Capítulo 36
Para ser alguien que parecía haberse quedado sin palabras al vernos entrar en sus aposentos de la nada y que ha guardado silencio como un muerto durante nuestra confesión, Sebastián lleva regañándonos casi una hora y media.
Yo estoy de pie, con los brazos cruzados, escuchando con paciencia.
Imagino que es mejor que descargue toda su frustración de una.
Sia, que está sentada en una de las sillas del despacho del príncipe, encuentra mi mirada y me dedica una mueca divertida.
Aprieto los labios para no reírme.
Cuando el príncipe, que está a mitad de su discurso, sigue mi mirada y se topa con otro gesto muy distinto, es como si se le renovaran las fuerzas. Cualquiera diría que el bostezo que se le escapa a Sia es un crimen capital.
—Eres tan insolente como irresponsable, lady Anastasia du Mort —brama—. Cada amanecer desde el último me arrepiento de no haberme deshecho de ti yo mismo cuando tuve la oportunidad.
—¡Uy, con el nombre completo y todo! Ahora sí se puso serio, Em —se burla.
Sebastián se vuelve a mirarme.
—Podrías haber muerto —suelta airado—. O peor aún: vuestros cuerpos podrían haber servido de vehículo a algún espíritu arcano para entrar en el castillo y destruir aún más protecciones y…
—Ya, ya, ¡déjala en paz! —lo interrumpe Sia con sus protestas—. A todo le pones pegas, chico. Estamos vivas y te lo estamos contando todo. ¿Qué más quieres? ¡Jesús! Había olvidado lo horroroso que era estar cerca de ti.
Sebastián guarda silencio durante un milisegundo y después explota de nuevo.
—¡Soy tu príncipe! —ruge—. Me hablarás con el respeto debido y dejarás de comportarte como una… O… ¡¿Quién cojones es Jesús?! ¿Qué pinta en esto?
Esta vez soy yo la que mete la pata y suelta una carcajada. No puedo evitar reírme cuando entiendo por qué su pregunta me resulta tan graciosa. Porque no sabe quién es Jesús, por supuesto.
Sia me mira con un cansancio fingido, pone otra mueca divertida, y es en su mirada que entiendo la mayor diferencia entre el príncipe y ella.
Sebastián es de Valemir y solo ha existido en Valemir.
Sia ya no pertenece a este lugar, sino a Madrid, al mundo humano.
Y quiere hacerlo.
La sobriedad de Sebastián se reduce a marchas forzadas frente a Sia y lo enervante que parece resultarle. Me cubro la boca para detener la risa, porque no quiero echar más leña al fuego y Sebastián me mira como si tuviera que reprimir el impulso de condenarme de por vida a los calabozos.
—Perdón.
—Olvidemos a Jesusito, que no tiene culpa ninguna de nada —propone Sia— y centrémonos en lo importante: hemos conseguido la tercera reliquia que tanto querías. Y sin tu ayuda, por cierto. ¡De nada!
Sebastián contrataca.
—Casi mueres en el proceso.
—Y tú casi la espichas cuando te lanzaste a las sirenas como un idiota, ya que nos ponemos a hacer listas. —Cuando Sebastián se tensa, Sia sonríe de nuevo—. ¿Qué? ¿Pensabas que no me iba a enterar? Oh, mi príncipe, deberías saber que no hay nada de lo que no pueda enterarme.
—Erré en un cálculo —responde de repente, abochornado—.
En uno. Uno de los trescientos cálculos que debo hacer porque tengo responsabilidades y me hago cargo de ellas.
Tú eres una traidora y una egoísta que casi muere porque sí y, lo que es peor, para mi desgracia y sorpresa no lo has hecho.
—Sebastián me lanza una mirada furtiva—.
Emma, ¿por qué no mencionaste jamás que eres capaz de acceder a La Fuente?
«Porque no quería que nadie supiera que puedo hacer nada que no entiendo» es la respuesta que debería dar, porque es la más honesta.
Sin embargo, me encojo de hombros y no contesto nada.
—Resulta curioso, porque no tienes ninguno de los sellos —sigue.
Sia se incorpora en su asiento, con la nariz arrugada, celosa.
—Ah, ¿y cómo sabes tú eso?
—Simplemente lo sé.
—No te hagas el donjuán. Eso funciona con otras —se mofa mi amiga—. ¿Has puesto a Rilke y a Irina a investigar? Ah, ahí está. ¿Ves? Nuestro largo noviazgo dio sus frutos. Emma, toma nota, si pillas a Sebastián con las manos en la masa, mira al suelo como un perrito.
Y es cierto.
Cosa que solo ofende más al aludido.
Lo veo clavar la vista en la ventana que hay detrás de Sia como si eso fuera a contradecir lo que ella ha dicho, pero va tarde.
En lugar de llevarle la contraria, como yo misma he hecho hace dos segundos, se encoge de hombros.
Y, aunque no hace tanto tiempo que conozco a este nuevo Sebastián, juraría que lo hace por la misma razón por la que lo he hecho yo.
Tiene una respuesta, pero no va a admitir nada.
De hecho, ahora que lo pienso, Rilke e Irina me obligaron a enseñarles el paladar en un momento dado. Aunque me pareció raro, no le di mayor importancia.
Ahora todo encaja: las palmas de mis manos, las palmas de mis pies, el paladar. Son los lugares en los que están los sellos. Yo misma he ido descubriéndolo estos días. La suya está en el cuello, la de Sia dentro de la boca.
