Pinceladas de una traición Capítulo 33
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Capítulo 33

Sia tiene razón: este lugar parece agradable.

Cuando pisamos la hierba, la calidez que emite la luz del sol resulta acogedora. Los rayos se filtran a través de las copas de los árboles. Cuando alzo la vista, puedo ver un par de pájaros grises y azules bastante grandes.

Ellos me miran a mí y, tras lanzarme un vistazo que parece satisfacer su curiosidad, salen volando.

—¿Ahora qué? ¿Esperamos? —pregunta Sia de pie a mi lado.

—No lo sé.

Ella se lleva las manos a las caderas.

—Supongo que ser la Cazatesoros de los Cuadros Mágicos no es una ciencia exacta —bromea tan tranquila—. ¿Te importa explicarme un poco más del tema? Tengo la sensación de que Alaric tampoco lo tenía muy claro cuando lo obligué a contármelo todo.

Suspiro y me vuelvo para ver que el arco de piedra sigue tras nosotras. Intento recopilar la información que parece necesaria para poder contarle lo poco que sé al respecto.

—De momento, los dos cuadros han tenido solo una cosa en común —explico—: los Custodios me ofrecen una reliquia y después podemos salir.

—Vamos, que es como una especie de nivel de videojuego. Lo recorres, encuentras a un bicho que te habla y te da algo. Pum. Fuera.

Me aguanto la risa y la miro. Ella me dedica una sonrisa triunfal, carismática. Supongo que sí, es así, pero no lo estaba mirando desde esa perspectiva tan… ¿humana?

—¿Por qué los llamas «Custodios»? —insiste.

—Porque así es como los llamó mi padre en sus notas —explico. Y, cuando me doy cuenta de que le falta información, añado—: Los cuadros son suyos, así que Sebastián cree que los pintó para esconder las reliquias por orden del rey Gael.

—¿Y qué opinas tú?

Está claro que no lo soporta.

—Ah, eh. No lo sé, supongo que tiene lógica —suspiro—. Gael y él eran amigos. Pero no entiendo de qué querían esconderlas. A menos que fuera por…

—¿Por…? —insiste mi compañera cuando me muerdo la lengua.

—Algo ha estado siguiéndome y corrompiendo los cuadros —respondo.

Ella asiente y me lee la mente de nuevo.

—Y tú crees que es la criatura de tus pesadillas.

Asiento algo confusa. La idea es ridícula, pero, si Sia tuviera razón y todo esto tuviera que ver con mi padre, con lo que nos persigue… ¿Sería tan extraño creer que ese bicho también quiere las reliquias de Amira?

—Pero no sé por qué.

Debería poder hablar con alguien sobre esto y sé exactamente quién tendría más información al respecto, pero no sé si puedo confiar en él.

Al menos no después de lo que he visto.

—Bueno, supongo que para eso estamos consiguiéndolas —responde Sia encogiéndose de hombros.

No puedo dejar de pensar en ello.

—¿Crees que Sebastián…? Es una pregunta un tanto infantil, pero ¿crees que de verdad es malo? Que… es completamente egoísta o irredimible. ¿Crees que es la Ruina de Valemir como dicen?

Supongo que entiendo a qué se refieren.

Puedo imaginarme a Sebastián siendo cruel y distante y frío.

Puedo verlo haciendo uso de todos sus recursos para salirse con la suya.

¿Acaso no es eso lo que ha estado haciendo también conmigo?

Y no es como si no creyera que está mal o como si no me doliera.

De hecho, estoy aquí haciendo lo mismo que haría él: mirar por mí misma.

Pero…

Sia pone los ojos en blanco mientras revisa unas plantas del suelo.

—¿Prefieres que te mienta o que te diga la verdad? —resopla.

Estoy a punto de responder cuando las dos oímos algo que viene rodando hacia nosotras. Nuestra conversación queda suspendida en el aire cuando vemos que las piedras que nos rodean parecen moverse en la misma dirección.

Y esa dirección somos nosotras.

Sia no dice nada, pero no hace falta. En cuanto puede, se pega a mí. Ambas sabemos que sea lo que sea que se está formando, sea lo que sea que está atrayendo las piedras, es lo que hemos venido a buscar. Pienso en las noxfloras, en cómo juntaron las corolas para crear al espíritu extraño.

Recuerdo a las sirenas y que todas juntas formaban un mar de engaños.

¿Qué será esta vez?

Como ha ocurrido con el cuadro, las piedras se montan las unas sobre las otras construyendo un muro a nuestro alrededor.

La rapidez con la que lo hacen resulta arrolladora, como si el viento pudiera levantar la estructura.

Las hojas se suman a lo que sea que está ocurriendo, los árboles se mecen y las copas de los árboles parecen despedirnos cuando las piedras cubren el cielo.

— ¡¿EMMA?!

En la oscuridad, Sia desaparece.

No sé explicar cómo es posible, pero algo crece entre nosotras y nos separa. Dejo de notarla a mi lado y, cuando estiro las manos para recuperarla, me topo con una pared.

—¡Sia!

—¡Emma, no te muevas! —Su voz viene del otro lado de la pared—. ¿Me oyes?

—Sí, sí.

—No te asustes —me pide. Aunque me parece imposible—. Recuerda: es un cuadro, nada puede hacerte…

—No, Sia —suplico—. ¡Es un cuadro, pero pueden hacerte daño! Sebastián casi muere en el último, tienes que…

—Vale, shhh, Emma, respira. Estoy entera.

