Capítulo 39
Los siguientes tres días son devastadores.
El ala oeste se tiñe de luto. Intento no atosigar a Sebastián ni dejarlo solo, aunque él insiste en esconderse. Pasa las noches solo y no me deja verlo donde puede quebrarse. Le entiendo, pero la distancia no me duele menos.
Por eso, intento mantener algo de equilibrio en lo poco que me deja hacer por él.
Como su prometida, puedo presentarme a sus reuniones con él.
Junto a ser Kergalot, intento mostrarle mi apoyo en todas ellas.
Sia, que sigue escondida, me ayuda a descifrar parte de las peticiones que se hacen en la corte cuando voy a visitarla y le pido ayuda con el tema.
De hecho, parece que estaba más que preparada para ser la reina consorte, porque tiene respuestas para absolutamente todo.
Cuando intercedo por Sebastián frente al jefe de la Casa de Nahr el segundo día, tanto Alaric como Sebastián parecen sorprenderse. Sin embargo, solo pido tiempo y paciencia para un hombre que ha perdido a su padre y a su madre en menos de un mes.
La discusión se intensifica y alguien quiere poner en duda la fortaleza de la Casa de Amira.
Ante eso, no me achanto y les dejo claro que el príncipe regente no es su único representante.
Lo veo guardar silencio, ponderar su situación y, al final, aceptar mi ayuda.
Cuando Sebastián asiente y se incorpora para disolver la reunión anunciando que debe hacerse cargo de otros asuntos, la corte lo obedece.
—Eso ha sido arriesgado —susurra Alaric cuando nos quedamos a solas.
Me cuadro de hombros.
—Estaban siendo injustos —respondo cabezona—. ¿Sebastián?
Él asiente agotado.
—Necesito dar un paseo —dice.
Y eso es lo que hace durante el resto del día.
El último día antes del funeral, Sebastián pasea. Yo intento no seguirlo, aunque no lo pierdo de vista. Me acerco a ver a Sia, pero no me atrevo. No sé cómo me siento respecto a nada y siento que la muerte de lady Basira ha caído sobre nuestros hombros como un jarro de agua fría.
El príncipe se aleja y me preocupa no poder estar ahí para él.
Pero tampoco sé cómo apoyarlo y no puedo contarle nada sin sentir que estoy hiriendo sus sentimientos.
¿Cómo podría decirle lo que siento por él si ni siquiera lo entiendo?
Bueno, lo entiendo. Pero precisamente encontrar las palabras para explicárselo me parece cruel.
Por eso, como él, mantengo la distancia.
Al día siguiente, el mundo sigue siendo el mismo cajón de sastre. Para mi sorpresa, resulta que en Valemir se viste de rojo en sus funerales, así que Irina y Rilke han confeccionado algo para la ocasión.
—Los Luminares anunciaron esta madrugada la llegada de un eclipse —dice Rilke mientras me recoge el pelo— y la gente está perdiendo los estribos.
—Las cosas siguen yendo a peor —añade Irina.
—Dicen que encontraron el cuerpo en uno de los pocos maizales que no se había visto afectado por los temporales —les digo.
Ambas me miran cuando me oyen hablar de lady Basira. Me disculpo, porque no sé cómo lidiar con la conmoción, pero necesito saber qué han oído ellas. A Sia se le da bien conseguir secretos, pero necesito confirmar la poca información que tengo.
—Eso dicen, sí.
—¿A kilómetros del castillo? —digo.
Rilke asiente.
—¿Cómo es eso posible? —insisto—. ¿Cómo llegó tan lejos?
Es imposible.
Cosa que solo significa que Sebastián tiene un misterio más con el que lidiar y yo una pregunta más sin respuesta.
Las gentes de Valemir, por eso mismo, son las que parecen más inquietas: el desbordamiento del río no solo causó muertes, sino que ha tenido un impacto irreversible.
Muchos de los campesinos de la zona han sido alojados en el castillo y se han perdido la gran mayoría de las cosechas de este año.
Los ataques del sur han creado más refugiados y ahora, para más inri, la posición del cuerpo de lady Basira cuando lo encontraron ha extendido el rumor de una plaga nueva.
Hay quien cree que es un presagio oscuro.
Los rumores dicen que la muerte de lady Basira es solo un recordatorio de los orígenes de Sebastián y no son pocas las personas que injustamente creen que él mismo la ha asesinado.
La llegada del eclipse es el telón de fondo perfecto para sus inquietudes.
Ser Kergalot y los guardias son quienes me guían hacia el prado en el que la madre de Sebastián va a recibir su última despedida. Camino de su brazo y, aunque él no dice palabra, creo que ambos apreciamos el silencio y la compañía.
Cuando alzo la vista del terreno, logro ver a Sebastián de pie con la heredera de la Casa de los Caminos.
Ellos son quienes se encargan de los ritos funerarios de Valemir.
Sia me ayudó a entender la distinción entre la Casa de los Presagios, que son la familia consanguínea de la difunta, y la Casa de los Caminos.
Unos son adivinos y los otros son los que representan la afinidad más espiritual.
O como ella prefiere llamarlos: «los exorcistas».
