Capítulo 40
A la mañana siguiente, sigo pensando en lo que Sia dijo cuando Sebastián me encuentra a la salida de una de sus reuniones y me invita a dar un paseo. A caballo, al parecer. Y esta vez es un paseo de verdad.
Nos reímos un poco, como idiotas, porque tardo un momento en entenderlo y la primera idea que me ha cruzado la mente me parece entre indecente y la mar de aceptable. ¿Por qué no querría volver a acostarme con él?
De hecho, Sebastián sigue riéndose de la cara que he puesto mientras Emir, su caballo, lidera el camino.
Meda lo sigue, mientras yo observo el paraje.
—Sia tenía una cita con su tía Ygritte —explica cuando ya casi llevamos una hora de viaje.
No me ha venido mal el silencio, pero agradezco oír su voz.
—Dijo que la hermana de su padre estaría de su lado —digo—, ¿ha pasado algo?
Sebastián se vuelve.
—La única condición de su tía para ayudarla era que accediera a verla —explica—, así que me he asegurado de desalojar a los curiosos y dejarlas un ratito a solas.
Me parece de lo más tierno.
—Espera, ¿por eso nos has sacado del ala oeste?
Sebastián sonríe.
—Eres un imán para los problemas —ofrece—. No podía hacerle eso a la pobre Ygritte.
Suelto una risotada y lo dejo pasar.
Pese a que parece que nosotros estamos más tranquilos, cada vez se hace más obvio que la tormenta que se está formando en el horizonte es cada vez mayor.
Desde el eclipse, he oído hablar de todo tipo de malos presagios: bandadas de pájaros que caen rendidas y en picado, hambrunas, siluetas en el cielo.
Sin embargo, no he vuelto a tener ni una sola pesadilla.
Y temo que estas hayan llegado a su fin en un momento tan crucial casi tanto como la llegada de la siguiente.
Sebastián y yo tampoco hemos hablado de lo que ocurrió entre nosotros. De cuando nos besamos, nos acostamos y nos volvimos a acostar. Puede que con todo lo ocurrido, él no quiera pensar en ello.
Yo no he podido dejar de hacerlo, pero no sé cómo comentárselo. No quiero precipitarme ni sentir que me estoy imponiendo.
—¿Qué es este lugar?
Sebastián desmonta el caballo cuando llegamos junto a un pequeño claro. Y pequeño se queda corto. Pero el lugar es hermoso: hay un riachuelo que corre con alegría y lo que parecen huellas de algún ciervo en la tierra mojada.
—Pensé que podíamos encontrar otro escondrijo —responde intentando parecer casual—. Un momento para nosotros solos.
Me llevo las manos a las caderas.
—No pienso montármelo en el suelo a lo salvaje, si es lo que propones.
Sebastián me mira como si pudiera escandalizarse y niega con la cabeza, vuelve a estar azorado. Es tan divertido saber que algo así le hace sentir avergonzado. Porque, por lo general, yo soy la que se avergüenza de cosas así.
—Me gusta —admito—. Es bonito.
Cuando alzo la vista del agua, él me está mirando a mí.
—A mí también me gusta.
Y juraría que mi corazón se salta un latido.
Lo dejo pasar, intentando parecer también casual, y acabo sentándome junto a él en el suelo. Dejo que me ofrezca algo de pan, porque al parecer venía preparado, y le presto atención al cantar triste de los pájaros.
Me pregunto si Sia está disfrutando de la visita con su tía y cómo debe de sentirse explicándole lo que ha sido de su vida estos últimos años.
—Cuando era pequeño —dice Sebastián de repente—, solía venir aquí. Cuando algo me disgustaba o algo me preocupaba, cogía un caballo y venía a este rincón hasta que se me pasaba.
Me vuelvo para escucharlo. ¿Por eso hemos venido? ¿Para que «se nos pase» lo que sea que nos está pasando?
—Tendremos que volver de todos modos al final del día —digo algo pesimista.
Él asiente.
—Ya, suele pasar, sí —ofrece con un suspiro—. Pero mientras estaba aquí, las cosas siempre parecían más fáciles.
Entiendo por qué: la paz, la claridad del agua, el silencio, los árboles.
—Solo tiene una pega —dice.
—¿Cuál?
—Cuando vengo, pienso que es una lástima que no haya nadie para compartir el momento —sonríe encantador—. Siempre he querido encontrar a alguien en quien confiar lo suficiente para mostrárselo. Para sentarme con esa persona aquí.
