Pinceladas de una traición Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

Estoy en el suelo, rodeada por su cuerpo.

—Yo también lo he visto.

El príncipe me mantiene apartada de la mirada del dragón, aunque no tengo ni idea de cómo ha conseguido movernos.

Mi mente funciona tan rápido como puede: la leyenda, el pozo, el dragón y los recuerdos.

He visto dos recuerdos.

—¿Hemos visto lo mismo?

¿Nos está mostrando nuestros recuerdos?

—Mi padre… Él me obligó a irme —confieso—. Mi doncella era una doblegadora y me hizo olvidar…

Sebastián frunce el ceño entre jadeos.

—No, no —responde agitado—. Entonces hemos visto cosas diferentes.

Mientras los dos recuperamos la respiración, lejos de la mirada del dragón, el tiempo se detiene. Pasa los ojos de mí a la figura que está de pie, completamente paralizada. Cuando la sigo, cuando veo lo que Sebastián ve, solo puedo centrarme en las lágrimas que resbalan por las mejillas de Sia.

Ella, que tanto quería ver un dragón, sigue atrapada.

No me lo pienso dos veces.

Me pongo en pie, a tiempo de ver a la bestia seguirme con la mirada.

Siento la presión, el cambio en el aire.

Esta vez, evito que me encuentre. Evito el violeta y el naranja de sus iris, escapo de su pupila, mientras Sebastián maldice y sale corriendo detrás de mí.

Porque echo a correr, claro. Corro para llegar hasta Sia y continúo a buen ritmo para que me siga a mí con la mirada y deje a mi amiga en paz.

El eco de una carcajada hace que tiemble la cueva.

—Siempre corriendo, Emma —anuncia su voz.

Me detengo y clavo la vista al suelo. Le doy la espalda al dragón y Sebastián me atrapa.

Seguimos bajo las galerías, tras las columnas.

—Nementhalos —la voz de Sebastián parece detener a la del dragón, cuya atención se posa en nosotros.

—Un nombre antiguo, mas mi nombre.

—El nombre ante el que respondes, ¿no es cierto? —dice sin más el príncipe.

Le dedico una mirada, no entiendo lo que pretende, pero mi corazón sigue dividido.

Desde donde estoy, y pese a que siento que el dragón se mueve, veo a Sia.

Ha caído de rodillas, como si la hubieran arrojado al suelo, y parece que le cuesta respirar.

Veo que pega las manos al suelo de piedra, en busca de algo frío.

Sia siempre ha sabido cómo controlar las emociones de los demás por una razón muy obvia: ha tenido que lidiar con situaciones igual de horribles, ¿verdad?

—Respondo al oírlo, es cierto —ronronea el dragón con retintín.

—Como príncipe regente de Valemir, te pido que recuerdes el contrato que hiciste con nuestros antepasados y entregues la reliquia que custodias.

El dragón se ríe de nuevo.

—¿Y por qué haría eso? En especial cuando el tal príncipe regente de Valemir ha decidido esconderse como un ratoncillo.

Vacilo, pero no estoy siguiendo mucho la conversación. Sin embargo, le lanzo una mirada de advertencia a Sebastián que él ignora.

Lo veo salir de detrás de la columna en la que se había ocultado y se enfrenta al dragón.

Su marca del cuello emite esa luz lavanda.

—Porque la reliquia pertenece al verdadero rey de Valemir —responde— y tú sabes quién es, ¿no es cierto?

Tiemblo de miedo, confusa, pero dejo que Sebastián tome el liderazgo. Sia sigue de rodillas en el suelo, confundida, catatónica, y creo que no necesito preguntar qué es lo que ha visto.

Sé suficiente como para adivinar quién podría hacerla llorar así.

Lord Azrael du Mort.

—Por supuesto que lo sé —se ríe el dragón—. Y tú también, ¿verdad?

Sebastián aprieta la mandíbula y endereza los hombros. Eso llama mi atención, por supuesto. ¿A qué se refiere?

—Le prometiste a Ciro que devolverías la reliquia cuando viniera a buscarla.

El dragón ríe de nuevo con crueldad.

—¿Te refieres al mismo Ciro que ahora se consume en el limbo junto al que se ha hecho llamar tu padre todos estos años? —Sus ojos se posan sobre Sebastián, que se tambalea—. ¿Deseas ser otro héroe estúpido y ciego, Sebastián?

Veo que se resiste y usa su afinidad. Aunque no sé exactamente qué está haciendo. Quiero pedirle que pare, que no se exponga más, pero no sé si eso será de ayuda.

Cuando alzo la vista, me pregunto qué le está mostrando.

Ha dicho que ha visto a mi padre.

Pero eso no es todo: ¿el dragón acaba de decir que Sebastián sabe quién es el verdadero rey de Valemir? ¿Qué está ocurriendo?

—Durante milenios, he visto a incautos como tú, ineptos con ínfulas de grandeza —empieza—.

Arrogantes, valientes, idólatras. Todos ellos han sucumbido al mismo destino, a lo que todo lo iguala.

Algunos aquí y otros en otros lugares. ¿Qué te hace creer que esta versión será diferente?

He visto cada uno de los finales, ¿qué sería de mi honor si no intentara mostrarte que esta es la misma historia otra vez? Que volverá a ocurrir como así ha sido.

Sebastián agacha la mirada, escapando del recuerdo.