Son quienes conocen más sobre las luces fatuas que Sebastián me mostró y la casa que debería acogerlo si no fuera el príncipe regente y el principal representante de la Casa de Amira.
De hecho, si se postulara y La Fuente lo rechazara, ese sería su destino, creo.
La heredera de la Casa de los Caminos es una mujer pequeña y de pelo negro. Lo lleva recogido en la nuca y tiene las manos colocadas frente a ella, solemne. Su ropa tiene detalles de color violeta, como indicador de su capacidad para tratar con espíritus arcanos. «Igual que Sebastián», pienso.
—Eshe —murmura Alaric, como si quisiera ayudarme—. Su nombre es Eshe Amani. Y los siete que tiene detrás son sus hijos.
Asiento agradecida.
Dado que Sia no puede estar con nosotros, ya que sus padres están presentes en el acto, tener a Alaric es más que una bendición. Por encima de nosotros, pese a que es de día, las tres lunas de Valemir nos recuerdan el eclipse que los Luminares han predicho.
Todo es gris e insulso.
Pero creo que eso lo hace más llevadero que si hiciera buen día, la verdad.
Lady Basira ha sido colocada en el centro de una explanada de gravilla, en medio de una pira funeraria.
Está dentro de un ataúd, aunque hay figuras de paja, tela y flores para decorar la pira.
Cuando alcanzo a Sebastián, tengo que luchar con todas mis fuerzas para no darle la mano porque sé que, tal y como está, no podría soportarlo.
Uno a uno, según las costureras me han explicado que ocurriría, los presentes arrojan algo a la pira.
Tardo un instante en descubrir lo que es.
De hecho, solo lo descubro cuando Sebastián me ofrece algo para que yo también participe en el rito. Es carbón, para asegurarse de que las llamas consumen el cuerpo de manera adecuada.
Lord Cornelius von Funke, jefe de la Casa de Fáyr, se hace cargo de encender las llamas y a través de ellas la veo, al otro lado del círculo.
Con su pelo negro, las manos sucias de carbón y su mirada puesta en mí.
Cleia.
El cuerpo entero se me tensa y actúo sin pensarlo.
Me vuelvo hacia ser Kergalot, que parece entender lo que le pido: que me tome el relevo.
Me retiro con toda la cautela posible, buscando la silueta de la doncella.
No la estoy imaginando, no. Está ahí y espera el tiempo suficiente, hasta asegurarse de que la estoy mirando, para sonreírme.
Tras eso, se da la vuelta y se pierde entre los presentes.
Maldigo e intento seguirla.
Busco en la zona en la que estaba y Enara me pregunta qué busco. Cuando describo a Cleia, ella frunce el ceño. Sin embargo, el pequeño de los niños de Rilke es valiente y se hace oír, como si supiera que había algo extraño en lo que sí ha visto.
—Yo he visto a un perro —dice—. Gris y grande. Y no era nuestro.
Cierro los puños.
—¿En qué dirección se ha ido, Niko?
El niño señala la linde de los árboles de los terrenos y yo, que al parecer he perdido cualquier instinto de supervivencia, sigo su indicación.
Cruzo la linde y me adentro en los terrenos.
De hecho, tardo un instante, pero me ubico porque recuerdo caminar por esta arboleda cuando Sebastián quiso mostrarme los terrenos del ala oeste.
El eclipse, sin embargo, me atrapa bajo las copas de los árboles y dura lo suficiente como para hacer que mi búsqueda sea imposible.
No la encuentro.
De nuevo, Cleia se escapa de mí.
Cuando regreso al ala oeste, siento un gatillazo de culpabilidad por haber abandonado a Sebastián en mitad del entierro de su madre.
Atravieso las caballerizas y avanzo a través de las cocinas, preguntándome qué puedo explicarle de Cleia o para qué.
El recuerdo de una de las bromas de Sebastián hace que se me erice el pelo: dijo que no había hombres lobos, pero que sí había criaturas mitológicas en leyendas que cambiaban de forma.
¿Qué le impide a Cleia ser otra de las monstruosidades que anda buscándonos?
¿Qué quiere de mí?
Recorro el espacio que me separa de mi destino con la mente en otro lugar. Me quito los pendientes, me suelto el pelo.
Sé con quién necesito hablar.
Con quien siempre puedo hablar de estas cosas.
No puedo cargar a Sebastián con el peso de algo así.
Camino con agilidad y abro la puerta de la habitación de Sia sin ni siquiera pensarlo.
Al otro lado, descubro que no soy la única que piensa así, porque Sebastián está encogido en un sillón. Sia, sentada a su lado, le acaricia la espalda con cuidado. El muchacho se esconde en su cuello como un niño.
Y si hasta ahora solo los había visto querer matarse el uno al otro, esta visión me revela algo distinto.
La idea no me había cruzado la mente aún, pero, al verlos, entiendo que Sia creció con Sebastián de la misma forma que lo hice yo. Ella también conoce al niño al que yo conocí. De hecho, conoce a una versión que yo jamás llegué a ver.
Cuando alza la vista, el príncipe tiene los ojos rojos y sé que ha estado llorando.
—Emma.