Capítulo 41
En cuanto rozo la madera del marco, este cede como lo haría una puerta. Frente a los tres, el cuadro desaparece en cuanto lo rozo. Se vence hacia atrás y revela una galería oscura tras el portal.
Antes de que ninguna de las dos pueda quejarse de lo oscuro que es, Sebastián suelta un suspiro de alivio. De su abrigo manan luces fatuas. Estas parecen más que dispuestas a echarnos una mano, pues se adentran al final de la galería para ayudarnos a encontrar el camino.
—¿Siempre las llevas encima? —pregunto curiosa.
—Te repito que están aquí porque quieren, Emma. No las controlo yo.
Sia lo mira como si fuera la persona más extraña del planeta.
—No me extraña que haya gente que crea que te engendró un espíritu arcano —dice como si nada.
—¡Sia! —protesto—. No puedes decir esas cosas.
Pero Sebastián resopla divertido.
—Es lo más amable que ha dicho desde que me conoce —añade en la misma línea.
—No es cierto. Una vez te dije que tus ojos eran profundos.
—Como pozos de un infierno, si mal no recuerdo.
Sia sonríe orgullosa.
—Me has echado de menos, ¿eh?
Pongo los ojos en blanco y avanzo hacia el interior de la galería porque, siendo sincera, no tenemos tiempo que perder.
Necesitamos esa última reliquia para, al menos, poder desentrañar si existe una quinta o no.
Cuando Sia y yo le contamos a Sebastián sobre nuestra teoría, él dijo que lo había considerado, pero que no tenía suficientes fuentes empíricas para constatar si era una leyenda o no.
Sia, por su lado, dijo que las leyendas parecen estar más vivas que nunca.
Así que creo que cuando me siguen, los tres pensamos lo mismo: la profecía de lady Basira sobre el rey de Valemir es confusa, pero parece estar guiándonos en la dirección correcta.
Hasta el momento, hemos conseguido la máscara, el colgante y el anillo. Por curioso que parezca, los tres objetos son accesorios. Aunque, teniendo en cuenta que pertenecieron a la primera reina de Valemir, no me extraña. ¿Qué objeto se custodiará en el interior de esta cueva?
Intento recordar de qué iba la leyenda o la versión que mi padre me contó, pero más allá del detalle de la memoria, su voz parece haberse perdido en algún lugar remoto.
—Entonces ¿cuál es la leyenda de Nementhalos? —pregunto.
Gracias a las luces fatuas, vemos en el interior de la extraña gruta, que pronto empieza a descender.
Vuelvo el rostro, buscando la respuesta de los dos valmirienses.
—¿Era un caballero? —insisto.
—Nementhalos es el dragón —explica Sia—. La historia cuenta que…
—La leyenda es bastante confusa. No hace falta que entremos en detalles —interrumpe Sebastián.
Sia pone los ojos en blanco.
—Y dale perico al torno.
—¿Qué?
Se me escapa la risa.
—Significa que estás volviendo a hacer lo de siempre —explico—, guardándote información.
—Lo que pasa es que yo también recuerdo la leyenda —sigue Sia— y no me da miedo contarte de qué iba, ¿ves?
—Adelante.
Sebastián es quien pone los ojos en blanco esta vez y en protesta insiste en que nos aseguremos de no pisar nada en falso.
Las luces fatuas flotan a nuestro alrededor.
—La leyenda cuenta que hace mucho mucho tiempo —empieza Sia—, una madre tenía una hija. Su hija solía jugar junto a un prado. Un día, la hija partió y jamás regresó. Desesperada, pidió ayuda a los vecinos. Las gentes de su pueblo decidieron ayudarla a llegar al prado.
Le echo un vistazo a Sebastián, que mira al suelo, apesadumbrado.
—Al llegar al prado, el pueblo entero descubrió que en el centro había un pequeño pozo.
—¿Un pozo?
—Un pozo, sí —sigue Sia—. Y, como es obvio, el pozo no había estado ahí nunca, ¿no?
Y todos se quedaron en shock . Preocupados, se acercaron al pozo creyendo que quizá encontrarían la solución, que la chica se había caído dentro.
Cuando uno de los hombres del pueblo se asomó, creyó oír la voz de la muchacha.
Todo el mundo se alegró y pensaron en bajar a buscarla, lógicamente.
—Cuando el hombre descendió era joven, fuerte, valiente —interrumpe Sebastián tomando el relevo—, pero el que regresó tenía los cabellos blancos, arrugas y los huesos débiles.
Pronto, la gruta da espacio a una galería con arcadas que parecen hechas a mano. Frunzo el ceño al escuchar la historia, pero no puedo evitar acercarme y rozar la estructura con los dedos.
No es mármol, porque no está frío.
Es mucho más poroso.
—¿Qué había en el fondo del pozo?
—Nementhalos.
Frunzo el ceño cuando reconozco el nombre.
—¿El dragón?
Sia asiente.
—El dragón que guarda todos los recuerdos —termina.
El mismo que, al parecer, vive en el fondo de una montaña con galerías hechas de hueso. Siento un escalofrío.
—Nementhalos le mostró la verdad al hombre —culmina Sebastián—, aquello que se escondía a sí mismo.
—¿Y la chica?
Sia se encoge de hombros.
—Solo Nementhalos lo sabe —responde—. Pero nadie que haya bajado al pozo a preguntarle ha regresado para contar la historia.
La extraña galería se abre y la gruta se transforma en un pasillo con arcadas. Todas ellas se abocan a lo que parece un espacio central enorme e iluminado por una extraña luz blanca.