—Deseas la reliquia sin saber qué fue del santo que la portaba. Sin conocer su historia —admite la bestia—. He aquí su historia, príncipe regente de Valemir. Por esto das la vida, no solo en su último suspiro, sino en cada uno de tus miserables e insignificantes años. ¡Por una maldición!

—Esa es mi decisión —gruñe.

—Tu sacrificio, Sebastián, no es suficiente—espeta el dragón—. Y nunca lo será. Ni siquiera arrojar tu alma a la carnicería lo detendrá, ¿no lo ves?

No puedo soportarlo más.

—¿A qué te refieres? —le pregunto al dragón—. ¿Qué le has mostrado?

El dragón centra su atención en mí, el torrente regresa y me arrastra con él.

Lo que en realidad no entiendo, apresada bajo los tonos naranjas y violetas de la mirada de la criatura, es por qué me muestra los últimos días de vida de alguien que no soy.

Sé que este no es mi recuerdo, como tampoco lo era el primero.

Me siento ingrávida, las imágenes que veo en mi memoria son débiles y distraídas. Estoy de pie entre dos hombres relativamente jóvenes, aunque ambos son más altos que yo.

Estamos en esta misma cueva.

—Entonces es cierto —dice Ciro.

Lo reconozco porque su voz es la misma.

Es la voz que lee conmigo cuando cojo cualquier libro.

—Es cierto —explica Nementhalos—. Como hizo con tantos antes que con él, Amira devorará el alma de Gael para seguir la lucha, para mantener el equilibrio.

—Teníamos razón y… —Ciro se vuelve hacia su amigo—. La línea de sucesión es un sacrificio generacional, es…

Gael lo agarra del brazo.

—Ciro —le pide.

—¡Podríamos revertirlo! —insiste el joven pintor—. Debe de haber una razón por la que estoy aquí, ¿no crees? ¿Por qué si no me traería La Fuente a este mundo, Gael? ¡Responde, Nementhalos!

Soy yo quien entiende lo que ocurre, la que es capaz de descifrar lo que el joven rey no puede entender y lo que el prodigio de la pintura, el nuevo profeta del rey, Ciro, es incapaz de ver.

—Tus pesadillas —digo, aunque no es mi voz.

Se oye débil, delicada. El dragón la respeta como un minero respeta la de un canario y siento que me mira con cierta ternura.

—Nuestras pesadillas —insisto buscando a Ciro—. La razón por la que nuestros poderes escapan de lo convencional. No nos eligió La Fuente, ¿no lo ves? Ella solo elige al rey. Amira solo reclama un alma.

Ciro me mira con el ceño fruncido y Gael parece haberse perdido en el laberinto de la verdad que acaba de descubrir.

—No nos eligió La Fuente —digo asustada—. Nos eligió él.

Gael me observa con la ternura que le dedicaría a una joven amiga de la infancia y se vuelve hacia Ciro, que parece entenderlo todo en la forma en la que su amigo le mira.

La tercera persona en este recuerdo es lady Basira, ¿verdad?

Este es su recuerdo.

—Si ella se alimenta de los reyes… —empieza Gael.

Ciro parece comprender lo que yo tardo un poco más en entender, cuando el recuerdo termina y vuelvo a mi propio cuerpo.

Recupero la respiración y me aferro a Sebastián, que mira al dragón con rabia. Creo que él ha visto lo mismo que yo.

A nuestros padres.

A su madre.

—Las profecías —anuncia el dragón—, los elegidos. Vuestra especie tiene una forma muy extraña de excusar el precio que pagáis por vuestra existencia. El destino lo llamáis.

Mis cabellos, como los del hombre que salió del pozo, son blancos.

Son blancos como los de lady Basira.

—El equilibrio que tanto deseas proteger es lo que destruirá todo lo que amas, príncipe Sebastián —proclama Nementhalos—.

No hay ninguna solución, no hay salvación posible: el verdadero rey debe morir para que Amira pueda ganar y el Corruptor sesgará lo que crea necesario para derrotarla igualmente: Ciro, Basira…

Su voz se hace eco en la gruta.

—Tú.

Sebastián se tensa y yo me aferro a él, intentando que no se pierda de nuevo en la visión. Sia, desde el suelo, parece haber oído lo mismo que yo.

El príncipe ha perdido toda la fuerza y le tiemblan las piernas.

—Entréganos la reliquia —objeto.

—Ah, ¿no vas a correr esta vez, Emma? —dice el dragón.

Su voz sigue siendo horrorosa y sé que se burla de mí, pero no me importa.

—No. ¿Cumplirás tu promesa? —respondo.

—Que así sea, entonces —se ríe la criatura—. Lo que sea por el príncipe y por tu difunto padre. Soy consciente de que esas cosas os motivan, pues muchas de vuestras historias se mueven por algo tan insulso como el amor.

Veo que el dragón descubre una pequeña caja de madera que tiene entre sus escamas. Por primera vez desde que hemos llegado, puedo apreciar la magnitud de la criatura. Me acerco a ella, pese a que Sebastián intenta detenerme. Le lanzo una mirada que pide paciencia y él me lo permite.

Más allá, Sia me suplica con un gesto que no haga nada extraño.

El dragón, sin embargo, me deja avanzar sin problema. Cruzo la línea del haz de luz blanca, alzo la vista y observo que el cielo aguarda por encima de mi cabeza, a través de un pozo que parece estar a cientos de metros de altura.

Cuando llego hasta la cajita, vacilo.

—Así sea —ronronea el dragón—. De nuevo y por última vez, Emma. ¿Tomarás la caja?

Dudo.