Capítulo 33 #2
—Puede que Sebastián tuviera razón respecto a ti —dice—. Puede que seas la única forma de conseguir esas reliquias. Como si… Como si tu padre te hubiera preparado una caza del tesoro personalizada o algo. Como si fueras la clave, sí.
¿Es eso posible?
—Son demasiadas coincidencias, Emma.
La imagen de mi padre, de pie frente a aquel cuadro negro, me atrapa de nuevo.
La última noche que lo vi. Bueno, aquel último amanecer.
Recuerdo el peso de la bolsa y recuerdo el miedo.
Sin embargo, por mucho que me esfuerzo, siempre es tan difícil poner en orden mis pensamientos cuando se trata de volver a lo que ocurrió entonces…
No soy tonta.
Sé que lo estoy bloqueando.
Sé que hay algo más.
Por eso estoy aquí.
Por eso estoy buscando las respuestas.
Por eso entiendo a Sebastián cuando actúa de esa forma y por eso entiendo a Sia por querer huir de este lugar. Pero ¿puedo hacer que me entiendan ellos?
—No lo sé, yo…
—No tienes por qué seguir ayudándolo, Emma —insiste mi amiga.
Niego con la cabeza.
—Pero lo necesito —admito—. No es solo por ayudar a Sebastián. Encontrar las reliquias podría… Tengo miedo de que el Corruptor sea lo que volvió loco a mi padre, que él sea quien nos haya estado acosando todo este tiempo.
En cuanto lo digo, ambas escuchamos que el pasillo de piedras se viene abajo. No es todo el laberinto y no nos ofrece una vía de escape. Sin embargo, Sia y yo tenemos la misma idea a la vez.
—Los secretos y las mentiras nos encierran —repite ella.
—Así que la verdad… debería sacarnos de aquí.
Aunque suene tonto, no tenemos nada que perder. Sia se vuelve hacia una pared y le habla con su confianza contundente.
—No me gusta la comida china —dice—. Solo la como porque Emma piensa que me gusta.
Ahogo una risa cuando veo que, al parecer, es cierto. Porque el muro que tiene delante cae. Sia se vuelve para mirarme, liberada y algo abochornada por la idea.
—¿De verdad?
—Es muy aceitosa —protesta—. Pero a ti te gusta, así que no me quejo.
Niego con la cabeza y decido que nuestra mejor opción es seguir adelante y hacer lo mismo que ha hecho Sia.
—Estoy hasta las narices de ver pelis de miedo —digo, sincera—. Quiero que podamos ver una comedia romántica de vez en cuando.
—Pero ¡si yo no he dicho que no podamos!
—Nunca me dejas elegir la peli —protesto.
Aunque Sia está dispuesta a defenderse, la piedra cae dándome la razón. Por eso añado:
—Y no siento nada por Kevin —lo digo con contundencia—. Ni me atrae ni me deja de atraer. Es majo, pero eso es todo.
Cuando las dos oímos la piedra caer, Sia pone cara de niña chica. Se cruza de brazos, celosa, y finge que no se lo cree. Pero ambas sabemos que la magia no nos engañaría. Si lo que digo no fuera cierto, no funcionaría.
—Menos mal —responde—. Porque no me cae nada bien. Y odio que te llame Pecas.
—Pfff. No te caería bien nadie que me parezca interesante —añado arrogante—, porque eso te hace sentir incómoda.
—Eso no es verdad.
—Sí es verdad, Sia.
—¡Que no! Emma, es un cuatrojos enamorado de cuatro piedras que no deja de babear por ti. No es ni buen partido. Solo me preocupo por ti. ¡Podrías tener a quien te diera la gana!
Me quedo callada y le dedico una mirada a las piedras. Ninguna se ha movido, por lo que Sia lo intenta de nuevo, con insistencia.
—No estoy celosa de Kevin.
Suelto una carcajada cuando los segundos pasan y nada ocurre. Sí lo está. O lo estaba. Razón por la que, y esto es solo para mi deleite, se ruboriza.
—Estás siendo un poco injusta conmigo, eh —responde.
—¿Por qué? Tú llevas friéndome todo el día con lo horrible que es Sebastián. Además, eres tú quien se ha metido en el lío de decir verdades.
Ella niega con la cabeza.
—Está bien, si lo que quieres es oírlo, que así sea —añade. Se vuelve para hablarle a la pared—. Siento celos de cualquier persona con la que Emma decida pasar tiempo porque sé que, en el fondo, cualquier persona sería mejor para ella que yo.
