Pinceladas de una traición Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Veo la vergüenza en su mirada y soy testigo de cómo aparta a Sia. Se pone de pie con rapidez, solemne y siempre protocolario. Lo hace como si fuera lo único que sabe hacer.

—Disculpa —empieza—. No es lo que piensas, estaba…

—Oh, Sebastián —empieza Sia resoplando—. No seas idiota.

Me acerco a él rápida y le cojo el rostro.

—No te disculpes —le pido—. Solo has venido a buscar el apoyo de una amiga. Es lo más normal del mundo.

Y lo entiendo.

Claro que lo entiendo.

Puedo leerle la mente con facilidad: cree que está a solas en una habitación con la que fuera su prometida y que su vulnerabilidad lo hace débil. Cree que yo voy a pensarme que sus intenciones eran otras, porque eso es lo que le ocurre constantemente. Todo el mundo espera lo peor de él.

El reino sospecha que ha matado a su madre y tal vez que también le hizo algo a su padre.

Es la Ruina de Valemir, ¿no?

Cuando deslizo la mirada hacia Sia, ella niega despacio con la cabeza, pero puedo ver que también ha estado llorando.

Veo que hay algo de culpabilidad en su rostro, aunque nunca pensé que podría sentirse así.

Frunce el ceño y creo que entiendo que estamos pensando en lo mismo.

El reino cree que Sebastián la mató a ella también, ¿no?

No todo el mundo cree la historia de que ella saltó por ese acantilado.

Aunque suene retorcido, y pese a que sea extraño, creo que es el mejor momento para contarles la razón por la que yo he estado desaparecida durante un par de horas. Puede que ni lo hayan notado, pero creo que lo que tengo que decir los ayudará a dejar de pensar en todo lo que han perdido.

—Hay alguien que ha estado siguiéndome desde que llegué —confieso.

Los dos me miran como si hubieran recibido un puñetazo en el estómago y parecen olvidar todo lo demás.

Es embriagador.

—Su nombre es Cleia y creía que era una doncella del castillo, pero dudo mucho que eso sea lo que es.

—¿Qué? —Sia parpadea confusa.

—La doncella por la que me preguntaste aquella noche —recuerda Sebastián—. ¿Por qué…? ¿Por qué no has dicho nada antes?

—Porque no estaba segura —respondo frustrada—. No quería estar equivocada ni sacar conclusiones precipitadas…

—Espera, un segundo —pide Sia—. Hay una doncella que te sigue. Y tiene nombre y te cuenta cosas. ¿Por qué hablas con extraños, Emma?

Me ruborizo ante la reprimenda.

—Todo el mundo es un extraño en este castillo —protesto.

— Touché .

Suspiro.

—Apareció la primera noche y me ayudó a bañarme. Fue amable y me explicó cosas sobre Valemir. Me contó la leyenda de Amira, me contó cómo funcionaban las cenas…

Sebastián se lleva una mano a la cabeza, como si acabara de entender algo.

—Eso es lo que noté en la habitación.

Lo recuerdo mirando en los baúles, en todas partes.

—¿Lo que notaste en la habitación? —repite Sia como queriendo dar pie a que se explique.

—Noté que alguien había estado trasteando con la energía espiritual en la habitación y no recordaba haber sido yo —explica—. Por eso buscaba runas, pero no encontré ninguna. Pensé que estaba perdiendo el norte y lo dejé pasar.

—¿Y qué significa eso? —pregunto.

—Que tu doncella Cleia tiene más habilidades de las que parece —responde—. ¿Ha hecho algo más?

Aprieto los labios, intentando darle solo la información necesaria. Pero supongo que hay cosas que no puedo ocultarle.

—La encontré mirando la torre de tu madre aquella noche, por eso me asusté cuando me topé contigo —admito—. Parecía muy contraria ante la idea de que estuviera allí encerrada.

Ninguno de los tres dice lo que está pensando, pero creo que es lo mismo.

Antes de que Sebastián o Sia se decidan a hablar, me lanzo a contárselo todo.

—Al volver a mi habitación, vi un gato —explico—. Ella era el gato. No sé cómo es posible, pero sé que es cierto. Me hizo dudar de lo que Sebastián quería de las reliquias. De hecho, sin ella, jamás hubiera usado la máscara. Parecía que también sabía lo de mi padre.

—¿Cómo? —Sebastián frunce el ceño—. Eso es imposible: solo Alaric lo sabe.

Sia ladea la cabeza, siempre presumida.

—Alaric y yo, que lo obligué a darme todos los detalles en cuanto me enteré. ¿Es posible que sea doblegadora?

Sebastián gruñe como respuesta, pero no me interrumpe.

—No lo sé —explico—. Porque también hizo uso de su afinidad con el agua la primera noche. Y os juro que era el gato.

—Podría ser una cambiaformas —propone Sebastián, aunque no tiene mucha confianza en su propia teoría.

—¿Existen?

Sia y Sebastián intercambian una mirada.

—En los mitos y las leyendas, sí —responde ella.

—Hoy estaba en el funeral —digo—. Por eso me he alejado. He intentado encontrarla, pero creo que ha tomado la forma de un perro y se ha perdido en la arboleda.

Agotado, Sebastián vuelve a sentarse. Sia me mira desde el brazo del sillón y después mira al príncipe con sorna.

—Te despistas un par de días para llevar el luto de tu madre y te pierdes tres temporadas de ocurrencias, principito —bromea.

Y, de alguna manera, pese a que se tapa los ojos y juraría que quiere echarse a llorar, Sebastián se ríe con Sia.

