Pinceladas de una traición Capítulo 34
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Capítulo 34

Algo surge del trono. Como si este no fuera más que un huevo eclosionando. Reina Magna, Sia y yo retrocedemos. Vemos la extensión de unas patas, largas como las de una araña, buscando el suelo. Oscuras como el carbón, son finas y parecen hechas de fibra, como de hilo.

Tardo un instante en comprenderlo.

Es pelo.

—¡Emma, cuidado!

Sia se lanza sobre mí y consigue apartarme de la trayectoria de uno de los látigos. Aunque no tengo tiempo para pensarlo, el pensamiento llega de todos modos.

Es el Corruptor.

Sea lo que sea que nos ataca, tiene que ver con él.

Lo que la reina ha dicho sobre sus mundos, los cuadros, la madera del Bosque de los Marcos, las teorías de Sebastián.

Si el mundo humano y Valemir están conectados, ¿qué impide la existencia de otros universos como el suyo?

El mundo de las noxfloras, el mar de las sirenas, los mitos y las leyendas que mi padre contaba de la mano con sus notas sobre las aventuras.

Los ha estado consumiendo.

Uno a uno, más allá del tiempo o el espacio.

Hay demasiadas piezas del puzle y también hay algo intentando destrozarlas. Ese algo debe de ser él. Y tengo la ligera sospecha de que no quiere que sepa más de lo que ya sé.

—Tenemos que salir de aquí —digo—. Ahora.

Es imposible ganar contra él.

Me apoyo en el brazo de Sia para poder ver mejor nuestra situación: los látigos que han salido del trono han derribado a un par de centinelas de la Reina Magna, los cuales se retuercen en el suelo.

Aunque ella es capaz de detener el avance de algunas de las cuerdas, estas toman posesión de sus criaturas.

La reina grita cuando uno de sus centinelas cae.

Otro asesta un golpe certero, pero, aunque lo intenta, la piedra vuelve a reconstruir a la criatura.

Lo que antes parecía un guardián de piedra es ahora apenas un títere.

El mismo que los látigos utilizan para romperle el cráneo a uno de los arqueros de la reina.

La magia del Corruptor aprovecha los pedazos de su propio destrozo, de ahí su nombre, y alzan al arquero de nuevo.

—¡Sia, cuidado! —grito.

Otro centinela comprometido arremete contra ella y es capaz de lanzarla lejos de mí. Grito e intento seguirla, pero no lo consigo. El arquero dispara y apenas logro esquivar la flecha a tiempo de puro milagro.

La Reina Magna tira de mí y me arrastra lejos de la trayectoria de los ataques. Sin embargo, uno de los centinelas de piedra arremete contra ambas. De un golpe, nos separa y me atrapa.

Consigue levantarme del suelo con total impunidad. Me agarra la mano, la del anillo, la reliquia de Amira, y me sostiene en alto.

—¡Emma!

Cuando grita, una flecha surca el aire y se dirige hacia mi captor. No llego a ver qué ocurre, si le da o no. El centinela me alza y me zarandea. Aunque pataleo e intento soltarme, lo único que consigo es descubrir que vuelvo a estar atrapada.

Esposada.

Siento las heridas de mi muñeca reabrirse y me parece escuchar la carcajada de Cleia en mis recuerdos.

Los látigos hechos de pelo cordado son capaces de quitarme el anillo, de arrebatármelo, demostrando así que yo tenía razón.

Es lo que quiere.

Las reliquias.

—¡No!

La Reina Magna intenta interceder, pero algo la detiene. Uno de los látigos la atraviesa por el centro y sus dos arqueros se centran en intentar rescatarla del ataque.

Enfadada y esperanzada a partes iguales, coloco la palma abierta sobre la piedra. Si bien Sia dijo que podía ayudarme a controlar mis emociones, ahora mismo dejo que sean mis emociones las que me guíen.

Quiero deshacerme de mi atacante.