Abro la boca, pero no consigo decir nada. La pared cae y Sia, que siempre ha sido así, no se detiene.
—De hecho, incluso el gilipollas de Sebastián me parece mejor que yo.
La veo avanzar, derrotando muros.
—En el fondo, solo soy una egoísta que quiere que Emma me elija a mí —dice—. Pero me da pavor decírselo, porque no sé qué haría si yo no fuera la elegida.
—Sia.
—Soy una cobarde —añade— y esa es la única razón por la que nunca podremos estar juntas.
La luz del sol recorta su silueta y Sia, orgullosa, ni siquiera se vuelve para mirarme. Yo la miro a ella. Veo sus hombros tensos y me pregunto por qué. ¿Por qué ahora? ¿Por qué decirlo? ¿Por qué así?
Pero lo cierto es que parece que se quita un peso de encima cuando lo dice. Cuando se confiesa.
La alcanzo, está de pie frente a la salida del laberinto, y no puedo evitar decirle mi verdad.
Busco su mano con la mía.
—Yo siempre he creído que eres la persona más valiente del mundo, Sia.
Ella me dedica una mirada, como si no creyera lo que le digo, pero estuviera dispuesta a aceptarlo como premio de consolación.
Sus dedos se enredan con los míos y las paredes restantes caen.
Por suerte, el laberinto no nos engulle en el proceso. Las piedras regresan al suelo y se acumulan en diferentes montículos, lejos de nosotras. La luz regresa y, cegadas, nos descubrimos en el borde de lo que parece un claro.
Frente a nuestros ojos, los montículos se apilan y se transforman en centinelas de piedra. Se colocan como pilares alrededor de lo que parece un trono. O las raíces de un árbol hermoso y alto cuya copa rosada le añade una belleza incalculable al lugar.
En él, hay una hermosa criatura sentada.
Tiene toda su atención puesta en nosotras. Dos ojos ciegos, como lunas, nos observan con intención. El pelo largo se le mueve cuando se levanta, acepta nuestra presencia y se nos acerca un par de pasos.
Aunque mi primer instinto es retroceder, no me muevo.
—Hay runas en el suelo —observa Sia—. Si entramos en el círculo, no podremos salir a menos que nos deje.
La criatura ríe y su vestido desciende por los escalones hacia nosotras como el río del alba. los colores son impresionantes, como los de la luz del cuadro que pintó mi padre.
Mi mente lo asimila antes de que yo pueda comprenderlo siquiera.
—La reina de los elfos —murmuro.
—La Reina Magna —me corrige Sia.
Y nuestros mundos se entretejen para mostrarnos a la criatura que se acerca a nosotras como lo que es: el custodio del cuadro.
—No podréis hacer nada a menos que yo esté de acuerdo con ello —dice—. Sin embargo, las runas son para protegernos, no para herirnos. No nos sobra el tiempo.
La doblegadora abre la boca y la cierra.
Azorada, asiente. No obstante, aunque las dos podemos sentirnos como idiotas por creer en leyendas y mitos, parece que todo a lo que nos atenemos nos da la razón: el laberinto, los centinelas, las runas. Incluso el aspecto de la criatura que nos observa parece estar de acuerdo con nuestra teoría.
La reina se detiene, es alta y esbelta, con la vista fija en nosotras, alza una mano. Como si obedecieran, sus centinelas de piedra se dan la vuelta y nos ignoran manteniendo la vista fija en las lindes del bosque.
Viendo el cabello blanco de la reina, no puedo evitar pensar en lady Basira.
—Tu Guardián me dio un nombre en su momento —explica solemne—, mas el tiempo lo ha borrado. El vuestro, me temo, también ha cambiado. ¿Me equivoco?
Me mira directamente a mí.
—No —vacilo—. No, mi nombre sigue siendo Emma.
Y ella sonríe como si lo encontrara gracioso.
—Emma. —Me observa con el ceño fruncido y después descarta una idea—. Ah, ya veo. Qué curioso.
Lo anuncia como si saboreara las palabras.
—¿Y vuestro fiel caballero? —dice con una sonrisa sutil—. ¿Tiene nombre?
Me vuelvo para mirar a Sia, que endereza los hombros. Su mirada supervisa el círculo de runas y busca más rostros entre los árboles. De hecho, los encuentra. Entonces veo a los caballeros de la reina: sus cabellos blancos, sus arcos escondidos entre los árboles.