Lo miro enternecida y sin respuesta. Supongo que mi expresión es suficiente. Lo único que quiero es preguntarle si cree que soy yo esa persona. Porque creo que él podría ser esa persona para mí.
Pero no me hace falta preguntar porque, cuando él me devuelve la mirada, se inclina y me besa sin más. De nuevo.
Con dulzura.
No es un beso apasionado o de esos que te pierden. Es un beso corto, simple. Son dos palabras que ninguno de los dos nos atreveríamos a decir porque es o bien muy pronto o bien muy tarde.
Apoyo la cabeza en su hombro y le presto atención al riachuelo.
—Podemos quedarnos un ratito más —ofrezco.
—Un par de minutos, sí.
Sia tiene las manos en las caderas otra vez. Viste de negro, por supuesto. Se ha puesto sus mejores galas para la ocasión, pero parece que, pese a todo lo que se ha preparado, sigue igual de contrariada que cuando ella misma propuso el plan.
—¿Tu padre no podía haber pintado una playa? —protesta.
Dejo que Sebastián me ayude a colocarme una especie de muñequeras que, según insiste él, me ayudarán a evitar cualquier posible dolor que sienta después de los grilletes.
—¿Tienes que ponerle pegas a todo? —protesta él.
—Se me da demasiado bien como para privar al mundo de mi don, Sebastián.
—Soy de la opinión de que a veces deberías privar al mundo de todos tus dones.
No tengo el corazón de decirle al príncipe que mi pelo blanco es la razón por la que ya no me duelen las muñecas. Porque sí: me he asegurado de que Sia no sienta más dolor después del ataque en el último cuadro y me he asegurado de que no queden ni las cicatrices de aquellas heridas mías.
Pero eso tiene un precio.
Cleia no mentía.
Mi cabello es ahora completamente blanco y me siento más cansada de lo normal. También he estado comiendo más de lo necesario y durmiendo mejor. Quizá la ausencia de pesadillas también tenga que ver con lo agotada que me siento cuando llega el final del día.
Nunca había usado tanto mi… ¿afinidad?
Pero ¿eso es una afinidad? Creo que los tres lo estamos dejando pasar porque es más fácil centrarnos en algo más certero, como el tema de las reliquias o los cuadros. Pero Sebastián siente curiosidad por mis habilidades y parece tener sus propias teorías.
—No os chinchéis más —protesto—. Ciñámonos a la orden del día: entramos en el último cuadro, recuperamos la reliquia y salimos.
—¿Alguna idea de lo que podemos encontrar dentro?
Sia está curioseando la parte de la habitación que sigue… Bueno, no sé cómo explicarlo. Lo que sea que nos atacó en el rincón de mundo de la Reina Magna nos siguió hasta aquí. Y, aunque sigue contenido en ese espacio, parece que los Luminares tampoco han podido hacerlo retroceder.
Las protecciones que idearon Gael y Ciro parecen ser suficientes para pararlo, pero nadie sabe cuánto ni cómo aguantarán.
—¿Emma?
Sebastián me mira esperando que conteste.
—No os va a gustar la respuesta que tengo.
—¿Qué podría ser peor que las sirenas? —bromea él.
Aprieto los labios y le echo un vistazo al cuadro de la montaña, al fuego que mana del volcán. Chasqueo la lengua, contrariada. ¿Qué otra cosa podría haber en esa montaña? ¿Por qué tengo que dar siempre yo las malas noticias?
—Es un dragón.
La sala se queda en silencio.
— ¡LOS COJONES!
Contra todo pronóstico, Sia celebra la respuesta mientras Sebastián suspira agotado. Desde donde estoy, veo que se le eriza la piel de la nuca. Sin embargo, su exprometida, la que fingió su muerte, parece que jamás ha recibido una mejor noticia.
—¡Un dragón!
—Mi intuición dice que sí —respondo intentando hacerlo más fácil—. La montaña, la lava, el cielo oscuro… Creo recordar una historia sobre un dragón que guardaba los tesoros del tiempo.
Sebastián se pellizca la nariz.
—Hablas de un dragón que era capaz de recordarlo todo, ¿no? —termina él.
Asiento y Sia parece entender la referencia.
—Es otra leyenda de Valemir —explica ella.
—La leyenda del pozo de Nementhalos.
Sia y Sebastián comparten una miradita y yo frunzo el ceño. A Sia se le han quitado un poco las ganas, aunque nada podría ocultar la ilusión que le hace la idea de ver un dragón.
—¿Debería estar preocupada? —pregunto—. No recuerdo el final de la historia.
Derrotado, Sebastián hace un gesto con la mano.
—Mejor para ti.