Quiero ayudar a la reina, quien, pese a la herida, pelea contra la figura que nace del trono.

Quiero salvar a Sia, que gime a lo lejos, y lucha por defenderme a mí, porque yo le he pedido que lo haga.

Siento la luz blanca antes de que llegue y la orden que le doy es la más directa que le he dado hasta ahora.

Quiero destruir al centinela.

Quiero que se destruya a sí mismo.

El centinela de piedra se tambalea. Como si la propia luz hiciera que el dominio de la magia corruptora se retirara, mi orden se hace mucho más diestra. Caigo al suelo porque me suelta y, desde ahí, cierro los puños con fuerza y me centro en lo que deseo.

Deseo que no pueda hacernos daño.

La luz obedece y, con certeza, atraviesa cada recoveco de mi atacante.

Un corte, otro, un tercero. Como estrellas fugaces, algo se asegura de que las extremidades del centinela resulten inútiles.

La magia oscura se desvanece como lo ha hecho otras veces, frente a la destreza de Sebastián, pero esta vez parece que algo más surge.

Una silueta.

Aunque por un segundo me gustaría pensar que es él, lo cierto es que prefiero saber que está a salvo.

—Levántate —me pide.

La mujer me agarra de las manos y me pone en pie. Su rostro me resulta familiar, pero imposible. Su mirada recorre mi cuerpo como si intentara descubrir si estoy herida de muerte o no. Parece que lo que ve le satisface, porque no espera ni un segundo más.

Lleva piezas de armadura viejas y oxidadas, así como el pelo trenzado y blanco.

Parece agotada.

—¿Quién…?

—Emma, tienes que sacar a Sia de aquí.

—Pero…

—Olvida todo lo demás: sal del cuadro, Emma.

Quizá porque sé que tiene razón o quizá porque la orden es tan clara que es imposible rebatirla, le hago caso.

Pese al dolor y a que he perdido la reliquia, lo único que me importa es encontrar a Sia.

Le echo un vistazo al extraño círculo del bosque, donde la luz se ha desvanecido y las siluetas luchan contra sí mismas.

La imagen de la Reina Magna en el suelo me parte el alma y su última petición hace que se me encoja el corazón. Se abraza a sí misma, con la otra mano en el aire, suplicándole a su arquero comprometido que no dispare.

Oigo el siseo de la cuerda.

Me pitan los oídos.

—Sia. ¡Sia!

Mis brazos encuentran los suyos y descubro que mi amiga se las ha apañado mucho mejor que yo. Blandiendo una de las espadas de los guardias de la reina, parece que ha sido capaz de mantenerse en pie.

—¡Eso es el puto Corruptor! —anuncia apuntando con la espada al centro del trono.

En cuanto lo hace, ambas podemos ver a la figura que se ha sentado. La figura que nos mira a las dos como suele mirarme en mis pesadillas.

Mi verdad ineludible.

—Rápido —le pido—. Tenemos que salir de aquí.

Tiro de ella hacia el exterior del círculo de runas con la esperanza de que eso sea suficiente. Sia se apoya en mí y yo la ayudo a caminar. Creo que se ha hecho daño en el pie luchando, pero no puedo detenerme a comprobarlo.

Vuelvo la vista atrás y no logro ver nada.

Al recordar a la mujer de la trenza y la armadura, siento un dolor incipiente en las sienes. El pitido regresa.

Lo siguiente que sé es que estamos de nuevo en el estudio de Sebastián. Sé que Sia todavía tiene la espada en la mano, como recordatorio de dónde hemos estado. Que la clava en el cuadro antes de que lo que sea que acaba de devorar su universo pueda llegar a nosotras y que no va a ser suficiente.

Pero lo único en lo que puedo pensar es en la calidez de mis manos, en lo denso y líquido que es lo que me las mancha.

Es sangre.

Y, cuando Sia se lleva las manos al costado, entiendo que no es mía.