Pinceladas de una traición Capítulo 38
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Capítulo 38

Cómo llegamos a sus aposentos es un misterio que solo puede explicarse a través de entender que ambos estábamos más que dispuestos a repetir. A echarle empeño al aprendizaje. A hincar los codos y a echar horas extra.

Mientras doy vueltas por su habitación, trasteando con un libro que tenía en la mesita, Sebastián me observa desde la cama como un tonto que está hasta las trancas. En cuanto nuestras miradas coinciden, los dos tenemos que esconder las risillas de nuevo.

Cuando coloco el libro contra la estantería, recuerdo la noche anterior, su mano contra la balda y cómo la estructura entera resistía con templanza para ayudarnos a hacer resistencia.

Desde luego, la idea de los libros frente a mí y él a mi espalda resulta ahora de lo más excitante, pero no la mitad de interesante que recordar el ritmo de Sebastián, su respiración contra el oído y mis propios gemidos.

Aparto la vista para distraerme, porque creo que no podemos perder otro día sudando en sus aposentos. La silla que me observa desde la esquina, en la que estaba sentada cuando Sebastián alzo el rostro para mirarme justo antes de lamer el fruto de su labor, no me da mejores ideas.

Alzo la vista al techo.

—¿En qué piensas?

Su boca encuentra mi cuello y cierro los ojos.

—En que tenemos muchas cosas con las que lidiar y deberíamos ponernos manos a la obra.

—Hum. —Su mejilla roza la mía y creo que ve lo mismo que yo: la silla y, en ella, los recuerdos—. Eres muy mala mentirosa, ¿sabías?

Creo que es capaz de leerme la mente cuando ríe un poco y me rodea la cintura con los brazos. Llevo una de sus blusas, aunque mi ropa está tirada junto a la cama. Siento sus manos contra los muslos, el suave ascenso de sus dedos hacia mí y mi poco autocontrol quiere salir huyendo.

«Como conejos», pienso. Pero nada logra despejarme tanto como el roce de su mano, su voz pidiendo indicaciones, cuestionando si es suficiente. Resulta increíble pensar que el arrogante de Sebastián puede tener tanta disposición a complacer a nadie.

—Ahí —murmuro acompañando su mano con la mía.

—¿Así? —insiste.

Y, cuando sus dedos recorren mis pliegues y se me escapa un gemido, me sorprendo a mí misma sintiendo el orgullo de saber que no soy la única a quien le emociona la idea.

—Pégate más —le pido.

—Es tu turno —exige—. No me toca.

Es fascinante lo mucho que le gusta seguir las normas. Pero creo que intento recordarle quién manda cuando arqueo la espalda y me restriego contra él de nuevo.

—Pégate, he dicho.

Él asiente y encuentra espacio para salirse con la suya. Retira su mano, algo que ha aprendido de mí. Me sostiene por la cadera y me da la vuelta sin más. Contrariada, apoyo una mano en su hombro y lo veo sonreír cuando lo que le ofrezco es un puchero.

—Anoche dijiste que la paciencia es una virtud y una maldición —suelta tentador—. Y que a cada uno le llega su turno.

—Creo que te he enseñado cómo de cerca quiero que estés. Y lo que pasa si eres honesto conmigo —respondo.

Pero, antes de que pueda tocarlo, Sebastián me detiene por la muñeca y la atrapa tras mi espalda.

Su beso me empuja de vuelta a la cama y, aunque quiero caer, él me detiene.

Siento su ronroneo cuando alzo una pierna buscando apoyo.

Lo oigo reír contra mi boca cuando tiro de su mano para que vuelva a tocarme.

—Si no lo haces tú —digo entre dientes—, puedo hacerlo yo sola.

—¿En mi cama? —se queja—. ¿Y conmigo aquí? Escribiré una ley al respecto, algo que te encarcele si tienes el atrevimiento.

—No me dejáis otra opción, alteza —protesto—. No puedo dejar de pensar en ello y no le estáis poniendo remedio.

Lo veo pasar la lengua por ese dichoso colmillo suyo y me siento como una presa.

—¿A qué no le estoy poniendo remedio, Emma?

El ronroneo de su voz me atraviesa como no lo hace lo que debería.

No me gusta cómo se están dando la vuelta las tornas.

Sebastián es muy bueno a la hora de recuperar el poder y, aunque no me da miedo lo que pueda hacer conmigo porque, de hecho, me da de todo menos miedo, quiero mantener el poder que tengo sobre él.

De rodillas en la cama, sigo con la mirada fija en la suya.

—En nuestro primer viaje a caballo —murmuro.

Y ahí está: su rubor.

—Estaba desnuda —sigo acercándome despacio—. Fuiste muy muy caballeroso.

—No soy un animal —protesta.

—Razón por la que ahora estoy casi desnuda en tu cama y te estoy dando la oportunidad de repetir la experiencia.

Siento su aliento contra el mío, una confesión de que entiende exactamente a lo que me refiero.

De rodillas al borde de la cama, enredo mi mano en su nuca, y tiro de él.

Rozo su lengua con la mía y él se resiste solo para molestarme.

Lo noto sonreír, pero hago desaparecer su sonrisa cuando le tiro de la mano y me la llevo al pecho.

Así lo enredo para que me siga a la cama.

