Capítulo 32
Es tan sencillo como lo ha sido siempre.
Tan pronto como salto a la cama, Sia me hace hueco. Nos tapamos con la manta. El sol sigue saliendo, pero nosotras nos quedamos dentro y hablamos durante lo que parece una eternidad sobre todo lo que necesitábamos decirnos.
Sea como sea, vamos contra reloj, y no puedo quitármelo de la cabeza.
—… y claro, entonces hice que le pusieran perlas al vestido para retrasar la boda una semana más —explica Sia— e Irina se pilló un rebote increíble. Por eso, anoche… Oye, Emma, que me has preguntado tú por esto. ¡Estoy aquí abriéndote mi corazón y tú en babia!
Me vuelvo para mirarla y me doy cuenta de que me he despistado.
—Perdón. No puedo dejar de pensar en…
—Puaj.
La fusilo con la mirada.
—No es lo que piensas.
—Lo que tú digas —responde, siempre picada—. Entonces ¿en qué piensas? ¿En la economía rural? ¿En los problemas del sur?
Suspiro y salgo de la cama. Casi como si estuviéramos atadas por una cuerda otra vez, Sia me sigue. «Es increíble lo bien que le sienta la ropa de este mundo», pienso. Pero bueno, dudo que haya un universo en el que hagan ropa que a ella no le sentara bien.
La veo atarse la bata y seguirme sin cuestionárselo.
—¿Adónde vamos?
Me calzo los zapatos a la pata coja.
—Acabo antes si te lo enseño —respondo.
—¡Hum! Me gusta esta nueva Emma —suelta siguiéndome sin pensárselo—. Decidida, atrevida.
—Y no hacía falta doblegarme para ello —suelto un poco resentida.
—Oye, que ya me he disculpado como tres veces —protesta Sia.
Le suelto un caderazo cuando franqueamos la puerta y ella se ríe de nuevo. Suena ridículo, y sé que aún hay muchas cosas de las que tenemos que hablar, pero no puedo permitirme distanciarme de Sia.
De hecho, no sé cómo he podido permitir jamás alejarme de ella.
Me he sentido más viva en las últimas dos horas que en todas los días desde que llegué. Me he sentido yo.
No la prometida de Sebastián.
No la hija de Ciro.
Solo Emma.
Cuando uno de los guardias se vuelve al oírnos reír, aunque no tiene sentido, tanto ella como yo nos ocultamos detrás de una columna. Siento las manos de Sia alrededor de mi cintura y su aliento contra el pelo.
No puedo evitar pensar en todo lo que dijo la otra noche, aunque estuviera borracha.
—¿Y bien? —susurra cuando me suelta.
—¿Por qué nos estamos ocultando?
—Pensé que te resultaría divertido —bromea—. Además, se supone que estoy muerta, ¿recuerdas? No quiero provocarle un infarto a nadie.
Me cubro la boca para no reírme a pleno pulmón y le dedico una mirada que, aunque intenta ser de reproche, no llega a reprochar nada.
Soy consciente de que anoche estaba en una fiesta con todo el servicio, porque yo también estaba allí.
En principio, el servicio guarda el secreto de la existencia de Sia en sus vicisitudes.
Por supuesto, siempre hay cierto riesgo, claro.
La agarro de la mano y tiro de ella, antes de que el pobre guardia nos descubra haciendo el idiota.
—Anda, ven.
Y eso hace.
Eso hacemos.
Porque las dos juntas recorremos los pasillos medio escondidas, aunque no haya una verdadera necesidad de ocultarnos. Así, la guío hasta la habitación en la que Sebastián guarda los cuadros.
—¿Por qué te gustan tanto los museos? —pregunta curiosa.
Sé que está pensando en el Palacio de Linares.
—Por lo mismo que a ti te gusta la comida china —bromeo—. Cada uno tiene sus cosas.
Ella suelta una carcajada, pero se acerca a los cuadros.
—¿Qué estoy mirando? Una montaña… ¿y un bosque? —apunta pasando de uno al siguiente—. ¿Qué son las cintas de la pared?
—Protecciones, creo.
—¿Protecciones? Ah, es un pentagrama. —Hace un gesto de reproche—. Muy de exorcista.
—¿Exorcista?
—Tu prometido es exorcista, Emma, ¿recuerdas? —suelta.
Asiento con un largo suspiro.
—No se me olvida. Pero no te he traído aquí para hablar de las habilidades de tu exprometido al que abandonaste en el altar.
Sia suelta una risita.
—Me has traído a ver los cuadros de tu padre —cae en la cuenta antes de que yo pueda hablar—. Que fue el maestro de Sebastián.
—¿Lo conociste?
Niega con la cabeza.
—No. Pero, como su prometida, estaba al tanto de su vida —explica—. Siempre había alguien dispuesto a vender sus secretitos: —Habla sola. De hecho, hasta pone voces—. Ciro de Valemir había sido su maestro. ¿El pintor? Sí, el pintor loco de la colina, el humano.
Frunzo el ceño, algo contrariada ante su teatrillo para aligerar la atmósfera. Por mucho que fuera pintor y fuera un loco, no significa que me siente bien que se mofe de él.
Yo voy a ser la veterinaria loca. Si no lo soy ya. Y si no lo soy ya, es porque no sé si podría seguir siendo veterinaria después de toda esta movida, no porque sienta que estoy en mis cabales.
—Sin ánimo de ofender —concede Sia—. Es lo que conocíamos de él. Lo que no sabía es que tuviera una hija. Diría que nadie lo sabía, de hecho, ¿me equivoco?
