Pinceladas de una traición Capítulo 37
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Capítulo 37

Sus labios rozan los míos como si creyera que está tentando a la suerte. Yo me deshago como un terrón de azúcar dentro de su boca.

Siento que su cuerpo busca el mío y encuentro el escritorio que tenía detrás con la punta de los dedos. Él se dobla sobre sí mismo, intentando que nuestra diferencia de altura no sea un problema. Yo, sin apartarme del beso, le encuentro la solución.

Le pongo las manos en mi cintura y él me levanta y me ayuda a sentarme en el escritorio a la vez que su lengua roza la mía. Su boca se abre y su cuerpo se pega al mío. El beso se intensifica y se intensifica. Se desborda cuando él decide besarme la mejilla, la oreja, el cuello.

Desesperada y vestida todavía con el camisón con el que entré al cuadro, me deshago de las capas de ropa de Sebastián que me parecen ahora un insulto y una injusticia. Cuelo la mano al interior de su chaqueta y lo obligo a apartar las manos de mí solo para poder quitársela.

Siento su sonrisa contra mis labios cuando me besa de nuevo.

—Por fin —suspira.

Se me contagia la sonrisa.

—¿Tanto te molestaba?

Me refiero a la chaqueta, pero parece que él piensa en otra cosa, porque niega sutilmente con la cabeza y se ríe para sí mismo.

—¿Cuánto más quieres que confiese, Emma? —gruñe—. ¿No te vale esto?

Siento sus manos buscando el borde del camisón y alzo una ceja, lo detengo antes de que me bese de nuevo.

Lo sostengo por las mejillas con las manos y lo obligo a mirarme a los ojos.

—Todo —exijo—. Si me mientes otra vez, te dejaré tirado en tu estúpido castillo.

Él aprieta los labios y veo que el reto le parece interesante.

—Si me lo permitís, querida, me gustaría ocupar la boca con otros asuntos.

Suelto una carcajada y veo sus ojos puestos en el escote de mi camisón. Aunque duda, cuando deshace el lazo que cierra el escote, lo hace con decisión.

—No he dejado de pensar en ti de esta manera desde la primera cena —admite algo azorado.

—¿Así cómo?

Se ríe contra mi beso.

—Así.

Siento sus manos en mis caderas, la presión de la suya contra la mía y lo que esconde bajo la ropa. Resulta halagador, desde luego, y le pone dimensiones a las ganas que le tengo ahora mismo.

Casi quiero contestar a la injusticia, rodeo sus caderas con las piernas y presiono contra el bulto de sus pantalones. Lo veo cerrar los ojos y mantener el equilibrio contra la mesa y le beso el cuello con cierta travesura.

—Ahora sí te entiendo, ¿ves? —digo divertida.

No sé si es el mejor momento, pero tampoco quiero que pare. No quiero volver a las discusiones ni a las peleas. Por eso lo beso de nuevo.

¿Es una buena idea?

No lo sé.

Solo sé que, por una vez en mi vida, se me han quitado las ganas de ser cauta.

Caprichosa, encuentro la forma de colar las manos bajo su blusa, y me pego a él como un punto de sutura.

Solo interrumpo uno de sus besos cuando lo obligo a quitarse la prenda para poder acariciarle los hombros y la espalda.

Me mira divertido cuando aparece tras la tela, pero nada lo detiene. Sebastián vuelve a su tarea. Vuelve a besarme, a besar mi cuello y a besarme la clavícula como si hubiera encontrado en ella agua tras años de sequía.

—Puede que yo también haya pensado en ti así —admito dejándome llevar.

—¿Montando a caballo? —murmura contra mi piel.

Asiento.

—Y cuando te vi con las gafas —admito—. Aquí, tan…

—¿Aquí?

Se incorpora de pronto para mirarme, como si yo hubiera admitido un pecado aún mayor que el suyo. Veo la sonrisa traviesa en su boca y planto la mano en su cara antes de que pueda reírse de mí.

—Ah, ya veo. ¿Te gusta que te explique cosas? —bromea.

Puede que, de hecho, lo esté haciendo de todos modos mientras se hunde en mi cuello y lo besa.

—¿Quieres que te guíe un poco, Emma? —susurra.

Sí.

La respuesta es sí.

Desesperadamente.

Nunca me había parecido tan odioso nada como me lo parece la ridícula distancia que nos separa.

Puede que sea algo nuevo y embriagador. Por supuesto que me he acostado con otros hombres, pero…

Bueno, ninguno era un príncipe maquiavélico con una clara debilidad por mí y ninguno me importaba demasiado.

Sebastián es diferente.

O me hace sentir diferente. Y ese sentimiento es nuevo, es embriagador.

Cuando se aparta un instante, deslizo la mano por su abdomen hasta que llego al borde de sus pantalones.

Me da vergüenza admitir el nivel de súplica que se esconde en mi mirada.

Él me observa con algo distinto en sus ojos negros, con ese dichoso mechón de pelo en su frente y yo alzo una ceja con intenciones de provocarle.

Pero él vacila, así que me detengo y cedo.

Siendo sincera, desde donde estoy veo el premio gordo, pero puede que me esté acelerando.

Puede que él tenga razón. Pero también puede que todo el reino esté a punto de venirse abajo y que el fin del mundo, la locura y todo lo demás solo me hagan desear este momento aún más.

Paso la vista del bulto de sus pantalones a su rostro, y me topo con otro beso, uno más intenso aún.

Me pierdo en él. Sebastián me obliga a arquear la espalda para pegar mi pecho al suyo.

