Pinceladas de una traición Capítulo 41 #3
90%

Capítulo 41 #3

Es a lo que hemos venido, ¿no? ¿Por qué decidiría no hacerlo?

Me pregunto si la caja en sí es la reliquia o si debo abrirla.

Estoy segura de que el dragón tiene todas las respuestas y, aunque la idea de lo que le ha ocurrido a mi padre todavía no ha llegado a sellarse en mí, creo que he entendido su historia.

Amira devora al rey y el Corruptor se alimenta de todos los demás.

Como no hay mucho más tiempo que perder, decido coger la caja y preguntar después.

El problema es que, en cuanto rozo la caja, el dragón cae con un estruendo. Agarro el objeto y me separo, antes de que las escamas empiecen a desmoronarse y su cuerpo se bloquee. La gruta entera tiembla y, aunque no sabría cómo explicarlo, la respuesta llega a mí gracias a su última mirada.

Puedo sentir que algo me atraviesa desde dentro, se me hunde en el corazón. Y entiendo que no es mi recuerdo, sino el suyo.

El último recuerdo de Nementhalos, que ya no puede recordar nada. Nementhalos, el dragón cuya sangre se extiende ahora bajo mis pies, ardiente y humeante como el propio magma.

—¡Emma, corre!

Lo han matado.

Y yo sé quién ha sido.

—¡Emma!

Es Sia quien me hace reaccionar.

—Tenemos que salir de aquí —anuncio retrocediendo.

Pero vamos tarde.

Quizá siempre haya sido así. Puede que siempre haya ido cuatro pasos por delante de nosotros y lleva riéndose todo este tiempo.

Puedo sentirlo nacer del cadáver.

El Corruptor.

El magma se solidifica, se vuelve negro, y después retrocede para regresar al cuerpo. Cuando Nementhalos vuelve a abrir los ojos, los iris naranja y violeta han sido sustituidos por un pútrido color gris y una extraña neblina blanca.

Con la caja en las manos, no puedo hacer mucho más que retroceder, huir hacia donde está Sebastián, que desenfunda la espada. Pese al estruendo y lo irreal del momento, se prepara para la batalla.

El dragón ruge y parte del techo se desprende, bloqueando las galerías por las que hemos entrado al interior del extraño pozo en la montaña.

—¡Ahora me vendrían bastante bien tus habilidades de chanchullera! —le grita Sebastián a Sia, que me protege del polvo con un brazo.

Ella gruñe molesta desde el otro lado del destrozo.

—¿Crees que puedo controlar a un dragón de doce metros de altura?

Confusa, toso y sujeto la caja.

—Pensaba que eras la mejor doblegadora de tu generación.

Aturdida, y cuando el dragón decide golpear un par de las columnas con la cola, alzo las manos. El mero gesto hace que la luz brote de ellas y los pedazos de hueso se mantengan en el aire.

Sebastián y Sia se miran entre sí.

—¿Emma?

Alzo la vista para mirar a mi amiga, que a su vez mira al príncipe.

Este asiente, como si supiera exactamente cuál es su siguiente movimiento.

—Vas a tener que encontrar una forma de salir de aquí mientras nosotros mantenemos al dragón a raya —dice Sebastián—. Y de eso… —Apunta a los trozos de hueso que, cuando bajo las manos, caen al suelo—. ¿Sabes qué? Hablamos en casa.

Siento un extraño rubor y asiento, aunque no tengo ni idea de qué puedo hacer o qué me está pasando.

¿En casa?

Azorada, sostengo la caja en las manos y, mientras Sebastián y Sia luchan, consiguiendo distraer a la bestia que a las claras está poseída por el Corruptor, la abro.

Unos guantes.

Negros.

Alzo la vista cuando oigo otro estruendo y me preparo para el golpe, pero la cola del dragón se detiene a apenas unos metros de mí. Sia habla y su voz se extiende hacia la criatura, que lucha contra su poder.

Veo que la doblegadora se pasa una mano por la cara, se aparta la sangre que le sale de la nariz.

Justo cuando parece que el dragón va a ganar la partida, Sebastián arremete contra él. Atraviesa el hueco entre sus escamas con la espada y lo hace caer al suelo de nuevo como un fardo. Se hace evidente entonces que la posesión no parece haberse completado y…

Claro.

Sebastián es un exorcista.

Le está haciendo retroceder.

Ahora entiendo su plan: Sia controla el cuerpo del dragón y Sebastián obliga al Corruptor a retirarse. Por desgracia, aunque logren detener al dragón, este se recupera. La criatura grita y vuelve a contratacar con más fuerza.

