
Sia resopla frustrada.
—¿Ahora a qué viene eso, cuatro ojos?
—Sia —sigue él—, ¿qué color consigues si mezclas todos los colores de tus pinturas al óleo?
Ella duda, parpadeando, pero encuentra la respuesta pronto.
—Ah, ¿negro?
Me mira a mí, confusa.
—Ciro de Valemir —sigue Sebastián— era pintor. Nos explicó a ambos que la mezcla de los pigmentos es sustractiva y, por lo tanto, obtienes negro cuando mezclas todos los colores.
—Vale, ¿y…?
Frustrada, Sia arroja la toalla a un lado.
—Bien. También sabemos que nuestros sellos emiten una leve luz y que cada afinidad tiene un color, ¿no es cierto? —Sebastián la señala—. Rojo para los doblegadores, violeta para los exorcistas…
Agacho la mirada, sé exactamente lo que Sebastián va a decir.
—La mezcla de luces de colores no es sustractiva como en el caso de los pigmentos, Sia, sino aditiva, así que, si mezclas todos esos colores, no obtienes negro…
Sia lo entiende al momento y se apoya en la pared, como si tuviera vértigo.
—Obtienes blanco —dice en voz alta.
Él asiente.
—Que es el color de la extraña afinidad de Emma —concluye.
Sia toma una bocanada de aire y parece reflexionar.
—Así es como me salvó la vida en Madrid —dice sorprendida—. Obligó a mi cuerpo a regenerarse haciendo uso de todas las afinidades a la vez.
Sebastián asiente.
—Sin sello, Sia.
Ella se pasa las manos por el pelo y yo aprieto las manos asustada.
Aquí está.
Este es el momento.
No quiero saber qué significa.
Escondo las manos entre las piernas, asustada, sintiendo las lágrimas. Pienso en Ciro, en el recuerdo que el dragón me ha mostrado.
Mi luz.
Eso es lo que me llamó.
Me pongo de pie de inmediato y Sebastián me sigue como si estuviera atado a mí. Me sigue con las manos y no sé qué es exactamente lo que dice, porque lo único que oigo es mi propia voz.
—¡Es mi vida! —rujo—. ¡Mía!
—Emma, escúchame…
—Y tú… Tú acabas de… Yo no pienso acabar en una cripta, pudriéndome como tu padre, Sebastián —protesto empujándole.
—Déjame explicarte
—¡Acabas de condenarme!
—No me estás entendiendo.
—El dragón lo ha dicho. ¡Te ha dejado claro que todo esto es una maldición! Que Amira devora el alma del rey, que… que…
Sia intercede, buscando mi rostro, pero a ella también le grito:
—¡El Corruptor devoró a mi padre! ¡A tu madre, Sebastián!
El pánico lo domina todo.
—¡Eres un monstruo! —escupo.
Sia me detiene antes de que me lance a golpearlo y me pide que entre en razón. Me pide que recuerde que cabe la posibilidad de que La Fuente no me elija, de que Sebastián esté equivocado. Me pide que respire, que me calme.
Me aparta del príncipe, que vuelve a sentarse en la silla en la que se ha acomodado antes, en su trono de manipulador y carcelero. Mientras Sia me saca de la habitación, lo único en lo que puedo pensar es que Sebastián ha perdido todo por lo que ha luchado en la vida para conseguir las reliquias.
Lo ha perdido igual que me ha perdido a mí.