Hemos dormido, por supuesto. Unas reglamentarias dos o tres horas, al menos.

Y a nadie le importa qué estamos haciendo, porque nadie ha venido a buscarnos.

No sé cuánto tiempo más tenemos antes de que alguien eche en falta al príncipe regente.

Tengo hambre, pero siento mucha más urgencia por mantenerlo junto a mí, aunque solo sean un par de minutos más.

Consigo que Sebastián apoye la espalda contra la cama y me coloco sobre su cadera con cuidado.

Dejo que me aparte el pelo de la cara y lo beso, apoyando mi peso sobre él.

Pese a que ya no hay ropa entre nosotros y su mano asciende bajo mi blusa para rozar mi pecho, que parece ser su cosa favorita del mundo, los roces son solo la antesala de lo que quiero.

Me quito la blusa para entregarle la visión de mi cuerpo desnudo, que es una promesa que él quiere mantener.

—No te desconcentres —le pido colocando una mano en su esternón—. Sigue mi ritmo, no pienses en nada más.

Me mira como si quisiera hacer todo lo contrario, pero obedece cuando coloco sus manos en mis caderas.

—No me estás usando —digo severa— y yo no te estoy usando a ti.

Puedo notar cómo sube. Puedo sentir su latido. La idea de que no lo estoy usando me parece ahora un poco mentira, porque lo cierto es que cuanto más se crece, más útil me resulta. Y lo estoy torturando un poco, la verdad.

Cuando lo oigo quejarse, uso una mano para asegurarme de que su pene entra de la manera más cómoda.

Me sostengo a cierta distancia haciendo uso de mis piernas, pero solo porque es lo óptimo.

Creo un espacio entre nosotros y lo resuelvo, devolviéndole lo que espero que sea la misma sensación que anoche, cuando me incliné hacia delante y él buscaba cómo entrar.

Y entró con la misma facilidad que ahora, como si fuera el único lugar en el que quisiera estar.

Sebastián gime con desesperación y yo lo monto con suavidad, agradeciéndole a Valemir que tenga la misma gravedad que la Tierra para poder perderla de a una.

—Lo estamos haciendo juntos —le recuerdo, meciéndome con suavidad contra él— y tienes que aprender a hacerlo conmigo, Sebastián.

Él asiente mordiéndose el labio inferior.

—Si no lo haces, no va a funcionar. Necesito que no quieras tener todo el control —jadeo—. ¿Lo notas?

—Sigue —suplica—. Sigue, Emma.

Tengo que esforzarme para mantener la respiración controlada, para encontrar mi voz y para provocarle el placer que, de manera inevitable, encuentro para mí misma.

Cuando sus manos me piden más, me resisto un poco.

Cuando quiero acelerar, recuerdo que, si lo hago, él sabrá lo que deseo antes de que pueda decírselo.

Y, si quemamos la mecha demasiado rápido, podríamos dejar de entendernos.

Pronto las palabras se vuelven innecesarias, pero la comprensión nos hace seguir jugando en el mismo equipo.

Encontramos el mismo ritmo que hemos estado ensayando las últimas horas.

Cuando mi frente roza su pecho, con él todavía dentro de mí, los dos luchamos por mantener la extraña excitación con vida, sobrepasados.

—Ahora entiendo muchas cosas —masculla.

Yo suelto una risa.

—¿A qué te refieres?

Niega con la cabeza.

—Esta es la razón por la que todo el mundo pierde la cabeza —ríe para sí mismo.

Creo que tiene razón.

Jamás me había sentido así con otra persona.

Porque lo que siento cuando Sebastián me busca para besarme de nuevo es algo relativamente familiar. Cuando caigo sobre mi espalda, entre las sábanas, sudada y mojada, soy consciente de que las palabras para describir lo que siento estaban ahí aquella primera noche.

Cuando estamos solos, nosotros dos somos lo único que existe.

Pese a las complicaciones, las tensiones.

La puerta sigue cerrada y el mundo que está ahí fuera no puede tocarnos.

Nos miramos a los ojos otra vez y no sé ni qué pensar, porque estoy segura de que lo quiero.

Estoy segura de que es algo que sé y que he sabido antes de todo esto.

De besarlo o de acostarme con él. También sé que no puedo decírselo así como así, pero que soy consciente de por qué me mira así.

«Tengo que aclarar mis sentimientos conmigo misma», pienso. A ser posible no justo después de una muy buena sesión de sexo.

Creo que está a punto de decir algo justo cuando alguien llama a la puerta.

Nos miramos como críos, pero él suspira y pregunta quién es.

El tono de voz de ser Kergalot es suficiente para hacerlo salir de la cama.

Me incorporo y me digo a mí misma que no hemos hecho nada malo.

De hecho, técnicamente estamos prometidos.

No porque me importe, sino por el qué dirán, supongo.

Sebastián se ha medio vestido con su blusa y, sin molestarse a peinarse, abre la puerta para ver al que ha sido su guardia personal todos estos años.

Su mirada es suficiente para saber qué ocurre.

—Siento interrumpir.

Sostengo las sábanas contra el pecho y siento la congoja de ambos. Veo la forma en la que Sebastián apoya todo su peso en la puerta.

—Lady Basira ha sido hallada —dice—. Un par de campesinos han dado la señal de alerta.