En el centro, la roca respira.
Sia, Sebastián y yo avanzamos despacio, nos acercamos a las arcadas talladas en hueso con una sospecha. La roca es húmeda y se expande.
Entonces, abre los ojos.
No sé cómo describirlo, porque dudo que pueda haber ninguna descripción. Solo sé que un momento estoy de pie en una gruta y al siguiente he pisado el tablón de madera de la puerta del taller de mi padre.
Vuelvo a tener quince años.
La madera gruñe bajo los zapatos, pero mi padre no es Ciro, sino otro hombre, y el taller es otra sala distinta.
Mi padre no es pintor, no está pintando ningún cuadro, está sentado frente a una fuente.
Oigo su voz, que me suplica que considere mis planes.
Pero no le hago caso, me despido, y salgo por la puerta como lo hice cuando era una adolescente.
Pero no soy una adolescente, no del todo.
Siento el peso de la armadura y avanzo pasillo abajo, donde me esperan tantos otros rostros que reconozco, pero que no sé identificar.
Cuando salgo al exterior, las tres lunas han eclipsado el sol.
Los ojos de Nementhaloss son violetas y naranjas, como las llamas de una hoguera, y danzan. Tienen la pupila rasgada, como la de los reptiles.
Cuando esta se dilata, veo mi silueta reflejada en ellos.
Sacudo la cabeza y me vuelvo, la consciencia es una licencia que nadie me ofrece. No sé dónde estoy ni adónde he ido, pero parte de mí sabe que algo no va bien.
Parte de mí sabe que aquí no es donde debo estar y que lo que siento, lo que intuyo, es solo parte de una vida que ya no me pertenece.
O una vida que no me ha pertenecido nunca.
—¿Papá?
La imagen es mucho más clara ahora. Con las manos en el marco de la puerta, asustada, puedo ver a Ciro sosteniendo el pincel frente a aquel cuadro y sé que este sí es mi recuerdo.
Sé que mi padre retrocede un paso, asustado, y se vuelve para verme. Sus ojos son sinceros cuando le oigo susurrar mi nombre.
—Emma.
Su cuerpo entero cambia cuando me ve junto a la puerta.
La tinta negra cubre algo, pero su pincel está limpio.
La pintura se extiende y se extiende, cubriendo lo que parece un retrato de alguien.
Suelta la paleta en cuanto entiende algo que yo no puedo comprender, aunque lo intento.
Asustada, retrocedo un paso cuando corre hacia mí.
Pronto, sus manos encuentran mi rostro y me aparta la vista del cuadro.
—No lo mires —suplica—. Emma, mira a papá.
—¿Qué está pasando?
—¿Em? Necesito que me escuches muy bien, ¿vale? Sé que no he estado bien, sé que…
Y eso hago.
Lo escucho.
Su pincel ha caído al suelo y toda su desesperación se vierte sobre mí. Me sostiene por los hombros y parece darse cuenta entonces de que llevo una bolsa. Sonríe con orgullo y llora. Se limpia el rostro, se sorbe la nariz.
Le cuesta mantenerse cuerdo, pero se esfuerza, cierra los ojos con fuerza.
—Ah, esa es mi niña —dice entre carcajadas—. Coge tu bolsa, sí. Tienes que irte. Necesito que te vayas de aquí. Pero tú ya estabas preparada, ¿verdad? Siempre has sido la más lista de los dos, mi luz.
De nuevo, me sostiene las mejillas y me besa la frente con una súplica, con afecto, con miedo. Algo se mueve a su espalda y entonces mi padre me empuja.
—Ve.
—¿Qué está pasando? —le pregunto—. ¿Qué es eso? No…
—No te preocupes por eso, ¡ve! —insiste.
Me empuja con más fuerza ahora.
—Adéntrate en el Bosque de los Marcos y no vuelvas, ¿me oyes?
—La vela…
—¡No habrá vela ninguna! No puedes volver, Emma, ¿me entiendes? ¡Busca a doña Sol! Piensa… ¡Piensa en un suelo de baldosas!
Recupero el equilibrio y lo veo moverse. Entonces, Ciro cierra la puerta y se encierra con lo que sea que haya dentro de la habitación.
— ¡¿PAPÁ?!
Golpeo la puerta e intento abrirla, pero él echa el pestillo. La doncella me encuentra, me pide que me aparte y que tenga en mente lo que me ha dicho tantas otras veces: que debo mirar por mí misma y debo buscar el sol.
No recordaba que la doncella siguiera con nosotros aquel día.
—¡Olvida Valemir! —grita Ciro desde del otro lado—. ¡No vuelvas, Emma! Vete y no vuelvas jamás.
Algo en la mujer cambia, como si estuviera preparada para ello.
—Coge una manzana —me pide arrastrándome hacia las cocinas.
La doncella repite las mismas órdenes cuando me sostiene por los hombros y ahora entiendo cuál era su afinidad.
—Emma —dice—, corre y olvida Valemir.
Recuerdo el peso de su voz, aterciopelada como lo es la de Sia.
—Olvida lo que no sea útil —insiste la mujer—. Huye al bosque y asegúrate de encontrar a doña Sol. Márchate y no vuelvas jamás por tu propio pie, ¿me has entendido?
Y sé, de hecho, que eso es lo que llevo haciendo desde entonces, ¿no?
—Emma.
Tomo una bocanada de aire.
—Emma, respira, venga.
Cuando vuelvo en mí, alguien me sostiene en sus brazos. Es Sebastián, que nos ha escondido en la galería, lejos de…
—Mi padre —empiezo.