—Sia, por favor…

—Respira. Te oigo hiperventilar desde aquí —protesta—. Aprieta las palmas contra la pared, que está fría. ¿Emma? ¿Estás poniendo las manos en algo frío? Coge aire, venga.

Hago lo que me dice. Después de todo, y pese a todo, confío ciegamente en Sia. Cojo aire y lo suelto.

—Necesitamos calma. Necesito que respires bien —anuncia—. Encontraremos al custodio, superaremos la prueba y volveremos a casa. Paso a paso, Em.

«Paso a paso», me repito a mí misma.

—¿Cómo nos encontramos?

Un segundo de silencio.

—No veo nada, pero estoy segura de que, si seguimos la pared, llegaremos a algún destino. No dejes de describirme lo que ves, ¿vale?

Pero no veo nada. De igual manera, con las palmas de las manos, sigo la pared. Oigo a Sia al otro lado y hablo para que pueda localizarme.

Entonces, al final del pasillo, algo empieza a brillar.

—Sia, veo algo.

Una de las piedras del techo parece haberse hecho a un lado y un haz de luz me ciega.

—¿Sia?

No la oigo, pero oigo pasos. Siento una mirada clavada en el cogote y, cuando me vuelvo, creo que sé que no va a ser ella.

Para mi sorpresa, no veo nada. Al menos no hasta que me vuelvo de nuevo hacia el haz de luz y veo a la gata en el centro.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —pregunto—. Cleia, sé que eres tú.

La gata avanza hacia mí y yo me retiro cuando la sucesión de imágenes regresa: el gato, el lobo, el basilisco. En cuanto se adentra en la oscuridad, la criatura cambia, crece, se lanza a por mí.

Grito y caigo hacia atrás.

Alguien me sujeta y yo, aterrada, intento zafarme como puedo.

—¡Emma! —Siento las manos en los hombros. Siento el golpe contra el suelo para controlarme. Yo pateo con fuerza—. ¡Emma, soy yo!

Pero no sé quién es.

Podría ser cualquiera. El pánico se ha apoderado de mí y quiero huir.

Quiero salir corriendo y esta persona es lo único que me lo impide.

Ella, sin embargo, no se rinde. Clava su cadera contra la mía y me obliga a mantenerme contra el frío suelo de piedra.

Me retiene como lo hacía en nuestras clases de boxeo.

—Emma, ¡soy Sia!

Cuando mis ojos se encuentran con los suyos, siento la fuerza y la intensidad de su mirada como si fuera mi única guía.

Está usando su afinidad.

—Mírame.

No puedo apartar mis ojos de los suyos. Su fuerza física es sustituida por una fuerza diferente.

Su voz de terciopelo me sostiene.

—Coge aire. Imítame —empieza. Y lo hace, así que la imito—. Hasta que notes los pulmones. Así.

Es tan fácil seguir sus indicaciones.

—Recuerda a lo que hemos venido —me pide—. Piensa en cómo podemos volver. Mantén la cabeza fría, vamos.

Es lo que intento. Pienso en el mueble que montamos en Madrid. Las mantas de casa de Sia, la leche y el bizcocho de mi primera mañana en Valemir o el tablón de madera que hacía ruido en el pasillo, el que solo pisaba si quería que Sebastián me encontrara.

Todos los detalles, como las piedras del laberinto, se acumulan.

En mi casa nunca hubo puertas cerradas. Mi padre siempre las dejaba abiertas. O eso era lo que yo creía. Ahora he descubierto que mi padre y yo vivimos a ambos lados de una pared infranqueable.

Aprendí a huir, pero jamás a regresar.

Jamás llegué a despedirme.

Tras un instante, los recuerdos de mi padre me devuelven una nueva historia. O una antigua.

Una que puede ser la respuesta a nuestros problemas.

—Los secretos y las mentiras nos encierran —digo y siento que es él quien habla a través de mí.

Sia, que sigue sentada en mi cadera, ahora bajo un haz de luz, me mira como si quisiera creer que existe una lógica a lo que le estoy diciendo.

Me hace espacio para que me incorpore y aguarda.

—Mi padre me contó una historia sobre un bosque mágico —explico—, en el que los secretos y las mentiras encerraban a los incautos en laberintos imposibles. Solo la gente sincera encontraba el camino.

Sia se sienta a mi lado en el suelo y resopla fastidiada.

—¿La leyenda de Celyat y la reina Magna? —dice como si fuera obvio.

Frunzo el ceño.

—¿Es otra leyenda de Valemir? ¿Como las noxfloras?

La doblegadora suspira y me ayuda a ponerme en pie. Me sacude la ropa bajo el haz de luz que se cuela entre las paredes de piedra.

—¿Quieres una teoría de gratis? —propone.

—Adelante.

—Creo que tu padre te contó esas historias para que pudieras resolver el entuerto de los cuadros —dice—. Te habló de las noxfloras, ¿cierto?

Parpadeo sorprendida, pero sigo su lógica.

—Y me contó mil historias sobre las sirenas —respondo ágil.

—Tu cerebro ha ido directamente a esta historia sobre el bosque mágico y las mentiras.

Eres capaz de recordar una historia mitiquísima, de las que se les cuenta a todos los niños de Valemir —sigue—.

Pero tú misma has dicho que jamás quiso que supieras nada sobre el reino.

¿Qué razón tendría si no? Era humano. ¿Por qué se aprendió todas esas historias? ¿Por qué te las enseñó?

Tiene razón.

—¿Crees que mi padre…?

No me salen las palabras y a ella le cuesta no tragarse las suyas: