Pinceladas de una traición Capítulo 35
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Capítulo 35

Sia se tambalea.

Yo busco algo en lo que apoyarla, aunque tengo las manos temblorosas.

Veo que se sostiene la ropa contra el costado y escucho sus arrullos mientras me pide que no me preocupe; mientras me dice que está bien, que no hace falta que llore. Pero no está bien. Está sangrando.

Y la herida que encuentro es horrorosa.

Me olvido de la historia del cuadro, la historia de mi familia o la idea de las reliquias. Sostengo el cuerpo de Sia con las manos y me aseguro de ayudarla a tumbarse en el suelo para que no pierda el equilibrio.

—¡Sia, estás sangrando!

Ella hace un gesto de broma que intenta ocultar su dolor.

—Eso parece, sí.

Me limpio las mejillas con las manos sucias y maldigo en voz alta.

Casi de forma instintiva, me deshago de su ropa para ver mejor la herida.

Es larga, profunda. La sangre brota a borbotones negros.

Pero nada de eso importa. La verdad es que no.

No necesito analizar el corte para darle los puntos de sutura necesarios.

En cuanto coloco la mano sobre la herida, sé que podría dejarme la vida intentando cerrarla si eso supusiera que Sia no pasa ni un solo instante de dolor más.

Centro todas mis fuerzas y todas mis energías en hacer que la orden llegue hasta su piel. Me mancho las manos y busco el destello de esa luz blanca, de esa afinidad. Recuerdo el agua de la bañera, mis propias heridas, las extrañas palabras de Cleia.

No tengo ningún sello visible, ningún apellido que explique por qué puedo hacer lo que hago, pero recuerdo el día que conocí a Sia y la súplica en su mirada.

Nadie jamás ha estado tan lleno de vida como Sia y no pienso dejar que se la arrebaten. Mucho menos por mi culpa.

Es ella quien me sostiene por la muñeca para que me detenga.

—Para —me pide—. Para, Emma, detente.

Frustrada, me aparto las lágrimas de la cara. Pero, cuando le miro el costado y los cortes, sé que no se ha curado del todo.

—Puedo curarte —suplico.

—Vas a agotar tus fuerzas —insiste ella—. No sirve de nada si te matas intentando salvarme…

— ¡¿Y TÚ?! —protesto dolida—. ¿Qué es lo que estás haciendo tú, eh?

Me mira como si hubiera perdido el horizonte. Todavía dolorida, Sia se incorpora un poco y yo la empujo sin fuerza ninguna descargando mi rabia con ella.

—¡Estás dispuesta a sacrificarlo todo sin pensarlo! —protesta.

—Emma, haría cualquier cosa por ti.

—¡Yo no te lo he pedido! —sollozo.

Sia me detiene de nuevo y me sostiene la mirada. Pero yo no puedo dejar de pensar en que toda esa sangre es por mí. Que siempre va a haber alguien herido por mi culpa.

Que es mi culpa.

—Lo hago porque te quiero, Emma —repite—. Si eso implica tener que pelearme con seres mitológicos poseídos en un cuadro, ¡que así sea! No seas cabezona, ¿quieres? Acaban de darme una buena paliza.

Siento cómo los hombros se me hunden y suelto todo el aire despacio, buscando las fuerzas para no regañarle otra vez. La vergüenza se apodera de mí, pero Sia solo hace un pequeño gesto de dolor cuando se sienta mejor en el suelo y me mira.

—Vas a flipar cuando te veas en el espejo —dice.

—¿A qué te refieres?

Sia me muestra otro mechón de mi propio pelo: es blanco. Cleia no mentía: todo tiene un precio. La sangre ha vuelto al cuerpo de Sia, los cortes se han cerrado y ahora solo son moratones.

Si el precio es el color de mi pelo, no me da ninguna pena.

—No te queda nada mal —susurra.

Suelto una risita y suspiro, dejando que la habitación se quede en silencio.

—Agh, no soporto la idea de decirte esto, pero…

—¿Hum?

—Parece que Sebastián tenía razón —dice a regañadientes—. Y los lazos deben de ser una especie de protección.

Cuando me vuelvo, eso es lo que descubro: aunque Sia ha clavado la espada en el cuadro, la magia del Corruptor nos ha seguido.

Ella no es exorcista, así que asumo que ha sido por eso.

Sin embargo, las protecciones la han retenido en el perímetro designado para el cuadro.

Frunzo el ceño, preguntándome si vamos a meternos en un lío muy grande por eso.

Y entonces lo recuerdo.

—Sia, he perdido la reliquia —suelto derrotada—. ¿Qué cojones vamos a hacer ahora?

Ella me sostiene la mirada. De la nada, y con todo el orgullo del mundo, alza la mano para mostrarme la alianza de oro que lleva en el dedo anular.

—Ah, Emma, ¿qué harías sin mí?

Abro los ojos de par en par.

—¿Cómo?

—Ya te lo he dicho —responde—: soy una mujer preparada para cualquier cosa.

—Pero se me cayó y…

—Lo recuperé del suelo antes de que uno de los guardias de la reina lo atrapara —ofrece—. Por eso me ensartaron como un pinchito. De ahí saqué la espada. ¿No pensarías que conseguirían atacarme así como así? Te sorprenderá saber que tuve un entrenador de esgrima bastante bueno.

—Estás loca.

—Mira quién habla —responde con una risita—. Quizá por eso hacemos buen equipo.

Aunque le cuesta moverse y tomo nota mental de intentar volver a curarla en cuanto pueda. En cuanto haya descansado. Ella, sin embargo, se quita el anillo. Toma mi mano y, aunque parece dudar, al final me lo coloca en la palma y la cubre cerrándome los dedos.

La sostiene ahí.

Creo que las dos estamos pensando lo mismo cuando nos miramos.

El peso de las últimas horas se apodera de nosotras y las consecuencias de lo ocurrido en el interior del cuadro son demasiado grandes como para que podamos lidiar con ellas nosotras solas. Lo que la reina ha dicho sobre mi padre, la presencia del Corruptor en el interior del cuadro…

Tenemos tres de las cuatro reliquias.

—Hemos prometido no guardar más secretos —murmuro con toda la intención.

Ella suspira molesta. Pero supongo que dice la verdad cuando asegura que haría cualquier cosa por mí. Se deja caer hacia atrás, volviendo al suelo, y decide hacerse la gruñona un poco más.

«Tal vez puede leerme la mente», pienso, porque creo que las dos coincidimos en que la única forma en la que podemos seguir adelante es hablando con cierta persona.

—No voy a ser agradable con él —protesta.

Se refiere a Sebastián.

—Solo necesito que seas civilizada —le pido.

—Y no me comprometo a ello.