Pinceladas de una traición Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—Voy a tomarme este silencio como una vía de escape. —Con un gesto divertido, Sia se pone en pie—. Porque la idea de ver cómo os lanzáis miraditas un solo segundo más me está dando arcadas.

Sebastián la fusila con la mirada.

—¿Es posible que sean las costillas rotas? —responde con la misma inquina que ella.

—No, estoy segura de que sois vosotros dos.

—Haz que te miren los moratones —exijo mientras se aleja.

—A sus órdenes, excelencia —añade con retintín—. Os veré a la hora de la cena.

Sia no se vuelve y sé que está haciendo algo que no quiere hacer porque cierra la puerta con cuidado.

La conozco.

Más que a nadie.

Me sé todos sus trucos y sus expresiones. Y ella, al parecer, conoce muchos de los míos… y de los de Sebastián, que frunce el ceño y niega con la cabeza todavía con la vista clavada en la puerta.

Cuando sus ojos negros se posan en los míos de nuevo, sé que hay una conversación en el aire.

Nos hemos quedado a solas y en silencio.

—Usé la máscara —admito.

—¿La reliquia de Amira? —Parece que la confesión le pilla por sorpresa, pero asiento con convicción—. ¿Cómo?

—Para descubrir lo que me ocultabas. Las noxfloras dijeron que podía usarla para ver a través de otros ojos. Pensé que quizá… Bueno, me arriesgué y funcionó. Y te vi en la cripta esta madrugada, hablando con ser Alaric.

El príncipe abre la boca, pero no se defiende. Tal vez porque teme darme más información de la que pudiera haber obtenido.

En lugar de eso, escucha sin más, contrariado.

—Siento haber invadido tu privacidad —empiezo—, pero tienes que admitir que eres el primero que no ha sido sincero conmigo.

Al final, cede. Sebastián ladea la cabeza y un mechón de pelo le cae sobre la frente. Es como si quisiera pedir clemencia y el recuerdo de su aliento sobre el mío me resulta una tortura.

Le cuesta un instante admitir:

—Es difícil.

—¿El qué?

—Ser sincero —responde—. Contigo. O con cualquiera. La línea es muy fina. Había demasiadas cosas que desconocías y no me gusta equivocarme. Pero tienes razón. Después de lo que ocurrió con el segundo cuadro, no he podido dejar de pensar en todos los errores que he cometido con respecto a ti.

Alzo una ceja.

—Son unos cuantos.

—Parece que no se me da tan bien como creía lidiar contigo —suspira—. Eres un tanto impredecible.

Lo veo arrugar la nariz y algo en él resulta más cercano de lo que ha sido jamás. Parece arrepentido.

—¿Cuánto escuchaste?

—Para ser tan medido con tus palabras frente a la corte, querido —suelto con intención de torturarlo—, es obvio que dejas que ser Kergalot oiga todos tus pensamientos más profundos. Pero supongo que incluso la Ruina de Valemir necesita un confidente.

Sigue contrariado y se pone arrogante.

—Yo probé a usarla y no lo conseguí —dice intentando cambiar de tema—. Es curioso que tú sí pudieras.

No voy a picar el anzuelo.

—¿Por qué crees que cuanto más te acercas más me alejo? —suelto sin más—. Me muero por oír tus teorías.

Lo veo torcer el gesto de nuevo, intentando recordar qué dijo y cuánto.

Creo que, como Sia, estoy empezando a saber leer sus gestos.

Sebastián mira al suelo y puedo oír los engranajes de su mente girar a toda velocidad: ¿Qué he visto?

¿Qué pienso de él? ¿Cómo puede asegurarse de que mantiene el control?

Eso solo me hace sentir más cariño por él.

Porque eso es lo que siento.

—Dime, ¿crees que alguna vez descubriré algo lo bastante horroroso? —suelto y es casi una apuesta—. ¿Por eso me ocultas cosas? Porque no sabes cuánto soy capaz de aguantar, porque soy inestable.

Sebastián se aclara la garganta.

Como un niño pequeño, sale en su propia defensa.

—Dicho así, suena peor de lo que es.

—¿Por qué creíste que ocultarme a mi padre te ayudaría?

Él suspira cansado.

—No pensé que fuera óptimo para tu estado —responde—. Parecías desequilibrada y ya tenías bastantes cosas encima como para añadirle una más.

—Así que me lo ocultaste para protegerme.

—En parte —admite—. No voy a esconderme: te necesitaba estable para que me ayudaras a recuperar las reliquias, sí. Tener a tu padre a buen recaudo era información delicada y útil en ciertas circunstancias. Eso no significa que no…

Pongo los ojos en blanco y lo interrumpo:

—Eso no es todo —intuyo—. Lo abandoné una vez. Para ti, es obvio que podría hacerlo de nuevo. Como Sia, soy una irresponsable, traidora y egoísta que abandonó a su propia familia.

—Tu padre estaba enfermo —protesta—. No es la misma situación.…

—Pero sí lo es. Tú no abandonaste a tu madre y estás cumpliendo con tu deber como príncipe por tu padre, pero Sia abandonó todo eso y te abandonó a ti —respondo rápida—.

La razón por la que te enfadaste tanto conmigo…

Tú mismo lo dijiste aquella noche. Pensaste que iba a abandonarte a ti también, ¿correcto?

Ah.

Sus cejas se alzan con sorpresa y entonces mira al suelo.

Lo admite.

¿Es eso un rubor?

El mechón de pelo que le cae sobre la frente me está distrayendo. Me muero de ganas de peinarlo, de apartárselo de la cara.

Está lo suficiente cerca y a la vez tan lejos.

Quiero deshacerme de todo eso que nos separa.

—Lo he pensado mucho —admito—. Y, sin duda, me pareces un arrogante y un paranoico. De hecho, lo tuyo roza la sociopatía. ¿Ocultarme que mi padre está en esa cripta? Es despiadado. Pero no es lo peor que has hecho. Has sido bruto, violento y cruel conmigo, con la corte e incluso con Alaric.

Lo veo carraspear y guardar silencio, está encajando el golpe.

—Pero no estoy ciega —sigo—. Desde tu perspectiva, entiendo que yo soy una bomba de relojería, y que el hecho de que me necesitabas para conseguir las reliquias ha determinado muchas de tus decisiones.

Decisiones nefastas, pero bueno, visto con perspectiva tienen sentido.

Me has visto como a una herramienta más, no como a una persona.

—Emma, eso no es…

Alzo una mano para callarlo.

—No estoy diciendo que eso sea lo único que ves en mí —respondo—.

No soy una chiquilla. Sé que la vida es más compleja que ser una cosa u otra.

Rara vez somos solo una cosa. Mi padre no era un pintor loco.

—Resoplo, al caer en ello—. De hecho, según la Reina Magna, no era más mi padre de lo que Gael era el tuyo.

Parece que la información hace mella ahora en Sebastián también. Llevamos una hora discutiendo detalles que ya conocía, pero este es nuevo para él.

Parpadea y su cerebro empieza a echar humo.

Intento mantenernos en la conversación actual, no desviarnos.

—Sebastián, quiero que sepas que no voy a abandonarte —termino—. Y quiero ayudarte. Incluso cuando escapé, porque tenía miedo, parte de mí siempre ha querido ayudarte. No necesitas hacer nada para merecer esa ayuda.

Sus ojos se enternecen de repente y aparta la mirada.

—Eres el único amigo que recuerdo haber tenido jamás —digo—. Eres la única otra persona del universo que sabe quién era antes de que esa cosa destruyera la psique de mi padre, antes de que todo se fuera a pique.

Confesar mis sentimientos es mucho más fácil así.

Lo cierto es que no sé qué siento exactamente por Sebastián.

Todo esto es nuevo para mí, pero lo que digo es cierto.

Le explico todo lo que llevo en el corazón: no voy a abandonarlo porque me importa.

Quiero ayudarlo de verdad. Todo este tiempo, lo único que he querido hacer ha sido cuidar de él, ofrecerle mi mano.

—Me he pasado la vida huyendo —digo sincera— y no he llegado jamás a ningún lugar en el que pueda sentirme segura.

Intenta decir algo, pero continúo:

—Sebastián, la otra noche, cuando dijiste que no dejarías que me pasara nada, te creí —admito—. Y te creo. Porque recuerdo al chico que fuiste y sé que sigue ahí. Y parte de mí quiere creer que tú recuerdas esa versión de mí y que puedes entendernos a ambas.

Él asiente con cuidado y busca mi mirada.

A mí me tiembla la voz, porque jamás habría podido decir algo así. Sin embargo, siento que necesito decirlo.

—No pertenezco a Valemir y no pertenezco a Madrid —admito casi en un susurro desesperado—. Mi padre no es mi padre y no sé…

—Emma, mírame.

Lo miro. Pero, en cuanto lo hago, la imagen de su mueca de pena me nubla la vista. O las lágrimas me la nublan.

Intento decir algo, intento explicarme.

No puedo dejar de pensar en lo que dijo la reina. Tampoco puedo dejar de pensar en la imagen de la estatua de la cripta o en la pregunta de Cleia, la que no quise contestar. Siento un nudo en la garganta y me da mucha pena que su madre haya desaparecido.

No puedo dejar de pensar que es culpa mía y que, si hubiera hecho caso de mis pesadillas, quizá hubiera podido rescatarla antes de que ocurriera.

Me siento terriblemente inútil.

Sin embargo, Sebastián me mira como si hubiera encontrado todo lo que buscaba.

—Hay un lugar al que siempre pertenecerás —murmura tirando de mis mejillas—. Emma, conmigo. Allá donde yo esté, siempre habrá un lugar para ti, ¿no lo ves? Tú me perteneces, como yo te pertenezco a ti.

Me busca y me encuentra de nuevo mirándole la boca. Esta vez no se corta ni un pelo y me besa.

Cuando sus labios al fin se posan sobre los míos y pese a que me falta el aire, siento que por fin puedo respirar.