—Estoy pagando por una vida anterior —masculla él.

—Lo dices como si no hubieras sido un puto diablo en esta —le contesta ella ágil—. ¿Emma?

—Dime.

—Pídele perdón a Sebastián.

—¿Disculpa?

—Ya me has oído —suelta.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque prometimos no ocultarnos más cosas y estoy segura de que hace mucho tiempo que sospechas de esa tiparraca —responde—. Y ya tiene suficiente el pobre.

Sebastián parece sorprendido de verdad, pero el gesto le resulta agradable. Yo doy un pequeño pisotón, algo orgullosa, porque no son momentos para ponerse así. Pero entiendo que esa es Sia y esta es la forma en la que podemos funcionar.

Enderezo los hombros y hago lo propio, incluso a regañadientes.

—Lo siento, Sebastián.

Como respuesta, y para mi sorpresa, él alza una mano para hacerme una peineta. No necesito un mapa para descubrir quién le ha enseñado eso, porque Sia estalla en una carcajada.

El príncipe me mira confundido.

Chasqueo la lengua.

—¿Qué te ha dicho que significa? —pregunto con una ligera sospecha.

Sebastián se ruboriza por enésima vez y le doy gracias a todos los Velos y Fuentes y Luminares por la posibilidad de verlo ser así.

—Todo bien —responde—. Claro que no significa eso, ¿verdad?

Sia explota en una carcajada aún más grande y Sebastián, que no es tonto, encuentra un cojín para golpearla con él.

Acabamos de incinerar a alguien y el mundo se precipita a su propio fin. El equilibrio de la magia de la que bebe Valemir se está viniendo abajo. Y, sin embargo, su disputa infantil es lo más esperanzador que podría ver hoy.

Escondo una sonrisa.

Decido que quizá sea mejor así y que el mundo no puede recaer sobre los hombros de un chico que lo ha perdido todo. Cierro la puerta y dejo que se peleen en otra sala. Después le explico a Sebastián la verdad sobre lo que significa una peineta.

Las horas pasan rápido en compañía. Cuando las verdaderas doncellas del ala oeste nos traen algo de cenar, comemos en el suelo como lo hicimos cuando investigábamos los cuadros.

Entre los tres, llegamos a la conclusión de que lo mejor que podemos hacer es no perder el horizonte.

Sia propone entrar al último cuadro y Sebastián parece de acuerdo con ella.

Así que ponemos en común los aspectos más importantes de esa parte de la historia, hasta que la conversación se va por derroteros y la noche se hace con todo.

Sebastián es el primero en quedarse dormido.

—Puaj.

Pongo los ojos en blanco al escuchar a mi amiga. Siento el peso de la cabeza de Sebastián sobre la falda de mi vestido. Lleva ahí un buen rato. Ha estado jugando con un hilo que ha encontrado en el suelo hasta que se ha quedado roque.

Ella lo mira con un deje de disgusto.

—Eres una cría, Sia.

—Si tú lo dices.

—Está agotado —protesto—. Sus padres han muerto. Dale un respiro, ¿quieres?

—Está fingiendo que está dormido para que le toques el pelo —responde ella resoplando. Yo sostengo la mano en el aire, ¿está fingiendo? No lo parece—. Pero bueno, como te gusta, no te importa que te engañe todo el día, así que no me meto.

—No me está engañando.

No niego la parte de que me gusta y ella lo nota.

Sé que siempre tira el anzuelo, esperando que mi silencio sea suficiente admisión. Acaricio el pelo oscuro de Sebastián y no puedo quitarme de la cabeza el recuerdo de sus besos, de su cuerpo contra la cama, sus risillas, su disposición.

Supongo que lo tengo escrito en la cara. No importa si se lo cuento a Sia o no, porque ella siempre puede verme con claridad.

—¿De verdad te gusta? —pregunta asqueada.

Aprieto los labios.

—Está loco, Emma —sigue—. Es un manipulador nato, un mentiroso y hará esto una y otra vez. Su vida es un berenjenal de gente de la corte intentando matarlo, él intentando deshacerse de la gente de la corte y todos intentando deshacerse del Corruptor. Y así en un ciclo eterno…

Me encojo de hombros.

—Lo sé, pero…

—¿Pero? —Me dedica una mirada de tedio.

—Precisamente porque todo parece tan incierto… ¿Qué más da? —pregunto—. Lo que sienta por él o lo que no. Es algo irrelevante, ¿no crees? No he querido darle muchas vueltas. No he tenido tiempo. Es algo pequeño y no creo que sea importante…

Sia frunce el ceño y decide obligarme a tirar abajo todos los muros una vez más.

—Pero sí lo es, Emma —responde—. Siempre finges que esas cosas no te importan. Crees que querer a alguien no es para ti y que no podrías hacer feliz a nadie, pero no es cierto. Te conozco y sé que lo quieres.

—Sia, yo…

—Lo veo en cómo lo miras. Y sé que lo querrás sin que te importe nada más y que esa es la razón por la que estamos haciendo todo esto —suelta con algo de desdén.

Le sostengo la mirada con cautela. Si me conoce tan bien, ¿cómo es posible que las dos pasáramos tanto tiempo esperando a la otra? ¿Es posible que esperáramos demasiado? Porque lo cierto es que, cuando la miro, sé cuál es la verdad.

—También te quiero a ti, Sia.

Ella me sonríe y asiente. Las llamas de la chimenea de su habitación le iluminan los ojos vidriosos.

—Ya, pero no así.

Lo verdaderamente triste es que las dos sabemos que tiene razón.