Esta vez, cuando Sebastián lo hiere, algo crece de él: látigos de pelo, dedos de carbón. Reconozco cada detalle, incluso las extrañas costillas de hueso de marfil que se abren paso a través de la herida.

Son espíritus arcanos.

Y todos ellos se lanzan a por Sebastián.

—¡Sia! —gruñe él, haciendo otra de sus florituras con la espada—. ¡No dejes a Emma sola!

Sia se vuelve hacia mí y parece horrorizarse cuando me ve.

O cuando ve lo que hay detrás de mí.

Me vuelvo.

Es entonces cuando veo la silueta, observándome como lo ha hecho todas las demás veces. Puedo verlo.

Al Corruptor.

Y sé que es él porque, ¿qué otra cosa puede ser?

—No te acerques —exijo retrocediendo.

Pero él avanza hacia mí con intención de tocarme o de lanzarme a la periferia del dragón. Acongojada, sostengo la caja contra el pecho.

Doy un paso hacia atrás y trastabillo entre las columnas.

En el gesto, algo extraño ocurre. Otro recuerdo llega a mí: los pies sucios, el pelo blanco, los círculos en el papel.

La petición de lady Basira.

Mi padre era un pintor y yo soy su hija.

Si él pudo crear las puertas que llevaban a este mundo, ¿por qué no podría yo encontrar la forma de salir de ellos?

Retrocedo y el Corruptor me sigue con sus nuevos pies, con sus ojos brillantes.

Necesito un lienzo y un pincel. Pero tendrán que servirme el suelo y las manos, como hacía la soñadora. Como lady Basira.

Abro la caja y saco los guantes. Me los enfundo sin saber exactamente por qué lo hago. Al menos sin ser del todo consciente de por qué seguiría ese instinto.

Los guantes son negros porque están hechos de carbón.

—¡Sebastián, Sia! —los llamo rápida.

Ellos se vuelven y parecen entender que deben regresar junto a mí, aunque no sepan exactamente cómo. Ambos parecen ponerse de acuerdo en que el dragón es ahora la segunda de sus preocupaciones y que la primera es la criatura que mantiene su mirada fija en la mía.

Oigo a Sia usar su afinidad para mantener al dragón pegado al suelo.

Sebastián la levanta del suelo para que no pierda la concentración caminando.

—¿Emma? —lo oigo acercarse—. ¿Qué estás haciendo?

Clavo las rodillas en el suelo y trazo el círculo más amplio que puedo quedando en el centro. Aguardo hasta que Sebastián y Sia se adentran en él, mientras el Corruptor nos observa.

Juraría que sonríe, casi con orgullo.

No sé cómo, ni por qué, pero sé que tengo razón y esta es la forma de volver a casa, como ha dicho Sebastián. Por eso, en cuanto están dentro del círculo, lo cierro.

La luz blanca nos envuelve.

Lo borra absolutamente todo, excepto a ellos dos.

El destello solo dura un instante.

Escucho las voces de los presentes. Puedo oír el escándalo que sienten todos aquellos que nos acaban de ver aparecer, cubiertos de roña y sangre en mitad de la sala del trono del castillo de Valemir.

Sebastián deposita a Sia en el suelo, aunque la sostiene por la cintura.

La corte al completo está ahí reunida y presencia nuestro retorno. Los Luminares avanzan, aunque solo sea para dibujar un perímetro de seguridad que nos separa del resto de la gente en la sala.

Sebastián sostiene su espada y mantiene el mentón alzado.

—¿Ser Kergalot?

El caballero da un paso adelante, está claro que afectado por la imagen.

—¿Alteza?

Todo el mundo ve al príncipe tenderle el arma a su caballero, que la acepta y la retira con duda en la mirada.

Yo lo observo desde el suelo, con los guantes puestos y con el pelo completamente blanco, sin entender qué acaba de ocurrir.

El dragón.

La cuarta reliquia.

El círculo en el suelo, el portal.

—Frente a la corte de Valemir y todos los jefes de las casas herederas, tengo el honor de presentar al miembro de la Casa de Amira que se postulará en la próxima cena de nombramiento —anuncia Sebastián con su porte real.

Mi vista se clava en Sia, que se separa de él y parece tan confusa como yo.

—Frente a los Luminares, que son testigos, hago saber al reino que Emma de Valemir es el verdadero rey de Valemir.

Mi corazón se detiene tan pronto como lo oigo.

¿Qué cojones acaba de decir?