Entiendo por qué la llama «mi caballero», porque parece a punto de lanzarse a la batalla de un momento a otro.
—Ella es Sia —explico cordial—. Es mi mejor amiga.
La reina asiente y, con un simple gesto, hace que los centinelas de piedra guarden el trono en el que estaba sentada cuando hemos llegado.
Nosotras estamos dentro del círculo, mientras que el resto de su pequeña comitiva nos observa desde fuera. El gesto parece hacer dudar a Sia, que ahora busca cualquier resquicio de peligro en la reina o en los que nos apuntan con arcos desde los confines del claro.
Juraría que la reina intenta parecer conciliadora, pero sus dientes de tiburón resultan la mar de inquietantes.
—¿Solo sois vosotros? —pregunto ágil.
A diferencia de las noxfloras o de las sirenas, la reina está protegida por cinco centinelas que ella misma parece haber construido o, al menos, gobierna como una extensión de sí misma. Su mirada se pierde entre los árboles con algo de nostalgia y yo solo cuento tres arqueros.
—Somos el último bastión de quienes fuimos —dice sin demasiada emoción—. Todo cuanto queda.
La miro sin entender a qué se refiere.
—¿Qué ocurrió con el resto?
—La oscuridad ha sesgado su tiempo y el nuestro, Emma —insiste la reina solemne—. Vuestros trucos y nuestras promesas son el origen del fin de un mundo que jamás respetasteis. He aquí vuestro fracaso, en un lugar sin honor. Y he aquí nuestro cementerio.
Se me hiela la sangre.
—¿A qué te refieres?
—Apuesto a que pensáis que los cuadros no son más que fábulas o historias —sigue.
Mira a Sia con desprecio—. ¿Buscáis la espada de Celyat?
No la encontraréis, Sia. Todo cuanto pudimos tener jamás ha sido saboteado y destruido por gentes como vos.
Sin embargo, mi misión continúa siendo la misma: cumplo la promesa de mis ancestros y os devolveré la reliquia que nos confinasteis para poder nutrir al monstruo que retenéis en esa trampa para ratones que llamáis tiempo.
Sus palabras son complejas, como si construyera un poema. Pero no son imposibles de seguir.
—El Corruptor —adivino—. El Corruptor ha estado aquí.
Su mirada se torna fría, distante.
—Debéis pasar la prueba como lo hicisteis antaño, Emma —ofrece—. Incluso si debo ser el último bastión, que así sea. Nuestra promesa con vosotros se cumple y somos libres de partir de una vez por todas.
Sia intercede.
—¿Antaño?
—No tenemos más tiempo para explicaciones —brama la reina.
Esta vez, se acerca y extiende una mano frente a mí. Aunque Sia vacila, acepto el gesto y coloco mi mano sobre la de la reina. Ella me observa y me muestra un anillo.
Es una banda de oro simple, corriente y moliente.
—En esta vieja promesa se halla una verdad que has querido ignorar —anuncia como si fueran los votos de una antigua profecía—. Para entregártela, debes probar que eres capaz de soportarla.
Asiento.
—Estoy dispuesta.
—¿Segura?
Asiento de nuevo. Sia nos observa con precaución.
—Así como Gael de Valemir no es el padre de tu amado príncipe, Ciro no es quien os engendró, Emma —dice—. La respuesta no se halla en él.
Siento de nuevo esa motosierra y Sia me mira como si entendiera exactamente cómo me siento.
Mantengo la compostura bajo la supervisión de la reina, que evalúa si puedo aceptar la información. No hay ninguna prueba, aunque puedo sentir sus ojos, como dos de las tres lunas de Valemir, puestos en mí.
En ellos puedo recordar el destello de una espada, la trenza.
Mi corazón se acelera.
—La respuesta se halla en ella —concede.
La reina deposita el anillo en la palma de mi mano con cuidado.
—Las mentiras y los secretos nos encierran —dice y puedo oír el eco de la voz de Ciro en sus palabras. La reina me pone el anillo ella misma—. No dejes que nuestro sacrificio sea en vano, Emma.
—¿Qué sacrificio?
—Acaba con él —exige.
Y, tan pronto como sus labios rozan las últimas letras de su petición, algo devora la luz e inunda el último bastión de la Reina Magna.