—No es por meter mierda, pero si no empezamos a ser más sinceros los unos con los otros —suelta Sia—, quizá no salgamos de esta.
Y no sois los únicos interesados en mantener el equilibrio y que las cosas vuelvan a su cauce.
Quiero recordaros que estoy aquí, arriesgándome a que mis padres, a quienes odio por encima de todas las cosas, descubran que fingí mi muerte para librarme de todos vosotros.
—Nadie te lo ha pedido —resopla Sebastián.
Le lanzo una mirada.
—Yo sí —suelto rápida—. Gracias por ayudarnos, Sia. Y tienes razón.
Ella le dedica un gesto cargado de retintín al príncipe y se reclina en su asiento, contenta de recibir mi apoyo.
—Creo que ninguno de nosotros puede permitirse mantener más secretos —añado desde mi posición—. Ya te hemos contado lo ocurrido en el cuadro y hemos escuchado tus reproches. La situación sigue siendo la misma. ¿Qué hacemos ahora?
Sebastián suspira, cruza los brazos y después los descruza.
Tiene ojeras.
Profundas.
Y sé que no ha dormido demasiado en los últimos días. Sé que ha estado buscando a su madre y lidiando con las malas noticias. Sé que sigue ocultándonos cosas y que hay demasiados frentes abiertos.
Pero este es nuestro frente común: las reliquias.
—Puede que tuvieras más razón de lo que creías —observo—. Puede que todo esto tenga que ver con el Corruptor, con Amira y el desequilibrio de La Fuente. Incluso puede que eso explique por qué, siendo una simple humana, puedo acceder a ella.
—Pues claro que tenía razón —protesta él—. Por supuesto que la figura más terrorífica de nuestra historia iba a elegir regresar justamente para…
—¡Buaaa, buaaa! —interrumpe Sia—. Soy el príncipe más desgraciado de la historia, el reino me odia y soy un bastardo. ¡Mis planes! ¡Mis queridos planes!
—Sia —la corto.
Ella se calla tan pronto como me oye hablar.
—¿Sebastián?
El susodicho se vuelve, controlando sus emociones, y rechaza su turno para hablar.
Es obvio que está intentando no empezar otra pelea y acepta mi nuevo rol como mediadora.
Me muevo. Sia sigue sentada tras el escritorio de Sebastián, con los pies en la mesa.
Él está al otro lado del mismo, mordiéndose el pulgar.
Y yo estoy entre ambos, de pie, y necesito que dejen de pelearse como niños.
—Sigo sin entender por qué no te postulas de una vez —protesta Sia contrariada.
Soy yo quien contesta por él:
—Quiere asegurarse de hacer posible la profecía de lady Basira —explico—. Su madre dijo que la noche en la que la Casa de Amira se postulara, se alzaría el verdadero rey de Valemir. Pero teme que la interpretación de la profecía sea muy libre y tener las reliquias parece ser crucial porque…
—Porque mi madre dijo que las cuatro reliquias debían estar en el castillo para entonces —dice, casi sin pensarlo, mirándome con el ceño fruncido—. Pero ¿cómo sabes tú eso?
Carraspeo, me siento algo atrapada.
No puedo decirle que usé la máscara para espiarlo porque eso lo enviaría de cabeza a otra espiral de paranoia. Lanzo una mirada de reojo al objeto, que se encuentra tras la vitrina, pero me corrijo tan pronto como me doy cuenta de lo que ocurre.
No sé si confesarme ahora juega a mi favor. Soy consciente de lo hipócrita que es eso, pero…
—¿Qué pasa? ¿Te molesta no ser el único cerebrito del equipo? —lanza Sia, que sí sabe la verdad.
Sebastián la apunta con el dedo.
—Tú no formas parte del equipo.
—Esa es tu opinión —rechista—. Si Emma está en el equipo, yo estoy en el equipo. Vete haciendo a la idea.
Casi como una protesta, él se vuelve para mirarme.
Hay rabia contenida y algo de súplica en la mirada que me lanza.
Esta vez, no me achanto. Me recuerdo a mí misma todo de lo que es capaz el príncipe.
Creo que puede aguantar con tener que lidiar con Sia, mi mejor amiga y su exprometida, para salvar su mundo.
Si está tan entregado a su reino como para apresarme y obligarme a entrar en uno de los cuadros, que ponga un poco de empeño en hacer que esto funcione.
—Sia está en mi equipo, por supuesto —respondo—. La verdadera pregunta es si lo estás tú, Sebastián.
Él abre la boca, ofendido, y mi amiga suelta una carcajada de orgullo.
—Por supuesto que estoy en tu equipo —responde él fingiendo que le duele—. ¡Es mi equipo!
Yo le dedico una mirada cargada de desafío.
—Eso no es muy de jugar en equipo por tu parte —protesto—. Es nuestro equipo.
Él me sostiene la mirada apretando los labios. Y no lo sabe, pero creo que sospecha que sé que sigue estando de pie, delante de mí, y que sabe más de lo que me cuenta.
Sabe dónde está mi padre.
Sigue teniendo respuestas que me ha prometido y creo que entiendo que la única razón por la que no me las da es porque cree que saldré corriendo en cuanto las tenga.
Pero no lo hago, ¿verdad?
Sigo rompiendo sus expectativas, como él destroza mis esperanzas.