Capítulo 32 #2
—No te lo tomes como algo personal —dice con todo el morro—.
Solo quiero que tengas los consejos adecuados.
Cuando te comprometen con un manipulador nato, paranoico y rarito a la tierna edad de once años, aprendes a hacerte con la información que necesitas cuando la necesitas.
De una prometida a la otra: no te creas ni una palabra de lo que dice.
Su culo es meramente decorativo, porque toda la mierda la saca por la boca.
Cuando se acerca para hacerme cosquillas, la empujo, fastidiada. No puedo creerme que estemos aquí de bromitas. Pero lo cierto es que me río un poco y eso lo hace todo más llevadero.
Así es como ha sido siempre.
Sia hace que mi vida sea más cómoda, más fácil.
—¿Podemos dejar de odiar a Sebastián por lo que está claro que fue una infancia terrible y las expectativas de la corte? Vamos a centrarnos en lo importante.
—La psicóloga soy yo, ¿recuerdas? —protesta mi amiga.
—En fin, qué más da —suspiro cruzada de brazos—. La cuestión es que ahora, además de tener dos cuadros más por delante, no tengo ni idea de…
Me muerdo la lengua y Sia puede leerme la mente.
—Habla.
No quiero.
Veo que alza una ceja y siento el tirón que he sentido mil y una veces. Ahogo un quejido y ella sonríe cuando ve que su afinidad tiene efecto en mí casi de manera inmediata.
—No me gusta cuando haces eso.
—Entonces no me obligues. Y cuéntamelo.
Me muerdo el labio inferior, esperando a que se detenga. Aunque me cuesta mucho más, esta vez elijo hablar, no hay necesidad de que Sia use su afinidad.
—Creo que tenías razón.
—¿En qué?
No puedo decírselo.
—¿Emma?
Pero como no hablo, clava su mirada en mí, aprieta la mandíbula y me lo saca a la fuerza.
—Sebastián tiene a Ciro en la cripta y me lo ha estado ocultando. No puedo saber qué me oculta y qué no, porque además no confía en mí —confieso sin filtro alguno—. Así que yo tampoco puedo confiar del todo en él y me duele.
—Voy a matarlo.
—¡Sia, no!
Le corto el paso rápida.
—¡Esto es a lo que me refiero! —protesto y tiro de ella para detenerla—. Dame un momento. Deja de meter a Sebastián entre nosotras. Es un arrogante y un paranoico, sí. Y siempre espera que la gente actúe así con él, por lo de su padre. Por eso siempre va cuatro pasos por delante de todo el mundo.
Sia gruñe.
—No podrá ir ningún paso por delante cuando lo mate —responde sin más. Pero no se mueve.
Su influencia ha desaparecido y ahora es ella quien parece la más frustrada de las dos. Ahora que lo pienso, si puedo tener paciencia con Sebastián, ¿por qué no con Sia?
Para ella, su habilidad era natural.
Si las mentiras son el método de supervivencia de Sebastián, el de Sia es este.
—Escúchame —le pido—: su madre ha desaparecido, está atosigado por la corte.
Y sé que estoy siendo quizá un poco buenaza dejándolo pasar, pero está distraído con otras cosas.
No sabe que tú y yo estamos hablando. Y si te soy sincera, no creo que perseguir a Sebastián y tratarlo como el villano vaya a hacer que consigamos nada.
—Pero ¡si se lo está ganando a pulso!
—Sospecho que tenemos problemas mayores —sentencio.
Creo que mis palabras hacen mella en ella, pese a la protesta.
—Mira, Sebastián será muchas cosas, pero si matarnos o herirnos le fuera útil, ¿por qué no lo ha hecho?
Contrariada, Sia aprieta los labios.
—Por lo tanto, solo quedan dos opciones —sigo—.
Una, no le es útil. Dos, no le da la gana.
Lo que quiere es mantener a su madre a salvo, quiere ayudar a Valemir y quiere mantener el equilibrio.
¿No lo ves? Y si tan enterada estás de todo, estoy segura de que te habrás enterado de lo del río Iocast y de las tragedias de estas últimas semanas.
Anoche oí a Rilke hablar de que hay algo matando al ganado en la zona sur.
Sia se ablanda un poco.
—Algo he oído, sí.
Suspiro y trato de ponerlo todo en perspectiva. La pregunta es ridícula y me siento tonta, pero debo confiar en mí misma.
—Sebastián piensa que el Corruptor anda detrás de todo eso, ¿qué crees tú?
Mi pregunta no le resulta extraña ni fuera de lugar. De hecho, parece que también lo ha reflexionado antes.
—Lo cierto es que fue bastante difícil usar la vela para cruzar —explica con un suspiro—. Los espíritus están alterados y llegar hasta aquí ha sido un suplicio.
—Entonces Sebastián tenía razón.
—¿En qué exactamente? —responde molesta.
—En que cruzar el Velo era peligroso —murmuro. Entonces, algo me llama la atención—. ¿Usaste una vela?
—Es lo único que me llevé de casa antes de saltar: un candelabro.
Asumí que ayudaría. Aunque solo fuera para llegar hasta La Fuente y que esta me socorriera.
Yo qué sé, Emma. Estaba desesperada por encontrarte y recordé una vez que me hablaste de que cuando te sentías perdida encendías una vela, como la que tu padre dejaba encendida en la ventana para que pudiera volver a casa y…
Frunzo el ceño.
—No hay muchas ocasiones para cruzar el Velo, ¿verdad?
—No.
—Pero decidiste venir a por mí.
—Claro.
Suspiro otra vez.
—Bien, entonces creo que esto te va a gustar —anuncio antes de hacerle una propuesta—: lo que vamos a hacer ahora es conseguir las reliquias, ayudar a Sebastián a conseguir el trono y volver juntas a casa cuando lo tenga.
Ella frunce el ceño.
—¿Y qué hay de tu padre?
Me encojo de hombros.
—Mi padre está en una cripta mágica y se ha ido al otro barrio con sus secretos —respondo no sin algo de rencor—. Prefiero vivir mi vida a perderla intentando descubrir su pasado, la verdad.
—Uf, qué profundo.
Y, aunque bromea, siento el roce de su mano en el brazo.
—Lo único que me preocupa es…
—¿Hum?
—Las pesadillas —admito—. Y sé que suena a locura y que parece un delirio, pero…
—No, Emma, no es tan…
—Sebastián cree que la figura de mis sueños puede ser un espíritu arcano y que cabe la posibilidad de que acosara a mi padre y después viniera a buscarme a mí.
—¿Y crees su teoría?
No soy capaz de confesarle qué es lo que creo que nos acecha. Ni por qué. Cuando me ve hundirme un poco, Sia me busca la cara con las manos.
Con cuidado, apoya su frente contra la mía.
—Eh, escúchame —me pide—: no estás sola, ¿vale? Esa cosa no te va a alcanzar porque es un bicho de mentira. Yo soy de verdad. Estoy aquí y no voy a dejar que te pase nada.
Clavo mi mirada en la suya y sé que lo dice de verdad.
Sé que siempre estaré a salvo con ella.
—Me gusta tu plan —sigue—. Vamos a conseguir esas reliquias, se las daremos como pago a Sebastián para que deje de joder la marrana y después nos iremos a Madrid —dice, y la idea me resulta reconfortante—.
Volveremos a casa, juntas. Y lidiaremos con tus pesadillas como se pueda. Paso a paso. Juntas.
Suspiro.
—¿Y si tuviéramos que quedarnos aquí?
Porque quizá la única solución para deshacerme de esas pesadillas está en Valemir y quizá no pueda cumplir mi promesa. O mi plan.
—Entonces me quedaré donde estés tú —dice con cariño.
Se me encoge el corazón en el pecho, me siento culpable.
—Huiste de aquí, fingiste tu muerte.
—Me pondré otro nombre —dice como si nada—. Me cortaré el pelo.
—¿Qué hay de tus padres? ¿Y si…?
—Me iré a vivir a la casa del pintor loco si hace falta —bromea—. Viviré recluida. O puedes venir conmigo, si quieres. Me las apañaré, Em. Siempre lo hago.
Intento protestar, pero ella insiste:
—Además, he conseguido mandarle un mensaje a mi tía Ygritte, así que estoy segura de que ella se encargará de cualquier remoto desliz. Nadie sabe que estoy aquí y nadie va a descubrirlo. Anastasia murió y solo quedo yo.
Sia me roza la mejilla con el pulgar y me sostiene el rostro entre sus manos con cuidado. Sonríe. Su mirada cae a mis labios. Veo cómo coge aire y hace un esfuerzo titánico para apartarse. Y el peor de los pensamientos me embarga: no estoy segura de si quiero que lo haga.
—Siento lo de la otra noche —dice—. No debería haber intentado besarte así.
—No te preocupes por eso.
—Si te soy sincera, te lo agradezco y todo.
—¿En serio?
Asiente.
—Si alguna vez volvemos a besarnos, espero que tú también quieras hacerlo —responde con ese carisma suyo—. De hecho, si en algún momento piensas que te apetece, no dudes. Lánzate, porque yo me muero de ganas.
Suelto una carcajada sintiendo el rubor en las mejillas. Niego con la cabeza.
—Puede ser un besito de amigas, si lo prefieres, que no te intimide el…
Supongo que ya no tiene nada que perder, ¿no? No es como si jamás hubiera tenido vergüenza, precisamente.
—Sia, no seas ridícula.
—¡Solo le estoy quitando peso al asunto! ¡No quiero que pienses que es algo malo o algo…!
Se calla. Un segundo pasa.
—¿Emma?
—Dime.
—Nada podría cambiar lo que siento por ti —añade—. Yo siempre te voy a querer y voy a desear lo mejor para ti. Tanto si me quieres de esa manera como si no.
Siento un nudo en la garganta.
Pero no sé lo que siento por ella. No he conseguido descifrarlo jamás. Nunca me había permitido pensar que tenía la oportunidad de sentir nada.
Por nadie.
Y ahora…
—Entonces —suelta tras una palmada—, ¿entiendo que la razón por la que me has traído de cita a la mazmorra de los cuadros mágicos de tu padre es porque quieres entrar en el siguiente cuadro sin que Sebastián lo sepa?
La miro de reojo.
En realidad, me lee la mente cuando quiere.
—¿Te parece mala idea?
Sia niega con la cabeza y les echa un vistazo a las pinturas.
—No, si por mí genial. Ahora bien: ¿podemos ir al del bosquecito que parece menos peligroso que el volcán en erupción? —bromea.
Suelto otra carcajada y se lo concedo.
—¿Qué tenemos que hacer? —pregunta.
—Dame la mano.
Cuando rozo el cuadro, este se endurece.
Se enfría. Sin embargo, esta vez no me arrastra ni me lanza a ningún sitio.
En lugar de eso, la madera pierde su color macizo y ennegrece.
Ante la atenta visión de Sia, el paisaje parece adquirir cierta vida cuando el peso de lo que ahora parece ser roca hace que el cuadro se descuelgue y caiga al suelo frente a nosotras.
Estoy preparada para que el objeto haga de las suyas cuando ambas vemos que se extiende y la piedra se monta sobre sí misma hasta construir una especie de arco.
Es una puerta nueva, inclinada en la pared.
—Vaya, qué civilizado —bromeo.
Sia me mira como si esperara una explicación.
—Es el único cuadro que no me ha atrapado —explico—. El primero me absorbió con las raíces de los árboles.
—¿Y el segundo?
Pongo los ojos en blanco.
—Como Sebastián me obligó a tocarlo, nos absorbió a ambos y nos arrojó en un barco en mitad de una tormenta. Y casi se lo comen unas sirenas.
Ella mira al arco, al bosque que hay al otro lado, y parece considerar nuestro destino. Si tiene alguna opinión, se la guarda.
—Está bien —acepta—. Qué más da. Tal vez el custodio de este cuadro es más agradable que las sirenas, ¿no? Vamos a creer eso. Eso nos motivará a ignorar lo terrorífico de meternos en a saber dónde.
Arrugo la nariz.
—Las noxfloras fueron agradables —respondo intentando animarla.
—¡¿Noxfloras?! ¿Como las de las leyendas? Las que te duermen y te comen, y…
—Eran bastante reales cuando me hablaban. De hecho, incluso intentaron protegerme cuando esa cosa…
— ¿¡TE HABLABAN LAS NOXFLORAS?!
Parece que eso sí le hace ilusión y su ilusión lo hace todo más fácil.
Visto así, la idea de esta aventura sí que tiene algo de emocionante. He estado tan asustada que no he podido ni…
Bueno, disfrutar de lo que supone descubrir un mundo nuevo; el mundo de las leyendas de Valemir y su magia. Pero, por supuesto que Sia es quien me hace verlo así: con ligereza, con ilusión.
Creo que podría hacer cualquier cosa con Sia.
Cuando hago un gesto, ella accede y me sigue al interior del cuadro sin dudar.