Hay cierta timidez ahora en la forma en la que parece esconderse en el beso y también en la forma en la que me toca.

Me centro en el tacto y en sus manos, que pasan de mi cintura a mi abdomen.

Son las mismas manos que me tienden sobre el escritorio de forma diligente, dedicada.

Aunque pierdo el roce de su cadera, el peso de su latido contra al mío, sus labios encuentran mis costillas y mi pecho.

Con un dedo, aparta la tela. Siento el frío de la desnudez cuando alza la blusa y la humedad de su boca me roza la piel de los pezones.

Como me sobra la ropa, yo misma me deshago del camisón y le añado el frío suficiente a la ecuación para que hasta el aliento de Sebastián sirva para ponerme los pelos de punta.

El príncipe coloca su peso sobre mí, doblado sobre la mesa, y su cadera regresa a la mía.

Abro las piernas para asegurarme de que puedo acogerlo y me restriego contra él para echarle en cara que siga poniendo ciertas distancias, para fastidiarlo por fastidiarme y querer añadirle paciencia a un momento al que le sobra.

—Emma —se queja.

—Ya estamos prometidos —gruño contra su boca cuando vuelve a por un beso—. Me has hecho prometerme contigo, me has arrastrado por la corte. Me ataste las manos con mi propio corsé. ¿Dónde está esa energía ahora, Bash?

Hay un destello de culpabilidad y algo de curiosidad en su mirada cuando se da cuenta de a qué me refiero. Supongo que está preguntándose hasta dónde estoy dispuesta a llegar o qué quiero. Lo veo calculando, sufre como estoy sufriendo yo. Pero tengo manos y no tengo miedo a usarlas.

Esta vez, las cuelo en el interior de sus pantalones.

Como sigue colocado sobre mí, siento mis propios nudillos al otro lado de la tela.

Lo oigo tomar aire y tratar de contenerse, pero al mismo tiempo me da espacio.

Sebastián se incorpora con suavidad y yo me incorporo con él.

Por primera vez desde que llegué a este condenado lugar, siento que tengo las riendas de verdad.

Lo acaricio con cuidado, asegurándome de tener espacio suficiente. Y, con malicia, le devuelvo el golpe bajo con mi propia dosis de paciencia. Siento su frente golpear mi hombro y un pequeño gemido sale de su boca.

—¿En esto habías pensado? —pregunto.

Sinceramente, no sé qué me está pasando, pero me gusta.

Me gusta esta versión de mí misma.

Entre un jadeo y el siguiente, Sebastián encuentra el momento para mirarme a los ojos.

—Nunca he ido tan lejos.

La admisión incluye un rubor y un pequeño quejido cuando me detengo. Para no torturarlo más, reanudo las caricias.

—¿A qué te refieres?

Sebastián tarda en contestar, desconcentrado, así que me detengo hasta que obtengo la respuesta.

—Nunca he ido tan lejos con nadie más —admite.

—¿Nunca?

Niega con la cabeza y él busca mi boca, azorado. Lo beso con cuidado y, cuando retiro la mano del interior de sus pantalones, lo hago porque sé que hay algo más importante que la fantasía del momento.

Parece que acabo de herir su ego, pero él es lo suficiente orgulloso como para no decir nada más. Aprieta los labios. Aunque quizá no sea orgullo. Quizá sean nervios. Quizá sea miedo.

Por supuesto.

Es un desconfiado y lo es por culpa de sus planes maquiavélicos. ¿Qué cabida tiene la intimidad en algo como eso? ¿Qué lugar puede tener el sexo? Lo entiendo, porque yo he sido igual en esa misma medida.

Antes de que Sebastián pueda creer que su confesión ha roto el misterio, le dedico una pequeña sonrisa y me bajo de la mesa.

Él duda.

—Emma, yo…

—Shhh.

Alcanzo la silla del escritorio y la coloco contra la puerta, porque no puedo dejar de pensar en el hecho de que alguien podría entrar en cualquier momento.

Lo veo vacilar, sosteniéndose los pantalones con una mano. Ahí está: sin blusa, con el pelo revuelto y ruborizado hasta las orejas.

—Fuera de esa puerta, eres el príncipe regente y el que se encarga de todo —digo—. Pero a este lado de la puerta, mando yo.

Traga en seco, pero los hombros se le hunden del alivio. Cuando me vuelvo hacia él, está quieto, obediente. Me observa con curiosidad y yo busco algo con lo que recogerme el pelo.

—Voy a enseñarte en qué no puedo dejar de pensar yo exactamente —digo con cierta travesura—. Y la lección va a durar un ratito, Sebastián.

No puedo evitar sonreír, porque es divertido e interesante. Nunca había visto al príncipe así. Cuando me mira desde arriba, juraría que va a salírsele el corazón por la boca.

—¿Aceptas mi propuesta? —pregunto.

Él asiente más que dispuesto, pese a que sigue siendo el mismo arrogante de siempre. Recuerdo que esta fue la misma pregunta que él me hizo a mí, el muy cretino.

—Necesito que lo digas más claro, Sebastián.

Él ladea la cabeza, tiene el orgullo herido. Pero solo porque sé que es lo que desea.

—Emma.

Ahora bien, necesito que lo diga. Si queremos que esto funcione, necesito que me diga las cosas a las claras.

—Pídemelo por favor —digo jugando con la cintura de sus pantalones.

Le tiembla la voz de las ganas.

—¿Por favor?

¿Y quién soy yo para negarle nada si me lo pide así?