—Si te hace sentir mejor, yo tampoco sabía que vosotros existíais.
Ahora es Sia quien parece contrariada. Pero, antes de que nos perdamos en esos derroteros, decido explicarle lo que necesito explicarle.
—Antes había cuatro cuadros —empiezo.
En la sala quedan dos pinturas que no se han cubierto por esa extraña tinta negra.
—Estoy al día —responde rápida—. Cuatro cuadros, cuatro reliquias.
Se activan cuando tú los tocas, pero Sebastián no puede acceder a ellos sin ti.
La teoría es que cada uno de ellos contiene un custodio.
¿Qué custodian? Es de asumir que las reliquias.
¿Por qué? Al parecer, no lo sabemos. Tampoco sabemos nada del primero, más que lo que conseguiste: una máscara.
Del segundo os vi salir yo misma, pero no sé qué conseguisteis además de un disgusto.
Sebastián cree que los Custodios eran sirenas y la reliquia es un collar, ¿correcto?
Hace una pausa y yo, boquiabierta, tardo un segundo.
—¿Cómo…? ¿Cómo sabes todo eso?
—Sigo siendo buena doblegadora y no me gusta perder el tiempo —sonríe presumida—. Ser Alaric no es inmune a mis habilidades. Puede huir de mí, pero no esconderse.
Me coloco las manos en las caderas.
—A veces puedes ser terrorífica.
Aunque veo que le molesta un poco, no se achanta y se encoge de hombros, carismática.
—Una chica hace lo que haga falta para valerse por sí misma, Emma. En especial en este castillo de traidores y mentirosos.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo que supongo que nadie sabe es para qué quiere las reliquias el príncipe —suelta ella orgullosa de sí misma.
Con los brazos en jarras, me vuelvo a mirarla, frustrada.
—Ni siquiera él lo sabe.
—Hum.
Ahí está la nueva Sia, la que no soporta a Sebastián y le guarda todo el rencor del mundo. Veo cómo ladea la cabeza y se muerde la lengua.
—Si sabes algo más, has jurado no guardar más secretos.
—Mi padre es un hombre meticuloso —explica—. Lord Azrael du Mort siempre ha querido ir un paso por delante. No son tan distintos, ¿sabes?
—¿Estás diciendo que tu familia sí sabe para qué sirven?
Hace un gesto para admitir lo obvio.
—Por supuesto. Según sus notas, esas reliquias forman parte del tesoro de Amira —explica—. Entiendo que ya te han hablado sobre Amira, ¿verdad?
Cuando asiento, ella continúa:
—Bien, imagina que eres una princesa de las de antes y guardan tus cosas en algún lugar del castillo y vives en un mundo mágico, así que todo tiene que ver con la magia. Obvio. ¿Qué puede pasarles a tus reliquias? Pues que contengan parte de tu magia.
Asiento despacio.
—¿Estás diciendo que son como… el Santo Grial?
Sia da una palmada, divertida.
—¡Piensa en Indiana Jones! O, yo qué sé, en La momia con Rachel Weisz —suelta y las dos nos entendemos—. Esos somos nosotros ahora mismo.
—¿Tú eres Rachel Weisz?
Ella me mira de arriba abajo.
—No, yo soy Rick y tú eres la bibliotecaria —se mofa—. Aunque bueno, teniendo en cuenta… Es igual. Sabemos que, históricamente, existen cinco reliquias.
—¿Cómo que cinco? Solo hay cuatro cuadros.
—Eso es porque la corona solo poseía cuatro. Pero los Luminares siempre han creído que encontrarían la última reliquia si conseguían accionar las cuatro que poseían…
—¿Y crees que eso es lo que quiere Sebastián? ¿La quinta reliquia?
Ella pone cara de asco.
—Lo que quiere Sebastián es ser la princesita más importante de la historia y que todo el mundo le diga que siempre tuvo razón —responde contundente—.
Pero, más allá de sus delirios de grandeza y su necesidad de aprobación, que ya es molesta de por sí, lo que no puedo dejar de preguntarme es por qué las quiere ahora.
Me encojo de hombros.
—No lo sé.
Sia me dedica una mirada de reproche y tarda un instante en decir lo que le parece tan obvio. Siendo sincera, empiezo a entender por qué Sebastián y ella se llevaban a matar.
Porque son igual de arrogantes.
—La respuesta sois tu padre y tú, Emma —suelta ágil.
Supongo que es obvio, pero no quiero verlo así.
Tiene que haber algo más…
—Mi padre era un pintor y yo solo soy su hija. No hay más historia. Quien de verdad debía de saber lo de las reliquias era el rey Gael y con su ascensión…
—No te lo crees ni tú —protesta—. Tu padre era una persona muy importante en Valemir, Emma. ¡Tiene más historia que nadie! Hay canciones escritas sobre tu padre, ¿sabías?
—Sebastián comentó que era famoso, pero…
—¡Famoso dice! Sus historias con Gael son… —Frustrada, Sia me dedica otra mirada de reproche—. Pero claro, me apuesto lo que sea a que has estado demasiado distraída como para ir a la biblioteca. Tenías cosas más interesantes que hacer, como besar al príncipe psicópata que te está manipulando.
Me ruborizo de golpe.
No.
Claro que no.
—No me está manipulando.
—Pfff.
—Bueno, perdona por no ir a buscar las fuentes académicas. Estaba ocupada entrando y saliendo de cuadros y perdiendo la cabeza porque no hay quien duerma —protesto abochornada.
Ella hace un gesto con la mano, como restándole importancia.
Yo pongo los ojos en blanco.